DÍA PRIMERO. en el que ofrecemos lo mejor de nuestra cosecha #15
Le dije que se dijera a sí mismo lo que más le gustara, que me daba lo mismo, con tal de que cumpliera mis órdenes. Si ni tan solo era capaz de hacer eso, quizá lo reemplazaría sin más.
—Sabemos muy poco sobre el centinela. No sabemos qué es lo que quiere.
«Pues entonces inquiere sobre él», le respondí. Nos hallábamos en una situación en la que no teníamos muchas opciones para elegir y hasta que llegáramos a la Puerta del Conejo tendríamos tiempo de sobra para descubrir el valor de su carácter.
—Sí, señora mía.
Si estimaba que el hombre de Daware era satisfactorio, tenía que traerlo frente a mí, para que pudiera alistarlo en nuestra causa.
Jun se puso en pie.
—Lo que me ordenes —murmuró.
Yo le respondí: no vuelvas a decepcionarme, chico.
La próxima vez no voy a ser tan indulgente.
Keema iba en el asiento del cochero y sujetaba débilmente las riendas de los orooks.
Estaba recordando la sangre que había surgido del pecho del mensajero.
Había sido como descorchar un barril de vino.
Una sedienta repugnancia cobraba cuerpo en su garganta mientras se representaba aquel instante con el pensamiento, una y otra vez.
No era la primera vez que tomaba una vida y dudaba que fuera la última, pero, aun así, aquello no le facilitaba el seguir adelante.
No olvidaría el talón del hombre arañando la tierra mientras se retorcía bajo el peso de la lanza, ni los temblores finales de su cuerpo.
Para entonces ya se habían alejado bastante de la Aldea de las Cinco Hermanas en dirección hacia el este.
Las estribaciones de los montes se allanaban en largas y lisas extensiones de arrozales y en bosques frondosos aún por roturar.
El día, a pesar del calor, era hermoso. El sol, al descender de la elevada posición que había ocupado al mediodía, reflejaba su luz sobre el agua de los arrozales y transformaba el horizonte en un campo de oro resplandeciente.
Una brisa cálida arrastraba en su corriente un aroma de gachas dulces desde un caldero que había junto al camino, donde una joven, flanqueada por tres granjeros que esgrimían guadañas afiladas, servía a los viajeros hambrientos, a medio copán el cuenco.
Ella insistía en servir comida en el Camino de Abajo y nosotros insistíamos en protegerla.
Al verlos más adelante, Keema apartó los ojos por instinto y se quedó con la mirada fija en las riendas y en los orooks, pero cuando el carro pasó junto a aquellas personas, no le miraron con aversión, ni le gritaron ninguna palabra hostil.
La joven y sus guardianes contemplaron el emblema del Trono pintado en el costado del carro y le hicieron una profunda reverencia.
—Buenos días, mi joven señor —dijo la mujer.
—Buenos días —respondió Keema con voz quebrada.
El muchacho volvió su atención al camino, con una sensación de alivio en el pecho.
Sabía muy bien que no se habían inclinado ante él, sino ante el Trono, y que no lo habían hecho por amor, sino por miedo.
Pero, igual que le había ocurrido antes con el soldado en la hacienda, no pudo evitar cierta satisfacción ante aquellas muestras de respeto, aunque no se dirigieran propiamente a él.
Casi le bastaba para olvidar que poco antes había matado a un hombre.
Jun salió del carro. Se dejó caer en el asiento vacío y contempló el paisaje que iban dejando atrás, al tiempo que se rascaba los bordes desconchados de la máscara de demonio, que había vuelto a ponerse para gran decepción de Keema, que creía que el zorro era mucho más lindo.
A juzgar por la infatigable energía que gastaba, era evidente que Jun quería decir algo, pero no sabía por dónde empezar.
—Gracias —dijo—. Por haber hecho lo que yo no podía hacer.
Keema gruñó.
Al cabo de un rato, mientras observaba a un escarabajo que correteaba por el borde del carro, Jun señaló con la cabeza a la lanza que se interponía entre los dos.
—¿De verdad que vas a llevar eso por todo el país?
—Sí. —La respuesta de Keema no admitía réplica.
—Tu comandante debe de haber significado mucho para ti.
—Ella... —empezó a decir Keema, pero entonces se detuvo, porque por primera vez se le ocurrió preguntarse qué había significado para él.
En verdad, no sabía casi nada sobre la comandante Araya.
No sabía que había sido una traidora. Lo único que sabía era que le gustaba beber.
Que era muy cercana a Raami. Había oído rumores sobre la relación esporádica que mantenía con el Primer Terror.
Pero aparte de todo eso, a duras penas recordaba nada más sobre la vida que se había ocultado bajo su sonrisa.
—No hacía mucho que la conocía, pero me dio trabajo y alojamiento. Y me habló como bien pocos me han hablado. —Él mismo se sorprendió de la emoción que sentía... aquella súbita calidez y la sensación de pérdida—. Ella me... me respetaba.
Jun se recostó contra el asiento.
—Yo me había encontrado algunas veces con ella, siempre durante ratos muy breves.
—¿Ah, sí? —preguntó Keema, sorprendido.
—Sí. Mis obligaciones me habían llevado de vez en cuando a la Puerta del Tigre, seguramente antes de que tú llegaras.
Siempre que iba, me encontraba con que el número de huérfanos que vivía en la Puerta era aún más grande que en la ocasión anterior.
Parecía que fuera incapaz de decirle que no a un niño abandonado. Siempre me pregunté por qué.
—Yo no soy un niño abandonado.
—No quería decir eso.
—Soy más alto que tú.
Esto último hizo reír a Jun, y de una manera que no resultó desagradable a los oídos de Keema.
—Eso es verdad —reconoció.
—¿Quiénes son? —preguntó entonces Keema. El muchacho enmascarado le miró sin decir nada, y él le aclaró la pregunta—: Las gentes de las que Araya te habló. Con las que quería que te reunieras.
—Las Cinco Familias. —Había dicho aquellas palabras casi sin emoción, como si apenas le interesara lo más mínimo que los cinco dueños de las industrias del país tramaran un golpe de Estado—.
Al parecer, han estado trazando planes para esta semana desde que el emperador anunció su peregrinaje.
Mientras nosotros hacemos este viaje, sus ejércitos privados se disponen a reunirse a las puertas de la Ciudad Divina para emprender un asalto en el Quinto Día, cuando se supone que va a llegar el emperador.
—Soltó una risilla torva—. En lo que respecta a eso, les hemos facilitado considerablemente la tarea.
—¡Oh! —exclamó Keema, en tono de decepción.
Jun le miró.
—¿Qué pasa?
—Yo me imaginaba que te reunirías con personas no tan... adineradas.
—Por supuesto que nos reuniremos con ellos —respondió Jun—. Queremos triunfar.
Pasaron la hacienda de Syta.
Se desarrollaba una discusión frente a su entrada.
Un hombre gritaba a otros, que lo escuchaban de brazos cruzados.
La caravana había partido sin mi cosecha hacia la aldea donde se llevaba a cabo la recolección.
Les dije que necesitaba tan solo una hora más y los muy hijoputas se habían marchado de todos modos, y me habían arruinado la vida.
Iba a perder mi parcela. Iban a investigarme por blasfemia.
Era casi seguro que acabaría en Rocalegre.
Sí, claro, los demás me habían dado sus excusas, pero yo sabía muy bien que buscaban mi fracaso.
Querían quedarse con mis arrozales. El griterío fue a más hasta el punto de transformarse en pelea; un hombre agarró a otro por la delantera de la túnica, pero entonces vieron el emblema del Trono en el carro de Keema y Jun, e inclinaron de inmediato la cabeza.
—Buenos días, señores —dijeron.
—Buenos días —respondió Keema, y Jun levantó un dedo a modo de saludo.
Keema no sintió en el pecho el mismo alivio que le había inspirado la joven que servía gachas.
Cuando estuvieron a cierta distancia estiró el cuello y miró atrás.
Los hombres aún estaban con el cuerpo inclinado.
No se enderezarían hasta que los hubieran perdido de vista.
Keema se dejó caer sobre el asiento. Sentía algo en el estómago, casi como náuseas.
Se apercibió, por el rabillo del ojo, de que Jun lo observaba.
«¿Qué hacías antes de trabajar como centinela en la Puerta del Tigre?»
Keema le miró con una ceja arrugada.
—¿Por qué me lo preguntas?
—Porque querría saberlo —repuso Jun—. Podemos continuar en silencio, si así lo prefieres.
—Era mercenario —explicó Keema—. Cuando era más joven, andaba con una compañía libre.
Eso fue antes de que perdiera el brazo. Y luego viví de cualquier trabajo que encontrara.
No había mucho para elegir. El trabajo que más me duró fue de guardia en el Cuenco.
En una embarcación de recreo. Echaba a los borrachos que se metían con las trabajadoras del amor.
A eso me dedicaba cuando Araya me acogió.
—¿Cómo perdiste el brazo?
A Keema no le gustaba evocar aquel recuerdo, y por eso tenía una respuesta ya preparada, por si surgía la pregunta.
—De la misma manera como todo el mundo pierde el brazo —contestó.
—¿Y cuál es?
—Por mala suerte.
Jun se rio para sí. No insistió en el asunto.
—¿Y tú? —preguntó Keema, que empezaba a disfrutar de la conversación—. ¿Cuál es tu historia?
El cochero enmascarado pensó la respuesta unos momentos y después la dio, aunque con reparos.