DÍA SEGUNDO. en el que ofrecemos nuestra mejor captura #6
La multitud que se había congregado aquel día sobre la cubierta vio como la hermana mayor iba donde la menor y le soltaba su inspirador discurso.
Confusa, herida, la menor regresó al biombo para prepararse de nuevo, mientras su amada hermana se regocijaba a sus espaldas con una sonrisa inmensa cual farol.
Las danzas octava, novena y décima fueron las propias de una experta, pero se notó que los movimientos derivaban hacia sacudidas y gestos espasmódicos.
El Terror dijo que tan solo era cuestión de que se calmara.
Que ya se recuperaría. No había descansos entre las rutinas.
Ni agua. El asistente se inclinó a la altura del oído de Luubu y susurró:
—Mi señor, me pregunto si no estará algo cansada.
Los pies me sangraban.
—Mi señor, ¿no convendría un descanso?
Estaba pintando el suelo con trazos bermejos.
—Yo pienso que no —respondió Luubu al asistente que le insistía—. Y basta ya de consejos, si no quieres que te haga comer tu propia polla. Y además te la haré disfrutar.
El asistente se amedrentó.
La actuación se alargó durante una hora más...
tiempo suficiente para que el propio Luubu empezara a aburrirse, aunque no pudiera reconocerlo ante los otros.
Agradeció que terminara de pronto, cuando un descenso mal calculado le rompió la espinilla a la bailarina.
Oí el fuerte chasquido antes de sentirlo...
y así de pronto me quedé en el suelo, chillando.
Vomitó a causa del dolor y del calor. Algunos de los nobles apartaron la mirada, o retrocedieron; los hubo incluso que se rieron, mientras los angustiados hermanos de la joven se la llevaban entre lágrimas.
—¿Esto es lo mejor que van a ofrecerme tus pescadores, señor Maada?
—gritó Luubu desde su trono. La cubierta se estremeció con una risa estridente, y aquel hombre corpulento como un buey, enrojecido, se levantó, anduvo sobre las huellas ensangrentadas que habían quedado en el suelo y se inclinó ante el Segundo Terror.
—Pido perdón en nombre de la bailarina por esta vergonzosa actuación.
—¿Ah, sí? —Luubu clavó los ojos en él desde sus cojines. Con su Palabra, ordenó a Maada—: Di lo que quieras decir.
La gruesa cerviz de Maada se tensó, como si se hubiera ahogado en sus propias palabras.
— Suéltalo —insistió Luubu con una leve sonrisa—. Vamos, no te contengas.
—Pienso que eres un demonio.
Sus palabras dejaron atónitos a todos los presentes. La esposa de Maada, Zuza, que había mantenido la compostura hasta cuando su niño había muerto de la tos en sus brazos, se mordió el labio y llevó una mano al pecho, convencida de que aquello sería el fin de su esposo.
—No soy un demonio —lo corrigió Luubu, que fingía estar dolido—. Soy un dios. Y por eso mismo tus palabras son blasfemas. ¿Sabes cuál es el castigo de la blasfemia?
Lo sabíamos. Sabíamos dónde se retorcían los hombres desollados.
Sabíamos de Rocalegre.
—¡Por favor, señor mío! —gritó Zuza—. Es un necio que no se merece ni que dirijas los ojos hacia él. ¡Ten piedad!
Sin mirarla siquiera, Luubu sonrió con suficiencia.
—Esa dice que es un necio. ¡Qué defensa tan conmovedora la de tu hada!
—Disfrutó contemplando al abyecto Maada y se recreó en aquella sensación durante un rato, hasta que por fin alzó la mano—.
Venga, ponte en pie. Como si me importara lo que tú pienses.
Vete. Vuelve al lugar donde te sentabas. Tú y tu piel.
El gigantón gruñó y se puso en pie, mientras Luubu se felicitaba por su exhibición de autocontrol y se recompensaba a sí mismo con más crema de tajeline.
Sentía un hambre repentina y voraz. Estaba tan ocupado con la fruta que no se dio cuenta de que Maada, con los ojos enrojecidos y humillado, había dirigido una rápida mirada a Djove Induun mientras regresaba a su cojín.
Fue una mirada muy reveladora para quienes la vieron, porque era, en parte, una renuncia. Una concesión.
Un acuerdo.
El señor Induun alzó el mentón a modo de respuesta, y Maada se sentó al lado de su esposa.
Esta le sirvió una taza de té y luego no hizo nada más, porque sabía por experiencia propia que era mejor no tocar a su esposo cuando tenía el orgullo recién herido.
Había días en que no podía amarlo en absoluto.
Después de aquello, el ambiente se agrió.
Las gentes se bebieron sus infusiones y, en su mayoría, guardaron silencio mientras los cantores del río salían a interpretar las canciones de tempestad de la aldea, escritas todas ellas para el emperador, cuya ausencia se hacía más evidente a medida que avanzaba la mañana.
Para alivio de todos, se llevaron de allí a los cantores del río y Luubu propuso una pausa.
Habían organizado una visita a una de las embarcaciones de recreo cercanas.
Tras establecer comunicación mediante tortugas, la Cav-Meer y la enorme embarcación de recreo Sudak Koyo se juntaron la una con la otra, y se instaló una pasarela para que las Familias pudieran pasar de un lado para otro a su antojo.
—¿No vas a venir con nosotros? —preguntó el señor Induun a Luubu desde la pasarela, al darse cuenta de que el príncipe no se movía del sitio donde estaba.
—Discúlpame, señor —respondió el Segundo Terror—. Un asunto regio me retiene.
—¿Irás de nuevo a visitar a la flota carcelaria?
Esas palabras irritaron a Luubu, como era su intención. Frunció el ceño. No se dignó responder.
—Disfruta de la embarcación —repuso, mientras se alejaba—. Disfruta de las apuestas hasta el último centavo.
—Así lo haré —contestó Djove.
Era hombre de palabra. Entró y jugó a los dados, y sonrió afablemente cuando le salían números cortos.
Disfrutó de todo, pero no sin antes hacerle un gesto con la cabeza a su protegida, la chica alta, que, cuando nadie la veía, volcó una taza de té roja sobre una mesa, junto a cierta ventana, y la dejó allí, boca abajo.
La barca privada de Luubu salió de la bodega del Cav-Meer poco después de que todos los nobles hubieran subido a la embarcación, ajenos a la cadena de señales que la taza de té roja invertida había puesto en marcha.
El piloto sabía a dónde llevarlo sin necesidad de que se lo dijeran, y así fue como la barca privada del príncipe zarpó, y serpenteó entre las amplias esloras del Cav-Meer y el Sudak Koyo para luego dirigirse al sector noreste del cráter, donde las bajas siluetas de la flota prisión aguardaban cual cocodrilos.
Luubu contempló el sol que se alzaba sobre el borde del Cuenco. Un gimoteo escapó de sus labios ante la belleza del sobredorado celeste. Su dedo se contrajo, porque echaba de menos el pincel. El Segundo Terror suspiró.
Ojalá hubiera podido capturar aquello también.
Lejos de allí, relucía un catalejo.
El cristal arrojaba destellos a la luz del amanecer, desde la quinta cubierta de una lejana embarcación de apartamentos.
Aquella resplandeciente mañana habría sido imposible distinguirlo de cualquier otra superficie que reflejara la luz.
La joven que sostenía el catalejo vio como la barca privada de Luubu aparecía y desaparecía por entre varios mástiles y cascos de bajeles que pasaban.
Aguardábamos la convergencia. Los movimientos del Cuenco eran tales que cada treinta minutos había alineaciones.
Una avenida despejada entre barcos. La embarcación de Luubu no tardaría en pasar por una de esas convergencias.
—Sin desviaciones —dijo la muchacha.
El hombre que tenía a su lado preparó la flecha.
Cuando tenía cinco años disparé a un hombre en el ojo a dos campos de distancia...
es lógico que Induun se fijara en mí. Su flecha, con la punta tallada en roca lunar y jaxita, se tensó contra la V de la cuerda, ansiosa por volar.
La flecha valía más que las ganancias de mis padres.
No pensaba desperdiciarla. El arma apuntaba a la embarcación que, armada con una balista, navegaba por las aguas esmeralda, hacia el príncipe que se hallaba en su baranda y contemplaba el amanecer.
Había trabajado toda mi vida para aquel instante, y por fin había llegado.
La redención.
—No pasa ninguna embarcación —dijo la muchacha. Observó las velas—. Sopla viento del este, pero no es muy fuerte.
El hombre sonrió. Una perla de sudor le resbalaba por la mejilla.
Aquello ya no tenía vuelta atrás.
La cuerda, tensada hasta el límite, imploraba clemencia.
La muchacha del catalejo contenía la respiración.
—Tenemos viento este-noreste —dijo ella—. En cuanto estés a punto.
Yo ya estaba a punto.
Los dedos del hombre soltaron la cuerda.
La flecha sobrevoló el agua.
Mientras Djove Induun y el resto de los señores y damas jugaban a los dados y veían teatro a bordo del Sudak Koyo , el piloto de la barca privada oyó un sonido.
Un sonido peculiar, como un bufido, seguido por un resoplido cargado de humedad.
Tan solo había una regla que seguir: no mirarlo a menos que él te lo pidiera.
Pero el piloto quebrantó el protocolo. Miró hacia atrás.
No le quedaba otra. Una horrible visión le recompensó.
Contempló la imagen del Segundo Terror, que estaba echado en el suelo y respiraba con dificultad. Tenía una flecha clavada en la garganta.
—A-ayuda —dijo, como si se ahogara.
MAÑANA
Se avecinaba un cambio.