DÍA TERCERO. en el que ofrecemos nuestros tejidos más finos
DÍA TERCERO
en el que ofrecemos nuestros tejidos más finos
La cosa empezó y terminó aquí.
Lo llamaban el Cuenco Celestial, porque de sus honduras brotaba una eterna fuente de agua que nutría la tierra.
Durante el tiempo que pasé en este mundo, el Cuenco fue un orgullo para las gentes...
una prueba de que los dioses habían elegido a la humanidad para que gobernara aquel país.
Pero para mí, aquel cráter no era un obsequio de los cinco cielos, sino una vergüenza, una pena en lo más profundo de mis huesos.
Al contemplar el cráter, lo que veía era una profunda cicatriz en la tierra.
Veía los ríos de la falta y del reproche, que nacían de mis manos.
Vi mi cuerpo en plena caída.
Me encontraron en el cráter después de que abandonara mi lugar en los cielos.
En el fondo de la cuenca calcinada, sobre el caparazón agrietado de la divinidad tortuga herida, que absorbió lo peor del impacto.
Mi nueva y frágil forma humana yacía inconsciente sobre la criatura ensangrentada.
No sé durante cuánto tiempo dormí, pero cuando desperté, la divinidad tortuga me había llevado a la aldea cercana, donde los suplicantes cayeron de hinojos a mi alrededor, con la cabeza gacha y las manos extendidas, rogándome que los tocara.
Por fin estaba allí. Aquellas gentes ya no eran abstracciones lejanas que había que contemplar desde lo alto, desde la lejanía.
Estaban cerca y demostraban tanto amor que aquello alcanzó una intensidad inconmensurable.
Me incorporé para ir a su encuentro, pero en cuanto me deslicé del duro caparazón de la tortuga, mis piernas, nuevas y que jamás había usado, cedieron en seguida bajo mis pies y me desplomé sobre el polvo.
Rodé sobre mi espalda, mientras las gentes murmuraban y me arrullaban, y gracias a sus atenciones miré hacia el cielo, hacia la oscura Quemadura que moraba en lo alto, hasta que las multitudes fueron en busca del guerrero que me había liberado de las estrellas.
Tocó el suelo con la frente y me dijo que se alegraba de que hubiera llegado sin sufrir ningún daño, y luego me recordó como si me hablara al oído que, a cambio de lo que había hecho, le había prometido que cumpliría el deseo de su corazón.
—¿Y qué es lo que quieres? —le pregunté, sin apenas energía para preguntar.
—Hijos varones —me respondió—. Querría hijos varones.
No me cuesta nada recordar los viejos días.
Mi tiempo como Luna nunca está lejos de mis pensamientos.
Los días en los bosques de leche fría y ríos de plata son un escondite sagrado en las islas de mi memoria.
Sueño con raras flores de medianoche que se abren al cielo nocturno para beber mi resplandor, y con amantes en los bosques, con el cuerpo cubierto de rocío y de rubor, que alientan luz de luna a través de su piel.
En otro tiempo poseía una belleza extraordinaria.
Fui lo segundo que creó el Tejedor. Su Ojo Pálido.
Le vi coser la alfombra de estrellas y contemplé como testigo a Sus ocho consortes, que insuflaron vida a la tierra estéril como fuelles que avivan un fuego, y las copas de los árboles brotaron de las quebradas como humo.
Estuve allí desde el principio, vi cómo echaban raíces las primeras semillas, y cómo se henchían y se desbordaban los ríos.
Estuve allí cuando los primeros hombres salieron arrastrándose del Agua, como bebés de carne desnuda y débiles, que entrecerraban los ojos ante la luz.
Estuve allí cuando tomaron aquella roca y abatieron a su hermano en el bosque.
Estuve allí cuando el primer derramamiento de sangre.
Hay mucho de lo que experimenté aquellos días que no puedo traducir al habla humana.
Belleza y terror intraducibles a vuestra lengua musculada.
Que se me crea cuando digo que el mundo de entonces era como el de la baya en su plena madurez, crecida, que se revienta entre los dientes.
Eran los días en los que aún no había puertas ni brigadas.
Aún no había Palacio Rojo, ni Estados del Norte, ni Ciudad Divina.
Eran los días en que las castas animales aún poblaban los campos y los bosques, fuertes en número, y aún no había talado nadie sus hogares en busca de madera, ni quemado sus madrigueras en busca de metal.
Cuando los osos y los lobos aún dominaban las montañas y los ríos aún rebosaban de peces brillantes.
Pero, de todas las maravillas que se exhibían bajo mi pálido ojo, no había nada que me gustara más que contemplar la danza.
En aquellos tiempos los hombres no eran tantos como ahora.
Tenían que pelear por hacerse un sitio al lado de las otras castas.
Para compensar su falta de colmillos y garras, el Agua les enseñó la magia de la danza.
Las gentes bailaban para la tierra, y la tierra se reía y se hinchaba y hacía que las cosechas fueran cada vez más abundantes.
Lo llamábamos La Palma Golpea el Suelo. Bailaban para los ríos y los peces, y los peces saltaban a las redes desplegadas.
La Primavera nos Llena el Cesto . Bailaban para que el cielo diera lluvia a la hierba y truenos cuando el fuego era necesario.
La Flecha Atraviesa la Nube. Bailaban para el pueblo.
Impregnaron a los constructores con el don de la fuerza y a los artistas con la luz de la creatividad.
Y cuando mi hermano Sol se retiraba, y me tocaba a mí tomar posición en el cielo en nuestra eterna vigilia con la Gran Oscuridad, las gentes actuaban para mí, y solo para mí.
Empapé su tierra con mi luz, en estanques y valles, hice sus caminos seguros para transitar, y me regalaron sus maravillosas danzas que contaban historias de amores perdidos y grandes batallas.
Cuando arrojaba mi reflejo al corazón del océano, y visitaba a mi amor en su Mundo Inverso, este me preguntaba qué me parecían las danzas más nuevas que había enseñado a las gentes. Y nos abrazábamos, y le decía al Agua que cada una de las danzas era mejor que la que la había precedido.
—Todo es para ti —me susurraban en el oído frío y luminoso.
Si hubiera habido alguna manera de retrasar lo inevitable... si hubiera habido alguna manera de aferrar un momento con las manos y mantenerlo vivo por siempre...
Pero nada ni nadie vive por siempre.
Ni siquiera los dioses. Somos poderosos, pero no invulnerables.
La muerte simplemente tiene que esforzarse más para atraparnos...
varios cientos de años, quizá varios miles, hasta que de nuestro cadáver derrumbado nace un nuevo dios, como una muda de piel, y lo que habíamos sido desaparece.
Nuestras aficiones y amores se esfuman y un nuevo orden se levanta en nuestro lugar.
Antes de que llegaran los días de los humanos y sus danzas, yo había vivido mucho tiempo ya.
La superficie de mí misma se había llenado de hoyos, de grietas, de cráteres, y sabía que si me permitía a mí misma continuar por más tiempo en aquella forma desaparecería.
Una nueva luna se sentaría en mi trono y ya no sería mi luz la que bañara a los animales y los bosques.
No sería a mí a quien los danzantes presentarían sus artes más finas, sino a otra criatura de menor estatura que no sería capaz de apreciar ni de amar las mismas cosas que yo. Y yo no podía soportar tal pensamiento.
Habría preferido que no hubiera Luna.
Al más fuerte de los humanos le pedí lo siguiente: libérame de este Tapiz y te concederé el deseo de tu corazón.
El hombre, que sentía hambre por cosas que la vida no le iba a ofrecer jamás, aceptó la tarea que le encomendé, e hizo un arma más larga que ninguna otra que se hubiera hecho hasta entonces, y cortó con ella las costuras que me circundaban.
Y mientras me precipitaba desde el trono que me había concedido el bendito Tejedor y caía hacia la tierra, creí que lo había conseguido.
Los había engañado a todos. Había engañado a la misma Muerte.
Porque sabía que, si no me hallaba en el cielo, no podría nacer una nueva Luna de mi cadáver, y no quedaría en el trono celeste más que una Quemadura estéril, una cicatriz que perduraría como prueba de mi señorío, que sería eterno, y no compartiría con nadie.
Al despertar en mi nueva forma, atada a la tierra, y mortal, di inicio a unos años que se contaron entre los más felices de mi vida.
Gocé al presenciar las danzas de cerca e incluso aprendí algunas yo misma.
La sensación era mucho más táctil y efectiva que el extraño funcionamiento cabeza abajo del Teatro Inverso de mi querida Agua.
Hasta llegué a disfrutar del guerrero que me liberó, que era muy hábil como bailarín y como amante, y no me importó su petición de que adoptara forma de mujer, para ajustarme mejor a su deseo.
Pero siempre, por debajo de todos los instantes que pasé en su compañía, fui consciente del mundo que había dejado y del que se esperaba que creara.
«Quiero hijos varones», me dijo él.
Hijos varones, me dijo, y también las tierras de sus hermanos, pues nada sabe tan dulce al paladar humano como el jugo de la fruta robada.
Así que le di hijos varones, y di a esos hijos varones el poder que necesitaban no solo para sobrevivir en este mundo, sino para hacerse dueños de él.
Y en esa dinastía me perdí. Olvidé al Tejedor, a las Estrellas, incluso al Agua.
La Quemadura que se hallaba sobre mi cabeza era tan solo un pequeño recordatorio de lo lejos que se encontraba el lugar desde donde había venido.
Lo único que me importaba era mi familia y mi trono.
En cierta ocasión, la divinidad tortuga se preguntó en voz alta si habrían hecho lo debido al recogerme en el día de mi caída. Para entonces ya se había construido la primera esclusa. El río Gora rebosaba agua.
—¿Qué es lo que salvé ese día? —preguntó la divinidad.
No le supe responder.