La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA TERCERO. en el que ofrecemos nuestros tejidos más finos #9
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DÍA TERCERO. en el que ofrecemos nuestros tejidos más finos #9

Mientras la mierda le resbalaba por las piernas, Luubu prosiguió por la fila, riéndose por lo bajo, y murmuraba:

—Ahora ni siquiera Djove será capaz de resistirse a mí.

Pero el mismo hecho de pronunciar en alto el nombre de aquel señor le hizo dudar. Miró a su alrededor, a todos aquellos muñecos que estaban bajo su mando, a su disposición, y suspiró.

—Esto resulta divertido —le dijo al Primero, que tenía los ojos enrojecidos y lagrimosos—.

Hacía mucho que soñaba con verme en esta situación.

Con verte despojado de toda tu inmerecida gloria.

Pero ahora me encuentro a una altura mucho mayor.

Mis metas están muy por encima de tu posición.

Y ahora lo único que quiero es hacerte daño sin aguardar más.

Ordenó a los Pavos Reales que se separaran y adoptaran posiciones en el perímetro de la estancia, a intervalos regulares. Ellos hicieron lo que les había ordenado. Y entonces Luubu giró sobre sus talones y se volvió hacia su hermano:

—Mira a tus hijos. Mira cómo te miran. —Hizo un breve asentimiento—. Ahora, mátalos.

El Primer Terror trató de resistirse, apretó los dientes hasta el punto de que no habría sorprendido a nadie si se le hubieran hecho añicos.

Su brazo se movió por sí mismo, como serpiente que sale de una cesta, y apuntó con la espada al hijo que tenía más cerca.

El mayor. Al tratar de cambiar la dirección de sus golpes, las venas de sus brazos se transformaron en gruesos gusanos.

Mi padre venía hacia mí. Jamás lo había visto presa del pánico.

Jamás lo había visto asustado. Eso era lo que más me aterrorizaba.

No que fuera a matarme, sino que hasta él pudiera romperse.

Yo no podía hacer nada. El alarido de la trampa de roca lunar seguía oyéndose por doquier.

Maldije a los Pavos Reales Rojos por no haber retirado aquellos artilugios.

Maldije al Primer Terror por no haber retirado aquellos artilugios.

Maldije a Luubu por usarlos. Cuanto más se acercaba el Primer Terror a su hijo —trató de resistirse a lo largo de todo el camino, trató de frenarse todo lo posible para ganar tiempo, por la esperanza de algún tipo de bendita intervención—, más se angustiaba, se asustaba, se enfurecía, y yo, al estar tan cerca de él, sentía todas esas emociones también.

Y, como oso, rugí mientras alzaba su espada entre lágrimas y le cortaba la cabeza a su hijo mayor.

El chorro que brotó de la arteria resultó casi hermoso por su misma fuerza mientras la cabeza rodaba, y el Primer Terror, medio empapado, se volvió hacia el siguiente de la familia.

Y en cuanto me miró me meé encima y todo lo que había hecho que me sintiera seguro en este mundo se esfumó y entonces me golpeó con la espada, pero no me morí, así que golpeó de nuevo y grité hasta que ya no pude gritar y mi padre continuó con su tarea en silencio .

Ese fue el final de la Brigada del Pavo Real Rojo, y de rojo se tiñó el suelo de madera negra.

Solté un rugido.

El sol estaba a medio ocaso tras la pared occidental del cráter, y rugí por mi hijo que no podía rugir.

Rugí, no porque hubiera dejado de existir la brigada, que se había ganado aquella sangrienta despedida con sus actos, sino por mis nietos, que en definitiva eran muchachitos abatidos por una enorme espada.

Le rogué que se detuviera, pero no pudo, y entonces me golpeó con la espada, mi padre me golpeó con la espada , y sentí su llanto igual que sentía el dolor en mi propio cuerpo.

Le grité, pero no me devolvió el grito. En aquella estancia todos ellos fueron parte de mí, porque todos nosotros compartíamos el calor de aquella sintonía mental, de un padre incapaz de frenar sus propias acciones.

No dijo nada. No dijo nada. Se esforzó porque sus muertes fueran breves, pero por breves que pudieran llegar a ser, no fueron placenteras.

Eclosionamos en el techo. La muerte de los humanos nunca me había repugnado. Pero aquel día rugí.

Rugí hasta que el hombre de Daware regresó conmigo.

Me preguntó qué me ocurría, pero no fui capaz de responder.

Aunque hubiera podido hablar, no habría encontrado las palabras, porque la agitación era más profunda que toda palabra.

Emití un sordo gimoteo y entonces me dijo que había gente en los muelles, una lucha entre los rebeldes y los Monos Plateados, y antes de que pudiera explicarme mejor la situación, me lancé.

Ese es el principal problema de meterse en el cuerpo de un animal: el ser del animal te arrastra.

La furia no era tan solo furia, era una bola de fuego en mi cabeza.

No podía restarle importancia a la indignidad, tenía que hacer justicia.

Tenía que actuar a partir de mi propia agitación.

No era capaz de esperar y ver. Solo contaba el ahora.

Necesitaba una lucha y el hombre de Daware me enseñó dónde había una.

El número de los que participaban en la escaramuza era considerable: diez Monos Plateados que asaltaban a veinte combatientes civiles y los acosaban con los rápidos golpes de sus espadas cortas.

Por la posición de las embarcaciones alineadas contra el muelle, parecía que lo que había ocurrido era que los Monos Plateados habían perseguido a aquel contingente rebelde desde uno de los barcos de apartamentos más bajos.

Uno de los combatientes estaba echado de espaldas, encogido de miedo ante un ataque.

Levanté los brazos para protegerme la cara y el Mono Plateado los troceó como si no hubieran sido más que otras tantas ramas.

El olor a sangre no hizo más que avivar mi furia de oso.

Me daba igual quién cayera bajo mis zarpas, salté sobre el primer humano que encontré.

Resultó ser uno de los hombres de Luubu.

Mientras lo estrujaba como a un muñeco, el resto de los luchadores se dispersaron, gritando ante la repentina aparición del oso hambriento.

Cerré las mandíbulas con fuerza y el cuerpo que tenía entre los dientes se agitó en un último espasmo de muerte.

Lo arrojé contra la pared del cráter. Encontré a una mujer abandonada por su compañero, que había huido con el bote, presa del pánico.

Juntó las manos para rezar antes de que la destripara.

Resoplé y gruñí con el hocico dentro de su vientre abierto, pero los botes ya se marchaban y no me quedaba nadie más por despedazar.

Y al mismo tiempo que mi agitación se apaciguaba un tanto, el Primer Terror dejó caer su espada, tras rematar al último de sus hijos.

Luubu le pidió que se sentara a la mesa con él y conmigo, y se sentó, obedeciendo con ojos huecos.

No había parte de él que estuviera seca.

—Sírvenos —dijo Luubu, al tiempo que le acercaba la tetera.

Una vez más, el otro obedeció.

El hombre de Daware corrió hacia mí y medio resbaló sobre el charco de sangre que crecía en torno al cadáver del Mono Plateado.

—¡Esto de no saber lo que quieres hacer me lo pone todo muy difícil! —gritó.

Bajé la cabeza hacia el suelo.

—No sé qué es lo que ocurre —dijo, exhausto. Se llevó la mano a la rodilla y resopló. Miró a las embarcaciones y al humo—. Jun... ¿todavía vive?

Mis orejas de oso se enderezaron.

Y, como si siguiera los pensamientos del hombre de Daware, Luubu dejó su taza de té y miró a su hermano con serenidad.

—Ah, sí. Lo había olvidado por completo. Todavía hay uno.

La puerta del trastero se abrió de golpe.

Pero Jun no vio a nadie al otro lado al salir. Tan solo la silla que había estado apoyada contra la puerta, volcada en el suelo. Salió al pasillo vacío. Una voz emergió de una flor de latón del techo.

—Sube —ordenó la voz de Luubu. Y, al igual que todas las víctimas que el Segundo Terror se había cobrado aquel día, el último de los Pavos Reales Rojos no tuvo más remedio que obedecer.

OCASO

Pienso en Jun.

Doblegarlo fue tarea fácil. Reconozco que lo hice con deleite.

Pasé décadas tras la Puerta del Lobo tratando de abrir brecha en la trampa de roca lunar, y más años todavía en busca de alguien cuya voluntad pudiera someter a la mía.

Cuando por fin lo hallé, no me contuve. Desencadené sobre él la frustración, la impotencia, la furia que se habían adueñado de mí durante mi largo confinamiento.

Numerosos guardias iban y venían, y mis esfuerzos por seducirlos fueron en vano.

Dedicaba tiempo a observarlos mientras se encontraban en aquella caverna, sondeaba sus pensamientos mientras ellos fingían que nada les ocurría, buscaba recuerdos o motivaciones que pudiera explotar.

Pero cuando trataba de manipular a uno de ellos, ocurría una de dos cosas: o no lograba efecto alguno, porque estaban bien entrenados para resistir los asaltos de la mente, o bien se quebraban como madera barata, y sus compañeros se los llevaban a rastras, transformados en guiñapos balbucientes, que de nada me servían.

Yo necesitaba a una persona que se hallara entre ambos estados, una persona que pudiera quebrantar, pero no hasta el punto de que después ya no me sirviera de nada.

¡Qué suerte tuve de que me lo asignaran, porque el final de mi vida se acercaba y me quedaba poco tiempo para cumplir mis deseos!