DÍA SEGUNDO. en el que ofrecemos nuestra mejor captura #17
Jun estaba con la cara aplastada contra la alfombra y las manos hacia atrás, retorcidas en una dolorosa hélice. Sus pies flotaban en el aire. Le brotaba sangre de la cabeza. Su mano derecha se retorcía más y más, tenía las venas enrojecidas, el dolor era tan intenso que empezó a mearse encima.
Le dije que había olvidado cuál era su lugar.
—Yo... yo... yo... —decía.
Le dije que soy una divinidad.
—Yo...
Que una divinidad no necesita el permiso de un mortal.
Ni de un falso emperador.
Ni de un humano.
Retorció con más fuerza todavía.
Ni de un cachorrillo cobarde como él.
—¡Lo... lo s-s-siento! —chilló—. ¡Por favor, divinidad, l-lo siento!
Está bien.
En el mismo instante en el que Keema abría de golpe la puerta, Jun se estrellaba contra el suelo.
El muchacho estaba con el cuerpo enroscado y temblaba como perro empapado.
La anciana no se había movido ni una sola pulgada, Sus ojos continuaban cerrados, no había en Ella ningún signo de la violencia que acababa de ejercer contra Su nieto, Su siervo.
Le dije que no volviera a olvidar jamás cuál era su lugar.
Que no era más que una mancha de la simiente sanguinolenta de su padre.
Que tan solo por mi gracia se le consideraba digno de tomar aliento.
El mozuelo lloraba. Era un llanto fuerte y agudo que empezaba en el estómago, como un intenso dolor ulceroso.
Keema dudó antes de entrar del todo. La malicia que reinaba en la estancia desprendía un olor punzante.
Cuando por fin se decidió, fue como si hubiera penetrado en una capa de hielo.
Presa de violentos temblores, ayudó al chico, anegado en llanto, a incorporarse sobre sus propios pies inseguros, y juntos salieron tambaleándose de aquella casa envuelta en sombras.
La emperatriz se quedó sobre Su pequeño cojín, sola.
En el silencioso rumor de aquella estancia vacía, Su mano ajada, antes cerrada en un puño, se abrió.
Me había excedido.
Cuando andaban ya lejos de la casa flotante, Jun apartó a Keema de un empujón.
La cosa empezó como una sacudida en los hombros que luego se transformó en empellón recio, definitivo, y lo bastante fuerte como para que el hombre de Daware se tambaleara.
Se recuperó en seguida, por lo menos en el plano físico, no se cayó de espaldas en el suelo, pero se quedó mirando con ojos desorbitados a Jun, que gruñía y escupía, humillado de una manera que jamás había experimentado...
como si un huevo nuevo hubiera llegado al estómago del viejo Pavo Real.
La piel le escocía, estaba caliente, tenía la pierna empapada en su propia orina y empezaba a sentir picazón.
Al dar un nuevo paso, tropezó, todavía débil a causa del ataque, pero en cuanto Keema le tendió la mano para ayudarlo, le advirtió que retrocediera, soltó un gruñido incomprensible, y luego se marchó furioso, solo, y desapareció en el corazón de la Reunión.
Recorrió tablones y barandas. Trató de meterse entre la multitud que caminaba por las cubiertas conectadas entre sí, trató de perderse en ella, pero su presencia era tan visible como la de una antorcha en la oscuridad.
Las gentes se apartaban al verlo. Le miraban con desprecio desde las barandas, desde las redes, desde detrás de los mástiles.
Por ahí iba el carnicero del príncipe. Por ahí iba el demonio.
Se estremecía con el recuerdo de que Ella le había retorcido cual toalla empapada.
Con la manera en que Keema le había mirado después, como si hubiera sido una criatura digna de compasión.
Eres un monstruo. No mereces piedad. Tenía que marcharse, pero no sabía a dónde. No podía irse. No podía quedarse.
Su padre sintió el dolor que irradiaba de su hijo. Alzó los ojos hacia la media luna de luz que brillaba en el borde de la jarra.
—Jun —susurró—. No te pasees por este sitio.
Pero su hijo había desaparecido ya en la Reunión. No estaba en condiciones de darse cuenta de que durante los últimos minutos lo habían seguido.
Una mujer, con un cuchillo.
Mientras los demás celebraban la noticia de la muerte del emperador y Su progenie, Mira escrutaba al Pavo Real Rojo y aguardaba una oportunidad.
Estaba en la barca de su amigo y acechaba el momento en que el malnacido saldría de la casa flotante.
Siguió su tambaleante huida por la red de la Reunión, con el sólido y afilado cuchillo en la mano.
Me pregunté si así era como se sentía cuando perseguía a la familia de mi hermana...
aquel poder. Aquella facilidad con que seguía a su presa.
En un callejón entre barcos de alta borda, donde los mástiles cubrían el sol y el mundo no era más que sombra y agua, Jun se detuvo y trató de sobreponerse, y ella tomó aire.
No había matado a nadie en toda mi vida.
Unos percebes nacarados, adheridos al casco, deformaron su reflejo mientras se acercaba a él...
Jun se dio cuenta de que tenía a alguien detrás y tensó la espalda.
Pero si alguna vez en mi vida tenía que matar a alguien, ¿por qué no iba a ser él?
El muchacho ni siquiera se volvió. Era como si ya lo supiese.
¡Hazlo de una vez, Mira! La mujer agarró el cuchillo con fuerza y dio un paso adelante.
¿Sería capaz de semejante acto? No iba a descubrirlo todavía, porque entonces apareció Kaara, como si hubiera salido de la propia agua.
—Es un huésped —explicó Kaara—. Se halla bajo Su protección.
Y eso fue todo lo que hubo de decir para que Mira bajase el cuchillo.
El muchacho se había dado ya la vuelta. Se miraron.
A ella le pareció más pequeño que antes, el demonio que moraba en su recuerdo se desdibujaba; le recordaba a los jóvenes que había conocido en su propia juventud, más que a un hijo del Terror.
Y para Jun, ella era una desconocida. Una mujer en túnica de pescadora.
Sus cabellos de color castaño oscuro estaban recogidos en un moño suelto.
Y de no ser por el cuchillo que sujetaba con puño tembloroso, le habría parecido una simpática mujer de mediana edad, una de tantas personas que su brigada se cruzaba en el camino, anodina y fácil de olvidar. Aquel día estaban muy cansados los dos.
—Te conozco —dijo la mujer.
Jun no dudaba de ello.
—Maté a alguien a quien tú querías —dijo. Era una suposición.
La mujer asintió.
Correcto.
—Hará tres años, en el Campo de Jerval. Habíamos escapado de la flota textil, junto con muchos otros, tras la revuelta de Gorga.
No habíamos pagado las deudas que nuestras familias tenían con los Induun.
Vuestra brigada nos persiguió. No tardasteis mucho en encontrarnos.
—La mujer tragó saliva—. En el Campo de Jerval.
Era temprano por la mañana. Tus hermanos perseguían a mi hermana y a su esposo.
Yo estaba escondida debajo de un cuerpo.
Y te vi. Cubierto de sangre. Con un hacha en la mano.
Mi sobrino tenía diez años cuando lo mataste.
Se llamaba Sarva. Había pescado su primera trucha dos días antes de su muerte.
La más grande que jamás hubiera sacado del agua un niño de su edad.
—Lo recuerdo —respondió Jun.
—Así que lo reconoces —dijo la mujer—. Reconoces que lo asesinaste.
Jun miró a la mujer. Tenía los ojos enrojecidos. Las palabras de la emperatriz resonaban en su cabeza.
Eres una mancha de tu padre.
—Sí, lo reconozco.
Mira se cubrió los ojos. No quería que me viese llorar. Kaara agarró a la mujer por los hombros y se la llevó.
—Por ahora, esto tendrá que bastarte. Ven, voy a llevarte con los demás. —Entonces Kaara se volvió hacia Jun—. Por lo que a ti respecta... te aconsejo que regreses a tu embarcación. Mira no es la única que querrá clavarte un cuchillo en la espalda.
—Espera —replicó Jun. Kaara se detuvo. Mira volvió la cabeza, hasta ponerse de perfil respecto a Jun—.
Regresaré —afirmó—. Cuando haya terminado de servir a Su voluntad...
si aún estoy vivo después de todo esto...
regresaré a ti. —La mujer lo miró con expresión hosca—.
Lo juro por la cabeza de mi padre —prosiguió Jun—.
Lo juro por la voluntad de la emperatriz.
Por el suelo que piso y el aire que respiro.
Cuando esto haya terminado, voy a regresar.
Vendré de rodillas, y con la espada o arma que tú prefieras, podrás quitarme la vida, del modo que tú quieras.
—Se inclinó. El labio le temblaba—. Pondré mi cuello en tus manos.
—Tu palabra no significa nada para mí —respondió Mira. Se giró—. Pero si llegara ese día, estaré lista para ti, Pavo Real. Para ti y para tu cuello.
Cuando Jun levantó los ojos, las dos mujeres se habían marchado.
Poco más tarde, Keema lo encontró.
«He encontrado esto para ti.»
Unos calzones nuevos. Me había puesto a lavar la ropa y había ido a por algo, y al volver me di cuenta de que alguien me había robado unos pantalones, los había robado del tendedero.
Eran negros y holgados, así que los llevaba enrollados hasta la espinilla, con el cordón del dobladillo bien atado.
Lavó en el agua sus prendas sucias y las tendió en un costado del bote de la tortuga para que se secaran. Dio gracias a Keema por la ropa.
—¿Te encuentras bien? —preguntó este.
Jun no se molestó en responder.
Keema miró sin decir nada mientras Jun volvía a ponerse la máscara con manos temblorosas, como el adicto que enciende un cuenco de hojas de duri.
No le preguntó a dónde había ido, ni qué le había ocurrido en el corazón de la Reunión.
Tampoco le preguntó por qué volvía a ponerse la máscara cuando todo el mundo ya sabía quién era.
No hizo más que quedarse a su lado y esperar.