DÍA SEGUNDO. en el que ofrecemos nuestra mejor captura #8
Al nacer del útero invertido en la Sala del Alcaudón, junto a las incubadoras, el Defecto había recibido al instante, como en cascada, los recuerdos de todas las tortugas que la habían precedido, y de todas las que aún vivían.
Las primeras semanas de vida fueron como las tormentas del abismo, porque tenía que aprender a analizar el embate de imágenes, sonidos y sentidos, a comprender el contexto que le había sido dado y su lugar en el mundo.
Pero con el paso del tiempo, logró tomar conciencia de lo que significaba ser una tortuga, pues todos los recuerdos que había recibido eran de dolor y humillación, de sí misma y de las demás...
y, sin embargo, también halló unos pocos y preciosos recuerdos gozosos.
Las cigarras cantaban.
Las ranas saltaban.
—Qué hermosa mañana —dijo la tortuga.
La criatura atesoró aquel recuerdo. El río plácido, las nubes onduladas, las hierbas altas y amarillentas.
Atesoró el dulce aroma y el ronquido suave de los pequeños humanos que estaban a lado y lado de su caparazón.
Atesoró el sol ardiente, el agua verde y grisácea, el sonido del canto sin rumbo de las aves.
Transformó todo aquello en un recuerdo que merecería la pena conservar.
Y se prometió a sí misma que algún día, cuando no corriera ya peligro, compartiría con sus hermanas el recuerdo de aquella hermosa mañana, sin cadenas ni corazón hambriento.
Le dije a la criatura que no se equivocaba con aquello.
Era, en efecto, una hermosa mañana.
El Defecto se sorbió las narices, con satisfacción.
Llegó un recodo en el perezoso río.
Más adelante había objetos que la tortuga no reconoció, porque eran pocas las tortugas que consideraban suyos los ríos y sus gentes, y su desconocimiento de los dominios del señor Maada y la naturaleza de la pesca era grande.
No entendía la función de los objetos que colgaban del extremo de las largas cañas de bambú, como gotas de rocío en el extremo de las briznas de hierba, ni por qué las redes que sostenía el bambú estaban repletas de grava de roca lunar.
No sabía que eran trampas.
Dejaste la bolsita de té suspendida sobre la taza de tu hermano pequeño, tal como había hecho en otro tiempo tu lola.
Bajaste poco a poco la bolsita hasta que quedó envuelta en los vapores del líquido y la dejaste colgar justo encima del agua.
Le contaste cómo la Luna y el Agua habían sido amantes en otro tiempo.
Cómo se había entristecido el Agua cuando la Luna había abandonado Su asiento en los cielos y había caído a tierra, porque ya no podría capturar Su resplandor en su abrazo que era reflejo.
Le contaste que, después de caer la Luna, los pescadores del País Antiguo descubrieron que el agua reaccionaba al tener cerca la roca lunar.
Si se dejaba suspendida sobre la superficie del agua, sin que esta pudiera llegar a tocarla, el agua chillaba.
—¿Cómo? —preguntó el niño, siempre curioso, al tiempo que bajaba la cabeza para ver mejor la distancia, como el grosor de un cabello, que separaba la bolsita del té y el agua.
Le dijiste que todo puede chillar, y reírse, y llorar...
que lo que hay en este mundo no se reduce a lo que ven los ojos de los humanos, ni a lo que oyen sus oídos.
El caso es que, cuando el agua chillaba, se producía un extraño efecto en el mundo.
Las hebras en las que palpitaba el Ritmo se anudaban.
Los espíritus de los árboles y la hierba huían.
Y los animales presos en las aguas revueltas quedaban aturdidos. Como por ejemplo los peces.
Dejaste caer la bolsita dentro de la taza. Tu hermanito se rio con su chapoteo. La trampa perdía su efecto en cuanto dejaba de estar suspendida sobre el agua. El truco consistía en dar con el peso y la distancia adecuados. Los pescadores sabían hacerlo bien.
—¿Cómo suena el chillido del agua? —te preguntó.
El teatro quedó en silencio.
El cuerpo alumbrado por la luna se toca el oído, para decirte que escuches, y ahora todos vosotros lo escucháis... allí, el agua la llama.
Como un niño atrapado en una torre alta.
La emperatriz se estremeció.
Las trampas se extendían por todo el río, molestaban a los oídos de la tortuga, como un enjambre de mosquitos, pero a Ella todo aquello le resultaba doloroso hasta lo incalculable.
Yo no era capaz de soportarlo, una vez más, no...
aquel cuchillo que se retorcía y retorcía .
Cual cofre que se cierra de golpe, se desplomó sobre sí misma, igual que había hecho tantos años antes, cuando Su hijo la había atrapado tras la Puerta del Lobo y Su poder había dejado de funcionar, y el bote, que ya no controlaba, se movió de lado y giró suavemente hasta chocar contra la orilla del río, con una sacudida suficiente como para despertar a los dos jóvenes con un sobresalto.
Keema se puso en pie de súbito.
Lo primero que hacía cada vez que se despertaba sobresaltado era agarrar el arma más cercana; por eso cerró el puño con fuerza sobre la lanza de Araya, mientras despertaba de golpe, sus ojos se volvían en todas direcciones, su mirada escudriñaba el río.
Preguntó al Defecto qué ocurría, pero la tortuga, que no disponía de contexto sobre el lugar en el que estaban, apenas si pudo apaciguarlo.
—Esta está preocupada. Esta no sabe por qué nos hemos detenido.
Jun se levantó un poco más despacio, con la máscara medio caída, frotándose los ojos. Al ver lo que había ocurrido, le dijo a la tortuga que no se preocupara. Keema bajó la lanza, mientras Jun usaba la pértiga para apartar el bote de la orilla del río.
—Esto son trampas para los peces —dijo—. Como los cuencos que se usan al acampar, o las redes que se ven en las afueras de los pueblos más ricos del Camino de Arriba. ¿Oyes el sonido que hacen?
—Esta sí lo oye —confirmó el Defecto—. Como un aullido muy lejano.
—Los humanos no lo oyen —añadió Jun—. Pero los animales sí, y también los espíritus, dondequiera que habiten.
—Señaló el otro extremo del bote, donde se sentaba la emperatriz—.
Por desgracia, estas trampas en redes tienen el curioso efecto secundario de hacer que Ella...
—Trazó un gesto fugaz con el dedo sobre la sien, sin decir nada—.
No estará con nosotros hasta que hayamos salido de este tramo del río y nos alejemos de este ruido.
Ven, hombre de Daware, ayúdame a empujar.
Keema agarró la otra pértiga y ambos empujaron el bote río abajo, sorteando las redes repletas de roca que colgaban en su camino.
—Es extraño —comentó Jun—. Todas estas redes están instaladas, pero no hay nadie que cuide de ellas.
—¿Dónde crees que estarán los pescadores? —preguntó Keema.
Nos habíamos marchado, sí, nos habíamos marchado.
Jun negó con la cabeza.
—No lo sé.
Había surgido de pronto.
Siguieron río abajo empujando con las pértigas un rato más.
Los músculos de Keema estaban doloridos y le imploraban reposo.
Se esforzaba por empujar, a pesar del dolor, porque no quería que su compañero hiciera más que él.
Miró frente a la proa. La sucesión de trampas parecía interminable.
Los postes se encontraban a intervalos regulares a lo largo de la ondulada superficie del agua, uno cada pocos metros, todos ellos igualmente desatendidos.
—¿Qué tal has dormido? —preguntó Keema, mientras empujaba con dificultad contra el lecho del río.
—Bastante bien, si tenemos en cuenta las circunstancias —respondió Jun, entre resoplidos—. ¿Y tú?
—He soñado que estaba en la playa.
—Eso pinta bien.
—No he estado nunca en la playa —respondió Keema—. Jamás he visto el océano. Tan solo he oído hablar de él. Pero ahí estaba, en mi sueño. Como si desde siempre hubiera sabido lo que es estar allí. Y he visto en el cielo...
Jun dejó de empujar.
—¿Has olido eso?
—Sí —respondió Keema. Arrugó la nariz. Bajó la pértiga y esgrimió de nuevo la lanza—. Lo huelo.
Olía a hierro.
No lo vimos venir.
A lo lejos, donde el curso del río se enderezaba, divisaron el oscuro contorno de un muelle que sobresalía de la orilla.
Se suponía que estábamos protegidos. Éramos propiedad de Pesquerías Maada.
Se suponía que debían protegernos. Había embarcaciones amarradas al muelle, pero todas estaban vacías.
Algunas, con las amarras sueltas, iban a la deriva con la corriente.
—Algo no va bien —murmuró Keema.
Estuvo mal lo que ocurrió, estuvo mal. Maada nos falló.
Cuanto más remaban hacia el muelle, más abrumador se volvía el olor a hierro, hasta transformarse en una película enfermiza que les cubría la lengua.
Jun vomitó bajo la máscara. Keema aguantaba el olor, aunque intentaba no respirar por la nariz.
Le habían venido a la cabeza algunos recuerdos desagradables que prefería guardar en secreto, de cadáveres que había hallado.
La emperatriz no podía ayudarlos con aquello.
El sonido desordenaba el mundo. Yo ya no podía dirigir.
Me había metido en un agujero dentro de mí misma.
Cuanto más se acercaban, más extraña se volvía la escena.
El muelle estaba resbaladizo y húmedo, rezumaba, pero lo que rezumaba no era agua.
—Esta no se siente en paz —murmuró la tortuga, y Keema vio por qué.
Era sangre. Todo estaba pintado con sangre.
Aquello nos mató a todos. Como si alguien hubiera tomado grandes baldes repletos de sangre y hubiera rociado con ella las tablas del muelle, las embarcaciones y las paredes de las casas que conformaban la pequeña y ahora también silenciosa aldea.
Entró por las ventanas. Echó abajo las puertas.
Un brazo colgaba del costado del muelle.
Entonces el pontón de la derecha del bote chocó por accidente contra el puntal del muelle, y el brazo se deslizó desde el borde y cayó al agua.
Jun se levantó la máscara y vomitó por la borda. Se quedó tirado sobre la baranda y arrojó al agua entre arcadas. Ya no era capaz de soportar el olor a sangre, con el que antaño había gozado.