DÍA PRIMERO. en el que ofrecemos lo mejor de nuestra cosecha #21
Era como si contemplara una obra de teatro, un espectáculo experimental en una embarcación de recreo, en el que la multitud se apartaba a lado y lado y quedaba un solo actor, un hombre que desmontaba del caballo y se detenía en el centro del claro.
Desenvainaba una espada cruel que parecía besada por la luz de las estrellas.
El Primer Terror alzó la mano que tenía libre y el esquife se detuvo.
Y cuando el hombre echó la mano para atrás, lo mismo hizo el agua, y la superficie del río tembló, porque la corriente cambiaba de curso hacia la orilla.
Keema y Jun lucharon contra las aguas invertidas, pero de nada les sirvió; sus pértigas se arrastraban hacia atrás sobre el lecho del río.
Y luego se detuvieron, el bote daba vueltas atrapado en medio del agua, sin acercarse, sin alejarse, mientras una única perla de sudor descendía por la sien de la emperatriz, porque hice todo lo que pude contra él.
El Terror estalló en carcajadas ante el inesperado acontecimiento.
Entonces ocurrió lo imposible: anduvo sobre las aguas como si hubieran sido sólidas y firmes, y corrió sobre las olas.
Sus pasos ligeros provocaban tan solo las más leves ondulaciones sobre el líquido elemento.
Una roca que rebotaba sobre un estanque real.
Una avenida de pequeñas salpicaduras. Y saltó como si una oleada de agua y viento lo llevara por los aires, y se precipitó sobre un espantado Keema.
Su espada, desenvainada.
Pero estaba oscuro y la espada era larga.
Se hundió en los materiales gruesos, calcificados y rígidos del caparazón del Defecto, la cara de Keema quedó apenas unos centímetros por debajo de su filo, el brazo del Primer Terror se dislocó por el impacto de la espada contra el caparazón y su hombro crujió.
Se rio con demencial deleite y sacó con el otro brazo un arma más pequeña, no mucho más larga que una daga, y trató de clavarla en la cara de Keema.
El joven se agachó y la hoja golpeó contra el caparazón.
Keema se precipitó al otro extremo del bote, mientras el Terror lo perseguía, y buscó a ciegas la lanza o el hacha, pero antes de que encontrara ninguna arma, un viento fuerte lo derribó.
Dio una vuelta en el aire y se estrelló contra el fondo del esquife; la embarcación se sacudió bajo su cuerpo, mientras la mano del Primer Terror aferraba el aire y usaba el viento para atraer a Keema hacia sí, como si lo hubiera sujetado con una correa...
hasta que Jun trabó las piernas del hombre con más años y lo derribó.
El Terror exhaló un bufido ahogado. Mientras Jun y él mismo forcejeaban y exhalaban gruñidos desde lo más hondo, el agua que rodeaba el bote se comportaba de manera imprevisible.
Se elevaban chorros de agua hacia el cielo en violentos géiseres.
El bote giró río abajo mientras la brigada, incapaz de hacer apenas nada más que observar con impotencia mientras su padre se enzarzaba en combate, seguía el bote a trote ligero por el meandro.
El Primer Terror golpeó en el vientre a Jun con la rodilla y le arrancó un respingo tan doloroso que hasta la tortuga se estremeció, y con un implacable revés, por reflejo, casi como si corrigiera a un niño malcriado, le arreó un manotazo en toda la cabeza.
La máscara de madera se desprendió y se estrelló contra el fondo del bote.
Jun se levantó poco a poco y apartó la mano con que se cubría la cara. El Terror miró con ojos desorbitados, al contemplar al joven con el tatuaje de un ala de Pavo Real Rojo en el rostro. La punta del ala terminaba en el extremo de su ojo izquierdo.
—Hijo mío —dijo. Su voz se quebró—. Hijo mío.
Calló cuando Keema, a un lado, enarboló el hacha.
Cortaron la flor y la separaron del tallo.
Sus pétalos rojos se esparcieron.
La cabeza del Terror rodó entre los pies de Jun, mientras todavía parpadeaba. Keema, con respiración entrecortada, soltó el hacha. Esta rebotó sobre la madera, al lado del cuerpo, que se había desplomado sobre uno de los bancos. Su cuello mutilado chorreaba sangre.
Keema miró a Jun, ya sin máscara, y tras realizar un misterioso cálculo, el antiguo Pavo Real recogió la cabeza de su padre y la sostuvo en alto para que toda la brigada la viera.
Y por toda la orilla, los jinetes frenaron a sus monturas y se detuvieron por completo, mientras contemplaban al hermano desaparecido, que tenía entre sus manos la cabeza cortada de su padre.
No nos lo podíamos creer. No nos lo podíamos creer.
Los hijos miraron en roto silencio mientras la embarcación bajaba por el río, empujada por la bendición de la emperatriz.
—He sido derrotado —susurró la cabeza del Primer Terror.
El hombre estaba atónito por haber perdido un combate por primera vez en su vida.
Ya tendría tiempo para reflexionar sobre semejante fracaso, en privado, una vez que Jun levantara la tapa de una jarra de arroz vacía y colocara ahí su cabeza aturdida, y volviera a echar la tapa, porque no tenía estómago para verlo.
En cuanto al cadáver, lo agarraron por los brazos y las piernas entre los dos y lo arrojaron al agua, para que alimentase a los muchos peces hambrientos que vivían entre las algas enmarañadas.
—Tengo sangre en la boca —murmuró la tortuga.
No alcanzaban ya a ver a la brigada. Lo único que contemplaban era la red de ríos que, muy apropiadamente, se llamaba los Mil.
Jun volvió a ponerse la máscara para poder encararse de nuevo con Keema.
Y así terminó el día, con los dos guerreros mirándose de nuevo con prevención y desconfianza, mientras que, en algún lugar, en el oscuro espacio que separa este mundo y el mar Durmiente, Ella lloraba con pena y alegría por la muerte de su hijo, el Primero de los Terrores.