La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA SEGUNDO. en el que ofrecemos nuestra mejor captura #13
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DÍA SEGUNDO. en el que ofrecemos nuestra mejor captura #13

Al golpear el pedernal y encender la mecha del farol, Keema vio a Kaara/Tak-Lina, que remaba a su lado en su propio esquife.

Le dije que no confiara en Tak-Lina . Se estremeció al oír Su Real Susurro.

Le dije que no era humana, sino un espíritu del río casi tan antiguo como yo, y tan voluble como cabría esperar de un espíritu del río.

Pero le pareció que no podía ser grosero con quien le había capturado, así que inclinó brevemente la cabeza en dirección a la mujer del río.

Kaara/Tak-Lina remaba de pie sobre su embarcación.

Sus golpes en el agua eran mucho más ligeros que los de sus compatriotas.

Los de estos eran ostentosos e imponentes, como el galope de un caballo, los de ella breves, como una caricia, la diferencia entre un murmullo y una exclamación.

Y sin embargo cubría la misma distancia, si no más, con sus sencillos movimientos.

Se percató de que Keema se había dado cuenta y sonrió.

—Querría saber cómo es que un tullido se ha metido en los asuntos de los dioses y en la rebelión.

El muchacho se irritó al oír la palabra, pero no la corrigió.

—Hice un juramento y voy a cumplirlo.

—Los juramentos no brotan súbitamente de la tierra como las malas hierbas. ¿Dónde estabas antes de formular ese juramento?

—Bajo tierra —respondió Keema, con una extraña punzada de ternura—, paleando mierda por una estrecha galería.

Kaara/Tak-Lina se rio por lo bajo.

—Y esa tribu Daware sobre la que ha hablado la Graciosa Luna... cuéntame sobre ella. No había oído hablar jamás sobre ella.

Keema le dio a la pértiga con aire pensativo. Al cabo de un momento de silencio, dijo:

—Era una tribu de guerreros. Los guerreros más grandes que esta tierra haya conocido jamás.

La mujer no se burló de él por aquella afirmación.

—¿Dónde establecieron su hogar?

Keema echó una mirada a Jun, que parecía haberse perdido en sus pensamientos, en el otro extremo del bote.

—En los llanos occidentales azotados por la tempestad —respondió—, incendiados hace algún tiempo por los hombres del emperador. Forjaban sus juramentos bajo el golpe del rayo, inflexibles como los metales con los que forjaban sus armas. —Keema miró a la mujer—. Soy el único que queda.

—Te doy mis condolencias por la pérdida, guerrero. —La mujer bajó la cabeza—. Espero que su final fuera glorioso.

—En mi vida he presenciado un final que lo fuera —respondió Keema. Había pronunciado aquellas palabras sin pensar, y el propio Keema no estaba seguro de creerlas, pero pareció que a Kaara/Tak-Lina sí le afectaron.

—He vivido mucho tiempo —dijo—. Y cuanto más vivo, más me sorprende y entristece la sabiduría que tenéis que llegar a adquirir los jóvenes para habitar este mundo.

Sin decir más palabras, la mujer se adelantó, deslizándose con ligereza sobre las aguas, y se situó a la cabeza del grupo, donde empezó a conversar con uno de los pescadores.

Sus cálidas palabras dejaron a Keema algo aturdido, que entonces recordó que eran prisioneros de Kaara/Tak-Lina, y volvió a remar.

El viaje tocaba casi a su fin. El último punto de referencia que pasaron fue una de las esclusas de Maada.

La divisaron desde el otro extremo del ancho tramo del río Yurna, pero no se acercaron a la compuerta de roca negra que sellaba la desembocadura del Yurna Menor, pues a ambos lados de la esclusa había pequeños campamentos en los que ondeaban tanto el estandarte del Trono como el del Mono Plateado, el símbolo del ejército personal del Segundo Terror.

—Al otro lado de esa compuerta hay un lugar que está muerto —explicó Kaara/Tak-Lina a la emperatriz, a todos ellos—.

Secaron el lecho de un río, los peces se ahogaron sobre las rocas cálidas.

Esa compuerta lleva dos años cerrada, desde que encontraron telas de contrabando en el sótano de una aldea a orillas del Yurna Menor.

Tres rollos de telas Induun de precio medio que los pescadores encontraron en una cesta abandonada que flotaba en el estrecho principal y que nadie reclamó.

Tan solo por esa razón, mataron este río.

Y el señor Maada permitió que ocurriera sin tratar de luchar, porque la aldea era un lugar pequeño, una pieza en un juego, que entregó en aras de mayores riquezas venideras.

Y luego la mujer siguió adelante, el momento terminó antes de que tuvieran tiempo de digerirlo. Durante un buen rato, mientras continuaban remando, la compuerta negra permaneció en lo más hondo de los sentidos de Keema.

—¿Sí? —preguntó de pronto el Defecto. Su cabeza giró en el aire, y habló a alguien a quien no veían ni Keema ni Jun.

—¿Qué pasa? —preguntó Keema—. ¿Qué te ocurre?

La boca de la tortuga articuló palabras que no llegó a pronunciar.

Entonces:

—A esta le ha parecido que oía la voz de su madre.

—¿De tu madre?

—Habla de su divinidad —aclaró Jun—. La que une las mentes de todas ellas. Supongo que no es extraño que ahora la oigas. No estará lejos.

—¿Dónde está? —preguntó Keema, con curiosidad, porque aquella información no era de dominio público.

—En el Cuenco Celestial —respondió Kaara/Tak-Lina—.

La retienen como invitada «de honor» a bordo de una de las naves prisión de Luubu.

Hace tiempo que trabajamos para liberarla.

Estamos trazando planes. —La mujer hizo un gesto con la cabeza en dirección al Defecto—. ¿Qué oyes decir a tu madre, criatura?

—Esta no la entiende. Esta ni siquiera está segura de que en verdad sea ella.

—Si oyes algo que pueda resultarnos útil, háznoslo saber —añadió la mujer—. Toda ayuda que nos brindéis contribuirá a que la Reunión se muestre indulgente con vosotros.

—Dime, ¿cuánto falta para nuestra ejecución? —preguntó Jun.

Kaara/Tak-Lina hizo como un tarareo.

—Ya no mucho.

En efecto, no faltaba mucho. La entrada, que fácilmente habría podido pasar inadvertida a alguien que no la buscara, se encontraba un par de meandros más allá.

Tres de los pescadores se adelantaron al grupo y guiaron sus botes contra el muro de hierbas altas.

La hierba se apartó con facilidad, cual falso muro, y dejó a la vista un pequeño cauce.

Hicieron pasar primero al bote de la tortuga por aquella abertura.

Keema empezó a sudar, al tiempo que remaba junto con Jun a lo largo del último trecho, y llegaron a la Reunión de los Clanes del Río.

TARDE

Un pueblo sobre el agua

Así es como describiste la Reunión a tu hermano pequeño, que ya no era tan pequeño.

Te sacaba una cabeza entera. El estirón había sido repentino, tan repentino como sus deseos de ir a estudiar en el extranjero, a pesar de los peligros que planteaban los viajes por mar en aquellos días.

Él sabía que tú, entre todos sus hermanos, serías el que más se entristecería al verlo partir, y por ello te brindó su compañía durante las semanas que precedieron a su marcha.

Paseasteis juntos a menudo, a veces mientras ibais a hacer las tareas rutinarias, en la mayoría de los casos de camino a ningún sitio.

Y tú te sentías muy viejo, aunque no fueras viejo para nada, cuando te ponía su cara de escuchar con paciencia, mientras recordabas en alto otra de las historias de tu lola.

—No deberías sentir ninguna vergüenza —te decía a menudo—. Pienso que está muy bien que te acuerdes de tantas.

Sí, pensabas tú, mientras liabas un cigarrillo. Está muy bien.

En todo caso... la Reunión. El nombre se explicaba a sí mismo.

Ambos caminasteis por los muelles de tu localidad, el sombrero que llevabas estuvo a punto de ir a parar al agua mientras señalabas las embarcaciones...

—los esquifes delgados como briznas de hierba, los voluminosos remolcadores, los desconcertantes catamaranes, incluso los buques de guerra—, y le explicabas cómo los pescadores del País Antiguo se reunían para formar aquel colectivo y discutir las penalidades del día.

Cómo ataban las embarcaciones entre sí, con cuerdas, con tablones, embarcaciones de todos los tamaños, y creaban a todos los efectos un pueblo provisional sobre el agua, y se paseaban por la complicada red de pasarelas, de escalerillas, de plataformas.

El punto de encuentro de la Reunión cambiaba sin cesar, porque quienes se hallaban en el poder se ponían nerviosos con aquellas reuniones y a veces trataban de infiltrarse en ellas mediante agentes a sueldo.

Se decía que ningún pescador se perdía jamás, porque tenía dos hogares —su aldea y la Reunión—, y nunca iba lejos de ninguna de las dos.

Contaste que no importaba lo lejos que remara, no se perdía nunca.

Tu hermano se volvió hacia ti con lágrimas en los ojos y pensaste que ibas a derrumbarte.

—No me marcho para siempre —te dijo—. Volveré a casa en cuanto pueda.

Trataste de decirle que tan solo le estabas contando una historia, pero no pudiste expresar ni siquiera aquello, así que lo abrazaste y le dijiste que lo ibas a echar de menos.

—Yo también te echaré de menos a ti —te respondió.

Y entonces te levantó del suelo con demasiada facilidad y te arrojó a la bahía. Se oyó su risa aguda y aflautada mientras quebrabas la superficie de las aguas.

Fue la mejor despedida que pudieras haber esperado.

No todo el mundo llega a decir adiós.

En el País Antiguo no habría sido posible apuntar con el dedo a una multitud sin señalar a alguien que hubiera sufrido una gran pérdida de la que no se hubiera rehecho.

Todas las personas que asistían a la Reunión se habían visto empujadas de una manera u otra a tratar de recuperar lo que sentían que les pertenecía por derecho.

Yo perdí a mi madre; yo perdí a mi hijo; yo perdí al único hombre al que iba a amar jamás.

Lo viste en la manera como se comportaban aquel día, mientras se aprestaban para un ataque que se había estado preparando desde hacía mucho tiempo...

un ataque que sabían con toda probabilidad que culminaría en derrota.

Perdí mi río, mi dignidad. Un ataque que con toda probabilidad terminaría en muerte violenta para ellos.