DÍA SEGUNDO. en el que ofrecemos nuestra mejor captura #3
—Los invitados llegarán en dos giros de clepsidra, señor mío —le decía su asistente—. ¿Cómo querrías pasar tu tiempo hasta entonces?
Se recostó sobre la baranda del bajel.
—Creo que me gustaría pintar —dijo en voz queda.
Era tan temprano que la mayoría de los sirvientes que iban a bordo del Cav-Meer apenas si empezaban a despertar.
Las chicas de la limpieza, bostezando, cargaban con cubos de agua hasta las habitaciones de los invitados y el personal de cocina preparaba el desayuno con silenciosa diligencia.
Mientras las ollas burbujeaban, sus cuchillos cortaban tallos y raíces con la precisión de quienes han dedicado su vida al oficio.
Éramos lo mejor que el país podía ofrecer.
No se había escatimado en gastos para aquel día trascendental.
En una de las habitaciones de invitados, remodelada poco antes de acuerdo con el glamuroso diseño del Segundo Terror, las ventanas tenían barrotes de hierro y se había tallado una serie de pequeños orificios por los que silbaba el aire salobre del Cuenco.
Una de las chicas de la limpieza, nueva en el barco, meneaba la cabeza mientras limpiaba el polvo de los rincones de aquella estancia.
Lo de aquella habitación no tenía ningún sentido...
se oía todo lo que ocurría fuera. Pensé: ¿Qué noble querría alojarse en un lugar como aquel?
Desde luego, dentro de la habitación se oían los gritos de los barqueros, el tañido de las campanas durante los cambios de guardia, el chapoteo del agua contra el casco de la embarcación.
Preguntó a la chica con más años para qué servían los orificios, tan solo para que la otra la hiciera callar, con amabilidad, pero también con firmeza.
—No preguntes —respondió la mayor, al tiempo que señalaba las tuberías de la pared que transmitían todo tipo de sonidos—. Lo que tienes que hacer es trabajar.
Trajeron el caballete y las pinturas y los colocaron en su lugar favorito de la cubierta, bajo una amplia sombrilla.
Luubu agarró el pincel de crin y empezó a trabajar.
Su tema era nada menos que la luz y la sombra en el Cuenco Celestial.
Era un buen pintor, formado por tutores reales, y se hallaba entre los pioneros que buscaban un tratamiento realista de la profundidad en su obra.
Su pincelada capturaba la manera en que la luz del amanecer se cernía sobre los bordes del gran cráter y se derramaba en largas láminas por las paredes.
Sabía sacar partido del colorido destello de luz que se reflejaba en las vidrieras de los cruceros de recreo reales.
Comprendía las geometrías que componían las imponentes formas de las embarcaciones de apartamentos.
Los audaces y multicolores destellos de los juncos de la familia Induun.
La oscura suciedad de la flota carcelaria imperial.
Los estandartes plateados de las veraschafts regias.
El humo que ascendía en largas volutas desde los braseros apagados de la guardia nocturna.
Los botes patrulleros de la mañana que recorrían sus rutas programadas en pequeñas cuadrillas, cual bandadas de aves acuáticas, deslizándose entre sus gigantescos hermanos, en busca de contrabando en las oscuras aguas.
Su pincel se detuvo de repente, a mitad de su recorrido. Clavó los ojos en el horizonte. Hizo un gesto a su asistente y le murmuró al oído:
—Queda entendido, mi señor.
El asistente bajó a la cubierta inferior, al alojamiento de la tortuga, desde donde envió un mensaje a través de las aguas del Cuenco al capitán del barco donde estaba el séptimo apartamento del arco noroeste.
Y entonces el capitán, sin rechistar, hizo que el barco virara unos grados a estribor, hasta que Luubu asintió desde la cubierta del Cav-Meer , satisfecho con el ángulo que habían conseguido y con la manera en que se combinaba con otras embarcaciones.
Reanudó su labor pictórica. Era una tarea absorbente.
Apenas si prestó atención al desayuno de frutas, miel y pasteles de arroz dulce que habían dispuesto a su lado sobre bandejas.
Ni siquiera las moscas engordadas que bebían el jarabe le molestaron mientras se concentraba en el pincel de crin y el lienzo.
No se planteó dejarlo hasta que su asistente le informó de la llegada de las Familias.
Miró más allá de la baranda y observó con expresión imperiosa la hilera de barcos que habían atracado junto al suyo.
Todos estaban allí y descendían de sus embarcaciones finamente ornadas, con familiares y porteadores: los señores de las Cinco Casas, los Yinn, los Maada, los Panjet-Waag, y antes que todos ellos la familia más poderosa, y también la que menos apreciaba el Segundo Terror, a juzgar por la manera como cerró el puño sobre el pincel.
Los Induun.
Ese nombre te hace sentir una punzada ya familiar.
Es un nombre que has oído de vez en cuando a lo largo de tu vida, y el primer recuerdo que te viene a la memoria es la fría sucesión de meses que siguieron a la repentina marcha de tu padre.
Esos fueron los meses en que descubriste lo que eran el dinero y la escasez, cuando tu tío convenció a uno de tus hermanos mayores para que le diera acceso a las arcas familiares —para ayudar, siempre para ayudar— y desapareció poco después con todo el dinero.
Algo más tarde, el personal contratado desapareció, el polvo se acumuló en los estantes y tu hermano pequeño estornudaba mientras a ti te tocaba vestirlo a primera hora de la mañana.
Tu hermano mayor, avergonzado por haberse creído las mentiras de tu tío, se hizo cargo de las cuentas de la casa.
Vendió su preciada motocicleta junto con antiguas reliquias familiares, tan solo para que todo el mundo pudiera comer aquella semana.
—Tejido Induun genuino —recuerdas que decía en el recibidor cuando trataba de convencer al posible comprador para que subiera el precio, con un lenguaje muy similar al que tu padre había usado en el momento álgido de sus negociaciones—.
Elaborado en un auténtico telar de la Casa de las Hermanas.
Ven, tócalo con las manos. Ahora me dirás que no merece la pena pagar un poco más por él.
—Esto es tan Induun como las alfombras de saldo del callejón del Buhonero —respondió el comprador. Casi se le oía negar con la cabeza—. No voy a pagar más de setecientos cincuenta por ella.
—Pues entonces no pagarás nada —le replicó tu hermano, airado—. Te irás de esta casa sin esta alfombra sin precio y serás aún más pobre por ello.
Una táctica arriesgada, y tú estabas seguro de que no iba a dar resultado, pero el comprador terminó por ceder, pues incluso cientos de años más tarde el nombre de Induun todavía se asociaba a la artesanía de calidad y tu hermano lo sabía.
Que esto nos sirva para comprender la irritación de Luubu mientras veía subir a su barco a la familia Induun.
Luubu era el Segundo Terror, el gobernante del Cuenco; tenía todos los navíos a su disposición y, aun así —aun así— se veía obligado a reconocer que compartía ese poder con otros.
Lo compartía con las Cinco Familias, pero sobre todo con los Induun, que poseían y gestionaban las grandes industrias textiles del Cuenco y los barcos pesqueros que dragaban las profundidades del cráter, en busca de los gusanos gelatinosos que producían el hilo de alta calidad que los tejedores de la industria usarían para crear sus obras maestras.
Hasta los trabajadores eran conscientes del equilibrio de poder.
Fue al Segundo Terror a quien tendimos las manos en adoración, pero fue a Induun a quien tendimos las manos en servicio.
Luubu dio golpecitos sobre la baranda con el pincel mientras contemplaba a las Familias que abordaban el Cav-Meer .
Se preguntó si podría salirse con la suya...
envenenarlos a todos aquel mismo día, de un solo golpe, durante el desayuno.
Suspiró y se recordó a sí mismo que debía tener paciencia.
Había llegado hasta allí. Quizá cuando todo se resolviera.
Cuando todos supieran lo cerca que estaba de atarlos con la correa.
Más adelante.
Por ahora, el espectáculo.
En la espaciosa cubierta del Cav-Meer , Luubu informó a la nobleza y a las Familias de que el emperador y el Primer Terror se demoraban, y de que más adelante gozarían de una celebración privada.
—El Sonriente Sol, en su infinita generosidad, querría que disfrutáramos de la buena compañía y la maravillosa función que le estaba destinada.
Su voz, sombría, reverencial. Una máscara bien ensayada. Aunque ni siquiera él habría sido capaz de ocultar su alegría, de haber sabido que su hermano era en aquellos momentos un pollo sin cabeza.
Se sirvió el desayuno en cuencos y esteras ante los muchos personajes que asistían para la ocasión, así como truchas y carpas recién pescadas, cocidas al vapor y con la panza abierta, rebosantes de carne blanca y húmeda.
Criados y criadas en edad infantil circulaban entre los numerosos primos y hermanos con jarras de vino de arroz y agua fresca, y fingían no ser más que proveedores de comida y bebida que nada veían, mientras llenaban las copas y deambulaban por entre las tensas y abundantes conversaciones de aquel día.
Todos nosotros jugábamos al juego, tratábamos de discernir quién sabía qué...
si alguien tenía alguna idea de por qué las tortugas de palacio estaban calladas.
La nobleza del País Antiguo sentía miedo, pero conservaba sus fachadas de decoro y alegría, se escondía tras rubores fingidos y reía de los chistes groseros sin armar ruido, mientras Luubu, que en los últimos tiempos no tenía mucho apetito, estaba tranquilamente sentado sobre su trono de almohadas, donde le servían un sencillo tajeline.
Su cuchara de porcelana giraba entre las cremosas entrañas con indiferencia, mientras los miembros importantes de las diversas familias se acercaban a él, uno tras otro, y le hacían las previsibles insinuaciones.