La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA TERCERO. en el que ofrecemos nuestros tejidos más finos #5
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DÍA TERCERO. en el que ofrecemos nuestros tejidos más finos #5

—Es extraño —explicó—. A lo largo de toda nuestra vida, hemos sabido dónde te encontrabas, pero no hemos podido ir a verte.

Una vez, el Primero trató de colarse hasta allí sin que lo descubrieran.

Eso fue cuando éramos pequeños. No llegué a saber cómo lo castigó nuestro padre y él tampoco quiso explicarlo.

—Iba moviendo la comida de un lado para otro del plato, como un niño descontento.

El hálito aún le olía a la carne de la divinidad tortuga—.

¡Qué extraño! Tan cerca, pero tan lejos.

Te presentíamos en nuestros sueños. Durante noches sin cuento soñábamos con la Luna en el cielo, tan brillante que nos cegaba.

A veces nos lo contábamos. Pero, como suele ocurrir con los hermanos, nos marchamos cada uno por nuestro lado, y cada uno se guardó sus sueños para sí mismo.

—Fue como si aquel pensamiento le causara una gran angustia, o por lo menos eso era lo que quería hacerme creer, porque volvió el rostro con gesto teatral—.

Creo que todos nosotros albergábamos la esperanza de llegar algún día a emperador.

El día en el que se nos daría la llave de tu estancia y, por fin, podríamos pasar algún tiempo contigo.

—Tomó aire y regresó a la mesa. Sirvió té de una pesada tetera de piedra y, sin poderlo evitar, disfruté del dulce perfume de su vapor—.

Ni siquiera sé cuál es el té que más te gusta —añadió—.

Espero que este te parezca bien. Creció no muy lejos de aquí, en una reserva de mi propiedad.

Que no se diga que la señora Panjet es la única que cultiva hojas deliciosas.

—Sonrió—. En otro día, en otra situación, te habría llevado hasta allí.

A la reserva. Sus flores se vuelven de oro a la hora del ocaso.

—Su sonrisa se volvió más queda—. Ah... en fin...

—Suspiró y se pasó una mano por sus cabellos morenos, que empezaban a clarear—.

Los planes que llegué a trazar para que vinieras hasta aquí...

te fatigarías tan solo con oírlos. Solo voy a decirte que fue una suerte que Jun llevara la tortuga consigo.

Así el devorar a la divinidad mereció aún más la pena, porque ya te lo digo, fue duro.

Las semanas que me pasé comiendo su carne correosa e insípida...

—Soltó una risa aguda y vibrante—. La tuve drogada para que su carne no estuviera tensa mientras me la comía, y me rogaba que parara, balbuceando como un borracho.

Pero ¿cómo habría podido parar? Cada nuevo bocado me acercaba a una suerte de...

metamorfosis. —Cerró los ojos—. Ahora mismo los oigo todos.

Los mensajes de las tortugas. Sus recuerdos.

Si hasta huelo lo que ellas huelen. El miedo plateado que se cierne sobre las espaldas de las gentes.

Su furia sanguinaria. Nuestro padre la jodió de verdad, ¿eh?

—Dejó la taza—. ¡Ay, madre! —exclamó, y se echó de espaldas.

Un cojín estaba ya allí para recibirlo—.

¡Solo con que Él no te hubiera tenido ahí abajo, las cosas habrían sido distintas!

¡Qué solo me sentía! Nuestro padre tenía ojos tan solo para el mayor, pero tú, tú me habrías visto.

Si hubieras estado allí, me habrías escuchado.

Me habrías dicho lo que necesitaba oír. —Se acercó a mi cuerpo.

Apoyó la cabeza sobre mi regazo, tomó la mano flácida de mi cuerpo y se la llevó a la mejilla—.

Si hubiera tenido una pesadilla, me habrías acariciado el pelo y me habrías dicho que no tuviera miedo de volver a acostarme.

Y al despertar, me habrías dado coraje para afrontar el día.

Fue tan duro crecer sin ti, madre... —Ya solo susurraba—.

Habríamos podido hacer tantas cosas si hubieras estado allí...

Usó mi mano como peine. Suspiró al sentir su tacto.

—Hoy tengo un día muy lleno —dijo con voz lejana y pensativa—.

Voy a torturar a mi hermano. Ahora ya solo es una cabeza, pero aún siente el dolor, y sin duda alguna, las humillaciones.

Y si te preguntas por qué deseo que sienta dolor, bastará con decirte que te perdiste muchas cosas durante el tiempo que pasaste detrás de aquella Puerta.

Probablemente haré que maten a su hijo enfrente de él.

Lo haré desollar vivo. Podría hacer que mis Monos Plateados lo tomen contra su voluntad en presencia de su padre.

—Parecía que aquella idea lo divirtiera mucho—.

Aún no lo tengo decidido. Pero tiempo habrá para pensar sobre esas cuestiones.

Ahora mismo somos nosotros dos quienes tenemos asuntos que tratar.

—Asintió con la cabeza, sin separarla de mi regazo—.

Sí. Asuntos muy urgentes, madre. Porque ahora que he catado el sabor de un dios, siento hambre de algo más sustancioso.

Alzó hacia mí sus ojos desorbitados.

—Creo que te voy a devorar.

Y mientras decía esto, los cánticos del mediodía resonaron en el Cuenco, pues el día iba ya por su mitad. Agarró mi mano con la suya y se peinó durante otro rato con mis dedos, y me di cuenta de que se nos terminaba el tiempo.

Una vez le pregunté por qué quería hijos varones.

El hombre que me descosió fue muy honrado a propósito de lo que buscaba.

Su respuesta no albergaba falsa modestia y, cuando contestaba a una pregunta, era claro y directo.

Con él no había margen para juegos. Me gustaba por ese motivo.

Pero cuando yo le preguntaba por qué quería que sus herederos fueran varones, nunca me daba una respuesta satisfactoria.

Hablaba sin cesar sobre tradición, sobre derechos sucesorios, sobre cuerpos fuertes frente a los débiles, pero si le discutía esas cuestiones de tradición y de fuerza, si le recordaba que yo era una diosa y que podía ayudarlo a cambiar la tradición con mi poder, y hacer que su descendencia fuera fuerte, con independencia de cómo se presentara ante el mundo, se ponía suspicaz y me decía que por qué lo acosaba con cuestiones sin sentido como esas.

Le respondí que se lo preguntaba porque mi tiempo como mujer humana había sido placentero, y porque las otras mujeres que había conocido, y con las que había pasado algún tiempo, parecían igual de capaces que un hombre.

Pero todo esto apenas si le interesaba. Siempre encontraba la manera de apartarse de la conversación sin discutir conmigo.

En aquel momento me dije que ya estaba bien, que tenía un juramento por cumplir y que mi opinión sobre aquel juramento no importaba, que de todos modos lo cumpliría.

Pero me quedé siempre con la pregunta. Durante las largas y sangrientas campañas de mis hijos, me preguntaba si las cosas podrían haber sido distintas si alguien hubiera logrado cambiar las reglas de juego, si hubiera habido una emperatriz que diera respuesta a todos los emperadores.

Si la tierra se habría anegado en tanta sangre, en el caso de que la emperatriz hubiera estado allí para detener las acometidas de las espadas.

Tuve muchas fantasías tentadoras de ese género.

Pero ahora creo saber que semejante emperatriz habría ofrecido un grato respiro, y tal vez hasta un bálsamo que habría atenuado el dolor de la mano quemada del pueblo, aunque no habría bastado.

Había visto lo que había ocurrido con todos los hijos que di a luz.

Cómo se moldearon de acuerdo con el mundo que les había sido dado, pues ni siquiera el hombre que lo había iniciado todo sabía por qué había adoptado las decisiones que adoptó.

Todo es una espiral que se alimenta a sí misma y en su centro se acumula un peso que llamamos Poder.

Eso fue lo que se me ocurrió cuando estaba atrapada con mi hijo enfermo en su elegante embarcación. Era una vieja canción que en el viejo pueblo todo el mundo conocía: podemos echar las culpas al bailarín, pero la mayoría de las veces es el propio baile el que tiene que cambiar.

Luubu me miró con un amor tan infinito que se me apareció como una estampa absurda e indescifrable.

Era abrumador y violento en su hambre. Y aun ahora me cuesta determinar qué es lo que siento por los hombres que surgieron de mí.

Qué hacer con el profundo odio y con el inagotable amor que me inspiran.

MEDIODÍA

El día se me escapaba y tenía que actuar.

Me lancé al espacio escénico sin pensarlo, y reconozco que, con cierto pánico, porque Luubu me había desconcertado.

Sin apenas tener en cuenta la seguridad del ave, pasé aleteando sobre la multitud que lanzaba vítores y me dirigí hacia el oso.

Los guardias armados con lanzas que rodeaban la escena no se dieron cuenta de mi presencia, ni tampoco el actor que en ese momento trataba de «cortejar» al indiferente oso levantándose el dobladillo de la túnica de seda para revelar sus patas desnudas.

El oso, fatigado tras el largo día, estiró sus formidables mandíbulas y bostezó.

Dejé caer el ave dentro de su boca.

Y entonces fui el oso y me atraganté con la avecilla que aleteaba dentro de mi garganta.

Con un pesado giro, me puse a cuatro patas y escupí a la criatura.

El ave se estrelló contra el suelo, empapada en mi saliva, se agitó espasmódicamente y luego se sacudió el líquido de las alas con unos pocos y resueltos golpes. El actor se estremeció.

—¿Qué es esto? —preguntó.