La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA SEGUNDO. en el que ofrecemos nuestra mejor captura #12
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DÍA SEGUNDO. en el que ofrecemos nuestra mejor captura #12

Iríamos con su gente. Lo mínimo que podíamos hacer era averiguar en qué podíamos serles útiles antes de escapar de sus cadenas.

Keema aceptó. Miró a Jun, aliviado de que el cuerpo de este hubiera vuelto a la normalidad.

Con la mirada gacha, permitió que le quitaran la hachuela, así como la espada larga que su padre había dejado caer en el fondo del bote.

Keema vio que uno de los pescadores escupía a Jun en el rostro, y lo abrumó el deseo de asestar un golpe en la cabeza a aquel malnacido, pero no se movió.

Jun negó con la cabeza, disimuladamente, para detener su mano.

Las piernas de Jun ocultaban la jarra de arroz que estaba debajo de uno de los bancos de madera.

—¿Tendremos que ataros las muñecas a la espalda? —preguntó Kaara/Tak-Lina—. ¿O vais a portaros bien?

—No tienes nada de que preocuparte —respondió Jun con hosquedad.

Keema levantó su único brazo.

—Inténtalo si quieres.

Kaara/Tak-Lina enarcó una ceja.

—Tienes sentido del humor —dijo—. Qué interesante.

Poco después se dirigieron al norte, a la Reunión.

Todo el grupo se movía a una.

Viajaban despacio y con mucha atención por los numerosos ríos.

Nosotros, los de los Mil, aprendimos de jóvenes que no se puede remar por el río con otras cosas en la cabeza.

El mundo estaba a la espera de engullir a quienes se movieran distraídos por su superficie.

Los ríos tenían por costumbre cambiar sus opiniones, el mito despertaba de su letargo para modificar su posición, y una barca, por segura que estuviese de recorrer la misma ruta, podía empezar a dar vueltas sobre su propio camino y emprender un viaje no planeado por un territorio oscuro y mortal.

Los viajeros no avisados adornaban los árboles y la hierba con sus huesos.

Los reconocíamos. Sus frías manos se agarraban con fuerza a los remos, como si no hubiera sido demasiado tarde para huir.

Keema había viajado varias veces en una embarcación, pero tan solo entonces apreció lo fácil que era perderse en aquel lugar, mientras remaba con los pescadores y observaba lo atentos que estaban.

Cada vez que llegaban a una bifurcación en el río, se guiaban por las coordenadas del sol y por varillas de zahorí cortadas con sangre en los dedos para que les mostrasen el camino, y cuando no estaban con las varillas, remaban en formación cerrada en torno al bote capturado, atentos como halcones a todo movimiento extraño de los dos guerreros o de las hierbas altas.

Algunos pescadores murmuraban entre sí, y se preguntaban si sería cierto que el emperador y el Primer Terror habían muerto.

Otros se entretenían en pensamientos menos elevados.

Un hombre les sonreía, al tiempo que tamborileaba con los dedos sobre la curva hoja de metal que le pendía del cinturón, como si les dijera esperad y vais a ver .

Keema echó una mirada a Jun y se sorprendió del consuelo que recibía en los ojos de su compañero, a pesar del tatuaje rojo que despertaba tanta ira en los demás.

Entre ambos mediaba un acuerdo tácito: que una vez que la emperatriz quedara satisfecha, se alejarían de aquella compañía de rebeldes cuando se les presentara la oportunidad...

pero solo podrían hacerlo si encontraban una manera de salir por sí mismos de los Mil.

Las enredaderas colgaban sobre el río Yan-Tsi cual trenzas descuidadas.

Los árboles de las orillas se volvieron cada vez más escasos y ya solo quedaron las hierbas altas, y el propio río se transformó en una vía sinuosa, no muy distinta de las estrechas y tortuosas calles de un pueblo portuario.

En ocasiones, Keema se daba cuenta de que las hierbas altas se agitaban, de que crujían, como si el cuerpo de una criatura enorme las apartara al pasar.

Todos nosotros sabíamos que no debíamos meternos en la hierba.

Aunque se prendiera fuego en la barca y el agua estuviera abarrotada de peces caníbales, no se podía ir a la hierba.

—Tengo un tío que una vez metió la mano ahí —explicó uno de los pescadores de temple más apacible, al fijarse en que Keema tenía los ojos puestos en la espesura—.

Lo hizo en broma, el hombre. Dijo que así le palpaba las tetas a un hada de las aguas.

Pero cuando retiró la mano, toda la carne había desaparecido. Tan solo quedaba el hueso.

Keema, que no tenía nada claro que su posición le permitiera responder, guardaba silencio, sin asentir siquiera, pero no tardó en descubrir que los pescadores del País Antiguo eran gentes dadas a conversar, incluso en un grupo como aquel, que se presentaban a sí mismos como rebeldes sanguinarios, porque su trabajo, que se componía de largos trechos de nada, les exigía alguna suerte de compañerismo y camaradería que les permitiera sobrevivir.

Cuando uno de ellos se ponía a hablar, los demás no podían evitar seguir su ejemplo, aun cuando estuvieran en compañía de hombres a los que despreciaban.

—Esa historia no se la cree nadie —dijo una mujer que remaba detrás de él—. Tú fuiste el único que se la creyó cuando la contaba el tonto de tu tío. Pero creo que así es tu familia. Un árbol en el que crecen tontos.

El aludido se encogió de hombros.

—Es más divertido creérselo que no creérselo. Además, no hay nadie que conozca de verdad los Mil.

La mujer puso cara de exasperación.

El hombre le contó a Keema la historia del río por el que transitaban, el Yan-Tsi.

Que el Yan-Tsi tomaba su nombre del demonio serpiente que se había enamorado de los tres bellos hermanos de la aldea Doble Aleta, la misma que había sufrido la carnicería que Keema y Jun habían presenciado.

El demonio serpiente había hecho cuanto había podido por ganarse los afectos de los jóvenes hermanos.

—Oro, regalos, todo lo que se le ocurría, pero no le sirvió de nada, porque era el mismo demonio que había devorado a todos sus ancestros, ¿y quién iba a amar a un demonio con tanta sangre en las manos?

—Keema se dio cuenta de que Jun escuchaba la historia con atención.

Ambos tenían claro que no se la estaban contando por casualidad—.

Tan solo al cabo de muchos años de tratar de ganarse sus corazones, Yan-Tsi se dio cuenta de que aquel era el primer combate en el que saldría derrotado.

Una mañana, al oír que los tres hermanos se quejaban de sus compañeros de la aldea y hablaban de lo bien que estaría tener un río propio que cuidar, el demonio supo qué hacer.

Así, se sirvió de la magia siniestra que aún le quedaba para transformarse en este río serpenteante que ahora recorremos.

—Era tan solo una de las muchas vías que trazaban su sinuosa ruta por entre los Mil Ríos, donde cada uno de los mil reclamaba su propio fragmento de mito e historia—.

Y cuando uno está solo aquí, se oye aún mejor...

el castañeteo de su larga cola, por un amor que no conocerá jamás.

Contaron otros relatos, porque ninguno quería ser menos que los demás.

Relatos que brotaban del territorio de los Mil cual malas hierbas.

Las canciones cantadas al revés que se oían en los árboles, y que predecían los patrones migratorios de la carpa enjoyada.

El fulgor que impregnaba el aire, y que, si se contemplaba en el ángulo adecuado, se transformaba en la peculiar visión de una luna negra y un sol azul, que según se contaba era el verdadero cielo de aquel mundo.

Y, sí, también volvieron a hablar sobre las hierbas altas que devoraban los dedos de quien se descuidara.

Pero por mucho que charlaran los pescadores, estaba muy claro cuáles eran los límites de su cortesía, pues no se dirigían a Jun, ni le miraban, salvo unas pocas ojeadas que echaban a sus espaldas como dardos.

Tendrían que contentarse con aquellos pequeños gestos hasta que se le aplicara un castigo más justo en la Reunión.

Jun, por su parte, no hacía nada con lo que pudiera provocar sus iras.

Tenía los ojos vueltos siempre hacia el frente y una expresión neutra en el rostro, y manejaba la pértiga con firmeza y sin prisas...

aunque su espíritu estuviera presto, y agitado, porque tenía que andarse con cuidado para no mirar al tarro de arroz escondido bajo el banco.

Los insectos del mediodía pululaban por la superficie del agua.

Fiches y qüiques con menudos alfileres a modo de bocas y alas, que vibraban cual diminutos motores mientras apuraban la sangre de un brazo descuidado.

Como sentían atracción por los grandes cadáveres, la mayoría zumbaba alrededor del Defecto, cual negras y eufóricas nubes que sorbían su olor y su exudación.

Pero aquella criatura siempre hambrienta no hizo ningún intento por cazarlos.

Keema le preguntó qué le ocurría. El Defecto soltó una risita que se volvía sobre su autora, y que sugirió a Keema la imagen de un niño que tropieza con sus propias sandalias.

—Esta se siente... rara —decía la tortuga.

En un momento en el que un fiche especialmente grueso golpeaba a Keema en la mejilla, este fue a encender de nuevo la lámpara de incienso e insinuó a la criatura que tal vez aquella rareza se disiparía junto con los insectos.

—Puede ser —respondió el Defecto, con una risilla dubitativa.

No le dijo a Keema que oía un sonido dentro de su cabeza que no provenía de ningún fiche, ni de ningún qüique, ni de la emperatriz.

Un susurro lejano, que se apagaba, que entraba y salía de su mente, como un canal vulnerable y lleno de estática.