La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA TERCERO. en el que ofrecemos nuestros tejidos más finos #3
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DÍA TERCERO. en el que ofrecemos nuestros tejidos más finos #3

Seguí adelante hasta encontrar a Jun. Di con él en la cubierta inferior, al final de las escaleras.

Lo habían metido dentro de un pequeño trastero donde antes se habían guardado herramientas y otros materiales utilizados en las pequeñas reparaciones del barco, pero habían vaciado los estantes.

También le habían quitado la máscara. Se había puesto a dar patadas, por si podía romper la puerta, y de pronto lo consiguió, y la madera que sujetaba la cerradura se astilló.

Tuvo un breve momento de júbilo, hasta que aparecieron tres hombres y lo redujeron a golpes.

Hasta el punto de que, cuando volvieron a meterlo en el trastero, no pudo hacer otra cosa que arrastrarse hasta un rincón y cubrirse el tatuaje de la cara con manos ensangrentadas.

—¿Te diviertes mirando por aquí?

La voz con ecos de latón que acababa de hablarme provenía de una de las tuberías de mi estancia. Regresé a mi propio cuerpo.

—Es extraño —dijo la voz desde la tubería— que este sea tan solo nuestro segundo encuentro.

Que hasta ahora solo nos hubiéramos visto el día en que nací.

Por si te sirve de algo, quiero que sepas que es un placer tenerte a bordo de la mejor de mis embarcaciones.

No sufras, no tienes por qué hablar, entiendo por qué prefieres el silencio.

Yo, a tu edad, también lo preferiría. Tan solo venía a ver cómo estabas antes de que todo empiece.

Para que supieras que ahora estás a mi cargo y que pienso tenerte tan cerca de mí como sea posible.

En su voz había una sonrisa que habría provocado náuseas en un humano.

Siguió hablando un poco más, pero yo no sentía ningún interés en lo que tuviera que decirme, así que concentré mis esfuerzos en otras cuestiones, al menos por el momento.

Al volar a lo largo de la pared interior del cráter, mi avecilla había descubierto algo curioso.

Dos barcas largas, repletas de hombres enmascarados.

Se deslizaron en silencio por una de las compuertas del canal, sin que nadie presenciara su entrada, porque las compuertas habían quedado destruidas durante el alzamiento y los puestos de guardia estaban en llamas, llenos de cadáveres, o simplemente abandonados.

Las dos embarcaciones surcaban el agua a un ritmo calculado y prudente.

La manera en que sus numerosos y pequeños remos entraban y salían del agua me recordó las patitas de un ciempiés que corre por el suelo de una habitación.

Por la hechura de sus atuendos, provistos de capa y capucha, constaté que no eran rebeldes, ni monos plateados, sino un tercer bando cuya identidad no logré especificar.

Pero estaba demasiado preocupada en buscar un plan de fuga para mi propio cuerpo como para preocuparme por aquellos recién llegados.

El principal problema al que me enfrentaba era que de nada me servía mi forma de avecilla.

No por culpa del animal. Si hubiera podido introducirme en una persona, lo habría hecho, pero se requiere un gran esfuerzo para dominar la mente de un humano que se resiste.

No me quedaban fuerzas para luchar, tan solo para persuadir, y el ave era la única criatura a mi alcance que escuchaba mis susurros.

Como apenas si podía hacer nada por mi cuenta, tuve que buscarme aliados, y el único aliado que no estaba en manos de Luubu era el hombre de Daware.

Estaba preocupada porque las comunicaciones entre ambos serían difíciles, porque yo era un ave y él no, pero a lo largo del viaje había demostrado que era un hombre capaz.

Regresé al vuelo hasta la embarcación de recreo a donde lo habían llevado, confiada en que, una vez que lo liberara, nos aliaríamos de algún modo.

Mientras volaba, observé el estado de mi propio cuerpo.

Luubu no me hablaba ya a través de la flor de latón, y nadie venía a hacer nada con mi cuerpo, lo que significaba que aún tendría tiempo para actuar antes de que mi hijo nos diera motivos para lamentarnos.

No sabía cuáles serían los planes exactos que tenía para mí, para Saam y para Jun.

No tenía ganas de averiguarlo.

MAÑANA

¿Habían sido todos tan violentos?

Hasta el Tercer Emperador, el más blando de mis muchachos, se volvió cruel durante sus últimos años.

En aquellos días me dedicaba más a la maternidad.

Incluso disfrutaba enseñando a mis hijos cómo funcionaba el mundo.

El Tercero y yo pasamos mucho tiempo en el Cuenco, donde le enseñé los secretos de sus aguas.

Los gusanos que emergían del caño del mar Durmiente, gusanos que hilaban seda en su vientre.

Y juntos tejimos finas alfombras y tapices cuya calidad, en mi opinión, aún no tiene parangón.

Quizá era demasiado blando. Los que ambicionaban su poder lo decapitaron.

Yo me vengué y después cosí la cabeza de mi hijo a su cuerpo, pero me di cuenta de que ya no era el mismo.

Rehuía las cosas que en otro tiempo le habían gustado.

Dejaba que otros le tejieran las alfombras y se apartaba de la luz.

El miedo pesaba todos los días sobre sus hombros.

Un día una avecilla se posó suavemente sobre la baranda de la embarcación de recreo, y mi hijo se estremeció y vi que, sin decir palabra, usaba el poder que yo le había dado para partirle el cuello al animal.

La criatura cayó al agua como una roca.

—No hay nada que temer, madre —me dijo en un hilo de voz.

La culpa es un círculo sin fin.

Y parecía que yo me hallara en el centro de todo.

Cuando regresaba a la embarcación que había engullido al hombre de Daware, unas pocas flechas extraviadas estuvieron a punto de atravesarme las alas.

Volaba demasiado bajo y pasé sobre una refriega en la que no me había fijado.

El barco se hallaba casi bajo nuestro control, y entonces la supervisora Sengyyna encendió la señal para pedir auxilio y, antes de que nos diéramos cuenta, tuvimos que arrojar flechas contra una patrullera que se acercaba.

Olan no sobrevivió. La flecha le dio justo en el ojo.

Ese día dejé innumerables juramentos sin cumplir, pero aquel fue el que más me dolió.

El barco estaba a bastante distancia del combate.

Reposaba pesadamente entre otras embarcaciones de recreo del mismo tipo, cual familia de morsas en una costa poco frecuentada.

Volé en círculo en torno a su enorme casco, en busca de una manera de entrar, pero, por mucho que me esforzara, encontré un único acceso: un muelle de atraque que se abría en la popa, donde los visitantes desembarcaban con sus esquifes.

Descendí sobre una baranda del muelle, con cuidado para que no me vieran ni trataran de ahuyentarme, y escuché a las gentes que iban y venían, con la esperanza de obtener alguna información, una pista, que me revelase a dónde lo habían llevado.

No me resultó difícil, porque era el único manco que había pasado por allí aquel día.

Descubrí que habían llevado a una persona que correspondía con su descripción a un puente que se encontraba dos pisos más arriba.

Intercambiaban la información en un tono conspirativo que hizo que me preocupara por su destino, así que volé con rapidez por el barco y tan solo en una ocasión me descubrió un joven barrendero que trató de espantarme con la escoba.

Me persiguió, pero lo dejé atrás en seguida al pasar sobre la multitud que caminaba hacia la escalera principal.

No parecía que a los demás les importara que yo estuviera allí, aunque hubo quienes se cubrieron la cabeza con las manos mientras los sobrevolaba.

Al descubrir el sitio donde tenían preso al hombre de Daware, vi que había hecho bien en preocuparme.

A base de hábiles y oportunos aleteos que me llevaron de viga en viga del techo, logré adentrarme lo suficiente por la tercera cubierta como para descubrir lo que la gente de allí llamaba la Sala de Juguetes.

Éramos los juguetes del baúl del placer.

Y nunca salíamos. En los lugares recónditos de las embarcaciones de recreo, tanto las de buen tono como las de carácter dudoso, siempre termina por haber lugares de ese tipo, donde se lleva a las personas y se les aplican procedimientos de gran lentitud, a fin de transformarlas en un mero cuerpo que ya tan solo respira, a merced del uso y disfrute ajenos.

La mente termina por borrarse a fuerza de crueldad.

Estaba destrozado... sí, lo estaba. Tomaron esos palos duros y puntiagudos y me... me... me...

Las salas de juguetes como aquella no iban contra la ley, pero tampoco se consideraban de buen gusto, aunque era bien sabido que Luubu las frecuentaba.

Me susurró al oído que yo jamás había amado a nadie más que a él, y Su Susurro se enroscó en torno a mis pensamientos y lo creí, creí que era el único al que había amado, y cuando se marchó, arañé las paredes en un intento por ir tras él, hasta que las uñas se me hicieron astillas contra las grietas de la madera.

Fue allí donde encontré al hombre de Daware, con el brazo y la pierna derecha encadenados a las tablas de la celda donde lo tenían encerrado.

Para entonces había recobrado el conocimiento, pero aún se le veía aturdido, sin terminar de creerse la situación en la que se encontraba.

Le habían dado una paliza. Tenía el ojo izquierdo hinchado y el labio inferior partido.

Y su lanza había desaparecido. Presumiblemente se había hundido en las aguas del Cuenco.