DÍA SEGUNDO. en el que ofrecemos nuestra mejor captura #4
«El señor Djove Induun, de la Flota Textil», anunció el asistente.
El jefe de facto de las Familias se acercó primero, como dictaba la etiqueta de la corte.
Era un hombre pequeño y discreto, que aquel día se había vestido con un sencillo atuendo, casi como para rebelarse contra el hecho de que sus trabajadores tejían las telas más hermosas del país.
A Luubu no le gustaba su exhibición de falsa modestia, ni la expresión de su cara, que parecía la de alguien que ha superado un grave desengaño, ni su esposa, a quien consideraba fea, con demasiados dientes...
lo mismo que su protegida, la muchacha alta y desgarbada que hacía las veces de guardaespaldas.
—Bienvenido a bordo del Cav-Meer , mi señor —dijo Luubu con sonrisa forzada—. ¿Cómo anda el comercio textil?
—¿Qué? —respondió el señor Induun en tono brusco, al tiempo que ahuecaba la mano en torno a la oreja.
Había padecido problemas de audición desde su infancia, porque había estado a punto de ahogarse en el río Sereven...
a nadie le gustaba hablar sobre aquello, pero sé que fue su hermana la que trató de matarlo, lo vi mientras recogía la ropa sucia.
Vi como la hermana empujaba al niño para que se cayera al río.
Desde entonces, los sonidos del mundo le llegaban como a través de una gruesa sábana.
Una historia trágica que también tuvo su lado positivo, pues la lesión lo hizo inmune a la Palabra de Luubu...
y Luubu, tan habituado a doblegar a los demás a su voluntad mediante simples inflexiones de voz, tenía que recurrir a tácticas más tradicionales para salirse con la suya.
—He preguntado: ¿Cómo anda el comercio textil?
—Bien, príncipe mío —respondió con enojo—. Me convenía un descanso, te agradezco que me invites a esta pequeña reunión que has organizado.
La palabra «pequeña» dio en el blanco. El asistente que sostenía el tajeline hizo una mueca.
—No es nada —respondió Luubu, tras un momento de silencio.
Pero al Induun no le interesaban los sentimientos heridos del príncipe.
—Albergaba la esperanza de hablar con tu padre —añadió—. Se ha retrasado mucho con la firma de los nuevos contratos de arrendamiento entre mi Casa y el Trono. Es una lástima que no haya podido venir.
—Su Sonriente Sol tiene que atender a una agenda muy apretada.
—Eso parece. La prueba es que no asiste a los actos que tú organizas. —El hombre esbozó una de sus raras sonrisas—. Sí, debe de tener una agenda muy apretada.
—Por favor, señor mío, no hay necesidad de soltar esas indirectas. Y menos en el día de hoy. Estamos aquí en homenaje a Su Sonriente Sol, ¿verdad?
—Extraña celebración, a la que no asiste el homenajeado.
—Ya lo he dicho, se ha demorado. Tengo por seguro que lo veréis antes de que finalice la semana.
—Siempre te has enorgullecido de todo lo que sabes. Pero esta vez no puedo evitar el preguntarme si sabes tanto como crees.
Su sonrisa, misteriosa y poco expresiva, inquietó a Luubu, y este, en un momento de debilidad, hizo gala del poder de su Palabra.
—Vete y fóllate a tu hermano hasta matarlo.
El abanico que ventilaba el trono de Luubu se detuvo y los asistentes que lo oían miraron con horror mientras el señor Induun abría los ojos de par en par y acercaba a su rostro una mano temblorosa, a la vez que Luubu se inclinaba hacia él con una sonrisa voraz, al tiempo que se preguntaba si de verdad lo habría logrado, si había conseguido que lo oyera...
pero entonces el señor Induun volvió a ahuecar la mano en torno a la oreja.
—Lo siento, no te he entendido.
Luubu volvió a recostarse en sus almohadas. Agitó la mano como si espantara una mosca.
—He dicho que hagáis pasar al siguiente.
«El señor Erso Maada, de las Pesquerías.»
Convencido de que el señor de los textiles tramaba algo, Luubu se decidió a tratar de sonsacar a los demás.
Empezó por el señor Maada de las Pesquerías, un hombre corpulento, famoso por su mal genio y su afición a dar portazos, pues, aunque era fuerte de cuerpo, no lo era de mente.
Luubu lo dominó sin esfuerzo por medio de su Palabra, y al preguntarle:
—¿El señor Induun conspira contra mí?
El hombre, famoso por haber resistido mil golpes durante la batalla del Puente de Jongo, se vino abajo y respondió:
—Tus sospechas son correctas. El señor Induun conspira contra ti.
Pero cuando Luubu le preguntó de qué manera iba a proceder la conjura, aquel hombre corpulento ensombreció su expresión, como si luchara consigo mismo, y negó con la cabeza.
—No sé. Acordamos que sería mejor que solo él conociera los detalles de la traición.
—¿Has dicho acordamos? ¿Quiénes?
—Él... contactó conmigo para que me uniera a su causa. Todavía no me he comprometido. Pero, aunque me comprometiera, él no me diría nada.
—Porque él se resiste a mi influencia y tú no.
—Sí, príncipe mío.
Luubu se tomó unos momentos para asimilar lo que oía.
—Quiere matarme.
—Sí, príncipe mío.
—Y me imagino que todos los jefes de Familias estáis conchabados. Tú, Yinn, los Panjet-Waag.
El sudor resbalaba por aquella cara de buey.
—Así es, príncipe mío.
Luubu asimiló la noticia en hosco silencio y luego le dijo al señor Maada que olvidara aquella conversación...
y Maada la olvidó, las palabras que había intercambiado con el príncipe se enroscaron y murieron en la enredadera de su mente antes incluso de que llegara al cojín donde se sentaba.
Olvidó que acababa de traicionar la confianza de sus compañeros.
«El señor Albra Yinn, de las Tierras Aterrazadas.»
Luubu confirmó las revelaciones previas a través del señor Yinn, que ni siquiera habría necesitado que lo provocara su Palabra para entregarle todos sus secretos... aunque tenía pocos que le resultaran útiles de verdad. Tan solo por divertirse, le dijo a Yinn:
—Frótate el pezón.
Y el señor del arroz lo hizo sin inhibición alguna mientras hablaba.
—Induun habló con todos nosotros al saberse que el emperador planeaba abandonar el país. Nos dijo que se haría cargo de todo. Que, si cumplíamos su palabra, serían las Familias las que controlaran el país cuando terminara Su Santo Peregrinaje.
—¿Qué sabes de la conmoción acaecida en palacio?
—Tan solo rumores —respondió el señor, mientras atacaba el pezón con el dedo por debajo de la túnica—. Una escaramuza. En lo más recóndito de palacio. Cuentan que fue algo terrible y sangriento.
—¿Alguno de vosotros sabe que el emperador ha muerto?
El señor Yinn asintió y resopló.
—Todos.
«La señora Suso Panjet, de las Plantaciones de Té, y el señor Kasma Waag, de las Canteras.»
El señor Waag, que ya andaba borracho de vino de arroz, tenía bien poco que ofrecerle a Luubu, aparte de informarle de que Induun llevaba meses planeando su golpe de Estado.
Pero su esposa, la señora Panjet, tenía algo más sustancial que añadir.
Se rio contenidamente, cubriéndose la boca con la manga del vestido, como si hubiera sido una doncella ruborosa mucho más joven de lo que era en realidad, y le dijo con recato que su mundo era muy pequeño; desde luego que era muy pequeño, porque lo único que le interesaba era el crecimiento de sus preciadas hojas.
—No tengo tiempo para estas politiquerías. Me parecía que lo mejor era dejar estos asuntos en manos del señor Induun.
Luubu suspiró.
—Así que no sabes nada del plan de Induun para asesinarme.
La voz de la mujer perdió firmeza.
—Eso no es del todo cierto.
Luubu, por fin, se dignó mirarla.
—¿Qué es lo que sabes?
—Sé que va a ser hoy.
Luubu estuvo a punto de atragantarse con la bebida.
—¿Hoy?
—No es más que una suposición mía —respondió ella—. Induun no me ha contado la verdad sobre este asunto, y ha hecho bien, porque ahora no puedo contártelo a ti, ¿verdad? No importa cuánto me presiones para conseguir información.
La mujer había parecido reacia a añadir esto último.
—Entonces, ¿qué es lo que te hace creer que me van a matar hoy?
—La publicación del programa de Su Santo Peregrinaje —respondió—. Sabía desde hacía tiempo que en el Segundo Día nos reuniríamos en el Cav-Meer para las celebraciones. Todos nosotros, señores y señoras. Y también tú. He pensado que es el momento más oportuno para atacar.
Algo no cuadraba en aquella explicación... había algo que se escapaba de toda lógica.
—Pero hasta hace poco —dijo Luubu, con la frente arrugada—, habríais dado por sentado que el emperador estaría presente. ¿Acaso queríais matarlo a Él también? Que me matarais tan solo a mí casi puedo entenderlo, pero si hubierais atacado a mi padre al mismo tiempo... os habrían masacrado.
La mera idea hizo sudar a la señora Panjet.
—Te lo repito —repuso—: yo no conozco los planes de Induun. Pero desde el principio he tenido claro, y sospecho que Induun también... que el emperador no estaría aquí.
Luubu entrecerró los ojos.
—¿Cómo es que lo tenías tan claro?
Ella le miró con aires de inocencia.
—Porque Su Sonriente Sol no acude nunca a nuestras fiestas.
Repicó una campana.
Era la hora. Los nobles ocuparon sus asientos bajo la hilera de sombrillas mientras, en el otro extremo de la cubierta, los bailarines se preparaban tras el biombo.
Nos tomamos de la mano y sentimos cada uno el miedo del otro.
Fingimos que todo era un juego, igual que habíamos jugado con Haas y Djina bajo el árbol kolba.
Una actuación como cualquier otra. Dos mujeres y un hombre, vestidos del mismo modo con finas túnicas de seda brillante, salieron uno tras otro de detrás del biombo, mientras Luubu se revolvía sobre los cojines, aún magullado por el golpe que la señora Panjet le había asestado con toda su despreocupación.
Ni siquiera había sentido ningún consuelo tras decirle que se cagara encima, por mucho que se divirtiera al ver los pasos de pato que daba al marcharse.
Al principio estuvo con el gesto huraño y apenas si prestó atención a los bailarines, pero estos tenían tanto arte que no pudo evitar que su danza lo fascinara.