DÍA SEGUNDO. en el que ofrecemos nuestra mejor captura #16
Keema volvió a colocar la tapa sobre la jarra. El Primer Terror suspiró una vez más, pero no se quejó... sin embargo, cuando el disco de madera se deslizó sobre el hueco y el ojo izquierdo desapareció en la negrura, oyó que el Terror decía, con voz tensa: «Espera».
«Algo ha cambiado.»
Un nuevo viento agitó la hierba que rodeaba el embalse, y antes de que Keema pudiera decir siquiera « ¿Qué?
», la cabeza del Defecto se irguió de pronto, como llevada por una mano invisible y presurosa, y soltó un grito fuerte y abrasivo, como arena en el oído.
El capitán de muelle gritó: «¡Haz callar a tu puta mascota!
», pero la criatura no se dejaba controlar.
Soltó otro grito. Lo oímos al otro lado de la Reunión y pensamos por puro instinto que el emperador nos daba un discurso desde el más allá.
Un tercer grito, como el toque de un cuerno de guerra, que parecía provenir de lo más hondo de la criatura.
Aquel espantoso grito era un sonido que conocíamos demasiado bien, lo habíamos oído en algún momento a nuestro paso por los puestos de control, cuando acechaba algún problema horrendo.
La Reunión entera estaba en vilo... Jun, la anciana y el almirantazgo volvieron la cabeza todos a la vez hacia el muelle, donde Keema se cubría el oído derecho con la mano y apretaba el otro contra el hombro, mientras la tortuga defectuosa, que con sus agudos chillidos había alcanzado un volumen que ya casi no era natural, proclamaba: «¡HA MUERTO!
¡LUUBU HA MUERTO! ¡EL CUENCO CELESTIAL HA CAÍDO DE SUS DEDOS! ».
«¡EL SEGUNDO TERROR HA MUERTO!»
El Defecto gritaba la noticia como un joven heraldo en un bote de avisos, a pleno pulmón y sin maña alguna.
No pararía hasta que le hicieran caso, e incluso en ese caso se habría necesitado algo más para acomodar a aquella criatura sin aliento.
Era una situación insólita, que ninguno de los miembros del almirantazgo había afrontado hasta aquel día, ni siquiera Kaara/Tak-Lina, que llevaba mucho más tiempo en el mundo que ninguno de ellos, por lo que se estableció un nuevo protocolo sobre la marcha.
Se retiraron las pasarelas y se apartaron las embarcaciones que se interponían en el camino para acercar el bote del Defecto hasta el centro del círculo, donde podría explicarlo todo.
Pero al principio les costó incluso obtener información precisa de aquella criatura, porque la criatura parecía estar al borde de la histeria y con cada una de sus afirmaciones profería un grito de alegría, o un grito de terror, o un grito para que no la interrumpieran, ninguno de nosotros lo tenía claro...
ninguno de los presentes en la Reunión disponía de las herramientas necesarias para descifrar sus ruidos más abstractos, su desesperada agitación.
Les llevó un tiempo, pero al final la tortuga se calmó lo suficiente como para que pudieran determinar los hechos siguientes, confirmados más tarde por sus propios exploradores, que tenían la oreja pegada al pecho de la ciudad.
Apenas unas horas antes, Luubu, el Segundo Terror, y gobernante de facto del Cuenco Celestial, había caído con la nuca atravesada por una flecha con punta de piedra, arrojada desde la quinta cubierta de un barco de apartamentos noble.
Mientras el piloto de Luubu trataba de escapar, una segunda flecha se había clavado hondo en la espalda del Terror.
El príncipe, perforado por los proyectiles como almohadilla de alfileres, había sido llevado a la cubierta médica más cercana, donde había corrido la voz de que había muerto nada más llegar.
Cuando nos enteramos, agarré de la mano a mi esposo.
No lo solté. El Cuenco Celestial seguía en silencio, porque la noticia de la muerte de Luubu, igual que la del emperador, se mantenía en secreto.
Pero, aunque la opinión pública no se hubiera enterado del asesinato todavía, el rumor, durante aquellas últimas horas, había corrido por entre las filas de la flota carcelaria, de guardia en guardia, y había ascendido por la jerarquía hasta llegar a los que se hallaban más arriba, los capitanes, los celadores y los generales, y todos ellos se encontraron con que no tenían a nadie a quién responder, ni pedir socorro.
Tampoco los jefes de las empresas textiles, ni de los gremios de tejedores, sabían qué hacer, pues no quedaba nadie que pudiera recibir sus telas para los actos de la Santa Semana previstos para el día siguiente...
el señor Induun no pudo ayudar con la coordinación, pues ya había partido hacia la Ciudad Divina.
Nadie habría podido impedir que el rumor se difundiera de embarcación en embarcación y que la abrasadora noticia desestabilizara las estructuras por donde pasaba su fuego.
Y así fue como el almirantazgo de la Reunión vio una oportunidad...
el Cuenco sería vulnerable mientras se adaptaba a la repentina pérdida de su líder.
Con una reverencia en la voz que Keema no habría creído posible en aquella criatura, el Defecto dijo:
—¡Por primera vez en su miserable vida, esta ha oído la voz de su madre!
¡Y su voz es gloria! ¡La madre está feliz de que esta sea libre!
—Había un salvaje orgullo en el meneo de su cabeza—.
¡La madre lo ve todo! Ha confiado a esta los acontecimientos del Cuenco Celestial, para que pueda ir en su ayuda.
¡Para que pueda ir con refuerzos que la salven a ella y a todas las tortugas de este país en llamas!
Profirió un grito triunfal... pero si esperaba aplausos, no llegó ninguno.
El almirante Tajeem se levantó de su banco, que estaba en el centro de la Reunión. Contempló al sucedáneo de la emperatriz.
—¿Confías en esta criatura, Graciosa Luna?
Aún no lo sabía.
—Mis sentidos se han embotado a lo largo de los años —respondió No-Jun—.
Mis lazos con el mundo se limitan a lo que está a mi alrededor.
La distinción entre lo que es y lo que no es se ha vuelto...
turbia. Pero he sentido una pérdida, la pérdida de algo, de una presencia...
como de una hebra cortada antes de tiempo.
Pero no sabría decir qué es esa pérdida, ni esa presencia.
Un murmullo recorrió todo el lugar.
—Que sea cierto o no, no importa en modo alguno.
—Kaara/Tak-Lina sacudió sus ánimos con resolución—.
Antes de interceptar a la señora Luna, teníamos ya decidido atacar el Cuenco esta misma noche.
Todo está a punto. Tenemos los horarios de las alineaciones de los navíos y las rotaciones de las balistas.
Tenemos a la gente a bordo de las embarcaciones, a la espera de que les demos la señal.
El Canal de Aguas 12 estará desprotegido.
En todo caso, creo que esto es una señal... Debemos llevar a cabo el ataque.
—Tiene razón —terció Shala, la del río Digno—. Ahora que la jerarquía está sumida en el caos, deberíamos atacar también la flota carcelaria... quizá hasta rescatar a la divinidad tortuga de su prisión.
Otra mujer le replicó:
—¡Eso sería como morir porque sí! Por toda la flota carcelaria hay lanchas patrulleras provistas de tortugas. ¡Y no siguen ninguna rutina establecida! No hay hombre que pueda pasar a través... solo con nuestras fuerzas, no.
—Seríamos idiotas si no aprovecháramos esta situación.
—¡Ya la aprovechamos, tan solo con atacar!
Una voz replicaba a la otra, la discusión se volvía tumultuosa.
Kaara/Tak-Lina abrió los ojos como platos al tiempo que No-Jun se ponía en pie con los suyos refulgiendo.
—Seré yo quien arranque la pared de la celda de la madre tortuga —dijo, con inmensa sorpresa por parte de Keema y también de Jun, aunque no estuviera en situación de expresarla—. Os ayudaré a desmantelar el Cuenco Celestial de mi hijo.
El Defecto alzó la cabeza en alabanza a Ella.
Le dije que no iba a cambiar de opinión.
En una pequeña casa flotante a un extremo de la Reunión, propiedad de una de las amantes del almirante Tajeem, y requisada contra su voluntad para uso de la emperatriz y su partida, Ella y Jun discutían.
La casa flotante se mecía al ritmo de los paseos que el muchacho daba de un lado a otro en su frustración, mientras le explicaba a Ella por qué no podían empeñarse en aquella misión tan secundaria.
Le decía que aquella gente no estaba preparada para sobrevivir a un asalto al Cuenco y que ir con ellos era una muerte casi segura.
Fuera estaba Keema, recostado contra la pared, vigilando la puerta como la había vigilado cuando trabajaba en las embarcaciones de recreo.
No traslucía ninguna expresión, mientras que, dentro de la embarcación, Jun agitaba ambas manos frente a Ella.
—Teníamos un plan... un plan decente. Tratar con los de Araya. Las Cinco Familias tienen recursos. Están organizadas. Tienen... tienen un ejército. Estos pescadores... tienen barcas y redes.
Le dije que aquello no era una «misión secundaria». Yo tenía la responsabilidad de salvar a la divinidad tortuga que había parado mi primera caída. Si lograba salvarla, habríamos hecho mucho para poner fin al dominio del Trono. Esa era la verdad.
Pero no le dije la verdad más profunda. No le dije que me gustaba la adoración de aquella gente.
Que la anhelaba.
—Nos dirigimos a un baño de sangre —dijo, arrojando miradas como puñales a la anciana silenciosa como un cadáver—. Acabamos de escapar de palacio, señora mía. Debemos hallar un sitio seguro, donde podamos pensar con prudencia sobre nuestro curso de acción.
Le dije una vez más que no iba a cambiar de opinión.
—¡Al Abismo con todo, señora mía, esto no es prudente! No podemos embarcarnos con la Reunión tan solo porque eches de menos ese amor. No te aman, tan solo...
Keema no llegó a oír el resto de la frase. La interrumpió un fuerte estrépito, como de un cuerpo que se estrellara contra el suelo.