La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA PRIMERO. en el que ofrecemos lo mejor de nuestra cosecha #19
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DÍA PRIMERO. en el que ofrecemos lo mejor de nuestra cosecha #19

Keema trepó de nuevo al asiento del conductor. Jun le puso las riendas en la mano y se metió en el vehículo. Keema le preguntó a dónde iba.

—A colocar a la emperatriz donde no la vean —respondió el otro—. Creo que no le gustaría que te encargara esa labor a ti.

Mientras azuzaba a los orooks, confiado en que sabrían orientarse por el camino sin luz, Keema oyó el cuidadoso movimiento de alguien que desplazaba una valiosa carga en un lugar abarrotado.

Se preguntó dónde pondría Jun el cuerpo de la anciana.

Se imaginó a la Madre de Emperadores cubierta con una de las viejas lonas de uno de los compartimentos del interior y no pudo evitar una sonrisa.

Y entonces, de pronto, lo asaltó otra imagen, una imagen surgida de la nada, casi como si alguien la hubiera disparado al interior de su cerebro desde el otro extremo de un campo: Le enseñé lo que tenía que suceder.

Le enseñé cómo les diría a los guardias de la Puerta del Conejo que su tortuga había llegado.

Le enseñé cómo miraría impasible mientras sacaban del carro a la tortuga, que tendría la boca cerrada gracias a mis poderes, que estaría con los ojos desorbitados y llena de terror y de furia y no podría hablar hasta que saliéramos por la puerta opuesta y no quedara ya ningún obstáculo entre nosotros y los muelles fluviales.

Le dije que aquello era lo que tenía que ocurrir.

Keema se aferraba a las riendas.

Ya estaban allí.

A la hora en que llegaron, la luz de las antorchas del puesto de control de la Puerta del Conejo era como un sol menor en la negrura.

Dos centinelas los recibieron en la bien iluminada puerta oeste.

Ambas eran mujeres, jóvenes, no debían de sumar más de treinta años, pero poseían esa pétrea mirada que se gana al cabo de una vida de difíciles pruebas.

—¡Qué viaje más largo! —dijo la primera con un gesto de bienvenida, pero su sonrisa se desvaneció al ver el brazo izquierdo amputado de Keema y la extraña máscara de Jun. Les dijo con sequedad—: Habéis llegado justo a tiempo. Íbamos a cerrar las puertas por esta noche.

—Pues procedamos —respondió Jun, haciendo el papel de fatigado servidor del trono—. No queremos entreteneros más de lo necesario.

—Sois muy amables —respondió la centinela, e hizo un gesto con la cabeza a su compañera—. Echaremos una ojeada ahí atrás para ver si todo está bien.

Jun asintió.

Pero antes de que la otra centinela entrara en el carro, Keema tuvo una idea.

—Esperad un momento —dijo. Las centinelas se detuvieron, y enarcaron las cejas con impaciencia.

Lo que estaba a punto de intentar era arriesgado y requeriría la ayuda de una persona con la que no sabía cómo comunicarse, y que quizá no le siguiera el juego, aun cuando Keema lograra explicarle de algún modo su improvisado plan.

Pero, de todos modos, tenía que intentarlo—.

Esa criatura ha estado haciendo ruidos extraños durante todo el viaje desde palacio —explicó—.

Creo que padece una enfermedad. Será mejor que no os acerquéis.

Nunca se sabe qué podría contagiar una tortuga a un humano al toser.

—Una tortuga enferma —repitió la centinela, sin saber qué hacer—. Jamás había oído hablar de nada semejante.

—Ya ves la suerte que tenemos nosotros, que nos ha tocado transportarla. ¿Verdad que sí? —repuso Keema, al tiempo que le daba un codazo a Jun.

La máscara de demonio risueño se inclinó en un leve asentimiento.

—Pienso que habría que advertir a vuestro comandante —añadió Keema—. Por si hay que ir en busca de un physiker o algo así.

Las dos centinelas se miraron, pero se encogieron de hombros como para decir que las órdenes eran órdenes.

Me metí en la parte de atrás del carro para ver si aquellos hombres tan extraños decían la verdad, y cuando volví a salir por la solapa de lona estuve a punto de vomitar.

Le hizo un gesto con la cabeza a su compañera, no cabe ninguna duda de que esa criatura está enferma , y su compañera dijo a los dos hombres que iban en el asiento del conductor:

—Pues seguid adelante. Deteneos ahí. Informaremos al comandante de vuestra llegada.

Cruzaron la primera de las puertas.

—¿Qué estás haciendo? —quiso saber Jun.

Pero Keema no tenía tiempo para explicárselo. Tan solo le preguntó:

—¿Cómo puedo hablar con Ella?

—Con los labios.

—¿Me oirá?

—Si Ella quiere, sí.

Dentro del carro, se agazapó junto al montón de telas, mantas y bolsas de arroz bajo el que se suponía que estaba escondida, y le dijo con voz baja y apremiante:

—Eres un ser muy poderoso. Yo soy testigo de ello, no solo por el poder que has demostrado con Tus actos durante el último día y la última noche, sino también gracias a las imágenes que has compartido conmigo.

Cosas grandes y pequeñas. Como por ejemplo destruir un puente, o hacer que Tu propio corazón vaya más lento.

Con humildad, Te pediría una cosa: haz que el corazón del Defecto palpite con mayor lentitud. Que parezca que ha muerto.

La tortuga negaba con la cabeza. La idea no le gustaba.

Pero el carro empezaba a detenerse y se les acababa el tiempo...

Oyeron voces, la de Jun, que le decía a alguien que aguardara un instante...

y percibió el traqueteo de las cadenas de la polea.

La tortuga también lo oyó. Soltó un gañido lastimero que hizo temblar las tablas del fondo.

—Por favor, Madre de los Emperadores, Luna Descosida nuestra... —imploró Keema a las mantas—. Te lo ruego...

De acuerdo.

No dijo ni susurró aquella palabra, sino que de algún modo la imprimió en su mente.

Se la entregó a través de la súbita imagen de la mano de una joven muchacha que se abría.

Algo salía volando de entre Sus dedos. Keema oyó que la agitada respiración de la tortuga se volvía cada vez más lenta, que sus sonidos ásperos y roncos se apagaban, hasta que dejó de respirar.

Acercó el oído a la cabeza de la criatura, que estaba echada en el fondo del carro con los ojos entornados y la lengua fuera. El joven no oyó ni sintió nada.

Un grito fuera.

—¿La criatura está a punto, Keema?

—¡Ha muerto! —gritó en respuesta.

Se hizo el silencio. Luego, un murmullo de inquietud.

Keema salió del carro y se encontró con Jun, que se había plantado frente a una cuadrilla de centinelas, grandes y musculosos, elegidos por su fuerza para que llevaran a la criatura a su nuevo hogar.

Parecían confundidos ante tal afirmación y no apartaban los ojos del muchacho, que les contaba de nuevo que la tortuga que habían traído del palacio había muerto en algún momento, no sabía muy bien cuándo.

—¿Pueden morir? —preguntó uno de los hombres.

La impenetrable máscara de Jun miraba fijamente a Keema. Keema le devolvía la mirada.

—Ha muerto —dijo una vez más—. Por favor, id a buscar al comandante.

Por lo general no aceptaría órdenes de un tullido, pero aquellas circunstancias eran especiales. El comandante de la Puerta del Conejo llegó a paso apresurado, con el pelo revuelto, como si acabaran de sacarlo de la cama.

—No puede ser —exclamó el hombre, que estaba ya sudoroso. Pidió que le repitieran aquella noticia tan increíble—. No tenía ni idea de que pudieran morir.

—Sí mueren —respondió Keema—, y esta ha muerto.

—Querría verlo en persona. —El comandante daba mucha importancia a que le instalaran aquella criatura, porque la Puerta del Conejo sufría mucho por no estar conectada a la red del Trono.

Con obstinada determinación, apartó la cortina chamuscada del carro y retrocedió ante el olor que escapaba de allí.

—Ya olía así antes de morir —le explicó Keema.

—Qué criaturas tan horribles —murmuró el comandante, al tiempo que se cubría la boca con el dorso de la mano, presa del mareo. Envió a uno de sus hombres en su lugar. El centinela salió corriendo un instante después, blanco como la cera, y confirmó la noticia a su superior.

El comandante se cruzó de brazos. Hacía lo que podía para transmitir sensación de liderazgo.

—Me imagino —dijo— que debe de existir algún protocolo para este caso desgraciado.

Jun unió ambas manos tras la espalda. Sentía curiosidad por lo que Keema diría a continuación.

—Es un cadáver como cualquier otro —explicó este—. Parece que esa criatura era defectuosa y propensa a la enfermedad. Nos desharemos de ella en nuestro camino hacia el este, hacia el Cuenco. En algún lugar donde nadie tenga que volver a olerla.

El comandante necesitó un tiempo para acceder a su petición, pero al final, como vio que no podía hacer otra cosa, accedió.

Los orooks gruñeron en protesta contra aquella hora avanzada de la noche y contra las riendas de Jun, que los apremiaban.

Ninguno de los dos jóvenes dijo nada mientras cruzaban el patio traqueteando, sintiendo la tensión en sus propias espaldas al pasar frente a filas de guardias que arrugaban la nariz, y que sin embargo miraban con lúgubre curiosidad y cierta decepción por no haber visto el cadáver de la tortuga.

Pero por mucho que husmearan y clavaran los ojos en ellos, ninguno de los centinelas osó acercarse.

Keema y Jun salieron de la Puerta del Conejo casi tan rápido como habían entrado y descendieron por la última pendiente del desfiladero entre rocas, hacia el agradable sonido del agua corriente.