DÍA SEGUNDO. en el que ofrecemos nuestra mejor captura #15
Keema observaba a un ave gigi que saltaba de cuerda en cuerda hasta que por fin se arrojó al agua. Remontó el vuelo con un bulto plateado revolviéndose en su diminuto pico.
—¿Dónde está mi hijo? —preguntó el Terror.
—No está aquí.
—No puedes volverlo contra mí. —La cabeza dijo esto último con presta confianza—. Puede que en estos momentos esté confundido, pero siempre será leal.
Un instinto empujaba a Keema a corregirle, a decirle al Terror que no tenía ninguna intención de poner a Jun en contra de nadie ni de nada, hasta que se dio cuenta de que no le importaba ni una pizca lo que el Terror pudiera pensar.
—Los asuntos entre tu hijo y tú no son de mi incumbencia.
—Pues claro que no, campesino —le espetó el Terror.
El capitán de muelle apartó brevemente los ojos de su pergamino. Se quedó mirando a Keema por un instante y luego volvió a su labor.
La cabeza recobró la compostura.
—Pero eso no viene al caso —añadió, apaciguada—. Con el tiempo, Jun recordará de dónde proviene. Recordará la verdadera naturaleza de su corazón.
«Regresará a mí.»
Jun tenía la boca reseca. Su corazón se había desbocado.
Anduvo con pasos inseguros tras los pescadores hasta llegar al centro de la Reunión.
Parecía que las piernas tuvieran que fallarle en cualquier momento.
Se avergonzó de aquellos síntomas de cobardía y se dijo a sí mismo que simplemente padecía un mareo, que el balanceo de las plataformas por las que andaban le jugaba una mala pasada a su estómago.
Se dijo que no tenía miedo, aunque su cuerpo habría querido marchitarse bajo las miradas iracundas de los hombres y mujeres que se agolpaban en gran número para verle.
Las voces que oía en su cabeza eran volcánicas.
Nos reíamos y le decíamos que, por mucho que se mintiera a sí mismo, nosotros sabíamos la verdad: veíamos su MIEDO.
Y con razón estaba asustado. Le chillamos que hacía bien en mearse encima, porque ellos sabían, TODOS ellos sabían lo que había hecho. Y se iba a impartir justicia.
Se decía a sí mismo que no tenía miedo, que se merecería lo que le ocurriera y que se enfrentaría a su propio fin con solemnidad. Se agarró a su último vestigio de orgullo y subió a la plataforma central, donde lo aguardaba el almirantazgo.
Veintidós hombres y mujeres sentados en media luna, encarados con Jun y con la emperatriz, a cuyo lado se arrodilló el joven.
Kaara/Tak-Lina fue la primera en dirigirse al improvisado tribunal.
Narró a los hombres y mujeres del almirantazgo la historia de su encuentro, y Jun observó que la mujer, en un gesto que la honraba, presentó todos los detalles con exactitud, sin tratar de influir en que las pruebas se interpretaran de una manera u otra...
si bien se dio cuenta de que omitía el detalle de que ella misma había conocido a la emperatriz en una época muy anterior a la del Hombre...
pero entonces pensó que quizá el almirantazgo ya lo sabía.
En cuanto hubo terminado, fue con los otros veintidós y tomó asiento en el extremo derecho de la media luna.
Un hombre que se sentaba en el centro habló. Me llamaba Tajeem, del río de la Chicharra. Parecía capaz de partirle el cuello a Jun con solo bizquear.
—Querría hablar primero con la emperatriz —dijo—. Puede elegir entre usar Su propio cuerpo o hablar a través de Su sucedáneo, no nos importa. Lo único que le pedimos es que lo haga sin tardanza.
Jun asintió y en el mismo instante sintió que Ella tomaba el control. Como un gusano frío que hubiera reptado por su espina dorsal y se le hubiera metido en el cerebro. Trató de relajarse.
Ella le arrebató el control con la fuerza de un puño.
—Aquí estoy, hombres y mujeres de la Reunión —dijo No-Jun ante el almirantazgo que le escrutaba en silencio.
Y aunque la emperatriz estuviera peligrosamente cerca de agotar la energía que le quedaba, sabía que, si no inspiraba a aquellas gentes con mi presencia, estábamos condenados y por ello hizo que los ojos le brillaran con un fulgor de un azul pálido, sobrenatural, y que un aura blanca le emanara de los hombros cual tentáculos trenzados de espíritus, pero aunque hubieran faltado los ojos brillantes y la luz, la transformación era evidente, todos nosotros sentíamos Su regia aura, que se desprendía de los hombros del cuerpo que gobernaba.
Era un poder sin igual y nos abrumaba —.
Después de tanto tiempo, he escapado de las garras de mis hijos.
He eliminado de este mundo al emperador y también al Primer Terror, y no me detendré hasta que ninguno de los otros pueda seguir dando tormento a este país.
—Un viento agitó las aguas, las túnicas, las melenas.
Hacía música con los amuletos de madera que colgaban de la proa.
La emperatriz era una vieja cuerda de amarre, que sostenía con dificultad un gran peso, pero en aquellos momentos estaba empeñada en Su actuación.
La plataforma entera se elevó en el aire, lo bastante para que los estómagos gimotearan y el mundo pareciera absurdo e inmenso.
Y entonces Ella la hizo descender suavemente e hizo que volvieran el viento y la luz.
El único vestigio de Su demostración de fuerza que aún era visible era la luz en Sus ojos—.
Disculpadme por esta larga ausencia. Pero ahora estoy aquí. Y quiero ayudaros.
Incluso la hostil Kaara/Tak-Lina parecía haberse quedado sin palabras.
—Entonces, era verdad —dijo Tajeem, al tiempo que se secaba el sudor de la frente—. La Graciosa Luna ha regresado por fin con nosotros.
—¡Bendita Luna! —se oyó que gritaba alguien en lo alto.
—¡Nuestra Luz Bienamada!
Aquella glorificación surgía de lo más hondo.
El pueblo no la podía negar. Los miembros del almirantazgo inclinaron la cabeza uno tras otro, y por criterios de decoro, Kaara/Tak-Lina hizo lo propio, con semblante inexpresivo, como si no se sorprendiera del giro que había tomado el encuentro, aunque de hecho no respondiera a sus expectativas.
Y mientras los líderes electos de la Reunión se inclinaban ante ellos, nuestros corazones Suyos por entero , Jun sintió en su propio pecho la oleada de amor por la emperatriz, a la que Sus súbditos contemplaban con asombro, con adoración, y escuchó Sus pensamientos, porque Ella se preguntaba cuánto tiempo había pasado desde la última vez que la habían venerado de aquel modo.
Cuánto tiempo había pasado, y qué hermoso era aquello.
El propio Keema lo sintió desde su asiento.
En cuanto había empezado a soplar el viento, Keema había sabido quién lo hacía soplar, e igual que el capitán de muelle y sus guardias, no pudo evitar un destello de asombro cuando el centro de la Reunión empezó a refulgir con luz celestial.
No tardó en correr la voz sobre el espectáculo que había ofrecido la emperatriz, y el humor hasta entonces fatalista se volvió algo más esperanzado, porque la balanza de fuerzas empezaba a inclinarse a su favor.
No pasó mucho tiempo hasta que tan solo quedó un guardia vigilando, mientras los otros iban corriendo a averiguar más sobre lo que ocurría. Parecía que el Terror se divirtiera.
—Y de manera tan simple, se ha ganado nuevos seguidores. —Keema, sin darse cuenta siquiera, asintió—. De todos modos —dijo la cabeza—, mientras aguardamos los laureles y palanquines, quiero preguntarte una cosa: ¿Me engañaron anoche mis ojos, o de verdad tienes la lanza de Araya?
Ese nombre, pronunciado por aquellos labios, bastó para sacar a Keema de su propio mirar distraído.
—¿Y qué importa? —preguntó, receloso.
—¿Te la dio ella?
—Claro que sí.
Un suspiro escapó de la jarra, como un fantasma que escapa por una grieta en una lápida.
—Araya me gustaba —explicó—. Habría podido darme un buen hijo, si ella hubiera sido capaz—.
Keema quiso a un tiempo volver a cerrar la jarra y escuchar más.
No dijo nada ni hizo nada. Con esto dio su aprobación tácita a la cabeza para seguir hablando, que parecía muy deseosa de hacerlo—.
Las noches que pasé con ella estuvieron totalmente desprovistas de significado y espero que ambos lo disfrutáramos.
Pero en ocasiones yo miraba a la lanza que colgaba de su pared y le preguntaba cuál era su historia, y ella sonreía y se negaba a contármela.
«No estropees el momento», me decía. Podría haber hecho pesquisas por mi cuenta, pero no me habría sentido cómodo metiéndome a escondidas en sitios donde ella no quería que me metiera.
Los deseos de otros no me impidieron jamás hacer lo que quisiera, pero por el motivo que sea, los de ella sí.
—La jarra calló. Y entonces dijo—: Aún estaba viva cuando regresé a la Puerta del Tigre.
Keema sintió que se le entrecortaba la respiración. Quería decirle: «Continúa». Quería decirle: «Cierra la boca».
—Nuestros caballos la habían pisoteado contra el suelo.
No quedó nada de ella que no se rompiera.
Cuando me arrodillé a su lado y le aparté el cabello de los ojos, no fue capaz ni de levantar la cabeza.
«Uhi —le dije yo—, ay, Uhi, ¿por qué has hecho esto?
» Hasta eso me lo negó. —Hizo un sonido extraño, una risa triste—.
Tan solo me preguntó si habías escapado y, cuando le dije que sí, se hundió en el mar Durmiente.
Fui a su despacho en busca de su lanza, para que yaciera a su lado, pero había desaparecido.
Hasta este momento me había preguntado qué habría sido de ella.
Más abajo, por el muelle, se oía bullicio de conversaciones. Pero Keema, en realidad, no alcanzaba a ver nada.
—Me alegro de que no se haya perdido —dijo el Terror—. No sé qué significaríais el uno para el otro, pero me alegro de que confiara en alguien hasta el punto de entregársela antes de morir.
Ya era suficiente.