La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA PRIMERO. en el que ofrecemos lo mejor de nuestra cosecha #17
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DÍA PRIMERO. en el que ofrecemos lo mejor de nuestra cosecha #17

Lo dijo algún tiempo más tarde, a propósito de nada, mientras viajaban encerrados en un silencio pensativo.

La voz de Jun se tiñó de un humor sombrío mientras se secaba las lágrimas de la barbilla.

Su manera de hablar recordaba a Keema la de los nobles de las casas de té.

En sus palabras había un rodeo bien practicado.

Indirecto, pero que siempre daba en el blanco desde el otro lado de una esquina. Un juego de palabras.

—No es fácil —repitió—, pero lo hago por razones que creo justas.

No he vivido una buena vida. Es mucho lo que tengo que reparar.

Así que la sigo a Ella, con la esperanza de redimirme en alguna medida.

Para esto vivo ahora. Este camino terminará probablemente con mi muerte, pero no tengo otro por seguir.

Se volvió hacia Keema.

—A Ella le gustaría hablar contigo —dijo con franqueza—.

Le gustaría enseñarte por qué lucha. Y luego lo más probable es que te vincule a nuestra causa, si eso es de verdad lo que quieres.

—Calló unos instantes—. Te lo digo como desconocido que le habla a un desconocido, Keema.

Te aconsejo que pienses bien lo que quieres antes de tratar con Ella.

El otro asintió.

—Vamos. Te está esperando.

Keema se metió en el carro sin darse cuenta de que la tablilla pornográfica se le resbalaba de los pliegues de tela y aterrizaba en el asiento del cochero. En cuanto la lona se hubo cerrado a sus espaldas, Jun la recogió. Y soltó un «hum» al inclinarla contra la luz.

Keema se estremeció.

El ambiente que se sentía dentro del carro era notablemente distinto del de antes.

El oscuro interior, iluminado por los rayos de luz que se filtraban a través de los jirones de lona, tenía la solemnidad de un oficio religioso.

Pequeños detalles que siempre habían estado ahí se le hicieron evidentes solo entonces.

Dos pequeños amuletos de madera, atados a uno de los nudos que sujetaban la lona.

Bagatelas con figura de gato que tintineaban al extremo de pequeños ganchos.

La luz estaba impregnada de humedad, como si una segunda capa de lona hubiera cubierto el techo y ocultado el sol lo suficiente para que a duras penas se percibieran sus efectos.

Keema se sentía atraído hacia el fondo del carro, donde Ella lo aguardaba.

Una atracción inexorable, como si una mano hubiera envuelto la suya y lo hubiera arrastrado hacia dentro, hacia un sitio donde se permitía entrar a bien pocos.

Tal como había que hacer cuando uno se dirigía a sus mayores, Keema se arrodilló ante la anciana, que, como siempre, estaba con las piernas cruzadas y los ojos cerrados, y muerta para el mundo en todos los sentidos.

Keema se sentó con las piernas plegadas bajo el cuerpo y le ofreció sus respetos, con una mera inclinación de cabeza.

Una vez que el joven hubo llegado, me dispuse a contárselo todo...

pero antes de que pudiera hablarle, la condenada criatura me interrumpió.

—Ten cuidado con Esa —murmuró el Defecto a Keema, tocándole con el muñón—. Piénsalo dos veces... antes de darle entrada.

El muchacho se sonrió ante la preocupación de la tortuga, aunque lo inquietaba que sus palabras de advertencia se parecieran tanto a las de Jun.

—Me andaré con cuidado —respondió, y apenas hubo pronunciado esas palabras, lo sintió en la oscuridad... cómo lo seducía para que le abriera su espíritu.

—Entonces cuídate —añadió el Defecto—, porque ella no se andará con chiquitas.

Keema se volvió hacia la anciana y se estremeció.

Tenía los ojos abiertos de par en par...

grandes esferas furibundas, con pequeños iris afilados como dagas, que lo contemplaban como si quisieran engullirlo.

Aquella visión lo horrorizó, el arrepentimiento le bullía en la garganta, la necesidad de gritar que había cambiado de idea...

de huir... pero antes de que pudiera virar el rumbo de su vida para dirigirse hacia lo conocido y seguro, sintió un dolor intenso, como si un dedo le rozara la frente, y cayó de espaldas en un sueño en el que no dormía.

La Luna cayó dentro de su mente.

La vio suspendida en un cielo de pergamino negro.

Me vio tan hermosa como había sido en otro tiempo.

En la oscura y vasta llanura de su mente, contempló el círculo perfecto que era Ella.

Cuando aún me llamaban Estrella de la Sombra, Hermana del Sol, Guardiana de la Noche y Final del Día...

Ojo del mar Durmiente. Entendió por qué la llamaban emperatriz.

Pero esto fue antes de la época del Trono, cuando mi provincia aún era el cielo, cuando iluminaba las estrellas y danzaba con la marea, y debajo de mí el Agua se henchía y descendía de nuevo, y nuestra danza era continua y eterna.

Vio el mundo de la noche tal como había sido antaño.

El fresco baño de luz suave que doraba las hojas.

Las flores que dormían acurrucadas bajo mi frío y amoroso toque.

Vio el mundo cuando estaba en silencio. Hace mucho, antes de que se contaran los días.

Cuando solo existía el amanecer y el ocaso.

La Luna se partió por la mitad como un huevo y Ella, tal como él la conocía, emergió del cascarón roto...

aquella anciana, aquella correa de cuero agrietada.

Agrietada y moribunda. Me había mantenido con vida por medios no naturales.

Había hecho que mi corazón latiera más lento para poder seguir en este cuerpo.

Esto es lo que hice mientras los peores de todos ellos me mantenían presa bajo sus aposentos reales durante décadas.

Keema vio la estancia donde la habían tenido encerrada.

Vio la caverna, la Puerta del Lobo y los numerosos guardias que a lo largo de los años la habían vigilado.

Y Ella le mostró la habitación que había tras la puerta, el espacio pequeño y oscuro que Ella llamaba hogar, donde se sentaba rodeada por un foso de agua y, suspendido sobre el agua, un pentagrama de redes, repleto de piedras antiguas.

No habría podido huir yo sola —cegada y enmudecida como estaba— y por ello convencí a alguien para que me ayudara.

Keema entrevió a un guardia con una máscara de pavo real, plantado frente a la Puerta del Lobo.

Vio al ajado emperador que daba vueltas y más vueltas en la cama, atormentado por sueños de inmortalidad.

Vertí esos sueños tan vívidos en el interior de mi desdichado hijo.

Falsas promesas de conseguir lo que Él ansiaba.

Tenía que distraerlo. ¡Tenía que debilitarlo antes de atacar!

Keema se estremeció cuando el emperador se transformaba en estallido de sangre.

Y una vez que Él ya no estuvo, tan solo quedaron tres hijos.

Tres Terrores que continuaron su reinado sobre este país expoliado.

Keema se turbó al contemplar las siluetas de los hombres sobre los que tanto se había susurrado durante aquellos días...

los tres demonios del Trono miraban a Keema como si hubiera sido un animalillo en la maleza.

Le dije al hombre de Daware que no se dejara engañar por su presencia, que no eran todopoderosos, pues habían nacido con una debilidad: los trillizos habían recibido tan solo una fracción de lo que les correspondía, un tercio del poder que podía poseer un solo emperador.

Por eso ansiaban el poder que les había sido negado desde su nacimiento.

Ah, se lo habrían apropiado por todos los medios necesarios...

, ¿lo entiendes, Keema?, ¿lo entiendes, Keema?

, ¿lo entiendes? Su Real Susurro se interrumpió a causa de una súbita visión...

de dientes que rechinaban sobre un hueso ensangrentado, porque tres niños devoraban el cuerpo de su madre...

querían comerme y tomar dentro de sí mismos mi poder...

—Y así —susurró Keema en trance, pálido y tembloroso—, gobernarían otra era bañada en sangre...

El Defecto miraba con preocupación mientras el joven y la emperatriz clavaban los ojos el uno en el otro y parpadeaban al unísono, y el joven hablaba con Sus palabras.

—Pronto voy a morir, pero antes de que me marche de este mundo y regrese al cielo acabaré con mis hijos, mis mayores amores , que me quieren tanto que me devorarían entera.

Iré al este y me encontraré con esa gente, esos de los que hablaba la comandante Araya, y si es necesario les entregaré mi carne para que coman y hereden mi poder en medida suficiente para poner fin de una vez por todas al Trono de la Luna.

Keema temblaba mientras aquella profecía abandonaba sus pensamientos y abría los ojos una vez más, y la anciana volvía a estar en Su posición anterior, sentada y en silencio, con los ojos cerrados, pero Sus labios, agrietados y envejecidos, hacían una mueca que bajo la luz oportuna parecía una expresión de autoridad y confianza. Ese era mi plan.

Ahora estás atado a Ella.

El Defecto suspiró, y lo único que atenuó su decepción fue la idea de que aquello había sido inevitable, como si la tortuga hubiera sido consciente de Su poder, Su capacidad de atracción, y no pudiera airarse más de la cuenta con la rendición de Keema.

—Pero lo que esta te había dicho antes... sigue siendo cierto... aférrate a ti mismo. Por grande que pueda volverse Su influencia. Aférrate a ti mismo.

Las palabras resonaron en la cabeza de Keema en el camino de regreso al asiento del cochero. El muchacho no podía parar de temblar.

—¿Ves ahora con mayor claridad? —preguntó Jun, rompiendo el silencio.

Keema no le respondió. Contemplaba el camino que serpenteaba entre los bajos cerros.

Todo le parecía profundo e irrelevante a la vez.

Una frívola grandeza. Una manera desconocida de estar vivo.

No sabía qué decir—. Sí —respondió Jun al silencio—. Yo tampoco.

Cabalgaron juntos hasta dejar atrás las últimas terrazas con arrozales.