DÍA PRIMERO. en el que ofrecemos lo mejor de nuestra cosecha #20
Las esferas de luz de antorcha les alumbraron el camino hasta la orilla del río.
En el muelle había un solo centinela, que pidió ver su licencia si querían salir con uno de los botes, pero Keema lo dejó inconsciente con el extremo romo de la lanza y lo metió en un barril vacío.
Mientras Keema empezaba a cargar las vituallas en el esquife más cercano, Jun soltó las amarras de las otras embarcaciones del muelle y les arreó sendas patadas para que se adentraran en el agua, y Ella las hizo arrastrar por una corriente que Ella misma había creado, hasta que estuvieron lo bastante lejos como para que fuera imposible recobrarlas.
Trabajaron con rapidez, mientras en la Puerta del Conejo los guardias comenzaban a bajar las puertas.
El comandante, aprensivo desde que había tenido noticia de la desafortunada muerte de la tortuga que le habían prometido, iba de un lado a otro por el patio, agitado, mientras se encendían los últimos braseros.
Mi hermano me maldijo antes de morir, como castigo por haberme acostado con su mujer.
Antes de que exhalara su último aliento me metió arroz crudo en el bolsillo, y me dijo que no lograría asentarme en toda mi vida.
No me quedaba más remedio que creerle. Se frotaba los brazos, sintiéndose la carne de gallina, y al acercase su segundo al mando dio un respingo.
—Estamos a punto de cerrar para la noche —dijo el muchacho.
El otro asintió, distraído.
—Bien, bien.
No lograba librarse de la sensación de que algo andaba mal.
En el muelle, Keema y Jun buscaban la manera de trasladar la gigantesca tortuga desde el carro hasta el bote que habían requisado contra toda ley, cuando de pronto sintieron que el viento cambiaba de sentido...
amplias olas recorrían las aguas negras del río contra su corriente natural.
La anciana arrugó la frente. Era él. Les dije que no había tiempo.
—Vamos a necesitar una rampa —exclamó Jun, desesperado—. Así podríamos subirla al bote.
Al final no necesitaron ninguna rampa. Los dos jóvenes retrocedieron, porque la tortuga inerte salió del carro levitando, sostenida en alto por la emperatriz.
Que no se diga jamás que no conozco la misericordia.
La gran rueda giraba bajo el esfuerzo de cuatro hombres, pero la puerta se detuvo a media bajada.
Todo el proceso se interrumpió sin ceremonia alguna, al oírse un aparatoso estruendo que hizo que el cuerpo del comandante quedara cubierto de sudor.
Sus centinelas murmuraban, confusos, ante la rueda atascada.
Gritaron que necesitarían un mecánico que echara una ojeada al sistema de poleas.
—¡Que el abismo se lo trague todo! —murmuró el comandante, mientras cruzaba el patio para ir a su encuentro.
Fue entonces cuando oyeron un susurro en el viento, como un látigo en el oído.
Salid del paso, por favor.
La Brigada del Pavo Real Rojo emergió de la oscuridad. Llegaron de forma tan repentina que ninguno de los guardias que estaban de turno aquella noche gritó ni aulló. Tan solo retrocedieron por puro instinto, porque si no salían del paso, acabarían pisoteados.
Fue entonces cuando la tortuga comenzó a moverse, porque en un instante de ingravidez creyó que de verdad había muerto en el puesto de control...
que había abandonado su forma mortal y se había unido con las cálidas y oscuras aguas de la Única Mente, y que flotaba en sus suaves y onduladas corrientes de pensamiento y memoria, hasta que oyó los gritos y el fragor de cascos, y se dio cuenta de que no estaba muerta, sino bien viva, y un regüeldo de miedo se le atascó en la garganta al ver que flotaba sobre los tablones podridos del paseo marítimo y se dirigía al amarradero de un amplio esquife, suspendida sobre todas aquellas cosas por Su antiguo y constante poder.
Gimoteó con voz delirante y torpe, mientras la brigada descendía por el cerro como vino tinto derramado.
Jun se adelantó a la tortuga y apartó las redes que había sobre el bote para hacer sitio, mientras la criatura, que se movía sin cesar, descendía sobre las tablas.
La madera crujió bajo su peso; uno de los bancos se agrietó.
El bote se ladeó con violencia y desplazó agua de río, que salpicó los puntales del muelle.
«Quédate ahí.»
La voz se metió en el oído de Keema como una abeja, con una poderosa ráfaga de viento.
El joven agarró el hacha que estaba en el suelo y cortó las maromas.
El bote se alejó del muelle como un suspiro.
Keema trepó a la embarcación, mientras Jun agarraba una de las pértigas y empujaba para que se adentrara en las aguas, justo en el mismo instante en que la brigada llegaba a la última ladera del cerro.
Keema tomó la segunda pértiga y, junto con Jun, hicieron que el bote siguiera adentrándose en las oscuras aguas.
El Defecto, aturdido, preguntaba una y otra vez qué era lo que ocurría, mientras Keema y Jun manejaban las pértigas con afán para guiar la embarcación hacia el corazón del río.
Keema, sudando profusamente, volvió los ojos hacia la orilla, donde divisó, en un instante que le detuvo el corazón, la espeluznante estampa de la brigada a la luz de las antorchas, congregada en silencio en la orilla.