DÍA SEGUNDO. en el que ofrecemos nuestra mejor captura #18
Todavía faltaban unas horas para que la Reunión terminara los preparativos del ataque.
Con el permiso del almirantazgo, que deseaba mantener la paz entre los pescadores y la partida de la emperatriz, Keema tomó el bote de pontones y llevó a Jun hasta la orilla, a un pequeño saliente de roca y arena húmeda que había en un extremo del embalse, cercado por un imponente muro de hierbas altas al que se les había advertido que no se acercaran.
Jun se sentó sobre la arena. Keema se recostó contra una peña.
Ninguno de los dos hablaba. Jun estaba muy lejos de allí y Keema se preguntaba a dónde habría ido, pero no sabía cómo preguntárselo, porque a lo largo de su vida había tenido bien pocas ocasiones de practicar semejante gentileza.
Keema se acordó de la trabajadora del amor que brevemente lo había acogido bajo sus alas, cuando el muchacho todavía trabajaba como guardia en la embarcación de recreo...
cómo se quedaba sentada a su lado cuando lo envolvía la melancolía y luego, aburrida de su silencio, se ponía en pie y le ofrecía su mano para bailar.
Siempre, en un primer momento, Keema se resistía, había algo dentro de él que temía lo que pudiera ocurrir si de verdad gozaba...
pero ella se imponía siempre al final. «Ven, gatito —le decía, mientras lo hacía poner en pie—, en esta sala no hay nada que temer...
esto no es más que la vieja magia.» Entonces se movían a una, se contaban historias con sus cuerpos, sobre el mono codicioso y el esposo abandonado, y sobre cómo se combaba el bambú antiguo.
Keema disfrutaba tanto que conservó aquella práctica aun después de que la mujer desapareciera de su vida y ya no tuviera a nadie más que lo sacara de su aislamiento.
En sus cuartos de alquiler sin muebles e improvisados campamentos se ponía en pie y se movía, y recordaba que por lo menos estaba allí y respiraba aquel aire.
Quería mostrarle a Jun aquella faceta suya. Quería ponerse en pie y alargar el brazo, y ofrecerle la mano a Jun y preguntarle si le apetecía bailar. Pero estaba asustado, y el miedo le impedía hallar palabras que pudiera sacar de su garganta reseca.
Y así fue como empezó a luchar.
A cierta distancia de la orilla pasaban barcas de pescadores.
Miramos a los extraños jóvenes que durante un rato pelearon sobre la arena.
Nos preguntamos si habría que decírselo a alguien.
No dijimos nada. Se revolcaron el uno sobre el otro.
Keema consiguió ponerse encima de Jun y le estrujó los brazos contra los costados, tan solo con la tensión de sus muslos.
—¿Te rindes? —preguntó.
La incredulidad que Jun había sentido ante la situación se desvaneció. Dondequiera que hubiese ido, había regresado ya.
—No —respondió.
Le arreó un rodillazo en la entrepierna a Keema, que abrió los ojos como si le fueran a saltar, y se cayó de costado, apoyó la frente contra la arena y se frotó con la mano sus genitales atravesados por punzadas de dolor.
Poco a poco se pusieron en pie, ambos a la vez.
Con un solo dedo, Jun volvió a colocarse la máscara.
El movimiento fue sutil y lleno de aplomo.
Keema resopló y atacó. Hicimos apuestas.
Yo era el único que se jugó una moneda xilografiada por el tullido.
Y por tercera vez se batieron en duelo. Keema esquivó el puñetazo de Jun, le agarró de la muñeca y lo arrojó por encima de su propio hombro.
Jun cayó de espaldas con un bufido ahogado, pero no perdió el tiempo y agarró a Keema por el tobillo y lo hizo caer al suelo, y se abalanzó sobre él.
Keema forcejeó bajo el cuerpo de Jun y logró soltar el brazo, y entonces apartó la cabeza de Jun con el codo, con un golpe sordo que resonó cuando el codo chocó con el borde de la máscara, y el muchacho retiró el brazo con un dolor vibrante, vibrátil.
Se le escapaban las babas. Rodaron por la orilla con arena en los cabellos, ambos con los ojos enrojecidos y voz de loco.
Los dos como si estuvieran agotados. Rodaban, primero el uno sobre el otro, y luego al revés.
—¿Te... rindes... te rindes...?
Keema jadeó, y entonces Jun negó con la cabeza y presionó con la mano contra la mejilla de Keema, y empujó hacia el cielo.
No nos quedamos mirando durante mucho tiempo.
Estaba claro que aquello era una pelea sin vencedor.
De todos modos, teníamos otras cosas que hacer.
Unos pocos pescadores se quedaron a ver a los dos guerreros que peleaban como ladronzuelos de callejón, hasta que por fin rodaron el uno sobre el otro y quedaron tendidos sobre la arena, ya sin resuello.
Empate.
—Probablemente... ha sido estúpido por nuestra parte... hacer algo así... antes de la noche... —observó Jun.
Esto hizo que Keema se riera, lo que provocó que Jun se riera a su vez.
Una pelea sin ningún vencedor.
Al cabo de un tiempo volvieron a ponerse en pie.
Al cabo de un tiempo.
«¿Cuánto tiempo hace que no has dormido?»
Jun le miró.
—Dormí en el bote —dijo.
—Quiero decir cuánto hace que no duermes de verdad. Un tiempo que baste para sumergirse en el mar Durmiente.
Jun apartó el rostro.
—Dos días —reconoció.
Keema frunció el ceño.
—Deberías descansar.
—En este lugar, no —respondió con voz débil—. Este lugar no es seguro. —Soltó una risa también débil.
—Yo velaré por ti —ofreció Keema.
—Tú velarás por mí —repitió Jun, riéndose, como si no le creyera. Pero Keema asintió y repitió su ofrecimiento.
—Yo velaré por ti.
Y allí, en los ojos de Jun, afloró una osada tentación de creerle.
—Entonces voy a jurar —añadió Keema. En ese momento estaba sentado con el cuerpo erguido, la cabeza inclinada hacia Jun—.
Juro que velaré por ti, Jun sin Tribu, durante las próximas horas, mientras duermas.
Juro que te protegeré de todo espíritu o animal o criatura viva o criatura muerta que pueda quererte ningún daño.
Juro que despertarás de nuevo, y juro que hallarás reposo.
—Uno de tus famosos juramentos —respondió Jun en tono ligero, pero Keema se dio cuenta de que estaba conmovido, porque le evitaba la mirada.
Jun, como si estuviera derrotado, se echó de espaldas y cerró los ojos—.
Estupendo. Al menos ya tengo claro que, si la cagas, tendrás que destriparte a ti mismo.
—Espero que eso te reconforte mientras duermes.
—Ah, desde luego que sí.
Ambos sonreían.
A pesar de toda su paranoia, Jun se durmió en seguida, acurrucado sobre la arena.
La respiración se le calmó. Dio la vuelta y se puso sobre su otro costado.
Y Keema, que estaba sentado frente a él sobre un peñasco, cumplió con su deber.
Veló por el Pavo Real dormido, al tiempo que se masajeaba lo que probablemente sería un nuevo moretón en el trasero, y observó las hierbas altas en busca de movimientos, y las aguas por si alguien se les acercaba.
De vez en cuando pasaba una embarcación y en algunos casos se detenía el tiempo suficiente como para que Keema se pusiera en pie, y pasábamos cerca de la orilla y nos preguntábamos si seríamos capaces, si podríamos con ellos , pero todas las embarcaciones terminaban por marcharse.
Keema miraba a Jun cada cierto tiempo, para asegurarse de que siguiera allí, según se decía a sí mismo, para asegurarse de que no hubiera sucedido lo que más temía Jun.
Que la naturaleza no se hubiera cobrado su venganza.
Que la arena no lo hubiese devorado entero.
Que no lo hubiera arrastrado un lobo hasta las hierbas.
Sus ocasionales miradas se fueron volviendo más frecuentes con el paso de las horas.
La máscara de demonio se le cayó de la cara en su agitado sueño y dejó a la luz sus pestañas oscuras, sus labios carnosos y entreabiertos.
Keema se preguntó cómo sería pasar el dedo por entre aquellos labios, y luego, avergonzado de haberse distraído con aquello, volvió a su tarea.
Observó las hierbas, la arena, el agua, al tiempo que escuchaba su respiración ligera y soñadora.
Cumplió su juramento durante las horas que faltaban para que volviera la partida de reconocimiento, pues nada ni nadie molestó al joven que dormía bajo su protección.
Ella manifestó su interés una sola vez, una hora antes de que sonara el corno.
Yo quería saber si estaba sano. Si aquella noche aún sería capaz de luchar.
—Sí —susurró Keema, que en aquel momento le estaba mirando—. Se encuentra bien.
«Bien», le dije.
Lo dejé ahí.
Y el vello de la nuca de Keema experimentó cierto hormigueo con el paso de Su presencia ultraterrena.
OCASO
Al ponerse el sol, dieron la señal.
El almirantazgo dirigió los rezos de todos los clanes, mientras un grupo de niños hacía sonar una hilera de campanillas doradas para invocar a los espíritus de la fortuna.
Que el río nos lleve en nuestra travesía sin sufrir ningún daño.
Que las criaturas de la oscuridad retrocedan frente a nuestra proa.
Se pintaron las bendiciones finales en el casco de la embarcación de Tajeem.
Y Kaara/Tak-Lina pasó su palma ensangrentada por las proas de las naves que encabezarían la carga.
Que no vacilemos en nuestra búsqueda de libertad.
La Reunión se disolvió sin colisiones ni choques.
Con movimientos bien ensayados, desengancharon las barcas y las dirigieron con sus remos hacia los ríos de salida.
La construcción entera se desmanteló en menos de media hora, nave tras nave, cada una tras la estela de las demás, mientras el crepúsculo ardía sobre todos ellos.
Una vez que hubieron recuperado sus armas, Keema y Jun regresaron a su bote, con la emperatriz y la tortuga, y cuando ya estaban a punto de empuñar los remos, Kaara/Tak-Lina se deslizó a su lado y dijo:
—No os molestéis.
Y con un guiño los hizo avanzar, mediante una ola que ella misma había invocado. Se unieron a la fila que se ponía en marcha, con el viento sacudiéndoles el pelo.
Y así fue como partieron.