La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA SEGUNDO. en el que ofrecemos nuestra mejor captura #21
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DÍA SEGUNDO. en el que ofrecemos nuestra mejor captura #21

Luubu sonrió a la pequeña embarcación que reposaba en el agua.

Su voz les entró en la cabeza, aunque no moviera los labios.

Les dije que lo lamentaba, pero que me había comido a la divinidad que buscaban.

Que me había llevado mucho tiempo. Tenía tanta...

carne... hacía muchos años ya que habían llevado el útero a palacio, para mantener las incubadoras, pero lo que había quedado del cuerpo era poco menos que un festín.

Era un proyecto que había durado muchos meses, y tan solo en aquel momento, allí de pie, contemplándoles desde lo alto, había llegado a su fin.

Le dije a la tortuga defectuosa, por si le servía de consuelo, que su divinidad era una criatura resistente.

Durante la mayor parte del proceso se había mantenido con vida.

—No... —murmuró el Defecto.

«Sí», le dije a la tortuga. Y con cada nuevo y terrible bocado logré un mayor acceso a la Única Mente, hasta adueñarme de toda la red.

Vi por los ojos de sus hermanas y oí por sus oídos...

y aquel mismo día había logrado contactar con el Defecto y había hecho creer a la criatura que era su madre la que la llamaba.

Luubu suspiró con orgullo.

Qué alegría me llevé al descubrir, no solo a mi amada madre en vuestra compañía, sino también la cabeza de mi hermano. Qué...

—¡MENTIRA! —gritó la tortuga. Soltó patéticos gritos al vacío—. ¡DIVINIDAD MÍA! ¡RESPÓNDEME! ¡DIVINIDAD MÍA! ¡TU PROGENIE HA VENIDO POR TI!

—No es de buena educación interrumpir a alguien mientras habla —le dijo Luubu a la criatura, con cierto desagrado.

Hizo un gesto a sus hombres. Y Keema oyó en lo alto el crujido de la madera: las grandes balistas montadas en torres, cargadas con pesados cuadrillos de punta de hierro, se volvieron hacia la embarcación que estaba en el agua.

Se oyó en la noche el chasquido de los arcos que disparaban.

El joven vislumbró el breve destello de los proyectiles que salían volando por el boquete, sus puntas de sierra metálica que capturaban la luz de las antorchas momentos antes de hundirse en el caparazón del Defecto.

Cinco le atravesaron el cuerpo, y un sexto, guiado por el tiro más certero de que eran capaces los Monos Plateados, clavó su cabeza sollozante contra el fondo de la barca.

El Defecto había muerto, el nombre de su divinidad se esfumó de su lengua marchita.

Por el agujero del oído rezumaba bilis negra.

Jun retrocedió, suplicó a la anciana que hiciera algo.

Llevado por el pánico, golpeó el tarro de arroz con el pie, y la cabeza del Primer Terror rodó hacia el charco cada vez más grande de bilis de tortuga, pero la emperatriz no hizo nada, porque Ella era un cuerpo que respiraba y nada más, no era ya capaz de revolverse contra el grito del agua —las energías del mundo natural se detenían en aquellas hebras congeladas— y dedicaba todos sus esfuerzos a no perder la consciencia.

Keema apretó los dientes y clavó su furiosa mirada en Luubu; la mano con que sostenía la lanza tembló contra las ataduras que le imponía la Palabra del príncipe.

—Eres... un... cobarde —dijo.

El Segundo Terror lo miró como si hubiera olvidado que estaba allí. Se volvió hacia uno de sus guardias.

—¿Cómo es que este muchacho aún vive?

Y Keema, al volver la cabeza, vio a un hombre que emergía de la negrura con pintura plateada en la cara y que se arrojaba sobre él con una daga de hoja delgada cual aguja apuntándole al corazón.

Se dio cuenta de que no podría evitar su carga, de que iba a morir allí mismo, y pensó en lo lamentable y patético que iba a ser su final, en la estupidez que los había llevado a aquella absurda sucesión de acontecimientos.

Pero, entonces, un chorro de agua entró por el boquete de la embarcación y lo arrastró fuera cual muñeco de trapo.

Su cuerpo inerme se precipitó en las aguas por obra del espíritu del río Kaara/Tak-Lina, que emprendió una última y desesperada acometida antes de que el agua aullante la disolviera, y Keema cayó en las oscuras aguas del Cuenco, magullado y quebrantado, y sin consciencia.

Y al final de este Día, se hace el silencio.

El público calla mientras los actores abandonan el escenario y dejan tan solo el cuerpo iluminado por la luna a la luz del brasero.

Oyes la transformación que se produce en la atmósfera.

La absoluta quietud que hay. Las voces de los antiguos y de los muertos también retroceden, tan solo por un breve espacio de tiempo, para dar espacio a la que va a contar la historia de todos ellos.

Al final de aquel Segundo Día, cuando sentí que mis sentidos me abandonaban por última vez, advertí que, si no actuaba, y con premura, estaría todo perdido.

Nos hallamos ante el Tercer Día del Santo Peregrinaje, ese Día tan fatídico, y efectuamos un cambio de bailarín.

Llevaba demasiado tiempo en silencio... Había permitido que mi cuerpo se pudriera en el abandono.

Y por un día, cambiamos una voz por otra.

Es apropiado, si tenemos en cuenta los acontecimientos que bien pronto se van a producir.

En este Teatro Inverso, que no está en ningún tiempo, ni en ningún lugar, este cuerpo iluminado por la luna permite que Su Real Susurro entre de lleno para contar la historia como le apetezca.

Cómo tomé en el Tercer Día una decisión que jamás habría pensado que iba a tomar.

El relato de la venganza de un niño iracundo y de cómo se rompió el Cuenco Celestial.

Así que escuchadme, honorable público de este teatro...

escuchad a la Luna que Está en lo Alto, a la Emperatriz de los Ocho Hijos del Trono Lunar, pues tengo un relato que contaros.