DÍA SEGUNDO. en el que ofrecemos nuestra mejor captura
DÍA SEGUNDO
en el que ofrecemos nuestra mejor captura
El padre abandona el escenario.
Aquello fue repentino, tales cosas siempre son repentinas, aunque lo vieras venir...
desde que tu lola había fallecido, no había sido el mismo.
Rara vez sonreía. Pasaba la mayor parte del día en casa, escuchando la radio.
Escuchaba las proclamas de guerra, y quién podía ayudar, y cómo.
A la hora de la cena, pocas veces hablaba sobre sus negocios de comerciante.
Hablaba del frente. Hablaba de la gloria.
Hablaba de formar parte de algo más grande que él mismo.
Y entonces, de este modo, pasó a formar parte de algo más grande que él mismo.
Fue a la guerra. Se marchó en plena noche, sin avisar a nadie.
Una salida cobarde que presenciaste tan solo por casualidad, porque estabas despierto junto a la ventana, pendiente de uno de los gatos del vecindario que saltaba entre balcones...
fue entonces cuando viste a tu padre, que se marchaba, con una maleta preparada para el viaje de ida.
Se detuvo a la mitad del camino y se volvió para mirar a tu casa, en recuerdo, en despedida, y vuestros ojos se encontraron.
Tu padre no tenía expresión alguna en el rostro, al menos ninguna que tú alcanzaras a ver, pero sí abrió la boca, para decir ¿qué?
, quizá él mismo no lo supiera, porque volvió a cerrarla sin decir palabra.
Y entonces se fue, engullido por las sombras del callejón, y lo último que recuerdas de él es el sonido de sus pesados andares sobre la calle empedrada.
Entonces te pareció y quizá todavía te parece un sueño.
Tu padre os dejó por decisión propia y en algún lugar, dentro de ti, oíste un débil chasquido, que era el sonido con el que tu vida se desligaba de esta tierra.
Los padres se van de muchas maneras distintas.
Algunos se marchan en plena oscuridad. En otros casos se esfuma tan solo lo que había dentro de su cabeza, mientras que el cuerpo permanece y contempla por siempre desde la lejanía el mundo que lo rodea.
Otros se desvanecen con el tiempo, como una vieja foto desgastada.
Muchos desaparecen en un instante.
Si hay algo que entiendes de los Pavos Reales Rojos, algo que entiendes de verdad, es la calidad de su silencio en los momentos que siguieron a la decapitación de su padre.
Entiendes lo que significa que un momento se transforme en otro y que el mundo, en esa rápida transición, adquiera un nuevo color azul y una sensación de ingravidez.
Sí, conoces ese silencio.
Los hijos del Primer Terror estaban al borde de las aguas, incapaces de comprender la imagen de su hermano sosteniendo la cabeza de su padre.
Atónitos, contemplaron cómo el cuerpo salía despedido por la borda y se hundía como una roca en las aguas oscuras.
Así desaparecía el hombre al que habían dedicado sus vidas por entero; las aguas agitadas se alisaron, el mundo se transformó en un lugar enorme y nauseabundo.
Uno de los Pavos Reales dobló el cuerpo y vomitó.
Otros se pusieron a temblar. El mayor comenzó a desnudarse, porque quería sumergirse en el agua y recuperar el cadáver.
No iba a permitir que los peces lo picotearan .
Pero ninguno dijo nada, igual que tú no dijiste nada cuando tu padre se fue, pues hay momentos en esta vida que hablan por sí mismos.
Dentro del bote que se adentraba en el indescifrable laberinto de los Ríos, la emperatriz, que había visto cómo un segundo hijo se hacía pedazos en otros tantos días, tampoco decía nada. Sus tempestades se encerraban en la intimidad de algún remoto reino interior.
El Primer Terror, que para Ella sería siempre el bebé llamado Saam, era en muchos sentidos un desconocido.
Tras haberlo dado a luz a él y a sus hermanos, confiando en la promesa del emperador de que sería libre una vez que procreara, había conocido a sus hijos tan solo como vagas presencias de calor y vida desde el otro lado de la Puerta del Lobo.
Una vez, cuando aún era pequeño, con tan solo seis años, Saam se había escabullido de su habitación por la noche y se había aventurado a bajar a la caverna para verla.
Aun entonces, su poder le había bastado para terminar con la vida del guardia que guardaba la puerta de Ella, lo había atravesado con una lanza de agua, y luego se había acercado a la puerta y había puesto la mano sobre el hocico de uno de los muchos lobos dorados, y Ella se había estremecido desde lo más profundo de Sus sentimientos cuando el niño le había preguntado si estaba allí y si lo quería.
Se había quedado dormido, acurrucado contra la puerta, y al día siguiente su padre lo había descubierto y se lo había llevado para castigarlo...
un castigo tan severo que nunca más volvió a bajar hasta allí.
En todo eso pensaba la emperatriz mientras las aves del río que pasaban por allí inclinaban la cabeza y los peces se apartaban de su proa.
Por lo que respecta a Keema y Jun, las revelaciones de aquella noche aún eran tan crudas como limones recién pelados.
Las palabras no habrían hecho justicia al instante.
Por eso pelearon.
Esta vez la anciana no hizo ningún esfuerzo por frenarlos.
En definitiva, eran unos muchachuelos. Sus estúpidas peleas hacían que el bote se ladeara, pero no querían escucharme, y no me quedaban fuerzas para detenerlos con una gran erupción, porque aún me estaba recuperando de haber movido la condenada tortuga y haber destruido aquellas embarcaciones.
Así que dejé que vivieran su momento. En la impenetrable oscuridad, Keema y Jun, casi ciegos, pugnaban con desesperación, con más saña que la mañana anterior.
Los golpes surgían de la nada, mientras forcejeaban a ciegas en torno al cuerpo de la tortuga.
No pareció que esta se diera cuenta, ni le importara, que Keema pateara a Jun contra su duro caparazón.
Tampoco les hizo ningún caso cuando Jun rebotó y derribó a Keema entre los bancos de madera del bote, y su máscara se soltó de nuevo, su rostro se hundió entre las clavículas de Keema, su cálido aliento se derramó sobre la piel de Keema, y golpeó al hombre de Daware en el costado como si quisiera abrirle una muesca en el cuerpo, y Keema agarró la red de pescar enrollada tras su cabeza y la desenrolló, y luego envolvió con ella la cabeza de Jun, le aprisionó el rostro, tan solo para que Jun la atravesara a mordiscos.
Si alguien hubiera detenido a aquellos jóvenes y les hubiera preguntado por qué se enfrentaban con tanta violencia, a estos les habría costado dar con una respuesta.
Quizá Jun, al no ocurrírsele nada, habría contestado que tenía el deber familiar de proteger el honor de su padre; que la etiqueta le exigía que combatiera al joven que lo había abatido.
O tal vez Keema, al no saber qué responder, habría terminado por decir que, como había descubierto la verdadera identidad de Jun como Pavo Real Rojo, como agente peligroso, no le quedaba más remedio que hacer un esfuerzo simbólico por derrotarlo.
Pero la verdad era que luchaban porque Jun estaba de duelo y Keema aterrorizado y Jun eufórico y Keema alegre y Jun exhausto y Keema asqueado.
Luchaban porque aquel era el idioma más fácil entre todos los que hablaban.
Pero hasta las energías terrenas de los machos jóvenes tienen un límite y no tardaron en respirar entrecortadamente y terminaron en el centro del bote cada uno con la cabeza apoyada en el hombro del otro, y se arreaban manotazos en el vientre sin entusiasmo alguno, mientras el bote continuaba con su agradable viaje río abajo.
Mientras se recuperaban, los sonidos de la noche cobraron vida gradualmente a su alrededor.
Una familia de sapos croaba entre las hierbas altas, al mismo tiempo que un ave del pantano estiraba el pescuezo y emitía un trino lastimero.
Y entonces, sin aviso previo, Jun le puso la palma de la mano sobre el pecho a Keema.
La mano del Pavo Real se quedó allí un instante más largo de lo que Keema había esperado, sobre la piel caliente y húmeda de sudor, y atrapó bajo su palma el rápido latido de su corazón, hasta que esa misma mano, sin contemplación alguna, le dio un empujón.
Keema, con ojos desorbitados, tropezó con uno de los bancos y se cayó de espaldas.
Aterrizó sobre el trasero. En medio del revoltijo de redes, se echó a reír.
Pregunté a los chicos si ya habían terminado.