DÍA SEGUNDO. en el que ofrecemos nuestra mejor captura #5
El príncipe sonreía... ¡lo hacíamos bien!
Pasaban de un movimiento a otro con gracia.
Evocaban la imagen de una carpa que salta de unas aguas a otras.
A lo largo del baile iba cambiando la identidad de la carpa y del agua.
A veces era el hombre quien saltaba en el agua, a veces el hombre era el agua, a veces las mujeres eran el sol y a veces eran las corrientes que empujaban contra los esfuerzos de la carpa.
Nuestros miedos se desvanecían a medida que nos adentrábamos en el espectáculo, porque aquello era lo que más amábamos.
El baile terminó en un violento y triunfal estallido que puso en pie a la nobleza, Luubu se lanzó a aplaudir, y los artistas sonrieron complacidos.
Se levantó y fue a hablar con ellos sobre el improvisado escenario, mientras un asistente le seguía con una sombrilla de papel.
—Una danza digna del Día del Pescador de esta Santa Semana —afirmó—. Los tres deberíais estar muy orgullosos de vosotros mismos.
Le hicimos una reverencia y le dijimos que estábamos muy orgullosos.
—Sí —respondió—. Estoy convencido de que el emperador deseará verlo Él mismo algún día, cuando se lo cuente.
Según había oído, habían tenido que arrancar los dientes de su padre de la pared de la caverna de la Puerta del Lobo. Se lo recordó a sí mismo para cobrar ánimo.
—Danzarines trillizos —dijo, al tiempo que contemplaba a los tres hermosos jóvenes que tenía enfrente—. Ha sido impresionante. Ahora, al veros, no puedo evitar el pensar que vuestros padres tienen que ser un dios y una diosa. Por favor, adelante, hablad.
Una de las mujeres hizo una reverencia.
—En nuestra humilde opinión, sí lo fueron, señor mío, pero aun así te agradecemos que nos lo digas. Manifiestas una generosidad sin límites.
Luubu no escuchaba.
—Pero de todos modos seguro que no salisteis todos a la vez. Alguien nacería al principio y alguien al final. Y alguien... nació a la mitad.
Era una observación extraña y provocó una risa nerviosa entre los artistas y el público, aunque Luubu no lo hubiera dicho en broma. Le respondieron que sí, que ella había nacido la primera, ella la segunda y él el tercero, que él era el «más joven» de los tres.
—Pero tan solo por unos instantes. No hacemos diferencias. —Se miraron entre sí con instintivo cariño—. Estamos unidos en una misma causa.
—Salvo cuando decidimos quién se encargará de la colada —aventuró el bailarín.
Los nobles se rieron, como correspondía.
—Me pregunto... —empezó a decir Luubu, y su voz se sumergió en las aguas de los aplausos.
Un ave graznó en lo alto, su sombra recorrió la cubierta—.
Creo que lo que siento es envidia. Siempre me ha resultado difícil encontrar puntos de encuentro con mis propios hermanos.
Hasta con mis padres. —El público se revolvió en los asientos, los artistas volvieron los ojos hacia el pulido suelo de la cubierta.
Era como si se hubiera desnudado ante todos ellos.
Nadie sabía qué hacer ante un príncipe real que de pronto formulaba aquella confesión—.
Como soy el mediano —prosiguió, indiferente al cambio en la atmósfera reinante—, resulta más fácil que no se fijen en mí, ¿verdad?
Que me olviden. No lo hacen con intención, eso lo entiendo.
Es solo que los ojos y el cerebro funcionan así.
Miramos al inicio —hizo un gesto en dirección a la mayor de las mellizas— y al final —señaló al más joven—, pero jamás al medio —concluyó, y sus ojos se clavaron en los de la segunda melliza, y tuve que contenerme para no dar un paso atrás, para no retroceder ante aquella mirada argéntea —. ¿Podría repetirse la danza? —preguntó.
Los trillizos se miraron, y nos preguntábamos qué habríamos hecho mal, porque estábamos seguros de no haber cometido ningún error en nuestra actuación.
—Será un placer —respondió la mayor.
—Pero solo con ella —respondió Luubu, al tiempo que miraba a la mediana—. Hoy daremos protagonismo a lo que no se ve y lo que se pasa por alto. Hoy celebraremos la sombra.
Hizo un gesto para que sonara de nuevo la música y la bailarina ocupara su lugar y, al sentarse de nuevo en sus cojines, no se reclinó, ni tocó el cuenco de fruta.
Se quedó erguido de medio cuerpo mientras la «mediana» emergía de detrás del biombo, esta vez sola.
Si quedaba alguna duda sobre su talento —debida al tiempo de su nacimiento, en comparación con el de sus hermanos—, esas dudas se disiparon en seguida, pues de algún modo representó ella sola los tres papeles, pasó con habilidad de uno a otro para que en ningún momento hubiera confusiones en la historia, que no perdió ni una pizca de su gracia en la traducción de tres a uno.
Aquel día estuvimos tan orgullosos de ella...
si se produjo algún error, algún tropiezo o desliz, fue porque era inevitable.
Pegas que cualquiera habría hallado al interpretar en solitario una sucesión de movimientos tan complicada, y por ello se le perdonaron fácilmente los errores ante su inmensa destreza.
La aclamaron a viva voz. Hasta sus hermanos habían quedado absortos ante el espectáculo y aplaudieron con el resto de la multitud.
Nadie aplaudió con mayor fuerza que el propio Luubu, que estaba al borde del llanto.
—¡Genial! ¡Genial! —La mujer respiró hondo, sonrojada y complacida por aquella reacción—. ¡Otra vez! —gritaba Luubu, lleno de gozo—. ¡Repítelo una vez más!
Esto último hizo que la bailarina se quedara inmóvil por unos instantes, mientras se secaba el sudor con una toalla que le había dado uno de los asistentes.
Miró a sus hermanos, pero estos no podían hacer nada por ella.
A los nobles tampoco les apetecía volver a presenciar el mismo espectáculo, pero a Luubu le bastó con plantarse frente a ellos y decir:
—Esto es exactamente lo que queréis.
Y todos ellos se pusieron a mover la cabeza en señal de aprobación hasta llegar a la convicción de que la idea había sido suya.
Djove Induun, que no asentía, se quedó sentado y miró sin turbarse.
De vez en cuando se inclinaba para cuchichear al oído a su esposa o dar una orden a su protegida, sin abandonar por completo su atención al Segundo Terror, quien regresó una vez más a sus cojines e hizo un gesto para que la música volviera a sonar.
La hija mediana regresó al biombo. La danza del pescador se representó por tercera vez.
Si acaso, fue aún mejor que la anterior, porque la bailarina se había hecho ya una idea de lo que significaba bailar sola.
Al terminar, apretujó el cuerpo contra el suelo, con la piel reluciente de sudor, mientras el sol de la mañana ascendía cada vez más y traía consigo el calor del día.
—¡Fenomenal! —gritó Luubu, que se puso de pie de un salto—. ¡Otra vez! ¡Otra vez! —Hizo un gesto a los nobles y les dijo—: ¡Todos vosotros queréis volver a verlo! ¡Hacedle saber las ganas que tenéis!
Pareció que las palabras los transformaran.
—¡Por favor! ¡Otra vez! —gritó un sobrino lejano del señor Yinn—. ¡Tengo que volver a verlo!
Los nobles habían caído de rodillas y le suplicaban a la bailarina que danzara. Las palabras de Luubu nos habían contagiado. Habríamos hecho todo lo que nos dijera. Habríamos ladrado como perros. Le suplicaron y le exigieron, y así, con voz trémula, la bailarina dijo:
—Si eso es lo que os complace a todos vosotros...
Y regresó al biombo, con un leve temblor en las piernas. Detrás del biombo, sostuvimos a nuestra hermana, le preguntamos qué podíamos hacer, pero ella negó con la cabeza. Nos dijo que sería capaz de hacerlo.
A la cuarta vez se vio bien claro que estaba cansada.
La danza era larga y difícil. Algunos de los arcos que hacía con las manos y las ondas de la espalda eran menos refinados, la creciente fatiga la asfixiaba, tenía la boca reseca a causa del tórrido sol que inundaba ya el Cuenco Celestial con su abrasadora luz.
Yo a duras penas podía respirar. Sus hermanos, de pie a un lado, estaban petrificados de miedo por ella.
—Una vez más.
Después de la quinta danza...
—Una vez más.
Y de la sexta...
—Una vez más.
La mayor se acercó al trono de cojines con la cabeza gacha en señal de respeto y apuntó que tal vez su hermana estuviera fatigada, y que, si así complacía a su señor, podía volver al cabo de unos días, incluso al día siguiente, y bailar para él en privado.
—Pero mañana no es hoy —le replicó Luubu, como si ella fuera encantadoramente idiota—, y hoy estoy de humor para verla bailar.
Soy una criatura imperfecta, ¿sabes? Mis humores son caprichosos, mis deseos aún más.
¡Me cuesta saber qué quiero en cada momento!
—Era algo que le había dicho un viejo amigo antes de que trataran de matarlo.
Se rio entre dientes y la bailarina imitó su risa sin confianza—.
Por eso mismo querría aferrarme a este momento mientras pueda.
—Es solo que... el cuerpo tiene un límite.
—Estoy seguro de que esa chica ha ensayado esa rutina más veces seguidas de las que hoy la ha ejecutado para mí.
Pero entiendo tu preocupación. Esto es muy distinto de una sala de ensayo resguardada del sol.
Quizá baste con darle ánimos. Tal vez podrías dárselos tú.
—Luubu miró a los ojos a la bailarina, que se ensancharon hasta igualarse con los de él, que le decía—: Tú piensas que aún podría bailar un rato más.
La joven cambió de cara al oír las palabras. Se relajó. Se llenó de una fe absoluta. Fue como si hubiera oído palabras de sabiduría por primera vez en mi vida. Como si me hubieran echado agua fría sobre mi mente.
—Sí. Creo... sí, estoy segura de que podría bailar un rato más.
—Tú le dirás que, como eres la mayor, tienes el deber de animarla a seguir bailando.
—¿Qué iba a hacer si no una hermana mayor, señor mío?
—Pues adelante. Hazle saber lo que piensas.