La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA TERCERO. en el que ofrecemos nuestros tejidos más finos #7
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DÍA TERCERO. en el que ofrecemos nuestros tejidos más finos #7

Tan solo por la gracia del amor que el Agua sentía por mí, se amortiguó la caída.

Sentí que la superficie cedía bajo nosotros, y aunque el choque que sufrieron nuestros cuerpos no fue suave, yo sabía que podría haber sido mucho peor.

Por un momento floté, suspendida en las aguas verdes del Cuenco Celestial, y recordé lo que era moverse con el Agua.

Recordé lo que había sido flotar en lo alto y dirigir las mareas.

Recordé que había hecho que el Agua se riera con sus olas.

Me salieron burbujas de aire por el hocico, la única vez en todo aquel día en el que quise disfrutar del instante y me detuve a no hacer nada.

Aunque los proyectiles se estrellaran sobre el agua que me rodeaba, yo no tenía prisa.

Nadé hacia lo alto. Nadé hacia el día. Y una vez que hube emergido en la superficie, di brazadas en dirección al hombre de Daware, que había quedado inconsciente tras la caída.

Era la tercera vez que se desmayaba en nuestro viaje y, mientras lo llevaba con mis fauces abiertas, pensé que ojalá no despertara demasiado trastornado para serme de utilidad.

Los guardias seguían arrojándome dardos desde la cubierta superior, pero erraron todos los tiros, porque seguramente aquella era la primera y única vez en que habían tenido algún motivo para utilizar las balistas de la embarcación de recreo.

Nadamos largo rato hasta los muelles que se encontraban junto al cráter, pero no tuvimos que detenernos en ningún momento, porque todos los demás que se hallaban en el Cuenco estaban atareados con la rebelión.

Por encima del turbio y penetrante aroma de las aguas del cráter, sentí el olor del humo y del fuego.

En algún punto de mi periferia ardía una embarcación, pero no me molesté en detenerme a mirar.

No dejé de nadar hasta que llegamos a los escalones de piedra del muelle, que el agua de la bahía volvía resbaladizos, y yo, que chorreaba agua por todo mi pelaje, subí y deposité en el suelo al hombre de Daware dormido.

Iba a despertar pronto, así que me puse a trabajar.

Al cabo de un rato tosió agua por la boca y se agarró los costados como para impedir que se le salieran los pulmones.

Su ataque de tos terminó cuando parpadeó y volvió los ojos hacia arriba, y vio, escrito con trazos profundos en la pared del cráter por mi garra palpitante:

EL OSO SOY YO.

Se volvió para mirarme. El agua le hacía temblar. Tenía los cabellos oscuros amazacotados sobre la frente.

—¿Tú eres... Ella?

Asentí.

Soltó una risilla.

—¿Por qué? ¿Cómo?

Parpadeé, y el joven se rio por lo bajo, porque estaba claro que no le podía responder; sus risitas sirvieron tan solo para provocarle escalofríos. Se levantó la túnica y contempló con preocupación la piel enrojecida que se había golpeado contra el agua.

—Me imagino que lo mejor será dejar las preguntas para después —dijo—. Pero tengo que empezar por darte las gracias...

Sus palabras se interrumpieron —o por lo menos dejé de oírlas—, porque en ese instante algo cambió.

Oí algo. Un crujido. Era algo que sucedía en aquel mismo momento, y el dolor de aquella pérdida a la que no podía poner nombre alcanzó una profundidad mayor que ningún otro que hubiera sentido.

Incluso mi caída desde el cielo había sido agradable en comparación con aquel dolor.

Fue tan intenso que me hizo rugir. Rugí a la cara del hombre de Daware, con aliento tan abrasador y violento que perdió el equilibrio.

Ya en el suelo, me preguntó por lo que me ocurría, pero yo no tuve manera de explicárselo.

Que Luubu se me estaba comiendo el dedo.

Todavía tenía su cabeza en mi regazo. Se había metido mi dedo índice en la boca y lo había acomodado entre sus muelas, y luego lo había mordido.

Había sido un mordisco fuerte y decidido, como si hubiera mordido una zanahoria.

Mientras lo roía, me miraba. El color blanco del hueso sobresalía de entre sus labios.

No parpadeaba, como un bebé que tiene la mirada puesta en algo, mientras separaba la carne del hueso con la lengua.

¿Disfrutaba?, no lo sé, porque comió sin apenas expresión alguna en el rostro, tan solo con urgencia animal, con la que masticaba y engullía.

No fui capaz de pensar.

Por primera vez en toda mi existencia terrestre, estaba asustada.

Muy a lo lejos, oí el eco de un grito. De alguien que gritaba para captar mi atención, mientras los ojos de Luubu se clavaban en mí con gran amor y valentía. El grito del hombre de Daware, que había avistado una balista que se acercaba.

«¡Cuidado!»

Me tiraba del pelaje. Me decía que saliera de allí.

En cuanto la cuerda de la balista vibró y arrojó su carga, eché a correr, esforzándome por no escuchar el crujido de hueso entre dientes ansiosos.

Sentí el proyectil que me rozó el trasero sin clavarse.

Corrimos juntos por el largo muelle que ocupaba el borde del cráter, atrapados entre el agua y la enorme e impenetrable pared que lo limitaba por el sureste.

Pero yo ya no podía correr tan rápido como antes, porque aquel dolor delirante me impedía concentrarme.

Me tambaleé, y el hombre de Daware lo vio.

—¿Qué necesitas? —preguntó—. ¡Dime qué es lo que necesitas!

Le rugí con creciente frustración. Un segundo proyectil nos separó y, cuando su punta metálica se estrelló contra la pared de piedra, nos zumbaron los oídos.

Oímos que preparaban un tercer proyectil.

Traté de moverme, pero Luubu se había puesto a canturrear al tiempo que masticaba, y la mano se me cubría de sangre, y ambos contemplamos la balista, convencidos de que aquel día estaba a punto de terminar con un final rápido y repentino, cuando actuó una extraña magia.

Una pequeña sombra se proyectó desde el sol.

Era la imagen borrosa de un ave purpúrea, que descendía sobre el hombre de la balista, y lo arañaba y golpeaba con sus alas, con una ferocidad inusual en criaturas de su especie. El hombre chilló.

El ave le picoteaba los ojos.

El piloto de la embarcación trató de ayudar a su compañero, pero, llevado por el pánico, atacó al ave con su espada corta, y el animal, sin mucho esfuerzo, se apartó de la trayectoria de esta, y la hoja quedó clavada en la madera, mientras su compañero chillaba algo sobre sus ojos, sus ojos.

Había algo que me resultaba familiar en aquella ave...

una sensación pequeñita y cálida. Tuve la sospecha de que ya nos habíamos encontrado en alguna otra ocasión, pero en aquel momento estaba tan débil que no podía prestarle más atención a la criatura.

Por la manera como el hombre de Daware observaba la escena, parecía que él también hubiera visto ya a aquel animal.

Quizá, si hubiera sabido entonces lo que sé ahora... si hubiera podido volver atrás...

... en fin...

Lo hecho, hecho está.

Fue la intervención del ave lo que nos permitió ponernos a salvo.

Bajo una arcada de piedra, que nos resguardaba tanto del sol como de las patrulleras que pudieran pasar, le dejé bien claro al hombre de Daware que necesitaba un momento de descanso, porque estaba ocurriendo alguna otra cosa en el crucero real que me exigía toda la atención.

Me senté y no me moví, y le vi exasperado, pues no le quedaba más remedio que protegerme sin otra arma que su único puño, porque su nueva lanza había desaparecido bajo el agua, igual que la antigua.

Pero en aquel momento el joven era irrelevante.

Alguien entraba a hurtadillas en el barco de Luubu.

Sentí su llegada mientras Luubu dormitaba, fatigado después de comer, con la cabeza todavía sobre mi regazo...

Las dos embarcaciones largas de antes se deslizaron hasta el costado de su crucero sin más ruido que el suave chapoteo en el agua.

Desembarcaron unas pocas docenas de hombres enmascarados.

Eran hombres rápidos, y eran silenciosos, y se movían como un único organismo: los que iban al frente actuaban como ojos de los que empuñaban los arcos más atrás.

Doblaron inesperadas esquinas con sigilo.

Estuvieron atentos por si oían pisadas. Sacaron las armas de sus trabajadas vainas.

Despacharon sin apenas esfuerzo a los Monos Plateados de Luubu que estaban de guardia.

La sangre de sus cuellos cercenados pintó las paredes, mientras los hombres enmascarados que iban atrás transportaban con gran cuidado un cadáver envuelto en vendas, y subían con él por las cubiertas del junco real.

Su silencioso asalto no perdonó a nadie.

Acababa de poner orden en la cocina cuando una hoja de metal se me clavó en la espalda.

Sentí mi propio temblor, mientras el cuchillo entraba una y otra vez en mí.

Subieron por los numerosos escalones de madera negra encerada, y fueron dejando por el camino un rastro de cadáveres.

Pasaron frente al trastero donde tenían encerrado a Jun, que oyó los extraños ruidos, pero no supo cómo interpretarlos.

Pensó que tal vez se tratara del hombre de Daware, que acudía en su ayuda.

Una sonrisa vacilante empezó a dibujarse en su rostro, pero entonces advirtió que no eran las pisadas de una sola persona, sino de muchas, que se oían por toda la embarcación...

que llegaban a la cubierta de apartamentos, donde los dos Monos Plateados que custodiaban la puerta del Primer Terror cayeron decapitados bajo dos golpes vertiginosos.

Sendos manantiales de sangre manaron de sus cuellos desgarrados, como para anunciar la llegada de los guerreros que descerrajaban y abrían la puerta del príncipe.