La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA PRIMERO. en el que ofrecemos lo mejor de nuestra cosecha #14
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DÍA PRIMERO. en el que ofrecemos lo mejor de nuestra cosecha #14

—No —exclamó Jun, con voz seca y débil—. No podemos matarlo. ¿Qué es un asesino si no asesina? Jun no era más que el hijo de su padre. Ocurriera lo que ocurriese, siempre sería hijo de aquel monstruo. No lo voy a matar —murmuró, llevándose las manos a la cabeza.

Keema miró a Jun como si lo hubiera tomado por loco.

—Es él o nosotros —dijo.

Agarró la lanza y echó a correr.

Alguien se acercaba.

El mensajero se había golpeado la cabeza.

Estaba tan aturdido... no sabía lo que acababa de ocurrir, no lograba...

hacerme una idea. De pronto se había dado cuenta de que estaba tendido en el suelo, cuando momentos antes iba a toda velocidad sobre el caballo más rápido del regimiento.

El momento de mayor orgullo en toda mi vida fue cuando me dieron la orden real.

Pensé: Sí, esto era. Por fin iba a ascender.

Le goteaba sangre de la nariz. Se la tocó y sintió un estremecimiento.

Se cayó de espaldas y descansó unos instantes antes de tratar de levantarse de nuevo.

Se preguntó dónde estarían los viajeros.

¿Dónde estaba la ayuda? Me había roto la nariz.

Los sermones de Cassa no tendrían fin. Miró en todas direcciones en busca de ayuda.

Vio a una persona que, en la lejanía, corría hacia él.

Recuerdo que levanté la mano. Los llamé...

con voz nasal, asfixiada, mientras trataba de cortar el sangrado en la nariz.

Me reí. Venía ayuda. Todo se iba a solucionar.

La nariz no paraba de sangrarme. Tan concentrado estaba en la perspectiva de recibir ayuda que su ojo no registró que la persona se detenía y arrojaba algo en el aire.

La lanza trazó un arco y brilló en el punto más alto, y luego se alejó de nuevo del sol y clavó al mensajero contra el suelo.

Chillé.

El joven le había alcanzado y tenía los ojos puestos en él.

Chillé. El joven tenía un solo brazo, pero fuerte, y tras agarrar el astil de la lanza se la arrancó con facilidad.

Un chorro de sangre trazó una línea sobre la tierra.

Chillé. Y entonces clavó la punta en el corazón del mensajero.

N-no sé lo que ocurrió después. No lo sé.

El hombre se quedó con ojos vacíos, hundido, y Keema sintió el último pulso de su sangre, que recorrió el espinazo de la lanza de Araya y le llegó a la palma de la mano.

Mientras Jun miraba a otro lado, Keema arrancó el arma, y esta salió de la carne con un sonido nauseabundo.

El joven agarró al hombre por el tobillo, tan delgado que lo rodeó fácilmente con los dedos, y arrastró el cuerpo fuera del camino, hasta la maleza circundante, donde registró la túnica y las faldas del mensajero, hasta dar con la orden real de cerrar el puesto de control de la Puerta del Conejo.

Sintió alivio al encontrar la orden, porque así aquella muerte quedaba justificada a sus ojos, e inclinó la cabeza ante el cuerpo ya rígido en señal de reconocimiento de lo que había hecho, de su mala suerte y sus buenos deseos, y regresó al camino como si nada hubiera ocurrido.

Venían personas en ambas direcciones. Algunas habían visto lo que había ocurrido con el jinete.

Pero ninguna detuvo a Keema en su camino de regreso al carro, mientras se sacudía la sangre de la lanza.

Apartaban la mirada y guardaban silencio.

Seguimos adelante.

TARDE

Un cuerpo está echado en el escenario.

El bailarín había salido de entre bastidores tan solo para desplomarse en cuanto ellos aparecieron. Y allá, a un lado, sigue el cuerpo, sin que se mueva ni nadie le preste atención, mientras la historia continúa. El cadáver está a la vista en todo momento sobre las tablas del escenario.

«La mujer se detuvo sin más», dijo el soldado tuerto.

Recuerda aquella noche sagrada. Estabais los dos solos en la habitación a oscuras y él se veía mucho más pequeño de lo que se había visto a la entrada de la taberna, menos seguro de sí mismo, sentado en el borde de la cama, contándote su pesadilla.

—Mientras estás allí ves muchos cadáveres. Tantos que la mayoría dejan de ser cadáveres. Solo son... cosas. Y esa historia no cesa. Nunca sabes cuáles serán fáciles. Cuáles se te quedarán grabados.

Sorbió aire por la nariz.

—La mujer se detuvo sin más —decía—. Y yo la miré y me pregunté qué sentido podía tener todo aquello.

—Se apartó de ti, pero cuando le acercaste la mano, no te rehuyó.

Te hizo sentir el aliento que le recorría las espaldas...

las costillas que se abrían bajo su piel húmeda—. ¿Por qué hicimos todo eso?

«Por el bien común.»

Tu padre lo dijo sin dudar, como si hubiera quedado impreso en tinta en el telégrafo de su mente, transmitido por alguna fría y distante señal.

Él y uno de tus hermanos mayores volvían a discutir.

La cena se enfriaba. «Por el bien común» era la respuesta de tu padre a todas las dudas morales que tu hermano planteaba ante aquella guerra que no iba a terminar.

—¿Tú te crees que aquí hay algo que nos dieran gratis?

—preguntó, al tiempo que señalaba a la casa, a la mesa cubierta de fino encaje y sabrosa comida, cocinada por vuestras asistentas—.

Otros murieron para que nosotros pudiéramos vivir.

Otros sufrieron para que nosotros pudiéramos vivir en la prosperidad.

Así es como funciona el mundo. Creer otra cosa es negarse a crecer.

Aquello no convencía a tu hermano. Cuando por fin lo llamaron a filas, escapó, porque no quería dar la vida por una causa en la que no creía, y no lo volviste a ver. Todavía sientes su beso en la frente. Fue como un adiós. Tu padre no se lo iba a perdonar jamás.

—¿De qué hijo me hablas? —respondía a todo el que le preguntara.

«Mi hijo ha muerto.»

Eso era lo que pensaba el Primer Terror mientras guiaba a sus Pavos Reales hacia el sureste por las tierras aterrazadas de Yinn, en pos del aroma de su madre que sentía en el viento.

Se decía a sí mismo que Jun habría muerto, a pesar de que la descripción del joven con la máscara del demonio riente que le había dado la tortuga lo había hecho dudar, porque sabía que el Primer Guardia del emperador había poseído una máscara que respondía a aquella misma descripción, y que el Primer Guardia había muerto, pintado en las paredes de aquella caverna ensangrentada, muy por debajo de la tierra.

También habían encontrado allí abajo la máscara de pavo real de Jun y su preciado collar de huesos, y tantas vísceras que no cabía distinguir dónde terminaba un cuerpo y empezaba otro.

—¿Y si fuera él? —le preguntaron sus hijos mientras cortaban por los cerros.

Nuestro padre no quería ver lo que nosotros sí veíamos.

No era capaz. Lo amábamos por ese motivo, y por ese mismo motivo sentíamos frustración.

Los silenciaba con tan solo una mirada. Esa mirada les decía: «Basta de bobadas».

No había engendrado a un hijo capaz de traicionarlo...

no contemplaba semejante posibilidad, su amor por todos ellos era demasiado grande.

Acalló sus propias dudas. Aclaró sus pensamientos y los transformó en lo que ya no era más que un templo a su venganza.

Su hijo había muerto.

Al cabo, ya solo quedaban objetos.

En el carro lento y mal equilibrado, Jun se palpaba el cuello desnudo.

Era algo que en otro tiempo había hecho a menudo en busca de consuelo.

Había tenido por costumbre tocarse el collar que llevaba puesto, tejido con encaje de tigre y adornado con los huesos de sus hermanos caídos, y sentía la presencia de estos, que le daba coraje.

Pero ya no tenía aquel collar. Y tan solo sintió una profunda ausencia al retirar la mano y mirar a la anciana con semblante preocupado.

—Lamento no haber estado a la altura, señora mía —dijo.

El susurro de la emperatriz fue como un dedo frío en su cabeza, que ahuyentó todas las otras voces que se habían instalado allí, a la par que le explicaba en qué no había estado a la altura.

No escatimó detalles. Le dije que desde que habíamos salido de palacio había tomado una decisión errónea tras otra.

Había elegido caballos de corazón enfermo.

Había insistido en abandonar al hombre de Daware justo cuando más necesitábamos cuerpos que nos sirvieran.

Había tomado la desconcertante decisión de cargar con la tortuga defectuosa, que era casi literalmente un peso muerto.

Y al llegar el momento, se había mostrado incapaz de hacer lo que había que hacer...

Nuestro viaje habría terminado antes de tiempo si el hombre de Daware no hubiera estado allí para acabar con el mensajero a caballo.

Decir que no había estado a la altura era quedarse corto. Era peor que inútil, era positivamente un estorbo, y le dije que, si deseaba encontrar alguna absolución para su miserable vida, más le valdría cambiar bien pronto de conducta, porque, si no, estábamos todos condenados.

El otrora hijo favorito del príncipe heredero, tan temido por su despiadada crueldad, se inclinó ante aquella anciana que más bien parecía cadáver, tembloroso y a punto de llorar.

—Lo voy a hacer mejor, señora mía, sí, lo haré mejor.

«Bien», le dije.

—Pero es que juré que no volvería a matar —añadió—. Lo juré por tu honor.

Por aquel entonces me había parecido un juramento fastidioso, pero yo sabía que el muchacho lo necesitaba.

Tenía la necesidad de creer que sería capaz de cambiar.

Y por ello le dije que estaba bien, que, si insistía en poner freno a su espada, si de verdad no quería tomar otras vidas, entonces sería mejor que lleváramos con nosotros a alguien que sí estuviera dispuesto a hacerlo.

—Quieres que venga el hombre de Daware.

Sí.

—Señora mía, ¿qué diferencia puede haber entre matar a otro con mis propias manos y contratar a alguien para que lo haga?