La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA SEGUNDO. en el que ofrecemos nuestra mejor captura #20
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DÍA SEGUNDO. en el que ofrecemos nuestra mejor captura #20

—¡Graciosa Luna! ¡Te lo ruego, salva a la madre de esta!

—gritaba el Defecto. Pero yo también estaba turbada.

Algo no encajaba en la presencia de la divinidad tortuga.

Me sentía en las últimas... teníamos que asegurarnos de lo que íbamos a rescatar.

Jun asintió, y él y Keema remaron hasta el costado del barco, cerca de la costra que se había ido formando a fuerza de rocío y percebes.

Fue Keema quien se presentó voluntario para ir a ver.

—No, lo haré yo —replicó Jun—. Es mi deber.

Keema negó con la cabeza.

—De todos los que estamos en este bote, soy el que menos inconvenientes generaría a los demás si muere.

Jun arrugó el ceño, empezó a hablar con un «pero...

», y entonces levanté mis proverbiales manos y dije que ALGUIEN tendría que ir de una vez , y, antes de que Jun protestara, Keema saltó del bote.

Había arrojado la lanza y clavado la punta justo debajo de la entrada de la prisión.

El joven escalaba ya la pared del barco; las grietas en el casco le proporcionaban asidero suficiente como para propulsarse hacia arriba con su único brazo y sus dos pies, como una pantera...

Logró trepar, entre pesados jadeos, hasta el fondo de la bodega.

Mientras se metía dentro, se hizo un arañazo en el muslo con una plancha de madera quebrada, y le salió sangre de la herida.

Entre estremecimientos, hizo señas con la mano a quienes estaban abajo para indicar que se encontraba bien, y Jun alejó el bote para ver mejor tanto a Keema como al interior de la embarcación.

El olor era tremendo... como si hubiera treinta Defectos supurando pus a su lado en la estancia. Keema, respirando tan solo por la boca, arrancó la lanza de la madera donde estaba clavada y entró. No llegó muy lejos antes de que alguien le dijera desde la oscuridad:

—Detente.

Ante su Palabra, no le quedó otra opción que obedecer.

Todos los músculos del cuerpo se le quedaron rígidos; tan solo los ojos se movían todavía, dos esferas aterradas que se volvían bruscamente en todas las direcciones que habría cabido imaginar, mientras el resto permanecía inmóvil como la piedra.

Un gruñido escapó sin aliento de su boca inmóvil.

De su pecho helado. Keema sintió un miedo que no había conocido hasta entonces.

Ni siquiera el dedo meñique respondía a sus órdenes.

Habría sido posible acercarse a él y lamerle un costado de la cara, y arrebatarle la lanza, y él no habría sido capaz ni de soltar un respingo.

Las pupilas se le transformaron en puntitas de alfiler, mientras una llama brillante se encendía en el otro extremo de la prisión.

Allí, a la luz de las antorchas y a la sombra de una criatura gigantesca, había un hombre pequeño y delgado.

Vestía una túnica negra muy lujosa, con estampados rojos muy intrincados, y llevaba una gruesa bufanda al cuello, de colores rojo y negro.

Parecía un hombre delicado, de los que jamás se han sentado sobre algo más duro que un cojín.

Su pose era la de una persona a la que alguien acaba de despertar.

Aburrido, fatigado. Como si aguardara el regreso de su pareja de baile.

—Lo has conseguido —dijo, de forma refinada y sutil, como a menudo hablaban las personas de mayor edad...

aunque en la suya había una fuerte aspereza, como si aún le doliera una herida reciente.

Debía de rondar los cuarenta y cinco años.

La misma edad que...—. Mi hermano —prosiguió el hombre—.

Tú eres el que lo decapitó. El hombre de la tribu Daware.

—Un murmullo estrangulado escapó de sus labios—.

¡Venga! —añadió entonces el hombre—. Puedes hablar.

—Tú eres Luubu —respondió Keema, con sequedad en la boca.

El Segundo Terror sonrió. Pasó por el lado de Keema, que estaba con los dientes apretados, y se dirigió a la inmensa catarata que se había abierto en la pared. Se detuvo en su mellado borde.

—Ella también estará ahí abajo, ¿verdad? —preguntó.

—Te va a... arrancar la cara —dijo Keema con dificultad. Sus frenéticos pulmones aún lograban hincharse contra los músculos contraídos.

Luubu hizo como que pensaba en lo que le había dicho.

—Buena observación —respondió, e hizo un gesto con la cabeza a alguien que se encontraba mucho más atrás.

El gesto con la cabeza era la señal.

Alguien arrojó grandes sacos de malla desde la borda del barco prisión.

Los pesados sacos cayeron al vacío y arrastraron tras de sí largos cordones umbilicales hechos de soga que, al desplegarse en toda su longitud, se tensaron como cuerdas de arco y vibraron sonoramente, mientras los sacos se mecían sobre la salobre superficie de las aguas del cráter.

Lo sentí de inmediato.

Bajo las trampas de roca lunar, el agua empezó a agitarse.

Empezó a chillar.

Me había capturado.

La anciana, silenciada, sintió su propia impotencia mientras Luubu la contemplaba desde la catarata que se había abierto en la embarcación.

Los oídos de este, cerrados al mundo mediante tapones de cera, eran sordos al rumor del agua temblorosa.

Pero la Palabra de Luubu preservaba su poder, mientras le hacía un gesto a modo de saludo y gritaba:

—¡Hola, madre!

Y...

—¡Hola, sobrino!

Y...

—... hola, hermano.

A espaldas de Luubu, Keema, enrojecido, gruñía, trataba de dar un paso adelante, pero era en vano.

Su mano aferraba la lanza de Araya y no había manera de que se moviese.

El muchacho habría querido vomitar. Miró por la estancia en busca de algo que le pudiera ser de ayuda.

Y fue entonces cuando se fijó en la enorme figura medio oculta a la luz de las antorchas.

Sus ojos se abrieron de par en par cuando la oscuridad se disipó y vio lo que era.

Vio lo que quedaba de ella.

—¡Mi divinidad! ¡Aquí estoy! ¡Dónde estás tú! —gritaba el Defecto.

Keema observó el gigantesco caparazón de la divinidad tortuga partido en dos, y sintió que la bilis se le subía a la garganta.

La mitad del rostro de la criatura aún estaba por devorar, tenía la boca abierta como a la mitad de un grito, y ya no tenía casi carne.

Habían vaciado a la divinidad como si hubiera sido un tajeline.

Y su cadáver olía como ninguna otra cosa que Keema hubiera olido jamás, como lo que se esconde bajo la muerte.

Sus ojos se empañaron, y reguerillos salados descendieron por sus heladas mejillas.