La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA TERCERO. en el que ofrecemos nuestros tejidos más finos #4
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DÍA TERCERO. en el que ofrecemos nuestros tejidos más finos #4

Una mujer casi tan alta como el propio puente caminaba de un lado a otro por entre las celdas con una sonrisa complacida.

Su sombra, bajo la luz de las antorchas, pasaba sobre las mazmorras y hacía que sus habitantes encogieran el cuerpo contra la pared.

No nos atrevíamos a mirarla. Sabíamos los horribles sonidos que haría salir de nosotros si nuestras miradas se cruzaban.

En cuanto estuvo lo bastante lejos como para que me aventurara a salir, volé hasta los barrotes de la celda del hombre de Daware y me pregunté cómo hablarle, porque me miró sin expresión alguna y me dijo tan bajo que casi no lo oí:

—Tú no eres el ave de antes. —Tenía una sonrisa débil y amoratada—.

¿Eres amiga de esa otra ave? Yo que tú no me acercaría mucho.

—El dolor se pintó en su rostro. Se miró la mano vacía, y aunque no dijera nada, advertí que pensaba en su propia derrota—.

He quebrantado mi juramento —dijo, casi llorando—. Soy un hombre de mala fortuna.

No me importaba nada todo aquello. Gorjeé y batí las alas, pero no me sirvió para suscitar en él ninguna respuesta que me resultara útil.

No hizo más que sonreírme, como para seguirme la corriente.

No realizó ningún esfuerzo por interpretar ni comprender, su inteligencia estaba demasiado fatigada como para ponerse a descifrar.

Tan solo quería disfrutar de la avecilla que había tenido la idea de visitarlo.

Resultó una experiencia sumamente frustrante.

—Si ves a un muchacho con una máscara palaciega —explicó con voz cansada—, dile que le busco.

Necesitaba el cuerpo del hombre de Daware, pero no podía salir de la avecilla y entrar en su mente.

Temía que la más mínima brizna de resistencia disolviera aquella sombra que era lo único que quedaba de mi yo.

Tenía que decidir con sumo cuidado mi siguiente acción.

Me eché a volar una vez más y no pareció que le importara.

Tan solo me dedicó un débil gesto con la cabeza, a modo de despedida, antes de que me escabullera entre los barrotes.

Después de salir de la Sala de Juguetes, me resitué.

Tras un breve instante de impotencia en lo alto de las vigas, donde sacudí las alas con frustración, vi bien claro que no se haría nada si no lo hacía yo misma.

Como aún me quedaba barco por explorar, me resolví a ver si encontraba algo que pudiera servirme, tal vez una llave, o una herramienta que el hombre de Daware pudiera usar para liberarse.

A base de escuchar, me enteré de que las llaves de las celdas se encontraban en manos del guarda, y tan solo en las suyas, y de que en aquel momento estaba pasando el rato en la Cubierta Zoológica.

En mi vida había oído hablar de una cubierta de ese tipo ni había estado en ninguna, y tras subir volando por la escalera principal y entrar en el amplio espacio abovedado, sentí consternación ante el gran número de animales que vi, enjaulados y suspendidos del techo cual ornamentos.

Había murciélagos de ojos saltones y loros de colores, y una familia de alcatraces que se bañaba en una tina.

Un pequeño simio canoso apretó el hocico contra los barrotes y tendió la mano hacia mí cuando pasé volando frente a él.

Había gatos que se paseaban por la sala y se echaban sobre los bordes de las mesas, hasta que estorbaban a los jugadores y estos los echaban.

Al mirar abajo, vi que aquella cubierta no era tan solo una cárcel para animales, sino también una sala de juego, con gran número de mesas bajas y cuadradas donde se jugaba con dados y cubiletes, y otras más largas con montones de fichas de piedra blanca colocadas en complicadísimos patrones, con las que los jugadores trataban de derrotar a sus oponentes mediante algún opaco procedimiento de «divide y vencerás».

Mientras buscaba al guarda en aquellas salas apartadas, descubrí algo infinitamente más prometedor o, mejor dicho, lo oí: el rugido potente y abrumador de un oso, que provenía del otro extremo de la sala.

Una multitud de borrachos lanzaba vítores en torno a una zona acordonada, donde el oso negro, cargado con pesadas cadenas que lo sujetaban al suelo, estaba sentado sobre una almohada demasiado pequeña para él, mientras un hombre de pómulos finos se espolvoreaba la cara con vistoso maquillaje azul, como era costumbre que hicieran los artistas en aquellos días.

El hombre y el oso representaban una obra de teatro.

El hombre era la esposa agraviada que requería las atenciones de su amante, y el oso era el amante, hastiado de las broncas de su esposa.

La multitud estallaba en carcajadas cada vez que el hombre soltaba algo como: «¡Antes me llamabas bonita!

¡Me decías que era agua para tu garganta reseca!

Y ahora, ¿qué es lo que me dices?», a lo que el oso, ya entrenado, rugía y agitaba las zarpas en el aire como para desestimar sus quejas.

La fuerza del oso me atrajo de inmediato.

Me lo imaginé rompiendo los grilletes del hombre de Daware a dentelladas.

Aquella criatura habría sido capaz. Pero mientras me dirigía al espacio escénico, me vi obligada a posarme sobre un banco vacío y detenerme, porque me di cuenta de que alguien había entrado en la estancia donde estaba mi verdadero cuerpo, en el crucero regio.

Era el mismo hombre de antes.

El de las manos grandes, que me había llevado de aquella manera que no me había gustado.

Me levantó y me sacó de la estancia, desde luego que no con la delicadeza con la que solía hacerlo Jun.

Al ver que subíamos por la escalera principal, entendí a dónde me llevaba.

Después de todo, solo era cuestión de tiempo.

Los sirvientes inclinaban la cabeza a nuestro paso.

Me condujeron a una sala enorme, de estilo minimalista.

El suelo estaba revestido de madera negra y reluciente, y las paredes, de largos paneles rojos, sobre los que había imágenes a pincel de su criatura emblemática, el Mono Plateado, en variadas posiciones de deseo y furia.

La estancia convergía en una sencilla mesa de madera negra.

Luubu estaba sentado en el extremo más alejado y me colocaron frente a él.

Sobre la mesa había finos platos con delicadas lonchas de pez blanco de ojo plateado, sobre tapetes de seda de Induun, y cada una de las lonchas se interrumpía en una pieza de verdura de sorprendente y vívido color: rojo, morado y plateado.

Luubu despidió al hombre que me llevaba y nos quedamos solos, salvo por los criados que aguardaban de pie en los rincones sombríos de la estancia, a la espera de que los llamaran.

—Me pregunto si puedes llegar a imaginarte cuánto he deseado esto —dijo—. Compartir un ágape contigo.

No le respondí.

—Mis hermanos sentían el mismo deseo. Pasar tiempo con nuestra madre. Escúchame.

El poder de sus palabras me abrumó, tan débil como estaba. No me quedó más remedio que abrirme a él.