DÍA TERCERO. en el que ofrecemos nuestros tejidos más finos #8
La cabeza del padre permaneció en silencio mientras sus hijos, uno tras otro, entraban, cargando con su cuerpo.
El orgullo que sintió al verlos fue tal que sentí su eco en mí.
Se deshizo en lágrimas, y el agua salada salpicó la fruta cortada que había en su plato, mientras los contemplaba a todos ellos y susurraba: «Hijos míos, hijos míos», y estos desenvolvían su cuerpo y sacaban la aguja y el hilo de plata fina.
No fue una reparación perfecta. Hasta aquel día, ninguno de ellos había tenido que unir una cabeza con un cuerpo, así que era inevitable que se encontraran defectos en su trabajo, pero la fuerza de la sangre que había recibido de mí al nacer bastó para completar su curación.
El hilo de plata quedó algo suelto en unas pocas suturas, y se tensó sin llegar a romperse mientras se ponía en pie, con un cuerpo que había creído perdido para siempre.
Pero las costuras aguantaron y se vio entero de nuevo.
Dio un beso en la mejilla a cada uno de sus hijos, que sonrieron al sentir el roce de sus labios, orgullosos porque, por una vez, lo habían salvado.
—¿Dónde está nuestro tío? —preguntó el hijo mayor.
Saam señaló hacia el techo.
En el piso que se encontraba encima de ellos, Luubu dormía sobre mi regazo.
Habría sido el momento perfecto para atacar, pero su siguiente destino no era Luubu, algo que nos sorprendió tanto a mí como a sus hijos, pues el Terror los guio escaleras abajo en vez de subir, hasta llegar al trastero donde tenían encerrado a Jun.
«Abrid.»
Al oír la orden de su padre, el mayor reventó la puerta con una resuelta patada.
Jun se puso en pie de un salto, ya en guardia, y sus espaldas se relajaron un poco en cuanto vio a sus hermanos y a su padre, pero recobraron su tensión anterior cuando este entró en el trastero.
Los Pavos Reales, que se habían quedado detrás del Primer Terror, sentían una honda ambivalencia hirviéndoles en las espaldas.
No íbamos a olvidar jamás que nuestro hermano había sostenido en alto la cabeza de nuestro padre.
No le perdonaríamos jamás aquel crimen. Sentí aquel resentimiento, igual que lo sentía Jun, quien retrocedió poco a poco al acercarse su padre.
Pero este no compartía los sentimientos de su hijo.
Al parecer, el tiempo que había pasado sin cuerpo le había recordado cuán breves y triviales suelen ser nuestras muchas discusiones mundanas.
—Te voy a presentar esta oferta una sola vez —le dijo su padre.
Y le tendió la mano.
—Podrías haber desechado mi cabeza en cualquier momento del viaje —explicó—.
Podrías haberla arrojado a las hierbas altas, o a algún río secreto, y nadie habría vuelto a verla jamás.
Pero no lo hiciste. Me tuviste cerca en todo momento.
Me tuviste a salvo. —Contemplaba a Jun con mirada dulce, a pesar de todo lo que había ocurrido, y si había quedado alguna duda de que amaba a sus hijos, en aquel momento se disipó por completo—.
No sé de qué hablaste con mi madre en aquella caverna.
No sé qué te dijo. Qué... recuerdos despertó en ti.
En muchos sentidos, es como si una persona hubiera bajado allí y hubiera regresado otra completamente distinta.
Ya casi no te reconozco. Es extraño tener que admitir semejante cosa sobre tu propio hijo, pero así es.
No te entiendo, ni entiendo las decisiones que has tomado durante estos últimos días.
Y, sin embargo, no abandonaste mi cabeza.
Y eso me revela algo crucial: que no te marchaste de verdad.
Que cambiaste, pero no te marchaste. —Alargó todavía más la mano hacia él, como si esperara algo—. Jun... puedes volver a casa.
Jun se quedó mirando la mano.
—Todo... te lo perdono todo —añadió su padre—. Lo olvidaré todo. Pero vuelve a casa.
Jun cerró los ojos, anegados. Todo su ser ansiaba tomar aquella mano. La fuerza con que lo atraía era mayor que la de los nudos celestiales del Tejedor. Pero su padre tenía razón. Jun había ido muy lejos. Y fue retrocediendo ante aquella mano hasta que su espalda chocó contra los estantes.
No habría sido posible ocultar la aflicción que se pintó en la cara de su padre, que no parecía saber qué hacer consigo mismo. Miró hacia otro lado.
—Está bien —dijo, al tiempo que salía del trastero—. Está... está bien.
Miró hacia atrás una sola vez, con los ojos enrojecidos.
Sonrió.
—Voy a salvarte de todos modos.
Cerró la puerta y la bloqueó con una silla. Jun se deslizó hasta el suelo, llorando.
Los Pavos Reales Rojos corrieron escaleras arriba sin él.
Para entonces, Luubu había despertado ya.
No me di cuenta hasta que se levantó de mi regazo, como si hubiera resucitado, con el hueso mordisqueado de mi dedo en la mano, e hizo un gesto a sus criados para que salieran de la estancia.
Mientras estos se escabullían por las puertas laterales, se detuvo a la cabecera de la mesa de té, de cara a la entrada de su corte.
Toda esperanza que hubiera podido albergar de que el dedo que se había comido aún no hubiera llegado a su organismo se vio frustrada por la confianza y el conocimiento con que se movía su esbelto cuerpo, por el aire que parecía abrirse ante sus pasos, y entonces me di cuenta de que el Primer Terror no sabía a qué iba a enfrentarse.
«¿Por qué te has detenido? ¡Tenemos que seguir adelante!»
El hombre de Daware hacía presión contra mi cuerpo. Le rugí. Me levantó la mano y se marchó, gritándome que iría en busca de algo que resultara útil. Yo le dejé. Tenía que concentrarme.
La Brigada del Pavo Real Rojo entró desfilando en la estancia.
Cual danza sin acompañamiento de voz, entraron en dos hileras.
Los cuerpos entrenados de aquellos guerreros que lo habían sido durante toda su vida entraron en la corte de Luubu sin temor alguno, con improvisados tapones de cera en los oídos.
Los seguía su padre, que andaba a paso ligero con las burdas costuras en el cuello, y su larga espada desenvainada y sedienta.
Treinta y tres guerreros con tatuajes rojos y su amado líder se enfrentaban al gobernante del Cuenco Celestial, que estaba con las manos entrelazadas detrás de la espalda y aguardaba cortésmente a que actuaran.
Antes de dirigirse a su hermano, el Primer Terror me dedicó una larga mirada, y vi que Luubu había dicho la verdad: este no era el único hijo que ansiaba verme y pasar tiempo conmigo... quizá, incluso, devorarme.
—Vaya juego has estado jugando —dijo Saam, sin dejar de mirarme, pero dirigiéndose a Luubu, o quizá a ambos—. La música que has hecho sonar por los tubos de mi estancia es atroz.
—Yo creía que esas canciones te gustaban —respondió Luubu.
—Siempre tienes que hacerte el inocente, incluso ahora.
—Se adentró en la estancia, hasta que tan solo la mesa lo separó de Luubu—.
Estás derrotado, hermano. Mis hijos han tomado medidas para protegerse de tu Palabra y sabes muy bien que tu influencia nada puede contra mí.
Toda arma que ocultes bajo tus vestiduras se desviará de su objetivo.
Todo guerrero que envíes a morir por ti morirá por ti.
Pero debes saber que mi gentileza llega al punto de ofrecer una muerte honorable a un hombre como tú.
—El Primer Terror sostuvo en alto su espada—. Arrodíllate.
—¿Si me arrodillo lo harás rápido? —se rio Luubu. Era una risa forzada, el balido de una cabra—. Estoy impresionado de que hayas sido capaz de recuperar tu propio cuerpo. Te ves estupendo.
—Arrodíllate —repitió Saam mientras rodeaba la mesa, con el arma a punto.
—Veo que perder la cabeza no te sirvió para volverte menos testarudo. —Luubu suspiró y se puso de rodillas. Hasta cerró los ojos, aunque sonriera como un niño que aguarda a que le den un caramelo—. Cuando estés a punto, hermano —dijo con desenfado.
Saam se detuvo al lado de la mesa, a medio camino. Dibujó una sonrisa engañosa.
—¿A qué estás jugando?
—A un juego sencillo —repuso Luubu—. A esperar que me cortes la cabeza. Aquí estoy, hermano. Te aguarda una victoria segura, igual que siempre.
—Si esta pasada semana me ha enseñado algo, es que no hay nada seguro.
El Primer Terror se encogió de hombros. No se acercó más. Con la mano izquierda, hizo una señal a los Pavos Reales Rojos que estaban atrás, que prepararon sus flechas.
Pero Luubu dijo:
—Quietos todos vosotros.
Y los diez arqueros se detuvieron en posición de tiro, las flechas quedaron inmóviles contra la trémula tensión de los arcos, sus dedos se vieron incapaces de soltar la cuerda.
Su Palabra había atravesado la cera. Un leve suspiro escapó de los labios del Primer Terror, porque se dio cuenta de que algo había cambiado en Luubu.
Sus ojos se abrieron de par en par cuando vio el charco de sangre en mi regazo, cuando comprendió lo que había hecho su hermano.
Se abalanzó contra Luubu, su espada avanzó a toda velocidad hacia su objetivo, pero Luubu lo señaló y le dijo:
—Detente tú también.
Y el Primero dio un respingo, porque sus piernas se bloquearon y se tambaleó sin poder avanzar, atrapado por vez primera por la influencia de su hermano menor. Luubu sonreía de oreja a oreja. No perdió tiempo en exhibir todo lo que podía hacer. Señaló a uno de los arqueros.
—¡Tú! Mata a tu hermano que está a tu izquierda.
Sin vacilación alguna, el arquero se giró y tiró a la nuca del otro. La flecha le atravesó el cráneo y se cayó al suelo. El Primer Terror intentó gritar, pero Luubu se llevó un dedo a la boca y dijo:
—Silencio.
Un torrente de aflicción se arremolinó en la garganta taponada de su hermano mayor.
Luubu se echó a andar por la estancia, abarrotada de humanos que se habían vuelto maleables.
—Es asombroso. Tan solo un dedo y ya puedo con todo esto.
Se detuvo al lado de otro Pavo Real.
—Enseña el culo a toda la sala. —El hombre dobló el cuerpo y se levantó la parte de abajo de la túnica—. Cágate encima.