La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA PRIMERO. en el que ofrecemos lo mejor de nuestra cosecha #13
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DÍA PRIMERO. en el que ofrecemos lo mejor de nuestra cosecha #13

—Puede ser que nuestra presa haya cambiado de máscara —explicó casi cuchicheando a sus hijos, a quienes había reunido a su alrededor al pie de la torre de vigilancia. Sus Pavos Reales, hambrientos, aguardaban con ansia la orden de su padre—. ¡No importa si son ellos o no! Iremos a por ellos igual.

Un hombre cerró los brazos contra el pecho del otro.

Keema se estremeció. El hombre había derribado a su oponente en el suelo.

En un extremo de la pista, un niño que sostenía una brocheta de panecillos dulces se reía a carcajadas, encaramado sobre los hombros de su madre.

Contemplamos a los luchadores, rugimos, y desatamos el fuego que llevábamos en el vientre.

Los malos espíritus abandonaron nuestros cuerpos y se elevaron hacia el cielo.

El redoble de tambores se acomodó a un ritmo acompasado, terreno, y otras parejas salieron de entre la multitud ataviadas con faldas ceremoniales, dispuestas a luchar en honor de aquel día bendito.

Keema se subió al asiento del vehículo para tener mejores vistas de la pista.

El corazón le latía con fuerza, pues incluso en tiempos difíciles siempre había algo atractivo en la pelea, pero la alegría que hubiera podido sentir le duró poco, porque al mirar a la pista lo único que veía era a Raami, que señalaba desafiante a la multitud, y a Araya, de pie sobre el muro, mirándolos a todos con su sonrisa de borracha, e incluso a Vogo, que se aferraba con desesperación a su pierna y le susurraba todos han muerto , y todo ello apagó como un soplo la llama que ardía en la vela de su entusiasmo, mientras las multitudes vitoreaban, y Keema apartaba los ojos, incapaz de mirar.

«Disculpa, señor.»

Keema volvió los ojos. Una mujer de cuerpo enjuto y fuerte, y expresión secretista, estaba de pie junto a su carro.

Tenía el cabello ralo, desigual, como si se lo hubiera cortado ella misma sin la ayuda de un espejo...

irradiaba una energía ansiosa y miraba en derredor para ver si alguien los observaba.

—¿Sois vosotros los que transportáis la nueva tortuga al puesto de control de la Puerta del Conejo? —preguntó.

—Sí —respondió Keema con prevención, y su mano apretó el astil de la lanza con fuerza aún mayor.

—Bien, bien. Yo soy el enlace —explicó la mujer, como si Keema hubiera tenido que entender algo.

—De acuerdo —repuso este.

—Bueno —prosiguió ella—, ¿estáis a punto para confiárnosla?

—No sé de qué me estás hablando —replicó Keema.

La sonrisa de alivio de la mujer se desvaneció.

—La... entrega. Debéis de haberla traído hasta aquí, ¿no?

Keema, que empezaba a creer que aquella persona estaba trastornada, replicó con sequedad:

—No sé de qué me estás hablando. —Sacudió la lanza—. Ya puedes marcharte.

—No me toques los ovarios, mutilado —replicó la mujer, y Keema se sobresaltó—. El ave. ¿Dónde tenéis el ave?

Entonces, de pronto, Keema recordó al demonio de brillante color púrpura que había liberado, no sin que este le arañara el rostro, y al soldado que había encontrado en la hacienda y que le había dicho que le habían confiado una misión secreta, y que lo que se pagaba por ella valía la pena hasta el punto de arriesgarse a cometer traición.

La mujer estaba con la mano tendida, temblorosa, a la espera de lo que tan solo él podía darle, y Keema sintió una extraña vergüenza, una punzada de culpa, por haber dejado escapar al ave que ella tanto deseaba.

No sabía qué decirle, aparte de que lo sentía.

Por suerte, no tuvo que soportar durante mucho tiempo sus gruñidos, porque Jun se subió al carro con las cantimploras llenas y anunció que había llegado el momento de marcharse.

—¿Vienes con nosotros? —preguntó Jun.

—Vámonos —respondió Keema. Y mientras Jun fustigaba a los orooks y las ruedas del carro empezaban a girar entre crujidos, Keema sostuvo en alto la lanza frente a la mujer y le dijo—: Mis disculpas, desconocida. Espero que termines por encontrar lo que buscas.

Mientras se marchaban, a la mujer se le hincharon las venas de la frente de pura rabia.

—Espero por vuestro bien que todo esto no sea más que una broma a mi costa. No tenéis idea de la ira que... NO TENÉIS IDEA DE LA IRA QUE CAERÁ SObrE VUESTRAS CABEZAS SI ESA AVE NO...

Pero no pasó mucho rato hasta que el tumulto de la muchedumbre engulló a la mujer.

En cuanto la hubieron perdido de vista, Jun contempló a Keema con la máscara algo ladeada, pero Keema, que no sabía qué responderle, simplemente se encogió de hombros.

Mientras no cruzaron la puerta oriental de la aldea, no le contó que aquello había tenido algo que ver con el ave que él mismo había liberado.

—Ya veo —observó Jun.

—¿De qué va esto?

Jun resopló.

—Tengo la sensación de que están ocurriendo muchas cosas que no vemos.

¡Cuánta razón tenía!

Diez minutos antes, junto a la torre de vigilancia de la Puerta del Mono, el Terror había contado a sus hijos lo que pensaba hacer.

—Dejaré que se marchen. —Alzó la mano, adelantándose a las protestas de sus Pavos Reales, para silenciarlos antes de que pudieran decir nada.

Paciente como siempre, no era hombre que desaprovechara una oportunidad de instruir a sus hijos, aun cuando el tiempo apremiara—.

No, no serviría de nada que avisáramos a los guardias de la aldea.

Yo no confiaría en que el regimiento local los capture.

Tan solo conseguiríamos provocar un desastre.

Además, a mí no me van a privar de mi caza.

De nuestra caza. Debemos atraparlos nosotros mismos, lo que significa cortarles las vías de escape.

Se dirigen al este, probablemente a los Mil Ríos.

Y sabemos que la única manera de salir de las tierras aterrazadas por el Camino de Abajo es pasar por el puesto de control de la Puerta del Conejo.

—Pero la Puerta del Conejo todavía está sin tortuga —señaló el de más edad—. No podemos ordenarles el cierre de puertas desde aquí.

—No se lo podemos ordenar directamente a ellos —reconoció el Terror.

Y así le dijo lo siguiente a la tortuga de la torre de vigilancia:

—Transmite este mensaje a los soldados de la Aldea de las Cinco Hermanas: el príncipe heredero quiere que envíen un mensajero al puesto de control de la Puerta del Conejo, con premura, a caballo. El mensajero llevará esta nota.

Una orden real dicta que cerréis las puertas a todos los viajeros, sin excepción, hasta que llegue la Brigada del Pavo Real Rojo.

Más allá de los últimos toldos, en tierras desprotegidas frente al sol, avanzaba el carro de la emperatriz, sin que sus pasajeros tuvieran noticia de las conspiraciones del Primer Terror.

Iban en dirección contraria a la mayor parte del tráfico, porque las gentes seguían llegando a la aldea con la esperanza de entregar sus cosechas a una caravana que no iba a llegar.

Keema y Jun bebían a grandes tragos el agua de sus cantimploras.

Casi les dolía al descender por sus gargantas resecas.

Tan solo una excepcional disciplina les impedía terminar sus raciones de agua con un único y furioso trago.

—Qué fácil es olvidar la sed que uno puede llegar a sentir —dijo Jun, distraído, y se volvió, al tiempo que levantaba la máscara y bebía.

Keema asintió con un murmullo de satisfacción y, tras limpiarse los labios humedecidos, se fue a la parte de atrás y dio un poco de agua al Defecto que había vertido en un cuenco de madera poco profundo que había encontrado en el baúl de la ropa.

Volvió los ojos hacia la anciana y preguntó a Jun si Ella bebía.

La respuesta fue que no. Los cuidados de los mortales no me incumben.

No podía decirse lo mismo de Keema, que anunció que tenía que hacer sus necesidades.

—Ahora no pararemos —dijo Jun, cuando Keema se disponía a bajar del carro.

Keema se rio por lo bajo.

—Ya os daré alcance.

Saltó del carro a un arbusto que había a un lado del camino.

Al evacuar, sintió que todo él se relajaba, como si cada uno de sus músculos hubiera estado tensado al límite durante las últimas veinticuatro horas.

La tierra ardía de tal modo que se oyó un siseo.

Keema exhaló un suspiro reflexivo. Con mirada lánguida, observó el camino por el que habían venido, se tensó por un instante al ver un caballo que se acercaba a gran velocidad, y volvió a relajarse cuando el jinete los dejó atrás al carro y a él mismo, sin demostrar interés alguno, y se alejó a gran velocidad.

Keema no volvió a pensar en el jinete hasta que trepó al carro y el Defecto gritó:

—¡Esta ha olido a un mensajero! ¡Cabalga hacia la Puerta del Conejo! ¡Detenedlo!

Keema y Jun clavaron los ojos en el jinete que se desvanecía en el horizonte. El propio calor hacía que su imagen de difuminara en la lejanía.

—No lo vamos a atrapar —dijo Keema—. Imposible.

—¿Qué mensaje lleva? —preguntó Jun.

—¡Esta no lo sabe! —respondió la tortuga—. Esta tan solo huele su premura.

Desde atrás, Su Real Susurro dio una palmada en el cogote a Jun. Todavía estaba demasiado fatigada, demasiado débil como para detener al jinete, pero le quedaba lo necesario para dar a conocer Su orden.

¡Les exigí que actuaran con rapidez!

Entonces intervino un extraño golpe de suerte, que entró en escena como en respuesta a una señal: un pequeño objeto descendió del cielo como un cometa, golpeó al hombre que iba a caballo, lo derribó de la silla sin hacer ruido alguno.

Al principio, Keema pensó que aquello había sido obra de bandidos, que alguien había arrojado una piedra con una honda desde la maleza circundante, pero entonces la «piedra» se elevó de nuevo hacia el cielo, desapareció en la luz, mientras el caballo que había montado el jinete, sobresaltado, corría por el camino y luego se detenía junto a unos arbustos en el margen.

Keema y Jun se levantaron de sus asientos y observaron desde lejos a la figura.

Rodaba sobre el suelo. Estaba vivo. Aún le quedaba tiempo para perseguir al caballo. Keema y Jun se miraron.