La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA SEGUNDO. en el que ofrecemos nuestra mejor captura #9
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DÍA SEGUNDO. en el que ofrecemos nuestra mejor captura #9

Keema, en un intento por no perder también la calma, le preguntó a Jun si podía levantarse. Jun, sin responder, se puso en pie con dificultad, sirviéndose de la pértiga como soporte.

—Tengo que... tengo que irme de aquí —masculló.

—De todos modos, yo tampoco pensaba quedarme mucho tiempo más —respondió Keema.

Ambos empujaron el bote con las pértigas hasta dejar atrás los muelles.

Keema tuvo que hacer casi todo el esfuerzo, porque a Jun le costaba respirar, no digamos ya empujar.

Apartó de una patada las barcas de los aldeanos, que flotaban muertas en el agua, y cuando uno de los pontones de su propia embarcación se enganchó en una red de arrastre, tuvo que meter el brazo en el agua y liberarlo con la mano y los dientes, haciendo todo lo posible por no ver el pie con marcas de mordiscos enganchado en la red, ni la serpiente de intestinos que flotaba al lado de su hombro.

Cuando se incorporó y agarró de nuevo la pértiga, un líquido rojo le resbalaba por el cuerpo.

Jun, con respiración entrecortada, observaba en silenciosa admiración la labor del hombre de Daware, que sin ayuda de nadie los llevó río abajo, hasta que el olor a hierro se disipó junto con el sabor a bilis.

El agua por la que remaban no tardó en aclararse, se volvió traslúcida, argéntea y dorada, y ya no aquella turbiedad arremolinada, oscura como el vino.

Keema echó todavía un par de miradas a la aldea de pescadores mientras doblaban el meandro, y se preguntó qué podía haber sucedido. Sentía miedo de que la causa de todo aquello no hubiera quedado atrás.

Aquel monstruo. Sujetó a mi niño entre sus dientes y sonrió.

—Ay, por los dioses —masculló Jun—. Es... todavía lo puedo sentir. En la lengua.

—Casi lo hemos dejado atrás —le dijo Keema—. Dale a la pértiga.

—Es verdad —respondió Jun—. Hay que darle a la pértiga.

Estaban ya a la mitad del nuevo río. En lo alto, gruesas nubes blancas reposaban sobre un cielo que era como una alfombra azul.

Cigarras con alas de cristal revoloteaban entre las ramas bajas de los árboles.

El día era caluroso, y también tranquilo.

Aparte de la risilla nerviosa y persistente de la tortuga, el mundo no daba a entender de ningún modo que poco antes hubiera tenido lugar una matanza.

Keema se concentraba en su pértiga, porque quería apaciguar su corazón desbocado, y cuando estuvieron a cierta distancia empezó a pensar que ya no los acechaba un peligro inmediato.

Se lo dijo a Jun y se permitieron avanzar un poco más despacio, aunque Jun no dejara de murmurar su nuevo mantra.

—Dale a la pértiga. Dale a la pértiga.

Poco a poco los nervios de ambos se calmaron.

¿Qué había sucedido allí?

Se contaron el uno al otro sus teorías. Vagabundos drogados y fuera de todo control.

Hombres de Familia enviados por el señor Maada, o Monos Plateados, enviados por Luubu a modo de demostración de fuerza, para castigar una blasfemia.

Tal vez los aldeanos se hubieran matado entre sí.

Keema apuntó esa idea, aunque él mismo reconoció que resultaba inverosímil.

Cuanto más se adentraban en los Mil, más se preguntaban en voz alta —porque temían al silencio— qué había podido llevar a cabo semejante carnicería.

Algún demonio, surgido de las profundidades de aquel nido de ríos.

Una criatura que no comprendía la destrucción que ella misma causaba.

Una criatura que vivía tan solo para comer.

Quizá, había dicho Jun.

Quizá.

Habían entrado en un nuevo tramo de río, que tenía las orillas abarrotadas de árboles con ramas que sobresalían sobre las aguas y densas marañas de raíces.

Keema se ofreció a remar él solo durante un rato, porque había notado el ritmo lento y fatigado de la pértiga de Jun.

Este le agradeció el descanso. Se quedó sentado, respirando pesadamente, mientras Keema movía la pértiga en las aguas sombrías.

La luz del sol se filtraba en pequeñas cabezas de alfiler por entre el espeso follaje.

Terminó por darse cuenta de que Jun estaba ocupado en hacer una talla sobre su regazo, pasando un cuchillo pequeño por un objeto blanco y duro que tenía en la mano, con una energía casi exagerada.

—Eso es un hueso —dijo Keema, que se había dado cuenta al tiempo que lo decía.

Jun vaciló, y luego asintió, como para reconocer que así era.

—Es un hueso. Sí.

—¿Un hueso de animal? —preguntó Keema.

Jun resopló.

—Es el hueso de mi hermano —respondió con un deje de orgullo—.

Es un trozo de su hombro. Antes lo llevaba en un collar, pero ahora lo llevo sin más.

—Keema no supo qué responderle, así que permaneció en silencio—.

Murió parando con el cuerpo una flecha que era para mí —añadió Jun—.

Después de que le practicáramos el Rito del Cuerpo, mi padre me dio este hueso y me enseñó el arte de tallar el marfil.

—Echó una mirada a la jarra de arroz que llevaban bajo el banco, como a la espera de que la cabeza hablase.

No habló—. Así es como damos las gracias a los muertos cuando se van.

—¿Qué escribes en él?

—Nada nuevo. El espacio no da para más. ¿Lo ves?

Jun sostuvo en alto el hueso triangular, del tamaño de la palma de su mano. Estaba cubierto de palabras y escritura en signos rúnicos, grabados con incisiones profundas, como las divagaciones hambrientas de sol que se leen en las paredes de las cárceles.

—Tan solo vuelvo sobre las palabras ya inscritas y hago las incisiones más profundas cada vez que...

Su voz se apagó. Se encogió de hombros.

—Ya lo entiendo —dijo Keema.

—¿Qué haces tú para distraerte? —preguntó Jun.

—Nada —respondió Keema, sonriente, y estuvo a punto de confesar que bailaba—. Pero tendría que encontrar algo.

—Eso ayuda —añadió Jun. Rascó en lo hondo del hueso—. No arregla nada, pero ayuda.

Por un instante, el rascado eclipsó los sonidos del río, y Keema se sorprendió, y sintió cierta inquietud por el consuelo que sentía al escucharlo.

El canto de los pájaros estalló en las ramas...

... un trino de ritmos libres que captó la atención de ambos.

Entonces Keema oyó el saludo de un desconocido a quien había pensado que no volvería a ver: el ave de plumas purpúreas, posada sobre el caparazón del Defecto, que le piaba con alegría.

Soltó con buen humor un «eh», que hizo que Jun se volviese para preguntarle qué ocurría.

—Es el ave —respondió Keema—. La que encontré en el carruaje. La misma que derribó al jinete del caballo.

—¿Cómo puedes...? —Jun se detuvo a escupir en el río la bilis que le quedaba en la boca—. Disculpa. ¿Cómo puedes saber que es la misma ave?

Keema se encogió de hombros, con los ojos puestos en el animalillo de color purpúreo, que a su vez le miraba sin parpadear.

—Porque lo sé.

—Es extraño que vuelva a ti una y otra vez.

—Tal vez esté agradecida porque la solté.

—Un ave agradecida. Tal vez sea el espíritu del nido. —Jun contuvo una risa—. Tal vez cuentes con la protección de algún dios menor. Sería una suerte para un hombre de mala fortuna.

—Puede ser —respondió Keema—. Pero ¿por qué has vuelto?

La primera vez que nos vimos, no nos separamos en los mejores términos.

—Se señaló el rasguño de la mejilla, que aún no había cicatrizado del todo, y el ave ladeó la cabeza, como si no hubiera entendido cómo podía molestarle un rasguño de nada—.

Tenemos bien poca comida —añadió Keema—.

Y creo que no llevamos nada que tú puedas comer.

—En voz más baja, añadió—: Ahora no es el mejor momento para visitarnos. Estas aguas son peligrosas.

Sin embargo, no parecía que al ave le importara el peligro.

Picoteó el caparazón del Defecto y voló en círculos a su alrededor, mientras pasaban por entre los siguientes fardos de roca lunar.

Pero Keema se fijó en que el ave, a pesar de toda su desenvoltura, no se acercaba al cuerpo de la emperatriz.

Al parecer, prefería la compañía de Keema.

Se posó sobre su cabeza mientras el joven empujaba con la pértiga, y este jugó a ver cuánto tiempo podía retenerla hasta que se echara a volar.

Jun se puso en pie, dio por terminado el descanso y agarró su propia pértiga.

Cuando llegaron al final del río, el ave salió volando de la cabeza de Keema sin previo aviso, lo arañó por segunda vez mientras se elevaba y se adelantó al bote, graznando, exigiendo su atención.

Fue entonces cuando llegaron a la bifurcación.

El camino de la izquierda era un canal angosto que desaparecía tras un follaje más denso y oscuro.

El camino de la derecha era más ancho y más claro; era el ramal sobre el que revoloteaba el ave, que les suplicaba que la siguieran. Y habría sido el camino obvio, de no ser por el Daido que lo cerraba, la estatuilla que flotaba sobre el agua como si hubiera colgado de un sedal.

—Vamos a tener que elegir —murmuró Keema.

—Pienso que la respuesta es obvia —respondió Jun. Señaló al camino sombreado de la izquierda—. Tomaremos la ruta donde no está el Daido. Evitaremos los tratos con espíritus. Así seguiremos con vida.

Sus palabras no estaban faltas de lógica, pero Keema no podía evitar que lo atrajera la otra opción.

—El ave quiere que pasemos por donde está el Daido.

Jun resopló, burlón.

—Estaremos de acuerdo en que el ave no tiene nada que decir al respecto.

—Al oírlo, la purpúrea criatura graznó—.

El camino de la izquierda parece dirigirse al norte.

En el norte está el Cuenco. Cuanto más nos acerquemos al Cuenco, más probable será que encontremos vías principales y nuevas indicaciones sobre la ruta a seguir.

El camino de la derecha —dijo, al tiempo que señalaba la ruta del Daido— está a poca distancia de la violenta masacre que acabamos de dejar atrás.

No me sorprendería lo más mínimo que lo que se esconde tras este muro espiritual sea la criatura que hizo trizas a esos pobres desgraciados.