La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA SEGUNDO. en el que ofrecemos nuestra mejor captura #14
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DÍA SEGUNDO. en el que ofrecemos nuestra mejor captura #14

Se reían. Con risa fuerte, gozosa. Intercambiaban historias con todo el fervor propio del Último Día.

Ponían caras tontas mientras se pintaban unos a otros las mejillas con runas protectoras, y cantaban a pleno pulmón mientras afilaban los cuchillos y sacaban punta a las flechas.

No veíamos qué sentido habría tenido tomarse aquello con gravedad.

Si ya sabíamos lo que iba a ocurrir, ¿qué sentido tenía sentirnos desgraciados por ello?

Desde la distancia, sus carcajadas parecían crepitaciones, como de unos fuegos artificiales lejanos en honor de la muerte de un héroe...

y de cerca resultaban casi abrumadoras, una alegría deslumbrante y estremecida que hacía comprender que no existe una manera correcta de estrechar la mano al dolor.

Una de las tejedoras que reparaban las redes y reforzaban las gruesas armaduras de tela que protegían de las flechas se rio aquel día con especial fuerza.

Era tan solo una entre muchas, y si hubiéramos echado una mirada a la multitud, seguramente la habríamos perdido de vista entre tanto movimiento de gentes destacables.

La vida que aquella mujer había vivido hasta entonces era modesta en comparación con las de quienes habían luchado desde el principio.

Me llamaba Mira, del río Narada. En otro tiempo había estado en la flota textil de Induun y había aportado a mi nueva gente todo lo que sabía sobre la labor de tejer.

Una mujer de treinta años, edad respetable en aquellos tiempos, y para muchos, el mojón que indicaba que se había llegado al último cuarto de vida, pues eran muchas las maneras en que podía uno enemistarse con la Muerte y Mira lo sabía igual de bien que los demás.

Me llamaba Mira y era la última que quedaba en mi familia.

Había sido una maestra paciente, que había guiado a las más jóvenes por los detalles más finos de la tejeduría, y estaba siempre presta a reírse de sí misma cuando se pinchaba los dedos con la aguja.

—No importa el tiempo que lleves en algo —explicaba—, siempre es posible cagarla.

Su manera de ser era un bálsamo eficaz para quienes la rodeaban. No quería participar en la infiltración que se preparaba, no quería rajar gargantas en la negrura, pero estaba allí, y ayudaba.

Su risa no murió hasta que corrió la noticia de que la gente de Kaara había regresado, y una herida que jamás se había curado de verdad volvió a sangrar, pues había oído quién venía con ella.

Y sabía lo que había que hacer.

La partida de exploradores se acercaba a la Reunión.

Keema soltó su propia carcajada de sorpresa y deleite al ver las docenas de embarcaciones que se habían congregado en el centro de aquel embalse oculto.

Tan solo había oído hablar en susurros sobre semejante lugar, y jamás se le había ocurrido que pudiera llegar a contemplarlo...

era aún más majestuoso de lo que había esperado.

Grandes cargueros y diminutos esquifes para dos personas colindaban entre sí, entre lo que debían de ser otros cientos de embarcaciones de tamaño variado, conectadas todas ellas por una absurda sucesión de tablones de madera y amarres de cuerda, que creaban sorprendentes pasarelas entre las naves.

Todo el conjunto se mecía y balanceaba, cual criatura viva que se hinchara y contrajera cada vez que respiraba.

—Nuestro propio Cuenco en miniatura —dijo con orgullo Kaara/Tak-Lina, antes de recordar por qué los había llevado hasta allí—. Venid.

Los condujeron a una larga plataforma a la que estaban amarrados muchos otros botes más pequeños, y donde un grupo de hombres y mujeres de formidable aspecto aguardaba. Casi todos ellos clavaron los ojos en el Pavo Real que se encontraba en el centro. Jun exhaló un breve suspiro.

—Está bien —respondió en voz baja, como en aceptación.

Una vez que hubieron anudado la amarra, le dijeron a Keema que se quedara con la tortuga, bajo la vigilancia de un capitán de muelle enorme como una montaña, mientras se llevaban a los demás a reunirse con el almirantazgo.

No hubo tiempo para intercambiar una sola palabra mientras Jun se marchaba.

Keema miró en silencio mientras Jun cargaba a la anciana sobre su cabeza y bajaba del bote, sin peligro de perder el equilibrio, como si ya hubiera dado muchas otras veces aquel mismo paso.

Kaara/Tak-Lina iba a guiarle. Jun y Keema se miraron una última vez.

Los ojos de la mujer que acompañaba al Pavo Real ardieron en el cerebro de Keema como las manchas de luz que quedan tras los párpados después de contemplar el sol.

Entonces la mayoría de los miembros de la partida se marcharon, salvo un contingente de guardias que se quedó para garantizar que el hombre de Daware no hiciera nada sospechoso.

Keema no hizo caso de sus miradas hostiles y se sentó en uno de los bancos de madera del bote, abrumado por una sensación de impaciencia, de futilidad.

Se arrepintió de no haber dicho nada. Pero ¿qué podría haber dicho?

¿Adiós?

Sin saber qué más hacer, se volvió hacia la tortuga.

—¿Y tú cómo llevas todo esto? —preguntó.

El Defecto lo miró con su ojo pequeño y su ojo grande.

—Esta está ansiosa por ver lo que ocurrirá ahora.

—Tal como hablas, casi parece que esto te guste.

El Defecto no lo negó.

—Esta aprecia su causa. Quieren hacerse libres. Esta comprende semejante deseo. —Se llenó de aire para sentir su olor—. Este lugar huele a certidumbre teñida de rojo. No saben si lograrán liberar el Cuenco, pero tienen claro que lo van a intentar.

—¿Decías que tu madre está retenida en el Cuenco?

El Defecto asintió.

—¿Llegaste a conocerla?

La criatura se veía confusa.

—¿La madre? No. Esta no se encontró con su madre.

No en el sentido en que los humanos os encontráis con la vuestra.

Tú no te encuentras con la tierra que pisas y esta no se encuentra con su madre.

Pero esta siente a su madre por debajo de sus pensamientos.

Su madre es la tierra por la que camina su mente.

Su madre es lo que la ata a sus hermanas.

Es gracias a su madre que jamás está sola.

—Asintió, como para declararse de acuerdo consigo misma, y luego se volvió hacia Keema—. Esta querría saber sobre tu madre.

—No tuve —respondió Keema. Algunos de los guardias hablaban entre sí, pero el joven no alcanzaba a oír sobre qué.

—¿Tú también creciste en una tina de palacio?

El muchacho esbozó una sonrisa condescendiente.

—No. Hasta donde yo sé, nací a la manera de los humanos. Pero ella se marchó antes de que tuviera oportunidad de conocerla. Igual que mi padre. Me crie con... —Keema arrugó la frente—. ¿No podías leer mis pensamientos? ¿No lo sabes ya?

—El olor de tu aura y de tu sangre no cuentan a esta los secretos que se esconden en tu cabeza —respondió la tortuga. Soltó una risilla triste—. Todo lo que sabe esta es que hueles a angustia. Sale de ti en un color muy vívido.

—¿Ahora mismo? —preguntó Keema, divertido—. ¿De qué color es mi angustia?

—Del color de un cielo gris y quebrado. —La tortuga contempló las embarcaciones reunidas—. Esta también está angustiada.

—¿Piensas que esto no va a terminar bien?

«No», susurró la voz desde la jarra, «yo pienso que no va a terminar bien».

Keema sintió un escalofrío. Observó al capitán de muelle y a los guardias, para ver si habían oído la tercera voz en el bote, pero con una simple mirada vio que no. Parecía que Kaara les hubiera dicho que Keema no era una gran amenaza, porque tan solo le iban echando miradas despreocupadas.

La jarra de arroz estaba debajo del banco.

Keema siguió conversando con la tortuga, con la esperanza de que la voz que salía de la jarra se diera cuenta de que sus opiniones no eran deseadas, pero Keema no había sido nunca muy hábil en conversar sobre naderías, y terminó por disertar con torpeza sobre un moretón cada vez más grande que se había encontrado al final de la espalda, hasta que el Primer Terror tuvo la misericordia de interrumpirle.

—Muchacho —susurró con fuerza—. Muchacho, sé que me oyes. Abre esta jarra.

—No —respondió Keema, en un hilo de voz, con los ojos mirando al frente.

—Abre esta jarra. Ábrela antes de que haga notar mi presencia. No es que me quede mucho por perder. —Casi le parecía oír la sonrisa de aquella cabeza—. Y mi voz es muy potente, estoy seguro de que te acuerdas.

Keema cerró el puño.

—Esta cree que será mejor seguirle la corriente —dijo el Defecto.

Keema suspiró y levantó la tapa de la jarra, tan solo hasta el punto de dejar al descubierto una media luna de oscuridad, un retazo de luz que iluminaba el ojo entrecerrado del Primer Terror.

—¿Así estás satisfecho? —preguntó Keema.

—Sí —respondió el Terror.

—¿Qué es lo que quieres?

—Mirar a la cara de mi asesino.

—Por ahora no parece que me haya ganado ese título.

Una risotada.

—Pues entonces de mi atacante.

—No nos dejaste muchas otras alternativas.

—Por favor, no me entiendas mal, muchacho.

—Parecía sentir un gran placer al llamarle «muchacho»—.

No estoy enojado contigo. —Y la verdad es que su tono no sonaba a enojo.

Hablaba con un susurro ligero, casi amistoso—.

En cuarenta y cinco años no había perdido un solo combate.

Cuarenta y cinco años. Tan solo en una ocasión, la Muerte estuvo a punto de cobrarse mi último aliento.

Un aristócrata trató de matarme porque me había acostado con su amante.

Me arrojó una flecha por la espalda, como un cobarde.

—Se rio como si estuvieran en una cena, y Keema hubiera sido un diplomático de ultramar al que tenía que agasajar—.

Entonces todavía era un jovenzuelo idiota y no lo vi venir.

Me dije a mí mismo que no volvería a cometer el mismo error.

Que nadie volvería a tirar contra mí por la espalda.

—Contempló a Keema con ojo indescifrable—.

Y ahora resulta que todavía soy el mismo jovenzuelo idiota.