DÍA TERCERO. en el que ofrecemos nuestros tejidos más finos #2
Gran número de generaciones más tarde, miré arriba en busca de una respuesta.
Y mi hijo me devolvió la mirada.
Desde la oscura catarata abierta en la embarcación, a duras penas alcanzaba yo a distinguir la expresión de Luubu, pero vi que estaba satisfecho.
Habíamos caído en su trampa y los proyectiles de la balista habían dado muerte al desgraciado Defecto, y el hombre de Daware se había esfumado, pero mi hijo, que había orquestado toda aquella desgracia, parecía no pensar en nada, salvo en lo feliz que era al tenerme allí, para que lo viera triunfar.
Pero creo que su alegría se habría atenuado un poco de haber sabido que su éxito era tan solo parcial, pues yo ya había quedado atrapada una vez por el pentagrama de roca lunar, por obra de su padre —atrapada, durante mucho tiempo—, y para entonces había aprendido a detectar cuándo podían producirse los ataques.
Y así, mientras nos acercábamos a la flota carcelaria, me dejé llevar por mis bien fundadas sospechas y adopté medidas preventivas y, antes de llegar al barco donde creíamos que habitaba la divinidad tortuga, cometí un acto temerario y estúpido.
ALBA
Me desdoblé.
Imprudente. Eso es lo que me habría dicho Jun si le hubiera contado mis planes antes de ponerlos en práctica.
Durante el escaso tiempo en el que traté con él, se había vuelto más y más impertinente, pero en aquel caso me habría reprendido con razón.
Lo que aún podía gastar de mí misma era limitado, y al dividirme entre dos cuerpos consumí un esfuerzo y un vigor para los que a duras penas me quedaban reservas.
Pero al final se demostró que había sido buena idea, y vi desarrollarse los acontecimientos de aquella noche desde dos puntos de consciencia distintos: desde mi propio cuerpo y desde los ojos de una pequeña ave gorion que se había posado sobre la borda de un barco prisión cercano.
El ave volaba tan lejos que apenas si se vio afectada por el poder debilitador de la trampa.
Vi con sus ojillos brillantes los sacos de roca lunar que volaban sobre la baranda, el giro de las balistas y el destello del metal, y los proyectiles que alcanzaron el cuerpo de la tortuga.
Vi que Jun se agachaba sobre la cabeza de la tortuga, que acariciaba su boca ensangrentada, mientras las patrulleras salían del navío de Luubu para prendernos.
Y mientras mi propio cuerpo se ahogaba bajo el peso del agua aullante, mis alitas batieron con furia y volé muy por encima del Cuenco, bajo el cielo aún oscuro de la mañana.
Me informé de la situación en la ciudad.
El estrépito del combate resonaba en el cráter.
Luubu había engañado a sus propios familiares para que cayeran en su trampa, pero era bien poco lo que podía lograr contra una rebelión que cobraba una fuerza cada vez mayor, salvo hacerle frente en las numerosas escaramuzas que se estaban produciendo a la vez por todo el Cuenco.
Mi avecilla observaba la lucha desde las barandillas y las vigas.
Muchos de los que se rebelaban eran trabajadores que vivían en los barcos de apartamentos más sucios, que trabajaban en las barcazas de pesca de arrastre y las flotas textiles.
Kaara/Tak-Lina y su almirantazgo se servían de tácticas que creaban confusión.
La noche había empezado con pequeños incendios por todo el Cuenco, con la desaparición de barcas patrulleras y extrañas órdenes de los superiores, transmitidas a través de mensajes codificados que recorrían las proas de las embarcaciones.
Media caja de pólvora, robada de la fundición del señor Waag, se empleó para hundir el mayor de los barcos cuartel, mientras que la otra mitad se usó para retener como rehén la embarcación de recreo Shrik-Soso , lo bastante ancha como para proteger del fuego de las balistas a los demás insurgentes.
Así, a la hora de la madrugada, mutilaron las cabezas de los capitanes de los barcos más importantes.
Hombres y mujeres, jóvenes y viejos, tomaron las armas y cargaron por los corredores de la cubierta, y hasta treparon por las redes de las velas como arañas por telas inclinadas.
Despojaron de su poder a capitanes y capataces, a pesar de que las balistas de las patrulleras les hundieran proyectiles en el pecho y los hicieran caer al agua por la borda.
Vi a tres hombres clavados al casco de un barco por una sola descarga, como otros tantos pergaminos sujetos por una aguja.
Vi un incendio en las literas de un barco de apartamentos, las llamas que ascendían desde la cubierta más baja y pobre hasta la más alta, y las gentes que con tal de salvarse se arrojaban al agua, donde los mataban las cuchillas de la brigada de Luubu, los Monos Plateados.
¿Cuál era la situación de Kaara/Tak-Lina en medio de todo aquello?
Yo no lo sabía. En aquel momento imaginé que la trampa la habría afectado igual que a mí y pensé que se habría disuelto en innúmeras gotas por las frías aguas del Cuenco, y que trataría de recomponerse.
Los sonidos de lucha se oían por todas partes.
Era imposible escapar de ellos. Sin embargo, en torno al Cuenco había zonas que indudablemente estaban más tranquilas, lugares donde las columnas de humo no eran más que finas líneas negras en el horizonte de barrios protegidos, y los barcos tenían tiempo de sacar de sus sentinas el agua recogida durante la noche.
Fue en una de esas zonas, en una de las bahías de recreo más opulentas del cráter, donde descubrí el cuerpo del hombre de Daware flotando en el agua.
Mi ave se posó sobre él y descubrí con alivio que no había muerto, que tan solo había perdido el conocimiento.
Su pulso era un lento y lejano redoble de tambor bajo mis garras.
Pero no importaba las veces que le picoteara en el pecho, no se movió, y al fin me vi obligada a abandonarlo, cuando una súbita luz de antorcha iluminó su cuerpo y unos hombres envueltos en sombras, en un esquife ligero de recuperación, lo subieron a bordo.
Tiempos difíciles, como aquel día en el Cuenco, en el que salimos de caza...
Si un vagabundo se esfuma más acá o más allá, nadie se da cuenta.
Los seguí a distancia mientras pude, pero el esquife no tardó en desaparecer en las entrañas de una enorme embarcación de recreo.
Escruté los blasones estampados en el costado de la embarcación, para recordarlos, y me dije que pronto regresaría, cuando hubiera terminado mi reconocimiento de todo el cráter.
Y mientras esto ocurría, aún registraba todo lo que captaban los sentidos de mi propio cuerpo, pero no estaba concentrada en ellos... hasta que nos detuvimos y me separaron de mi hijo, y de Jun, con cierta violencia.
Nos llevaron a la embarcación de recreo de Luubu.
Un hombre al que no conocía cargó conmigo.
Tenía unas manos grandes y toscas, y mi consciencia de pertenecer a la realeza se ofendió de que tocara mi persona.
Pensé sin cesar en esa afrenta mientras me llevaban a una pequeña estancia privada, donde me encerraron bajo llave.
El hombre de manos ásperas me colocó sobre un cojín como si fuera un juguete viejo y gastado.
Pensé que quizá, con esfuerzo suficiente, podría hacer acopio de las fuerzas que me quedaban para reventarle la cabeza al blasfemo, pero abandoné en seguida la idea, y con el tiempo recobré el buen sentido, porque las reglas del juego seguían siendo las mismas: no apostar todo mi dinero a una sola tirada.
Lo que le quedaba a aquel cuerpo bastaría tan solo para una única acción física y quería sacarle partido.
La habitación tenía los adornos aparatosos que cabría esperar de uno de los cruceros reales de Luubu.
Había una cama donde habrían cabido cinco humanos, con cortinas traslúcidas que separaban el colchón del resto de la estancia, y en el otro extremo, un sofá largo y mullido, y una mesa de té tallada en una sola pieza de madera de árbol de mora roja.
Era la estancia de los dignatarios de visita, de las personas a las que el Segundo Terror deseaba impresionar con su riqueza y estatus.
Me sorprendió que en un alojamiento de tanto rango se oyera con especial fuerza el crujido de la piedra lunar.
Sin necesidad de observar mucho —aún podía proyectarme a cierta distancia de mi cuerpo—, descubrí una serie de orificios en la pared, demasiado pequeños para meterme por ellos, pero también lo bastante anchos como para dejar entrar todos los sonidos de fuera.
También había dos tubos terminados en abertura que salían de la esquina de la habitación.
Proyecté mi mente hacia arriba y seguí esos tubos.
Uno subía al puente del barco, que estaba curiosamente vacío, y el otro llegaba hasta el exterior, como si se hubiera concebido para captar con mayor claridad los sonidos del Cuenco, y así, parecía que aquella estancia se hubiera construido tan solo para mí.
Conseguí ir un poco más allá. La trampa de Luubu era extensa, difusa, no me alteraba de una forma tan aguda como la de la Puerta del Lobo.
Yo no habría podido mover ni un libro, ni una taza de té, pero al menos sí podía espiar en las estancias contiguas y ver dónde tenían encerrados a los demás.
Mi hijo se encontraba en la habitación de enfrente, al otro lado del pasillo.
Habían depositado su cabeza en un plato colocado sobre una mesilla, en medio de una habitación vacía, sin muebles.
Alguien se había tomado las molestias de adornar el plato con rodajas de fruta y finos cortes de verdura.
Había sido cosa de Deegan, el muy gracioso.
Era él quien había emplatado el gorrino real.
Luubu aprobaba aquella presentación. La cabeza que estaba sobre el plato, ya no tanto.
Parecía que fuera consciente de que yo estaba en la habitación.
—Qué día más bonito, ¿verdad que sí, madre? —dijo.