La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA SEGUNDO. en el que ofrecemos nuestra mejor captura #7
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DÍA SEGUNDO. en el que ofrecemos nuestra mejor captura #7

Llegó desde el norte cual ondulación en el agua que danzara sobre las yemas de los dedos de las algas.

Si Keema y Jun hubieran estado despiertos, tal vez habrían sentido la agitación en el viento, aquella sutil inflexión y desplazamiento que, igual que en la primera noche transcurrida tras la muerte del emperador, anunciaba un gran cambio en el país.

Si la emperatriz no hubiera estado encerrada en lo más profundo de sí misma, nutriéndose de viejos recuerdos, como había aprendido a hacer en Su aislamiento tras la Puerta del Lobo, quizá también lo habría notado...

quizá habría saboreado incluso la sangre de Su hijo en el aire.

Pero Ella estaba ausente. Ni siquiera la cabeza que iba en el frasco percibió la ondulación, porque estaba atrapada en revivir el combate de la noche anterior, en la vergüenza de la pérdida, en el agudo mordisco del hacha en su nuca, en la pregunta de por qué su hijo favorito lo había traicionado.

Así fue como, en la profunda mañana del Segundo Día, tan solo nuestra tortuga presenció el momento...

el Defecto de la Incubadora Tres, posada en el bote cual piedra en la mano de un niño, parpadeando mientras el mundo a su alrededor se estremecía.

La criatura, propensa a todo tipo de dolores, y molestias, y falsos positivos de carácter psíquico, levantó la cabeza con escepticismo, más molesta que curiosa, y miró al norte, en dirección al «capirotazo».

Incapaz de ver más allá de las hierbas altas, o a través del resplandor del sol de la media mañana —sus ojos aún no se habían adaptado a una luz tan pura y sin filtros—, no pensó más en la extraña sensación, porque le pareció que el capirotazo sería un nuevo síntoma de sus propias deficiencias, o tal vez una señal errabunda de la Quemadura.

Gruñendo levemente, bajó la cabeza y reanudó la tarea de numerar los muchos placeres que la avenida de agua le ofrecía, pues había pocas cosas que gustaran tanto a las tortugas como contar.

Ocho sapos bulbosos, veintitrés peces escurridizos, seis telarañas brillando a la luz del rocío, y —el Defecto hizo un chasquido en el aire y tragó— una mosca panzuda.

Ronroneó, porque sentía un profundo goce ante el sensual mundo de los Mil Ríos que envolvía la barca.

Treinta y tres cigarras temblaban sobre gruesos tallos.

Nueve ranas saltarinas agitaban las aguas fluviales.

Dos minutos de suave brisa besaron las heridas abiertas de la tortuga, las grietas de su caparazón quitinoso, el líquido que exudaba, y le proporcionaron un alivio sin igual.

Hizo otro chasquido en el aire. Se tragó una segunda mosca.

Sí. Por vez primera en su breve vida, conocía la esperanza.

Contemplé al Defecto medio dormida.

La emperatriz, que a duras penas acababa de emerger de Su inmersión, observó los movimientos torpes y convulsos del Defecto.

Escuchó como respiraba entrecortadamente con fastidio y lástima.

Hasta qué punto habían caído las tortugas.

Con ánimo reflexivo, le pregunté a la criatura si sabía quién era yo.

La tortuga levantó la cabeza al oír Su Susurro, aunque no dispusiera de la flexibilidad necesaria para mirar por encima de su propio caparazón y verla.

—Sí —respondió con una risilla—. Esta lo sabe.

Así pues, ¿quién era yo?

—Eres la Luna que se precipitó sobre los lomos de nuestra madre.

Tú te ríes.

La caída siempre había sido la parte más divertida del relato.

Hasta el día de hoy, no estás seguro de si tu lola se inventó esa parte para hacerte reír, o si todo ocurrió como ella te dijo, de esa manera absurda en que suelen funcionar los mitos y la propia vida.

Una absurdidad que hacía que te fuera tan fácil recitar el relato a tu hermanito mucho después de que ella se marchara, y ambos aguardabais en la cola del racionamiento...

y él dejaba de llorar en cuanto llegabas a la parte buena.

Le contaste que una vez la Luna se descosió del cielo y todos miraron horrorizados mientras se precipitaba sobre la tierra.

Imitabas con el puño la trayectoria de caída de la Luna, reproducías con los labios el estruendo que había producido al entrar en la atmósfera, los otros pobres diablos de la fila te echaban miradas, molestos por los sonidos que hacías, pero a ti te daba lo mismo, pues estabas desesperado por distraer al niño.

Los ojazos de tu hermanito observaban mientras tu puño se precipitaba sobre la palma de la otra mano.

Le contabas que a lo largo de dos días las gentes habían visto cómo la Luna se volvía más y más grande, y se habían desesperado hasta el punto de dejar de implorar clemencia a los dioses y espíritus del mundo.

Algunos habían hecho las paces entre sí, otros se habían peleado, porque no sabían qué otra cosa hacer.

El cielo ardió y se volvió de color rojo.

Las nubes se abrieron como tela desgarrada. Todo iba a terminar muy pronto.

Esas no eran tus palabras, sino las de tu lola, y te sorprendías de lo poco que habías olvidado. Tu hermanito sorbió por la nariz, se secó los ojos y te preguntó qué ocurría después.

Le dijiste que, entre todos los posibles salvadores, el que había impedido el apocalipsis era el más inverosímil: una tortuga.

Tu hermanito te hizo una mueca y te sentiste obligado a insistirle en que todo era cierto: que la criatura era grande como una casa, con un caparazón duro como el hierro, y que aquel día, cuando todos se habían dado por vencidos, fue la tortuga por sí sola quien emprendió la lenta marcha por el campo que se interponía en la trayectoria de la luna.

Tenía cientos de años y era más lenta que un remolcador, pero lo consiguió.

La cola del racionamiento llegó hasta ti, la historia quedó en pausa mientras sacabas los boletos desgastados del bolsillo y los entregabas a la mujer que estaba al otro lado del mostrador, y que os reconoció a ti y a tu familia.

Te preguntó por el hermano que había huido del reclutamiento.

Te dijo que aún estaba esperando que la llevase a cenar.

Mientras volvías a casa con más paquetes de comida de lo que habías esperado, esquivando las cuadrillas de soldados que se apelotonaban en torno al pueblo, tu hermanito te preguntó cómo podía haber salvado el mundo una tortuga.

Tú recordabas haberle preguntado lo mismo a tu lola, con el mismo grado de incredulidad.

Le dijiste, con toda la seriedad de la que fuiste capaz —haciendo un esfuerzo por no reírte, porque te dabas cuenta de que tu hermanito se lo tomaba más en serio de lo que habías esperado—, que el caparazón de la tortuga, famoso entre los de su clan por su impenetrabilidad, absorbió el impacto de la caída de la Luna.

Pero no salvó todo lo que había. Se produjo una explosión que marcó el mundo para siempre, que tuvo como resultado un cuenco excavado en la tierra y muchos ríos que discurrían en sentido fractal respecto a este, y el país quedó cubierto de roca lunar.

Los límites de tus habilidades como narrador se hicieron patentes aquel día, cuando tu hermanito te preguntó qué había sido de la tortuga después del impacto y lo único que recordaste fue el olor a humo de tabaco de tu lola.

Tartamudeando en busca de un final, le dijiste que la tortuga fue vitoreada como heroína del país y que vivió el resto de su vida comiendo uvas sobre un mullido cojín, y eso bastó para satisfacerle.

A menudo los finales felices nos sirven para salir de un apuro.

Pero él quería más detalles, te hizo más preguntas, hasta que por fin hallaste clemencia, cuando los otros niños lo llamaron para que jugase con ellos en el callejón y se alejó de tu lado sin preguntar más, aunque tú desde luego supieras que aquel no era el verdadero final de la historia.

Le pregunté al Defecto si sabía el resto.

La criatura irguió la cabeza en el aire —una exaltación— y dio una respuesta afirmativa a la emperatriz.

—Cuando nuestra madre te frenó con su caparazón —dijo el Defecto—, le preguntaste qué favor quería de ti, y te dijo que extrañaba a sus hijos y que le gustaría poder hablar con ellos cuando quisiera, y que sus hijos, a su vez, pudieran hablar entre sí.

Y le concediste su deseo... así que, sí, esta te conoce muy bien —dijo la tortuga—, porque eres la Luna que nos maldijo con este don.

El cuerpo de la emperatriz, aquella frágil y anciana figura que iba en la proa del bote, seguía aislado del mundo, con los ojos aún cerrados, las piernas aún entrelazadas en su cruz meditativa.

Quien la mirara no habría encontrado pista alguna sobre el arrepentimiento que la anciana sentía en aquel momento.

Pero yo necesitaba que la criatura comprendiera que había otorgado ese don por gratitud.

Que no era una maldición, sino una bendición.

—Esta no necesita que le recuerden tales cosas —le dijo a la anciana con acidez—. A esta no le hace falta que le cuenten cómo ver el mundo.

Tal vez me arrepintiera, pero aún conservaba mi orgullo, y no permitiría que un cachorro cualquiera me hablase con semejante obstinación, así que le dije a la criatura que haría bien en recordar en qué posición se hallaba.

Le dije que la breve libertad que había encontrado en aquella embarcación no iba a durar.

Que no tardaría en sentirse de nuevo infeliz, cuando el carácter novedoso de aquella libertad se desvaneciera.

—Eres una vieja amargada —replicó el Defecto.

Y entonces no la entretuvo ni un momento más, y prefirió en cambio dedicar nuevas reflexiones a la naturaleza de lo bello y a la alegría de contar las briznas de hierba y los peces.

Pero la emperatriz había tenido éxito en recordarle a la criatura que todo aquello era fugaz.

El Defecto imitó un suspiro todo lo bien que pudo.