La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA SEGUNDO. en el que ofrecemos nuestra mejor captura #19
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DÍA SEGUNDO. en el que ofrecemos nuestra mejor captura #19

La noche caía como un muerto.

El farol se apagó. El mundo quedó envuelto en una oscuridad absoluta e inmisericorde.

El cielo era tan negro como la propia Quemadura.

Por todos los Mil, las embarcaciones desaparecieron de los ríos, las redes que se utilizaban en la pesca de arrastre se recogieron y las trampas quedaron olvidadas en el agua.

Las gentes de los pueblos del río cerraban las puertas, acostaban a los niños en los catres y hacían la ronda por las ventanas, comprobaban que los pestillos estuvieran bien cerrados y que ninguna criatura nocturna pudiera entrar, mientras la Reunión navegaba hacia el norte.

Se movían con la elegancia de las carpas.

Cortaban seda al surcar las aguas, el reflejo del cielo se estremecía a su paso, las estrellas temblaban como niños en el frío.

Todo lo que había a su alrededor era un mundo sin luz.

Doblaron por una vía y dejaron muy atrás las hierbas altas.

En la lejanía ardían pequeñas luces, como cuentas de un collar roto.

La línea de los árboles y de las cimas de las montañas era visible tan solo gracias a las estrellas que estas ocultaban.

—Siento que estás ahí —bisbiseó la cabeza de la jarra—. Jun —decía la voz—. Háblame, Jun.

Jun no hablaba.

Una negra silueta se erguía sobre el horizonte... el cráter conocido como Cuenco Celestial.

La silenciosa flota entró por una de las vías principales, donde no había embarcaciones civiles.

Eran una flecha que apuntaba al duodécimo canal.

La enorme pared del cráter continuaba hacia el cielo y Keema se preguntó si sería aún más alta que las montañas del palacio.

Se dio cuenta de que, por contraste con los ríos que había a izquierda y derecha, donde abundaban las antorchas y torres de madera iluminadas, el que transitaban estaba casi del todo a oscuras.

De vez en cuando oía algo extraño en el viento, pero fuera lo que fuese, estaba demasiado lejos como para distinguir algo más que el eco de un grito.

Su bote pasó frente a, como mínimo, tres torres de vigilancia oscuras y abandonadas.

Chocaron con algo que flotaba en el agua, pero la ola de Kaara/Tak-Lina se los llevó adelante antes de que Keema pudiese ver lo que era.

Yo cantaba una canción que mi amigo detestaba.

Ninguno de los dos miraba al agua, como habríamos tenido que hacer.

Yo estaba demasiado ocupado riéndome, haciendo que se enfadara.

Y entonces me quedé en silencio. «Por fin te callas», me dijo, sonriente, y cuando se volvió apenas llegué a tiempo de ver que un cuchillo surgido de la negrura me rajaba la garganta.

El duodécimo canal de agua se acercaba cual serpiente hambrienta.

La entrada del túnel estaba abandonada, la estación de guardia derruida, las barcas con ballestas destrozadas, una pelea que habíamos terminado no mucho antes de que llegara la primera de las embarcaciones, con los cadáveres esparcidos por el agua.

El oscuro túnel los engulló; sintieron los taponazos del cambio de presión en los oídos.

—¿Tú te pones nervioso antes del combate? —preguntó Jun en aquel negro pasaje.

—Sí —respondió Keema—. Así es.

Jun soltó una risilla.

—¿Te parece divertido? —preguntó Keema, algo ofendido.

—El miedo es una de esas cosas que mis hermanos serían incapaces de reconocer. Jamás había conocido a un guerrero que confesara semejante debilidad.

—No es ninguna debilidad —replicó Keema.

—¿Ah, no?

—El miedo te mantiene con vida.

—No siempre. —Jun ladeó la cabeza—. Cuando el miedo mata las buenas ideas, no. Cuando te hace correr y el enemigo te atraviesa la espalda con una flecha, no.

—A mí el miedo nunca me ha guiado mal —replicó Keema.

Jun se encogió de hombros.

—En cualquier caso, no era ningún insulto. Al menos intencionado. —Hizo un gesto extraño e incomprensible en la oscuridad—. Resulta interesante que estés tan orgulloso de tu miedo.

—¿Tú no sientes miedo antes de luchar?

Jun se quitó la máscara y le miró. Su rostro aparecía y desaparecía bajo las antorchas que iluminaban las paredes del túnel.

Sonreía.

Salieron del túnel.

Emergieron en el distrito de apartamentos.

El veintitrés. El pasaje suroeste. Enormes barcos de apartamentos se alzaban frente a su mísera embarcación como grandes bestias oceánicas rondando a los pececillos.

Estábamos despiertos en las literas. Los capataces pensaban que dormíamos.

No sabían que aguardábamos el momento en el que se encendería una antorcha.

Se oyeron gritos más adelante... llenos de pánico, de terror.

Algo grande se estrelló contra el agua y, a oídos de Keema, pareció como si un edifico entero hubiera perdido el equilibrio y se viniera abajo. No sabían que éramos poderosos.

Y luego se hizo el silencio de nuevo. Había llegado la hora de que Keema y Jun se escindieran de la línea principal.

Kaara/Tak-Lina les saludó con un movimiento de cabeza y siguieron su propio camino por los oscuros canales que separaban las embarcaciones.

Al faltarles la ola, tuvieron que bregar con los remos que les habían dado.

«Un préstamo —le dije al Pavo Real cuando le entregué el remo—, así que no te olvides de devolvérmelo cuando esto termine.

» Avanzaron en silencio sobre las aguas, pasaron bajo húmedas construcciones de madera, desvencijadas pasarelas, arcos de piedra.

Entre las embarcaciones menores, donde las luces nunca estaban encendidas, y si se miraba con suficiente atención se distinguía el movimiento de ojos hambrientos que relucían contra la luz lejana de las antorchas.

No todos participábamos en el plan. Algunos mirábamos y nos hacíamos preguntas.

Susurrábamos: «¿Y si...?». ¿Y si todo esto llegara a su fin?

Mientras los fuegos florecían en la zona que habían dejado atrás, se dirigieron al noreste del Cuenco, atravesaron la amplia extensión central en dirección a la flota carcelaria y, una vez que estuvieron cerca, Jun se volvió hacia el Defecto y le dijo:

—Es tu turno.

La criatura levantó la cabeza y escuchó las vibraciones de las hebras en la noche, y los guio por lugares negros como tinta entre las antorchas.

Su risilla susurrante los dirigió, «sí, por aquí», y «más a la derecha», porque Keema y Jun, a todos los efectos, trabajaban a ciegas, mientras iban trazando su camino por la telaraña que era la flota carcelaria.

—Alto —espetó el Defecto.

Una patrullera alumbrada por antorchas navegaba en torno al casco de un enorme junco.

Un hombre armado con una balista giratoria escrutaba la negrura, mientras sus remeros hacían avanzar la embarcación.

Uno levantó la nariz y husmeó. Me pareció sentir como un hedor...

¿pero acaso no hedía todo en aquellas aguas?

La embarcación pasó de largo y la partida entera exhaló un suspiro.

Siguieron adelante, y cuanto más se acercaban al centro de la flota, más ruidosa y frenética se ponía la tortuga, que sacudía la cabeza de un lado para otro como si tratara de ver por encima de su propio caparazón.

Jun intentó calmarla, mientras la criatura decía con fuertes murmullos:

—He llegado, divinidad mía, he llegado...

Pasaron bajo un estandarte que colgaba entre dos embarcaciones y celebraba la Santa Semana.

Keema presentía que algo andaba mal. Una sensación que le erizaba el vello del brazo al escudriñar la negrura y los silenciosos caminos entre los navíos reales.

No había más patrulleras. Ni puntos elevados desde donde pudieran atacarlos los Monos Plateados del Terror.

Parecía que todas las fuerzas del Cuenco se dirigieran ya a los puntos de ataque de la Reunión.

—Andémonos con cuidado —farfulló.

El barco de la prisión real se encontraba frente a ellos.

Era el segundo navío más grande de la flota carcelaria.

Keema sintió vértigo al acercarse, como si ellos mismos hubieran sido hormigas acercándose a un árbol caído.

La cabeza del Defecto, cual varilla de zahorí, apuntó hacia el corazón de la nave y dijo:

—Justo ahí. Por favor, mi Graciosa Luna, ¡libera a mi madre! Están justo ahí.

Jun le espetó que se callara.

Se acercaron a la desnuda elevación del casco, justo debajo del lugar donde la tortuga señalaba con impaciencia.

Todos miraron a la emperatriz. No les conté lo cansada que estaba.

Lo fatigada que me sentía después de todo lo que había hecho en la Reunión.

Me imagino que por orgullo. Yo los había llevado hasta allí.

Si no cumplía con mi parte, ¿qué clase de divinidad habría sido?

Así que saqué la poca energía que pude de mi saco cada vez más vacío y abrí un paso para ellos.

El flanco de estribor del barco se desprendió como piel vieja y se oyeron los chasquidos de cientos de clavos arrancados.

Keema contemplaba aquel despliegue de magia en silencio, con asombro, mientras la plancha de madera se precipitaba en las aguas y provocaba una sucesión de pequeños chapoteos, y el bote se ladeaba sobre las olas agitadas.

Había quedado al descubierto una sección transversal del barco: un oscuro panal de estancias a la vista, como en las exhibiciones navales que en otro tiempo te gustaba visitar.

Ninguna de las luces de dentro de la embarcación estaba encendida.

No había nadie dentro. Keema se lo hizo notar a los demás, sin que hubiera ninguna necesidad.

—Tal vez hayan abandonado sus puestos —apuntó.

—No sé —repitió Jun.

—Está allí —exclamó el Defecto—. ¡Allí!

En el piso más bajo del barco, en la más amplia y alta de las estancias sin iluminar, grande como un almacén, se distinguía una silueta grande y redonda. Tal vez tuviera forma de tortuga, pero en aquella noche tan opaca, y desde tanta distancia, no podían estar seguros.