La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA PRIMERO. en el que ofrecemos lo mejor de nuestra cosecha #16
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DÍA PRIMERO. en el que ofrecemos lo mejor de nuestra cosecha #16

—Yo era un guerrero de alto rango, al servicio de la familia real.

Respondía ante el Primer Terror en persona.

—Keema, que ya lo había sospechado, hizo un gesto con la cabeza para animarlo a continuar—.

Los últimos seis meses me dieron la orden de vigilar la Puerta del Lobo.

¿La conoces? —Keema negó con la cabeza—.

Es una puerta que está muy por debajo de palacio.

Es el lugar más preciado en toda la capital.

Y es donde la tenían a Ella. —Señaló con la cabeza a la parte de atrás del carro, como si hubiera tenido que aclarar quién era la Ella que aparecía en su historia—.

Cada seis meses se ordena a un nuevo guardia que se plante ante la puerta y durante seis meses ese guardia es la única persona que se interpone entre el mundo y el corazón del Trono.

—Se encogió de hombros—. Es más un símbolo que otra cosa.

Un rito de paso. Antes de que todo esto empezara, me tocó a mí encargarme de esa guardia.

Cuando me seleccionaron para ese puesto, sentí el mayor orgullo de mi vida.

—¿Qué ocurrió entonces? —preguntó Keema.

Jun volvió a encogerse de hombros, esta vez con mayor abatimiento.

—Ella transformó mi manera de pensar.

—¿Y entonces mataste al emperador?

Jun señaló hacia atrás con la cabeza.

—Lo mató Ella.

—¿Con una espada?

—Con Su mente —respondió Jun—. Le hizo explotar. Como un estornudo. Pintó las paredes de la caverna con Él.

—Qué asombroso —dijo Keema, al tiempo que movía la cabeza de un lado para otro. Luego frunció el ceño—. Yo pensaba que el emperador era todopoderoso.

Jun asintió.

—Él también —dijo.

El carro perdió velocidad, porque llegaron a un camino congestionado.

Estaban al final de una caravana de pasaje que se había detenido.

Las gentes que iban en los asientos de la caravana evitaban su mirada, sin más excepción que un niño, que les observaba con descaro, escudado tras el brazo de su madre.

Keema se preguntó qué ocurriría. Jun se puso en pie sobre el asiento para ver hasta dónde llegaba el atasco.

Alcanzó a ver hasta diez techos de lona.

Al parecer, más adelante había un control, que hacía que los vehículos salieran a un improvisado camino lateral. Eso fue lo que le contó a Keema.

—¿Hay espacio despejado para adelantar a los demás? —preguntó este.

—No creo... terminaríamos por meternos en el agua de los arrozales.

—Yo no trataría de hacer nada extraño, señores —dijo un hombre que iba en la caravana de pasaje. Evitaba mirarlos a los ojos—. Más adelante hay un Daido.

Jun suspiró sin moverse de su asiento.

—Mierda.

Keema se hizo eco de su opinión con un sombrío gesto de asentimiento.

—Me imagino que tendremos que esperar.

Tu padre había tallado uno, en una ocasión.

Siempre había expresado un gran desdén por las historias de tu lola, y todos vosotros os llevasteis una sorpresa cuando, poco después de su muerte, trató de esculpir aquel juguete mágico.

Si en algún tiempo había sido bueno con las manos, ese tiempo había pasado antes de que vinieras a este mundo, pero cuando surgió la necesidad de un objeto bendito que pudierais colocar en el altar de tu lola —porque la pequeña estatuilla Daido de tu lola había desaparecido junto con su daguerrotipo en tonos sepia, robada, tu tío lo tenía muy claro, por uno de los portadores del féretro—, tu padre asumió la tarea de esculpir otra que la reemplazara.

Tú y tus hermanos sabíais que vuestro padre no había esculpido nada en toda su vida, pero, afectado como estaba por su muerte durante la semana que siguió al funeral, todos vosotros acordasteis, sin comentar una sola vez la decisión, que le permitiríais que tratara de llevar a cabo la tarea, y que os morderíais la lengua mientras murmuraba y maldecía en el patio trasero, frente al pequeño bloque de piedra que había comprado a un cantero.

Cuando no estaba en la fábrica de textiles, estaba en el patio trabajando en el bloque...

o, inevitablemente, en el nuevo bloque que había comprado, mientras el viejo yacía desechado por algún rincón del patio, para que tú o tus hermanos tropezarais con él durante vuestros juegos de persecución.

Tu tío, que al principio se enorgullecía de su hermano por sus intentos de principiante, no tardó en poner cara de exasperación, mientras los encargados de la limpieza sacaban la piedra de la casa y la llevaban a los artesanos del lugar para que sacaran algo en limpio de aquel desastre.

Tu padre era persistente, eso sí. De noche, mientras te mecías en la hamaca y escuchabas los ronquidos de sus hermanos y la música de la radio de tu vecino por la ventana abierta, le oías picar piedra.

Oías su cantinela nocturna:

—¡Joder la mala puta!

Finalmente terminó. Al cabo de un mes, y mucho más pobre que al principio.

Los canteros del pueblo contaban sus monedas con fruición.

Lo encontraste arrodillado frente al altar de tu lola en uno de los cuartos laterales de la casa.

Sostenía el Daido sin apenas fuerza entre sus dedos vendados.

Tenía una expresión pensativa en el rostro, y tú sabías que eso significaba que no quería que lo molestaran, pero cuando te vio pasar, te pidió que entraras.

—Mira —te dijo, como si él hubiera sido hijo tuyo, para mostrarte lo que había hecho. Te entregó la estatuilla.

El Daido, tradicionalmente, era la efigie de un anciano de piernas cruzadas, con una mano en alto como para detener a alguien que pasaba por su lado y la otra extendida con la palma hacia arriba como para pedir dinero.

Las numerosas imitaciones que habías visto en la esquina de los artesanos capturaban con maestría la expresión tranquila pero distante del anciano, y su cuerpo demacrado y casi famélico.

El Daido de tu padre se parecía más a un bebé enfadado, y tenía una textura áspera, más piedra que persona.

Le dijiste que le había quedado estupendo.

Te pidió que te sentaras con él.

—Ella debió de hablarte de estas cosas —te dijo, mientras le devolvías la estatuilla.

De hecho, sí, tu lola te había hablado muchas veces sobre el Daido.

Le contaste a tu padre que nadie estaba seguro de quién era el anciano, que su verdadero nombre había caído en el olvido, que tan solo se recordaba su título: el Primer Mendigo.

Tu padre daba vueltas a la estatuilla con la mano.

El granito capturó la luz de la ventana a modo de luminoso rocío y por un mágico momento pareció como si tu padre, casi por accidente, lo hubiera imbuido con alguna suerte de esencia espiritual.

Le contaste que, si alguna vez surgía un peligro, proveniente de espíritus, o bestias, o cualquier otro origen, aquel Daido aparecería en el camino o en el campo, o a veces, incluso, en la superficie de un río, y la presencia de la estatua advertiría a las gentes de que no siguieran adelante.

De que retrocedieran, o dieran un rodeo.

Nadie pondría en cuestión al Daido. Y nadie, en ningún caso, pasaría de largo por su lado.

Aquella tarde te resultó tan extraña... fue una ocasión única, que no iba a repetirse jamás. A la mañana siguiente tu padre se sumergiría en las noticias de la guerra. Pero no ibas a olvidar jamás el día en que sentiste que lo habías visto de verdad.

La breve abertura, que había vuelto a cerrarse.

El Daido estaba sentado en medio del Camino de Abajo.

Los granjeros, silenciosos y reverentes, cambiaban el rumbo de sus carros, bajaban por las precarias curvas de los caminos repletos de baches que cortaban entre los arrozales, tan angostos que apenas si permitían circular en un solo sentido.

Se demostraba el debido respeto al Daido.

Hasta los carros hacían menos ruido al crujir con el lento avance de la fila.

Mi padre decía que, si hablas demasiado alto cerca de un Daido, lo que esté detrás te atrapará con sus poderosas garras.

Todos guardaban silencio, asustados, hasta Keema y Jun, que ni siquiera respiraban al acercarse a la curva del camino.

Keema había visto a tan solo otro Daido en su vida —sus apariciones habían sido más comunes durante el reinado de emperadores anteriores, cuando aún había más bosques y manantiales—, así que, cuando por fin se encontraron con aquel, se sorprendió, porque era más pequeño de lo que había esperado.

Observó en silencio, y con cierta inquietud, que todos los que pasaban cerca del Daido dejaban una moneda.

Algunos la depositaban con gran cuidado sobre un montón que la estatuilla sostenía con las manos, otros no osaban acercarse y la arrojaban desde su caballo o carro, y el suelo en torno a la estatuilla relucía a fuerza de pequeñas piezas de hierro y bronce.

Jun le entregó una moneda a Keema y dejó que fuese él quien la lanzara al Daido.

La pieza tintineó sobre el montón que crecía a los pies de la estatuilla.

Satisfecho con la suerte que habían comprado, Jun, que había vuelto a tomar las riendas, trató de azuzar a los orooks, pero entonces oyó la voz de Ella.

Le dije que parara.

Tan solo un momento.

—¿Qué sucede? —preguntó Keema.

—Es Ella —respondió Jun.

Había pasado mucho tiempo. Un tiempo muy largo desde la última vez que lo había visto. Sabía que no era él. Que tan solo era una estatuilla, esculpida con torpeza en roca vieja.

Pero de todos modos era... hermosa.

Keema oyó un sollozo. Se volvió hacia Jun y vio que lloraba. El llanto le perlaba la barbilla. Keema miró hacia otro lado, incómodo.

—Estas lágrimas no son mías —explicó Jun. Y luego, hacia atrás—: ¿Has terminado ya, señora mía?

Le dije que había terminado.

No quedaba más por recordar.

Jun sacudió las riendas, y los orooks gruñeron y tiraron del carro por el desvío. Jun no explicó qué había querido decir con que las lágrimas no eran suyas. Dejó atrás aquel momento y siguió adelante como si no hubiera ocurrido nada.

«Estar atado a ella no es fácil.»