La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA SEGUNDO. en el que ofrecemos nuestra mejor captura #11
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DÍA SEGUNDO. en el que ofrecemos nuestra mejor captura #11

Sí, era la emperatriz quien había entrado en el cuerpo de Jun, porque habíamos pasado la última de las trampas de las rocas lunares y yo había regresado al mundo de los vivos, tan solo para descubrir que mis siervos corrían el peligro de que una vieja amiga los matara. Tuve muy claro que debía intervenir.

El rostro de la mujer llamada Tak-Lina mudó de expresión una y otra vez.

El pasmo reverencial se derritió en honda nostalgia que luego se desfiguró en una cara que ardía de furia...

y esa misma furia se templó por sí misma hasta volverse fría y distante, como si aquel hubiera sido el estado en el que tenía que permanecer para protegerse.

—¿De qué habla? —preguntó uno de los hombres a otro—. ¿Quién es Tak-Lina?

—Un nombre antiguo —respondió la mujer con voz queda—.

Un nombre que no he usado en mucho tiempo.

—A Jun-que-no-era-Jun le dijo—: A mí esa anciana ya me resultaba familiar, pero he pensado ¿qué posibilidades puede haber de que Ella, precisamente Ella, baje por mi río, de entre todos los ríos de los Mil?

No-Jun sonrió.

—Sabes tan bien como yo que en este mundo no hay tal cosa como una probabilidad. Lo único que hay es el Ritmo y la Danza. Que no somos más que los danzantes.

Tak-Lina asintió, como si hubiera pasado demasiado tiempo desde la última vez que había oído aquellas palabras.

—Voy a reconocer —dijo— que esto de hablar a través de un sucedáneo es un truco ingenioso. Pero no mucho más impresionante que el emperador y sus tortugas. ¿Tienes alguna razón para no derramar tus palabras a través de tus propios labios?

No-Jun suspiró.

—Soy vieja, Tak-Lina, y en este cuerpo me queda tan solo un puñado de alientos, y no muchos más latidos de corazón —respondió, al tiempo que señalaba a Su propia figura—. No quiero malgastarlos.

—Un momento interesante para marcharte de palacio.

—Marcharme. Resulta gracioso que elijas esa palabra, ¿verdad? —Keema se estremeció cuando No-Jun lo miró a él con sonrisa irónica, se enervó, y sintió alivio cuando el sucedáneo de la emperatriz se giró de nuevo hacia su presa—. Yo no me marché. Escapé. Al cabo de muchos años de esfuerzos.

Tak-Lina se cruzó de brazos.

—Y ahora que has escapado, estás aquí, lejos de las ciudades. ¿A dónde vas? ¿Qué quieres hacer?

—Me voy al este. A poner fin a lo que yo misma empecé.

—No-Jun se levantó en el extremo del bote y extendió la mano sobre Keema, sobre el Defecto, sobre todos ellos—.

Estos son mis siervos. Me llevan a la costa oriental, donde me aguardan gentes ávidas de cambio.

Gentes que quieren recobrar la tierra y hacérsela suya.

Les ofreceré mi cuerpo en una gran Manducación y les otorgaré los dones divinos que aún me quedan, para que puedan atravesar muros que hasta ahora han permanecido impenetrables.

«¿Se comían a la gente?»

Tu hermanito parpadeó con los ojos húmedos, y todos os volvisteis con furia hacia tu segundo hermano, que nunca había sido muy bueno en captar el humor que reinaba en la sala, porque había hecho un comentario irreflexivo sobre la realeza de los tiempos antiguos, que comía carne humana.

Estabais todos en el comedor, habíais terminado de comeros la escasa ración y os rugía el estómago.

Lo había dicho a modo de broma: si llegaba un tiempo en el que la desesperación no permitiera otra cosa, si no quedaba otro remedio, siempre podríais hacer lo que los miembros de la familia real habían hecho en el País Antiguo y devorar a vuestros hermanos.

Entonces conversasteis un rato sobre a quién os comeríais primero.

Os reísteis. Pero tu hermanito aún estaba atrapado en aquel punto de turbada fascinación.

—¿De verdad comían personas? —preguntó. Su miedo os preocupó a los demás, porque si tu hermanito no dormía, nadie dormía.

—No, no comían personas —le aseguró otro—. ¿Verdad que no? —preguntó, volviéndose hacia ti.

Todos se volvieron hacia ti. No era nada sorprendente...

al cabo, era a ti a quien tu lola le contaba todas sus historias.

Y tú les respondiste que no era lo que se imaginaban.

Una vez más repetiste lo mismo que te había contado tu lola; hasta te pusiste un poco a la defensiva al explicarles que el consumo de carne humana respondía a un ritual, el Rito del Cuerpo.

Que tan solo se comían a los muertos y que, cuando lo hacían, lo hacían por sentido del deber y por amor, no por hambre.

Les dijiste que por lo general se trataba de alguien que tenía poder, como un gobernador local, o señor, o emperador.

Que la práctica se remontaba a un tiempo antiguo, en el que un nuevo dios reemplazaba a otro más antiguo en el panteón y devoraba su carne, y al hacerlo absorbía sus recuerdos y su poder.

Con una sonrisa, dijiste a tus hermanos que de bien poco iba a servir que os comierais los unos a los otros. Miraste con amargura al retrato de tu padre que había sobre la repisa de la chimenea. Les dijiste que entre todos vosotros había bien poca cosa que mereciese la pena heredar.

No ocurría lo mismo con el cadáver del Dios de la Luna.

—Aspiro a nada menos que a deshacer el gran tapiz del Trono —explicó No-Jun, mientras los demás miraban a la cara de Tak-Lina, cuya expresión era oscura e indescifrable—.

Mi tiempo ha terminado. No puedo ejercer mi poder como antes.

Sería capaz de contar con una mano el número de veces que puedo intervenir antes de agotar lo poco que me queda.

—No-Jun sonrió débilmente—. Mi tiempo se acaba.

Por primera vez en nuestras largas vidas, te suplico que me ayudes.

Los simios nos han rechazado ya, y sospecho que ocurrirá lo mismo con la mayoría de los que moran en los bosques y en el agua...

así que recurro a vosotros con oraciones para que nos ayudéis.

Dejadnos pasar. Y si podéis, ayudadnos a atravesar los Mil.

Ayudadnos a ir al este, para que podamos hallar la rebelión que ahora mismo cobra cuerpo en sus riberas.

—Ese escalofrío... —dijo Tak-Lina, tras un instante de silencio—. ¿Fue obra tuya?

—Sí. Cuando maté al emperador.

La audaz declaración dejó boquiabiertos a los guerreros que acompañaban a la mujer del río. La emperatriz vio aquel destello y aprovechó para avivar la llama.

—Destrocé con mi mano a mi propio hijo, como habría podido trocear ramillas en la leñera. Y ese guerrero de la tribu Daware —añadió, señalando a Keema, que aún sostenía la lanza como para ensartar a cualquiera que se les acercase—, ese guerrero ha matado al Primer Terror.

—¡Eso es imposible! —gritó un hombre.

—¿Entonces los rumores son ciertos? —exclamó alguien.

—¡Oh, dioses, oh, dioses!

—Pues entonces está claro. ¡Los lectores de agua dijeron la verdad! ¡Ha llegado nuestro momento!

—¡Silencio! —gritó Tak-Lina. Al oír su orden, nos callamos, porque quien había hablado era nuestra Kaara y no confiábamos en nadie como en ella.

Las turbias aguas de su rostro se endurecieron en algo acerado y lleno de furia, y la comisura de su boca se torció en una sonrisa quebrada—.

Eres una criatura increíble, Mi Graciosa Luna.

Actúas como si fuese caridad el otorgar a las gentes tus supuestos dones.

Pero esta... necesidad que tienes de otorgar lo que no debería darse gratuitamente ha corrompido esta tierra hasta volverla irreconocible.

—Entonces suspiró, y agarró el collar de grandes cuentas que le colgaba sobre el pecho—.

He visto cómo tus hijos, merced a tu don, aniquilaban tribus enteras con un mero revés.

Los he visto desangrar ríos hasta secarlos.

He visto como el cielo, durante años, se negaba a entregar una gota de agua.

—Arrojó una mirada fulminante a la tortuga—.

Merced a tus dones, esas criaturas malditas lo ven todo e informan de todo, y fortalecen el poder de las Cinco Familias.

Amigos míos se han visto arrojados al abismo de Rocalegre y nunca más se ha vuelto a saber de ellos.

Me alegro de que el Trono no te tenga ya bajo su yugo, de verdad, aunque solo sea porque perderá poder...

pero aún tienes que responder por muchas cosas, por todos los dones que has concedido.

—Observó el cuerpo de la anciana, sentado en la proa del bote—.

Me llamas Tak-Lina, pero Tak-Lina es una criatura del pasado.

He cambiado, Emperatriz , igual que tú. Hemos mudado nuestra antigua piel.

Ahora soy Kaara, del río Jogon. Trabajo en los ríos y comparto el pan con mi pueblo.

Cuando el emperador se creyó con derecho a cerrar los dientes sobre nuestras aguas con sus compuertas de piedra, nosotros entendimos que teníamos derecho a recuperarlas.

Nosotros, los de los Mil, recobraremos el Cuenco Celestial de manos del Segundo Terror.

—Su gente, por orden suya, tensó los arcos una vez más—. Y tú lo vas a recobrar con nosotros.

Le dije al hombre de Daware que bajase su lanza.

Keema, de mala gana, obedeció a Su Real Susurro.

La lanza de Araya se quedó inmóvil a su lado, mientras la partida de exploradores les quitaba todas sus armas.

El hombre de Daware se preguntaba por qué no contraatacábamos, ni huíamos.

Poco importaba que apenas si me quedaran fuerzas; la razón por la que contuve nuestras manos fue una deuda.

Una deuda que tenía con Tak-Lina.