DÍA PRIMERO. en el que ofrecemos lo mejor de nuestra cosecha #12
Después de que tu padre se llevara la radio familiar de la sala y la pusiera en su dormitorio, donde podía escucharla todo el tiempo que quisiera sin interrupciones, tú y tus hermanos, privados de vuestros seriales, no tuvisteis más remedio que confiar en la memoria para entreteneros durante los meses de verano.
Al principio no hacíais más que recordar las historias del capitán Domingo y de su tripulación de marginados en su viaje al corazón del imperio.
Os turnabais en el papel de narrador, os esforzabais por recitar vuestros episodios favoritos palabra por palabra.
Todos los hombres del inquisidor apuntaron sus rifles a las vidrieras de la iglesia.
Por sus crímenes contra el virrey, Domingo debía morir.
Pero sus miras no hallaron una víctima desprevenida, sino un hombre que jamás iba al combate sin un plan...
un hombre que, con un guiño, os descubrió el detonador que llevaba en su mano enguantada.
Pero cuantas más veces recreabais aquellos acontecimientos, mayores eran las desviaciones que os permitíais respecto al guion, hasta que terminabais contándoos historias totalmente inventadas, protagonizadas por vosotros mismos, vuestros hermanos, vuestros amigos.
Esas eran las historias más divertidas de contar, y las que terminabais con mayor tristeza cuando las llaves tintineaban en la cerradura y tu padre llegaba a casa del trabajo, cansado y enfadado.
«¡Está aquí!», gritó un hombre desde la muralla. «¡El príncipe está aquí!»
Así pues, es una emoción familiar la que sintieron los centinelas del puesto de control de la Puerta del Mono cuando se anunció la presencia del Primer Terror: la tentación de huir, aunque el decoro y las normas de respeto les exigieran quedarse allí y dar la bienvenida a un hombre que habría podido cortarles la cabeza por mero capricho.
Formamos en el patio tan rápido como pudimos.
Nuestro comandante salió corriendo de su despacho justo cuando los caballos entraban por la primera puerta.
Un miedo decididamente infantil los mantuvo con la vista clavada en el suelo mientras el Terror saltaba de su caballo.
Anduvo con pasos vigorosos frente al comandante, que le hizo una reverencia, y subió sin apenas esfuerzo alguno y de forma tan repentina a la torre de vigilancia de la tortuga que sorprendió a la criatura.
Cesó todo movimiento en el puesto de control, todos los centinelas callaron, los Pavos Reales se quedaron con mirada fija e inexpresiva, mientras el príncipe y la tortuga departían por encima de todos ellos.
La tortuga, presa del pánico y al mismo tiempo aliviada, preguntó a su señor qué noticias tenía de palacio, porque ninguna de sus hermanas respondía a su llamada, pero el Terror no hizo más que levantar la mano e imponerle silencio.
—Necesito tus ojos —le dijo—. Anoche un carruaje pasó por el puesto de control de la Puerta del Tigre.
Tu hermana que está en la torre de vigilancia de la Puerta del Tigre debió de ver el carruaje y su cochero, pero luego la comandante, que era una traidora, le dio muerte.
Quiero saber quién conduce ese carruaje y quién viaja en él. Y también dónde se encuentra ahora.
La tortuga asintió y se rio sin estridencias, mientras lloraba a su hermana perdida.
—Lo vio, lo vio.
La tortuga cerró los ojos mientras recordaba la última transmisión de su hermana.
—Sí, vio en el carruaje del cochero... a un joven.
¿Quién? Estas no lo saben, pues llevaba la máscara de un demonio riente.
—El Terror frunció el ceño y, paciente, preguntó si había visto a alguien más—.
Nadie que estos ojos pudieran ver, antes de contemplar la luz de la espada que descendía. —La criatura se estremeció.
—¿Y en el Camino de Abajo? ¿Alguna de tus hermanas lo vio?
La tortuga gimoteó, abrumada por el recuerdo de la muerte de su hermana y por el olor de la insistencia y la rabia del Terror.
Alargó la cabeza hacia el cielo y llamó a sus hermanas a lo largo de aquel camino del sur, tan lejano...
sobre los cerros y bosques frondosos de las tierras aterrazadas, hasta el largo y descuidado camino donde se abarrotaban los peregrinos que viajaban al este.
Un camino que serpenteaba por entre los cerros hasta la Aldea de las Cinco Hermanas, donde estaba su hermana más cercana a la Puerta del Tigre, y donde, según se enteró, empezaba a reinar la agitación entre las gentes.
La cosecha aún no había empezado.
Cientos de agricultores de los terrenos cercanos a las terrazas del señor Yinn se reunían en aquel pueblo de poco tamaño, enclavado entre los cinco distintivos cerros que le daban su nombre.
Las gentes se apiñaban en callejones y balcones, demasiadas como para que el pueblo pudiera darles alojamiento, pero no teníamos más opción que ir...
o te presentabas, o le pasaban tu arriendo a la siguiente familia ; las gentes estaban confusas y enojadas, sudaban bajo el sol del mediodía entre los productos del campo, porque la caravana de recolección del emperador, que habría tenido que llegar mucho antes, aún no había aparecido.
Con el paso de las horas, el ambiente se volvía más tenso, más vivo.
La tortuga, en la torre de vigilancia del pueblo cercana a la plaza central, se encogía ante el rojo hedor de agitación que emanaba de la multitud, mientras entraban todavía más agricultores por las puertas, con ollas de arroz, ganado sujeto con correas y gavillas de trigo sarraceno.
Bien pocos de nosotros pudimos dormir. Nos despertó en plena noche un extraño e intenso escalofrío, que nos llenó de inquietud y nos hizo sentir...
diferentes. Llegaban rumores sobre perturbaciones en el oeste, sobre una inexplicable columna de humo que teñía el cielo sobre las Agujas occidentales, y el estruendo de una poderosa explosión que algunos oyeron por azar mientras deambulaban insomnes durante la noche, pero como nadie podía dar ninguna explicación para tales acontecimientos —ni noticias de la tortuga, que por lo general era generosa con la información de ese tipo—, esa charla no hizo más que agravar la frustración que había ido creciendo en sus corazones desde la madrugada.
Los pocos guardias reales que por casualidad estaban presentes respondieron a las preguntas lo mejor que pudieron; esto es, dijeron que todo lo sucedido se ajustaba en todo al plan de Su Sonriente Sol.
Sabíamos que existía una posibilidad de que la situación se volviera violenta.
Nos decidimos por decirle al Hombre-Anciano del lugar que comenzara con las representaciones y los juegos.
Y así, al son del cuerno y de un breve discurso, los jóvenes de la banda de tambores tomaron las baquetas y se abrió la pista de baile.
Y entre los gritos de los danzantes y los vítores de la multitud, la tortuga que estaba en la torre de vigilancia fue mirando entre los rostros, hasta que distinguió un carro del Trono que entraba por la puerta oeste, guiado por un joven que se cubría con la máscara de un zorro sonriente.
Dentro del carro, la cabeza del Defecto se iba volviendo en casi todas las direcciones.
—Aquí hay... muchos... olores. Esta tiene... dificultades para concentrarse... en un solo pensamiento.
La imperiosa tortuga de la aldea seguía con la cabeza al carro recién llegado.
—Había visto ya a esa —le dijo el Defecto a Keema—. No se entiende por qué esa no permite que una entre en sus pensamientos. No deberíamos quedarnos mucho tiempo.
Keema se lo repitió a Jun, que iba al frente.
—De acuerdo —respondió—. Solo pararemos para hacer provisión de agua.
La muchedumbre les abrió paso en seguida, porque sabían que no les convenía ponerse en el camino de un carro real.
Uno de los confusos guardias corrió hacia ellos y les preguntó si venían con alguna noticia de palacio sobre la hora a la que iba a llegar la caravana.
Jun se disculpó y le respondió que sabía lo mismo que él, y el guardia, abatido, se fundió con la multitud mientras ellos continuaban en dirección a las bombas de agua.
No se daban cuenta de que una mujer los observaba desde el otro extremo de la plaza del pueblo, oculta en las sombras.
Tenían toda su atención puesta en la larga cola de sedientos que aguardaban su turno para las raciones de agua.
La fila daba la vuelta a varias casas y bajaba por un callejón de terracota. Jun miró a Keema.
—Si nos separamos en esta aldea, solo te pediré que esperes a marcharte hasta que yo haya regresado. Preferiría que el carro no quede desprotegido mientras no estoy.
—Yo vigilaré —aseguró Keema.
La nueva máscara de zorro de Jun le miró largamente. A sus espaldas los bailarines se inclinaron, todos en una sola hilera, al finalizar su primera actuación.
—De acuerdo —dijo Jun por fin.
Con el puñado de cantimploras en la mano, saltó del carro y se dirigió a la fila.
Anunció a pleno pulmón que estaba allí por asuntos del Trono y que tenía que pasar en seguida.
Los demás, refunfuñando, le hicieron sitio al principio de la hilera, donde Jun puso las cantimploras en manos del Proveedor de anchas espaldas, porque a pesar de lo mucho que había cambiado durante las últimas semanas, Jun aún sabía actuar como hijo de príncipe.
Aguardó de brazos cruzados mientras el irritado Proveedor accionaba la bomba.
Le habría dado de patadas a ese crío malnacido hasta dejarlo aplastado contra el suelo, si no hubiera salido de un carro del Trono.
Mientras tanto, arriba, la tortuga transmitía la escena a su hermana del norte, personajes incluidos.
El Terror tamborileó con los dedos.