DÍA SEGUNDO. en el que ofrecemos nuestra mejor captura #10
Había algo dentro de Keema que le decía que era mejor confiar en el ave, pero no halló argumentos sólidos.
—Me dices que no haga caso del ave, pero si de verdad fuera un espíritu protector, como tú mismo has apuntado, entonces es que quizá la propia naturaleza nos da una señal de la dirección que tenemos que seguir.
—Si fuese por la naturaleza, a mí me torturarían y luego me descuartizarían.
—Al decir estas palabras, Jun habló en un tono menos expresivo.
Neutral. Pragmático. Seguro—. La naturaleza me querría destripar.
No hay nada en este mundo que se encuentre conmigo y no quiera degollarme, porque llevo la marca de la muerte en el rostro.
Porque serví a la muerte con orgullo. —Entonces miró a Keema—.
Envidio a todos los que aún podéis confiar en la naturaleza.
Pero a mí no me alcanza su gracia. Esa ave sabe quién soy.
Sin duda, huele la sangre que mancilla mi cuerpo.
Creo que quiere arrastrarnos a una muerte segura.
No puedo confiar en ella. —Y entonces hubo un momento en el que no habló.
Tan solo pensó—. Pero a estas alturas te has ganado con creces mi confianza, Keema de la tribu Daware.
Si de verdad crees que lo mejor será ir por la derecha, te escucharé.
Keema, con la garganta reseca, devolvió la mirada a la máscara.
—De acuerdo —dijo por fin.
«Iremos por la izquierda.»
El ave enloqueció al ver que dirigían el bote en la dirección opuesta a la que les indicaba con sus frenéticas voces, pero al cabo de poco dejaron de oír a la criatura, que probablemente los había abandonado como causa perdida.
Mientras empujaban con la pértiga por aquel tramo de río angosto y envuelto en sombras, Keema repitió las palabras que antes le había dicho Jun.
—La gracia de la naturaleza no te alcanza. —Soltó una risita burlona—. No sabía que fueras poeta.
Jun enrojeció hasta las orejas.
—He dicho lo que tenía que decir para evitar que tomaras una decisión tan estúpida.
—Sí, sí, claro. —Apartó una rama baja del camino.
Se había puesto a sonreír, tenía ganas de bromear, porque se divertía más con las bromas que con el miedo—.
La gracia de la naturaleza es algo hermoso, ¿verdad, príncipe mío?
¡Ah! ¡Cuánto anhelo que la gracia de la naturaleza me salve de las sombras de mi alma!
Los árboles del río se volvían más densos en lo alto. La luz del sol, más oscura.
—¡Que te den por culo! —exclamó Jun, aunque ni siquiera la máscara disimuló que las mejillas se le ensanchaban al sonreír—. Que os den por culo a ti y a tu único brazo.
—¡Gracia! ¡Gracia mía!
Y todavía más oscura.
—He terminado contigo. —Jun volvió toda su atención a la pértiga—. He terminado con tus idioteces.
—Eso está bien —respondió Keema, riéndose.
Los observábamos. Y aguardábamos.
—Esta no entiende cómo no le habéis consultado qué dirección resulta más prudente seguir —dijo el Defecto.
—¿Que te consultemos? —replicó Jun—. Si hasta había olvidado que estabas ahí.
—Esta lo duda mucho.
Y aguardábamos.
—No me puedo creer que por aquí se encuentren todavía redes repletas de roca lunar —observó Keema mientras dejaban atrás nuevas trampas—. El territorio de esa aldea debía de ser bastante extenso.
—Es un río, hay peces, no me parece extraño que vengan hasta aquí.
Hasta...
—¿Qué longitud piensas que puede tener este río? —preguntó Keema.
... el momento justo. Su pregunta obtuvo como respuesta dos redes de cuerda que se cerraron sobre el bote desde ambos lados, como sendos muros, y pusieron fin a su viaje.
Una red les impedía avanzar y la otra retroceder.
Una presa fácil.
—¡Atrás! —gritó Keema—. ¡Atrás!
Jun levantó el gancho de su pértiga y trató de desenganchar la red, pero estaba tensa como cuerda de arco.
—Tendremos que cortar la...
Una flecha rebotó contra la proa del bote.
Jun retrocedió por el fondo de la embarcación hasta ponerse junto a Keema, y Keema empuñó la lanza y buscó movimiento en los bosques ribereños.
Aparecieron sombras entre la maleza, primero tan solo unas pocas, pero luego esas pocas se transformaron en muchas, y por fin dos docenas de hombres y mujeres robustos se encararon con ellos desde ambas orillas.
Con los arcos a punto. Las lanzas en alto. Los ojos fríos y muertos.
—Esta habría votado por ir a la derecha —dijo la tortuga.
MEDIODÍA
Entre las sombras y los rayos de luz, emergió la líder.
Una mujer con mechones de cabello grises y morenos, y con profundas arrugas de sol en la piel.
Vestía un atuendo funcional, con tres piezas de tela ondulante, los brazos al descubierto, de manera que exponía a la vista esa combinación de músculos tensos y piel flácida que conlleva vivir del trabajo, de años pasados en los ríos sacando las redes del agua y descargando objetos pesados de las embarcaciones.
Las arrugas de la risa estaban muy marcadas en torno a sus comisuras, pero aquel día no había ninguna alegría en su rostro.
—¿Quiénes sois? —preguntó.
Jun sabía que la respuesta determinaría si sobrevivían a los momentos siguientes. Observó los tatuajes en los brazos de los guerreros: signos circulares y símbolos que eran el lenguaje de los pescadores de los Mil.
—Somos viajeros —respondió—. Vamos en peregrinación a la Ciudad Divina para asistir al final de Su Santo Peregrinaje.
—¿En peregrinación? —contestó la mujer, riéndose—. Pues entonces sois los primeros peregrinos que veo que llevan consigo una tortuga criada en una tina. —Agachó la cabeza hacia la criatura—. Una tortuga que parece que nació rota, si estos ojos me dicen la verdad.
La tortuga le siseó.
La mujer se sonrió, como si no hubiera previsto que iba a divertirse tanto con la captura. Se acercó al borde del agua. Los esbeltos hombres y mujeres que había a sus espaldas mantenían tensas las cuerdas de los arcos y hacían girar rocas aristadas en hondas de cuero. Las hondas silbaban con furia.
—Quiero saber más sobre esta cuadrilla antes de creerme la historia que cuentan. ¡Tú! —dijo, señalando a Keema—. ¿Cómo te hiciste con esa tortuga?
Keema miró a Jun, quien a su vez se encogió de hombros.
—La robamos —respondió Keema.
La sonrisa de la mujer se ensanchó todavía más.
—Explícamelo.
—Ocurrió en las terrazas del señor Yinn —añadió Jun—. Estábamos necesitados de transporte y... requisamos un carruaje real. La criatura estaba dentro. Desde entonces viaja con nosotros. —Arrojó una dura mirada a aquellas gentes—. Lo que significa que además está bajo nuestra protección.
—Esperemos que no haya que discutirlo. ¿Y quién es esa? —Apuntó con el dedo a la anciana, que estaba sentada con las piernas cruzadas al lado de la tortuga.
—Mi abuela —respondió Jun.
—Sí, ya se nota. —Los ojos de la mujer se volvieron de nuevo hacia Jun—. La máscara. Quítatela.
—Mejor que no. Soy sensible a la luz.
La tensión de las cuerdas de arco se sintió en el aire.
—Si no quieres terminar como alfiletero, quítatela ahora mismo. Para mayor tranquilidad de todos nosotros.
Keema enarboló la lanza, al mismo tiempo que la mano de Jun se acercaba a la máscara. Los ojos de ambos se cruzaron una sola vez, como para decirse prepárate, esto no va a terminar bien , y entonces Jun agarró la cinta que sostenía la máscara y se la quitó.
Un nervioso silencio se adueñó de las docenas de personas que acompañaban a la mujer, pues a nadie le pasó por alto el tatuaje del Pavo Real Rojo en la cara de Jun.
El buen humor de la mujer se esfumó y sus ojos se ensombrecieron, y los hombres y mujeres que estaban detrás de ella murmuraron entre sí.
Queríamos que nos dejara hacer. Queríamos que nos permitiera destrozar a aquel malnacido.
Porque tenían delante a un soldado del Terror, una persona en la que podían canalizar toda su frustración y miedo a base de despellejarlo vivo; los dedos me hormigueaban de ganas de soltar la cuerda, por Sayla, por Mardo, por todos ellos...
qué ansioso estaba por abrirle un agujero en la garganta, por hacerlo cantar.
La mujer le chasqueó la lengua a Jun.
—Pavo real asqueroso... —Cerró los ojos—. Hijo del Primer Terror, no podemos permitir que vuelvas a tomar aliento. Por todos los ciudadanos de este país que has reducido a cenizas en el nauseabundo nombre de tu padre, voy a verte atravesado por todas las flechas que tenemos a nuestra disposición.
La mujer levantó la mano. Jun se estremeció. La tortuga soltó un bramido lleno de terror. Keema se aprestó a arrojar su lanza a la garganta de la mujer. Pero antes de que volara un solo proyectil, sonó una voz.
«¡Tak-Lina, baja esa mano!»
Y la mujer, Tak-Lina, bajó la mano, y los arqueros que estaban a sus espaldas y en la otra orilla también bajaron las suyas, obedientes a la orden que la mujer les dio con mirada desencajada.
Tan solo uno de los arcos disparó por accidente.
Era la segunda vez que empuñaba un arco sin estar de prácticas.
La flecha se clavó en las tablas de madera que había a los pies de Jun, pero este no se inmutó, y no hizo más que mirar a la mujer del río sin pestañear.
Esta dio un paso adelante, con pasmo reverencial pintado en el rostro, mientras preguntaba, de forma templada y serena:
—¿Cómo me has llamado?
Jun respondió, y había cobrado un aspecto distinto, que Keema no logró identificar: cien pequeñas modificaciones en su expresión, en su postura, en la inflexión de su voz, que daban a entender que no era Jun quien hablaba, sino que algún otro hablaba a través de él.
Enderezó la columna, irguió el mentón para que su mirada encontrase la de Tak-Lina.
El joven que se subió a uno de los bancos y se dirigió a los emboscados no era ya como un gato que arquea el lomo y se escurre, sino una criatura imperiosa, e incluso altiva.
—Te he llamado Tak-Lina y quiero que pares ya con esa cháchara. Basta de amenazar con matar a quienes ahora me sirven. Háblame como me hablaste hace tantos años. Como se habla a alguien a quien antaño rendiste culto.