La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA SEGUNDO. en el que ofrecemos nuestra mejor captura #2
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DÍA SEGUNDO. en el que ofrecemos nuestra mejor captura #2

Las palabras de Ella les quitaron los últimos resquicios de ánimo combativo.

Jun ofreció una mano, Keema se levantó solo y juntos encendieron el farol que el bote llevaba en la proa; prendieron fuego en la mecha de la vela con unas piedras de chispa que encontraron en una pequeña bolsa bajo la tabla de uno de los bancos.

El farol alumbró el oscuro cauce del río y el camino entre las hierbas altas, lo que les permitió hacer inventario de las vituallas que transportaban: además de la comida y el agua del carro, había un tarro de arcilla repleto de cebo muerto, una red enrollada y un gancho de repuesto para la pértiga amarrada al costado del bote.

Jun comprobó el estado del bote y probó con el pie las sujeciones de los pontones que lo sostenían sobre el agua, rebotando varias veces.

El pontón del extremo izquierdo chocó contra un inesperado meandro, y entonces el muchacho agarró la pértiga para alejar el bote de la orilla, pero la emperatriz se le adelantó y, con tan solo un pensamiento, devolvió la embarcación a su rumbo.

Les dije que yo guiaría el bote durante la noche.

Jun trató de protestar, pero no permití discusiones.

En su estado, no habrían podido llevarme viva hasta la orilla oriental.

Necesitaba que descansaran, y no que se quedaran idiotas de pura fatiga.

Jun no tuvo otra opción que ceder. Volvió a atar la pértiga al exterior de la borda y se sentó frente a Keema en los bancos.

El farol del bote, cuyo incienso alejaba a los insectos más irritantes que pululaban por allí, era aquella noche el objeto más brillante en los Mil. A las aves depredadoras que volaban en lo alto les parecía una daga anaranjada, que hendía una negra sábana de paño de Induun.

La luz alcanzaba a duras penas para que nos viéramos entre nosotros.

A su delicado fulgor, Keema pudo ver bien la cara de Jun por primera vez desde que habían iniciado el viaje.

No era como había esperado. No por el tatuaje en forma de pavo real...

Keema había sospechado ya de su identidad, si no por hipótesis directa, sí por sentirla en la misma atmósfera, como una comezón sin nombre ni lugar, hasta que de pronto se le había hecho visible.

Lo inesperado estaba más bien en la delicadeza de sus rasgos.

La nariz pequeña, algo respingada. El mentón afilado.

Los ojos, que le hacían pensar en porcelana rota.

Su delicadeza quedaba compensada por ciertas cicatrices, como la que le dividía la comisura derecha del labio inferior, y la que tenía forma de gancho de la ceja izquierda.

Una cicatriz más tenue le bajaba por el cuello.

Le faltaba un trozo de la oreja derecha, el lóbulo.

Era un cuerpo que había visto el combate.

A Keema le costó apartar la mirada. Tenía la boca reseca.

Aquellas sensaciones le resultaban extrañas.

Entonces se dio cuenta de que la sangre del padre de aquella persona aún se le estaba secando en la mano.

Metió la mano en el agua negra del río y se lavó la cara; luego se echó agua por la nuca.

Cuando hubo terminado, sintió decepción, al ver que Jun había vuelto a ponerse la máscara.

—¿Por qué la llevas? —preguntó.

Jun respondió, apagado:

—Un pavo real es poderoso en su entorno, pero, si está solo, lo destrozarán los mismos a quienes en otro tiempo había dado caza.

—Citaba a alguien, y aunque no le dijo a quién, Keema adivinó que eran palabras de su padre—.

Nuestro viaje sería mucho más difícil si todos los que encontramos supieran que en algún momento he sido parte de sus pesadillas.

—Keema pensó que era verdad. Jun añadió, algo más tranquilo—: Y aunque dejáramos eso de lado, yo ya no me enorgullezco de llevar este tatuaje.

—Calló unos instantes—. Preferiría que nadie lo volviera a ver.

—Entonces, ¿vas a llevar esa máscara por el resto de tu vida?

Jun apartó la mirada.

—Si es necesario, sí —respondió.

Se prepararon para dormir. Keema se acurrucó entre los bancos del bote.

Usaría la red enrollada a modo de almohada.

Escuchó los sonidos de la noche. La brisa que se abría paso por el camino de hierbas altas.

El chapoteo del agua contra la madera vieja y casi podrida, mientras Su mano invisible arrastraba la barca río abajo.

Los pequeños chapuzones de los sapos que saltaban de los nenúfares.

Y se dio cuenta de que no estaba a punto para dormir. Todavía no.

Se dio la vuelta y miró por entre los huecos del banco a Jun, que estaba echado en el extremo del bote.

—¿Cuándo te lo hiciste? —preguntó—. El tatuaje.

Dudaba de que el otro le respondiera. Por lo menos, de que le respondiera aquella misma noche.

Pero entonces oyó que Jun cambiaba de posición.

«Tenía nueve años.»

Entretanto, en tierra, los Pavos Reales Rojos se congregaban en el oscuro margen del río, de rodillas, en súplica. Los guerreros guardaban silencio, en penitencia, mientras el mayor se sumergía en las salobres profundidades y buscaba el cuerpo de su padre.

—Obtienes la primera pluma cuando matas por primera vez. Así fue para todos mis... hermanos y también para mí. Con la primera pluma ganas el caballo y la espada.

Algunos de los Pavos Reales todavía albergaban la esperanza de que aquello hubiera sido una ilusión. Que su padre viviera. Que la obra fuera tan solo una obra y que el actor estuviera entre bastidores. Que los aguardara en el fondo del agua con una sonrisa juguetona, una ocurrencia ingeniosa.

—Te lo hace él mismo... el tatuaje. Estás solo con él en la estancia y te mira como si fueras el guerrero más fuerte que ha conocido jamás, y tú te lo crees. Te sientes a salvo hasta que te clava la aguja. Él hace que el dolor sea... bueno.

Treinta y tres hijos con sus caballos, a la luz de las antorchas de los muelles, recordaban.

Niños pequeños, que no tenían claro qué hacer consigo mismos, observaban cómo las burbujas rompían la superficie del plácido río, mientras las manos de su hermano mayor peinaban el lecho, las rocas y el limo, buscando.

Sus dedos resbalaban entre las escurridizas hierbas acuáticas, al tiempo que gruesas burbujas de aire salían de sus fosas nasales y de las comisuras de sus ojos abiertos, hasta que, en el cúmulo de hierbas más espeso, agarró un tobillo frío con la mano.

—El día de toda mi vida en el que sentí mayor orgullo fue el del tatuaje. Me gustaba que las gentes, al verlo, supieran que no podían venir a tocarme los huevos. Que supieran quién era mi padre.

La superficie del río estalló. El cuerpo empapado emergió como un viejo tesoro hundido en el mar. Los treinta y tres hijos cayeron de rodillas ante el cadáver de su padre.

—Sabían que yo haría todo lo posible por servir a su palabra.

Fue entonces cuando lejos, en la oscuridad, Keema y Jun oyeron el lamento colectivo de los Pavos Reales. Jun levantó la cabeza al oírlo, pero luego lo pensó mejor y volvió a bajarla.

—Qué idiota fui —añadió— por creerme nada de todo eso.

A través de los huecos en el fondo de los bancos, Keema alcanzaba a ver el final de la espalda de Jun.

—¿Quién fue el primero que mataste? —preguntó.

No esperaba respuesta a esa pregunta y no se frustró para nada cuando Jun, tras un momento de silencio, le respondió:

—Quizá te lo contaré otro día.

«¿Por qué no ahora?», decía la voz.

Por un momento, Keema dudó si se habría quedado dormido por accidente... si habría soñado la voz apagada que se oía en el tarro de arroz que estaba al lado de la tortuga... hasta que escuchó que Jun decía, en tono rígido y casi temeroso:

—No le respondas.

—Era un muchacho, no mucho mayor que él —siguió diciendo la voz del tarro—.

Un ladrón que se había embolsado el anillo de algún señor de poca monta.

¿Recuerdas, Jun, cómo te di mi cuchillo favorito?

¿Cómo te enseñé en qué partes del cuerpo del chico tenías que deslizar la hoja para que muriese con mayor rapidez?

¿Recuerdas cómo el niño cayó de rodillas y te suplicó clemencia?

Te llamó «señor mío». «Por favor, señor mío», dijo, como una plegaria.

Este necio no tenía ni idea de lo que era la clemencia.

Se retorció, ¿verdad? Si hasta trató de defenderse, se llevó unos buenos golpes.

Pero no permití que nadie se entrometiera.

Quería que te lo ganaras. Y te lo ganaste.

Lo inmovilizaste contra el suelo y lo apuñalaste una y otra vez hasta que...

«Basta», le dije.

Su Real Susurro interrumpió la horrenda narración, y entonces la cabeza que había dentro del tarro, que aún obedecía a la voz de su madre, no dijo ni una palabra más sobre cómo había matado Jun, porque incluso en aquel estado, incluso derrotado, no podía evitar el escucharla.

Le quedaba una sola cosa por decir y la dijo con rapidez, y muy bajito, como para colar una nota por una puerta que se cierra.

—No sé qué te crees que haces aquí, Jun, ni qué intentas demostrar, ni a quién. Pero lo que sí sé es que te has ganado cada una de esas plumas que llevas en el rostro. Eres Pavo Real hasta la médula.

Después de eso no dijo nada más, y Keema, con la esperanza de que la noche terminara, se recostó una vez más sobre la red de pesca enrollada y trató de descansar un poco antes del amanecer.

Su mente estaba a punto de hundirse en el sueño cuando en medio del coro de insectos y aves oyó los sollozos en el otro extremo del bote, y también un susurro, la voz de Jun, que decía como en quebrada plegaria, dirigiéndose a la noche, a nadie:

—Lo siento... perdóname... Lo siento.

ALBA

El Príncipe de la Palabra Melosa exhaló.

Prolongado y débil fue el suspiro de Luubu Ossa, el Segundo Terror, y lleno de placer, pues se enteró de la muerte de su padre, y la noticia, aunque hubiera pasado un día, aún conservaba su sabor.