La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA TERCERO. en el que ofrecemos nuestros tejidos más finos #6
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DÍA TERCERO. en el que ofrecemos nuestros tejidos más finos #6

Miré a aquel hombre y, al asumir la personalidad del oso, me sentí abrumada por la furia, porque aquel miserable me había torturado a lo largo de muchos años, me había hecho representar obras espantosas y me había obligado a pasar muchas noches con hambre como castigo por las malas críticas.

No hubo discusión: lo arrojé de un zarpazo entre la multitud.

Soltó un «umf» sin apenas resuello y voló hacia los bancos como bala de cañón hacia una fortificación de madera.

Mientras gimoteaba en medio del destrozo, las gentes se reían, porque pensaban que aquello formaba parte del espectáculo.

Se rieron incluso cuando tiré con todo mi peso de la sólida cadena que me sujetaba al suelo.

Tan solo se hizo el silencio cuando los guardias, que sí sabían que mis actos no estaban en el guion, saltaron el cordón y empezaron a rodearme con lanzas destinadas a controlarme.

Uno me pinchó en el muslo. Le gritamos para que se calmara.

Le gritamos su nombre. Tratamos de asustarlo con las lanzas.

Recordarle lo que le pasó la última vez que intentó escapar.

Pero de nada nos valió. La criatura había enloquecido.

En mi frustración, cerré las mandíbulas sobre la cadena y la arranqué de cuajo del suelo.

La madera se astilló, los clavos de metal saltaron por los aires y la cadena quedó colgando de mi cuello como una correa suelta.

Miré a mi alrededor. Los guardias retrocedieron.

Las gentes se llevaban las manos al pecho.

Se hizo el silencio en la Cubierta Zoológica, porque todos los miembros del público se dieron cuenta de que me había liberado.

Y entonces avancé a la carga.

Tan solo uno de los guardias fue lo bastante insensato como para hacerme frente.

No podía moverme... no podía moverme. Me abalancé sobre él con tanta fuerza que rodó por el suelo hasta llegar a la cubierta inferior.

Al tiempo que escapaba, rugí, para que la multitud despejara el camino.

Por desgracia, logré lo contrario, porque, cegados por el pánico, tropezaron con las mesas de juego y las volcaron, derribaron las sillas y se pisotearon unos a otros; huyeron en todas las direcciones excepto la que no albergaba ningún peligro.

Yo corría con la cabeza gacha y embestía a todos los que no se apartaran de mi camino.

Irrumpí entre las mesas de juego. Destrocé las jaulas donde estaban encerrados los murciélagos, y los murciélagos chillaron y revolotearon por los aires.

En cierto modo, hallé satisfacción en aquel destrozo, pero no me detuve a disfrutar de él; bajé a saltos por las escaleras principales y me dirigí a la Sala de Juguetes.

Me gusta imaginar lo que el hombre de Daware debió de sentir en ese instante.

Lo que debió de pensar cuando oyó el estruendo, el fragor, la estampida del piso de arriba.

Me imagino que trató de levantarse, de alzarse e ir al encuentro del caos que reinaba en las cubiertas superiores.

Me imagino que los sonidos debieron de animarlo a tratar de liberarse, pero que hizo fuerza en vano contra las cadenas que lo sujetaban.

Que debió de quedarse helado al oír el estrépito de una criatura de gran tamaño que destrozaba los tabiques de madera.

El sonido de los gritos, de las voces que suplicaban clemencia, de puertas que salían de sus quicios con violencia.

Y qué sangre aterrada debió de bombear por sus sienes cuando la última de las puertas se vino abajo y un oso que resoplaba, que jadeaba, que estaba cubierto de sangre, bajó con pasos lentos hacia su celda y pasó de largo frente a las demás, como si solo él hubiera tenido dentro de sí toda la mala suerte del mundo entero...

Desde luego, era un hombre de mala fortuna.

Pegó el cuerpo a la pared. Contuvo la respiración. Si hubiera tenido más tiempo, quizá me habría parado a disfrutar del miedo que pareció sentir ante mí cuando me asomé a la puerta de su celda, pues los humanos tienen una manera muy graciosa de retorcerse. Pero no disponía de tiempo alguno.

—Ahora sí que te van a joder, so manco —dijo riéndose un hombre demacrado de una celda adyacente.

El hombre de Daware se encogió en un rincón de la habitación, en la escasa medida en que se lo permitían sus cadenas.

Arranqué de sus goznes la puerta de su celda y entré, aunque mi cuerpo era demasiado grande para caber entero; mi hocico sorbió el rancio hedor, y mis ojos negros escrutaron sus heridas, mientras él me miraba con terror desbocado.

Fuera de la sórdida prisión, oí los pasos de guardias armados que bajaban por las escaleras principales.

Como me faltaba el tiempo y me pareció que ya podría comunicarme luego con él, me decidí por liberar al hombre de Daware antes de tratar de hacerle ver quién era yo.

Rompí con mi fuerza de oso salvaje los ganchos que le sujetaban las cadenas.

Los grilletes que aún llevaba en la muñeca y el tobillo derecho se soltaron de la pared con fuertes chasquidos.

Estaba a punto de arañar su nombre sobre la madera para hacerle ver mi identidad, pero, en cuanto extendí la zarpa, el hombre de Daware, que hasta ese momento había estado quieto como un muerto, echó a correr y se coló por el estrecho hueco que quedaba libre entre mi cintura y el marco de la puerta.

Tropezó en el pasillo y se cayó de bruces; luego se puso torpemente en pie como un niño asustado.

Me maldije por no haber escrito el nombre antes de liberarlo, pero la maldición salió de mi garganta como un rugido furioso que lo hizo correr aún más rápido.

No me quedaba otro remedio que perseguirlo.

El muchacho se alejaba por el pasillo, tan asustado que se estrelló contra el pecho de un guardia que en ese momento acudía.

Los dos hombres giraron el uno en torno al otro cual pareja de baile.

Al acercarme a ellos a toda velocidad por el pasillo, vi que se peleaban por el arma del guardia.

Al fin, ganó el hombre de Daware, porque arrancó violentamente la lanza de la mano del otro y echó a correr.

El guardia desarmado tuvo tiempo de verme y tragar saliva antes de que lo apartara de un zarpazo.

El hombre de Daware subía por las escaleras, en pugna con la masa de gente aterrorizada que bajaba.

Todos ellos se dirigían al muelle de atraque del barco.

Una patrulla de soldados dobló la esquina y todos ellos apuntaron hacia mí con sus lanzas, que esgrimían a la luz incandescente del ancho corredor.

Resoplé y seguí al hombre de Daware hacia las cubiertas superiores.

Anduve respirando fatigado por la interminable escalera que zigzagueaba hasta la parte de arriba de la embarcación.

Olí el aire fresco y salobre, y me di cuenta de que estábamos cerca de la cubierta superior. En la cabecera del último tramo, el hombre de Daware se volvió para ver si aún lo perseguía, y maldijo con sonora incredulidad cuando doblé la esquina y le gané terreno. Salió corriendo por las puertas.

Un cielo vespertino, entre luminoso y grisáceo, nos recibió a ambos.

Las áreas de descanso y las mesas de té de la terraza estaban casi abandonadas, salvo por unos pocos ancianos, tan absortos en su rutina que no iban a abandonar su parloteo sobre el ginseng tan solo porque un oso salvaje rondara suelto por allí.

Mientras el hombre de Daware, en un intento más bien patético por ganar tiempo, volcaba mesas y ollas para frenar mi avance, traté de imaginar una manera de comunicarme con él.

Probé a hablar, pero solo me salían rugidos.

Probé a dejar de perseguirlo, pero él no dejaba de correr.

En mi cerebro de oso tan solo cabía la idea de seguir adelante...

Interrumpí mi camino al oír el siseo de un tiro de balista y su musical vibración contra la barandilla que estaba a mi otro lado.

El proyectil había pasado tan cerca de mí que los pelillos del hocico se me habían revuelto.

Otro proyectil se clavó en la tabla de madera que se encontraba junto a mi pata.

Cuando me detuve, vi con una sensación cercana a la desesperanza que a lo largo del perímetro de la cubierta superior había balistas en plataformas giratorias tripuladas, y todas apuntaban hacia mí.

Más adelante, el hombre de Daware había quedado acorralado contra el extremo de la embarcación.

Mientras nuevos cuadrillos pasaban sobre mi cabeza, corrí hacia él, en un desesperado intento por no morir todavía.

En cuanto vio que me acercaba, se asomó por la baranda y calculó la distancia desde la cubierta superior hasta el agua.

Por desgracia para él, se trataba de una de las embarcaciones de recreo más altas del Cuenco.

Tendría que hacer el equivalente de un salto del ángel desde un acantilado.

El impacto contra el agua no sería suave.

Pero le bastó con echarme otra mirada, y con los rabiosos proyectiles que acribillaban la cubierta, para decidirse por el menor entre dos males y saltar.

Un cuadrillo me atravesó la oreja. Rugí al cielo, al mismo tiempo que saltaba en pos del joven.

Nos precipitamos al agua.