DÍA PRIMERO. en el que ofrecemos lo mejor de nuestra cosecha #18
El crepúsculo magullaba el cielo, el sol agrietaba el horizonte aristado.
En los últimos cultivos de Yinn, los bueyes tiraban de los arados sobre la tierra, mientras los ancianos echaban polvo protector por los gallineros y los senderos que llevaban a los bosques donde abundaban los aullidos.
Los guardias que patrullaban por los terrenos observaban el paso de su carro con despreocupado recelo, hasta que lo perdían de vista.
El camino era largo y a aquella hora tardía estaba vacío.
Las últimas personas que Keema y Jun vieron aquel día por el camino fueron los Mendigos del Cielo, una hilera de marginados medio muertos de hambre, de por lo menos treinta almas desde niños a mujeres adultas, que arrastraban los pies todos a un mismo ritmo por uno de los márgenes.
Descalzos. A algunos les faltaban miembros, ojos, u orejas.
Sostenían en alto cuencos de madera vacíos, al tiempo que recitaban las antiguas oraciones para pedir nubes rotas y lluvia...
rezaban por el final de aquel Interminable Verano.
Uno de los mendigos les echó una mirada con ojos tan vacíos como el cuenco que sostenía por encima de su propia cabeza, y miré al joven que llevaba la máscara de demonio riente y sonreí, porque no hay máscara que oculte la verdad del hombre , y Jun sacudió las riendas y los orooks siguieron adelante con mayor ligereza, hasta que pasaron otro cerro y los mendigos desaparecieron de su vista.
Miró a Keema, que seguía en silencio, distraído, y de pronto se alegró de no estar solo en aquello... de que hubiera alguien como él, atado a Ella.
—¿Te arrepientes de haberte quedado? —preguntó.
—Pertenezco a la tribu Daware —replicó Keema, apagado—. Y cuando un hombre de Daware pronuncia un juramento, lo cumple, al precio que sea. —Enderezó las espaldas—. Me cortaría el brazo, antes que faltar a la palabra dada.
—Pero ¿dónde está Daware?
—Al sur —respondió Keema, después de un instante de silencio—.
Pasado el último de los Mil, donde el río desemboca en campos de trigo chuzo y valles de flores venenosas.
Sobre los pétalos mortales de la rosa bora hacían sus juramentos los guerreros de Daware.
Para nosotros, romper un juramento es romper una promesa en la que has empeñado tu propia vida.
Igual que antes Araya, Jun le preguntó cuáles eran las consecuencias de romper un juramento en Daware.
—Habría que poner fin a mi vida.
Keema lo había dicho sin miedo ni vacilaciones.
Enseñó a Jun la pequeña daga que llevaba sujeta al muslo con un cordel y una vaina.
Le explicó que el cuchillo era obra de su padre.
Era un cuchillo de piedra de color azul profundo, con empuñadura de cuero negro e hilos de colores trenzados.
Un bello objeto que, según le contó a Jun, sus padres habían hecho y después le habían regalado, sabedores de que quizá algún día su hijo lo iba a usar para acabar con su existencia.
Fue su madre quien le enseñó a destriparse de la manera correcta.
A hacerlo con firmeza, de derecha a izquierda, con la mano en la empuñadura, de principio a fin.
A dejar que la sangre alimentara la tierra y lavara las manchas que uno mismo ha dejado por su ineptitud y sus promesas fallidas.
A entender que aquel era el único acto que de verdad procuraba el perdón.
Nada de aquello era cierto. Keema no había oído hablar de la práctica del destripamiento de uno mismo hasta pocos meses antes.
Pero eso fue lo que dijo.
Jun dio vueltas a las palabras de Keema, pensó en lo que iba a ocurrirle si fracasaba en su tarea, y tras un rato de pensativo silencio, durante el cual meditó sobre el llanto del día que descendía a su fin, y sobre la oscuridad, y sobre la Quemadura sin luz en el cielo, dijo, con lo que sonó igual que una sonrisa:
—Como podemos dar el fracaso casi por seguro, te lo diré ahora: me alegro de haberte conocido, Keema de la tribu Daware.
NOCHE
Estaban al borde del precipicio.
El negro telón de la noche cubría los últimos campos y cerros.
Los orooks estaban fatigados, pero seguían el ritmo que les marcaban las sacudidas de las riendas de Jun, mientras Keema hacía de Ojo y vigilaba el camino que iba quedando a sus espaldas.
La emperatriz les dijo que lo percibía en el viento del sur.
Sentía que mi hijo se acercaba. Sentía el eco lejano de los duros cascos sobre la tierra.
—No los verás venir —decía Jun—. No los verás hasta que ya estén aquí.
—Son treinta —respondió Keema, mientras miraba por encima del techo de lona—. Claro que los veré.
Jun hizo lo que más molestaba a Keema: de alguna manera, a pesar de que llevara la máscara puesta, dejó entrever una sonrisa burlona.
Pero cuando las tierras que atravesaban empezaron a ascender y luego descendieron de pronto, guiándolos hacia un sombrío punto final, aquella sonrisa enmascarada se desvaneció, y la reemplazó una voz lúgubre que dejó helado a Keema:
—Tengo que decirte una cosa.
—¿De qué se trata?
—Ese que nos persigue, el Primer Terror... —Jun flaqueaba al hablar—. No creo que podamos escapar de él.
Las ruedas rebotaron sobre los irregulares surcos del camino. Keema aguardó a que Jun tuviese claro qué le quería decir.
—El Terror tiene buenas razones para matarme.
—Porque mataste a su hijo —respondió Keema, pues recordaba lo que la voz de aquel hombre había dicho la noche anterior donde la Puerta.
Jun callaba. Dos campos más allá, las sombras de la noche verdadera inundaban las tierras.
—El Terror hará cuanto pueda para quitarme de en medio —afirmó.
—Aún podemos llegar al río antes de que nos alcance.
—Yo no llegaré al río. —Jun se rio, como sorprendido por su propio pensamiento, por la verdad que contenía.
Keema se sentó.
—¿Qué estás diciendo?
—Si muero —dijo el muchacho que llevaba la máscara de demonio riente—, tú serás el único que podrá llevarla al este. Y espero que, si llega ese momento, cumplas tu palabra. Tu palabra como hombre de Daware.
Las antorchas que señalizaban la Puerta del Conejo aparecieron en el horizonte oscurecido cual pequeños dientes anaranjados.
La fortaleza estaba a la entrada de un angosto desfiladero, rodeada de manchones de bosque frondoso entre los que Keema no alcanzaba a distinguir más que la propia negrura.
Tenía una sensación como si estuvieran guiando a los orooks a las fauces de un demonio gigantesco.
Se enderezó sin levantarse del asiento. El camino que quedaba a sus espaldas estaba vacío.
No veían más que las tinieblas que de todo se adueñaban.
—Una cosa más —añadió Jun, como un hombre con la soga al cuello que piensa una última petición—. La tortuga viene con nosotros.
—Tenemos que pasar por la Puerta del Conejo —le recordó Keema—, y la Puerta del Conejo está esperando que le entreguemos una tortuga. Pasar por ahí y no entregar una tortuga... no es posible.
—Estás en lo cierto. No es posible —respondió Jun, que agarraba las riendas con tal fuerza que los nudillos se le habían quedado blancos—.
Y no tiene relevancia alguna para nuestro viaje...
nuestra misión. Pero, sin embargo... no puedo permitir que esa criatura muera.
—Antes de que Keema pudiera protestar, dijo—: Durante los seis meses que pasé en ese puto agujero, la emperatriz me quitó el velo de los ojos, y me rompió, y descubrí el precio de arrebatar una vida.
Que ese mensajero que hallamos en el camino sea el último en caer durante nuestro viaje al este.
Que sea el último clavo clavado en la pared.
No quiero que otra criatura muera por mis manos.
Júrame que me ayudarás a poner a salvo a esa tortuga. ¡Júramelo!
Keema tenía dolor de cabeza.
—Hace unos momentos me dijiste que, ocurriera lo que ocurriese, mi único objetivo sería llevar a la anciana al este. Ahora hablas como si la tortuga fuese tu principal prioridad. ¿En qué quedamos? ¿A quién quieres que lleve al este?
—A las dos. —La máscara de Jun se volvió hacia él en toda su riente locura—. Júramelo.
Keema suspiró desde lo más hondo.
—Estás loco —dijo.
—¡Júramelo! —gritó Jun—. ¡Júrame que salvarás la vida de esa condenada criatura! ¡Aunque yo me muera! ¡Júralo!
—Yo...
—¡Júramelo, si es que no eres un puto cobarde!
Con gélida premura, la cortina de la noche engulló el camino.
«... lo juro.»
Los orooks, que de noche no veían, tropezaron en su galope antes de pasarse al olfato, con el que siguieron los rastros de cálido aroma humano hasta las puertas de la fortaleza.
Antes de llegar, Keema visitó al Defecto. Le preguntó a la criatura cómo se encontraba, y entonces exprimió el agua de una de las cantimploras y le masajeó su caparazón caliente con un trozo de tela, como habían hecho los centinelas en la Puerta del Tigre con su propia tortuga.
—Esta se ha visto aún peor —respondió la tortuga con un suspiro de gratitud.
—Ya casi estamos —añadió Keema—. La Puerta del Conejo ya está cerca.
La criatura le miró con sus ojos pequeños y doloridos.
—Esta ha oído lo que tú y el enmascarado hablabais a propósito de esta. ¿Qué plan tienes entonces? —preguntó, en un tono que expresaba dudas de que Keema tuviera un plan y esperanzas de que sí lo tuviera.
—Un guerrero de la tribu Daware jamás revela sus planes —respondió Keema—. Así, el único que puede frustrar sus planes es él mismo.
—Unas palabras agudas, improvisadas para el momento. —El Defecto meneó la cabeza—. En resumidas cuentas, una gilipollez.
Keema se rio.
—Eres una tortuga sabia, ¿verdad?
—No tan sabia... al fin y al cabo... esta está aquí y confía en ti. —Tras mirarlo unos instantes, junto a la anciana silenciosa y postrada, le dijo muy flojo—: Esta sueña con las aguas del este.
Keema exprimió la última gota de agua. El placer de la criatura se volvía audible.
—No vas a ver la cima de esa torre —dijo el muchacho.
«¡Hombre de Daware!», gritó Jun.