La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA PRIMERO. en el que ofrecemos lo mejor de nuestra cosecha #11
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DÍA PRIMERO. en el que ofrecemos lo mejor de nuestra cosecha #11

—Sí, esa delicia —repuso Jun—, hecha a bajo precio por las manos de un niño pobre. Te la compro por dos copanes.

—Venga usted aquí, por supuesto que podemos negociar un precio por...

Jun sostuvo las dos monedas en alto.

El entusiasmo desapareció del semblante del vendedor. Al fin, aceptó el precio. Jun tomó su nueva máscara y aguijó a los orooks para alejarse de aquel hombre.

Keema, por su parte, no podía dejar de mirar aquellas misteriosas mercancías.

Su historial previo con tenderos se caracterizaba por una deprimente constancia...

la mayoría lo echaban por miedo a que ahuyentara a sus otros clientes.

Aquel vendedor no parecía sentir tales escrúpulos.

Keema pensó que hacerse pasar por transportista al servicio del trono tenía sus ventajas. Pero había un problema.

—No tengo dinero para gastar.

Sus ahorros se habían quedado en la Puerta del Tigre, ocultos bajo algún madero caído.

—¿Ah, no? —repuso el vendedor.

Mientras este hacía todo lo posible por conservar su atención, el Defecto oyó risillas en el fondo del carro. La tortuga levantó la cabeza. Miró hacia la parte de atrás del vehículo. Estábamos cerca. Le hicimos un gesto al vendedor de bagatelas para que los entretuviera.

Jun había guiado a los orooks hasta el otro lado del camino, y el vendedor de bagatelas los siguió, sudoroso.

—¡Esperen, esperen! ¿Dicen ustedes que no tienen dinero?

Lo entiendo a la perfección. No me importa quiénes sean ustedes, ni si trabajan en las canteras o son asistentes de la familia real; vivimos tiempos difíciles, todo el mundo está sin blanca.

Así, señores míos, a modo de reconocimiento de ese hecho, y de sus titánicos esfuerzos por servir a nuestro glorioso país, querría ofrecerles una mirada a cierto...

objeto de coleccionista... ¡sin coste alguno, por supuesto!

—Hasta las orejas de Jun se enderezaron al oír las palabras «sin coste alguno».

El vendedor de bagatelas les hizo una profunda reverencia, en un valeroso esfuerzo por seguir el paso del carro, mientras hacía un gesto a su propio cochero para que lo siguiera—.

Créanme que no hay para tanto. Tan solo un gesto pequeño, rutinario, que quiero hacer en esta Santa Semana llena de buenos auspicios.

Así que, por favor —dijo, al tiempo que descubría el llamado estante de rebajas—, vean ustedes, pero no toquen.

Keema, que estaba masticando un trozo de cecina, estuvo a punto de escupir una nube de carne al ver lo que les enseñaban.

Había tablillas con grabados pornográficos dispuestas sobre el estante.

—Esta es una de mis favoritas —dijo el vendedor con un guiño mientras señalaba la tosca plantilla de una mujer poseída por un lobo lujurioso.

Había muchas variedades de pornografía en exposición, aparentemente en todas las combinaciones posibles—.

¿Los clásicos son de su gusto? —Les enseñó a un hombre y una mujer gimiendo en posición horizontal—.

¿O acaso prefieren las parejas menos convencionales?

—Les mostró parejas tan sorprendentes, con las piernas apuntando en todas direcciones, que ninguno de los dos se percató del alboroto en la parte trasera del carro.

Prendimos fuego a la lona. Soplamos. Y una vez que estuvo ardiendo, echamos a correr sin mirar atrás.

De no haber sido por el abrumador hedor del Defecto, Keema y Jun tal vez habrían olido el furioso aroma de las llamas.

Pero no se dieron cuenta de que el fuego subía por la lona de atrás hasta que la propia tortuga gritó: «¡Fuego!

¡Fuego!». Echaron a correr cada uno por un lado del carro y se encontraron detrás.

Arrancaron la lona y la golpearon contra el suelo, apagaron las llamas con sus sandalias hasta que no quedó más que ceniza ennegrecida.

Sudorosos, buscaron al culpable. Las gentes iban pasando a su alrededor sin que se apreciara nada en particular.

El vendedor de bagatelas también había desaparecido.

—¿Qué diablos ha ocurrido? —preguntó Jun.

Se estremeció, porque una mujer montada a caballo escupió en el suelo, a sus pies, y luego se alejó a toda velocidad, con el corazón que me martilleaba, jamás en mi vida había hecho nada semejante, me moría de ganas de contar a Momo lo que había hecho a aquellos perros del Trono.

A juzgar por las miradas de los que pasaban, estaba claro que no era la única que quería demostrarles lo mucho que los quería.

—Deberíamos seguir adelante —propuso Keema.

Jun estaba de acuerdo y ocupó el asiento del cochero, y se encargó de las riendas de los orooks, mientras que Keema caminaba después del carro, lanza en mano, para proteger la parte de atrás.

Terminaron por ver que aquella precaución era innecesaria, porque nadie más se atrevió a acercarse a ellos, y ya había quedado claro lo que pensábamos de ellos.

Y aunque por el momento el vendedor de bagatelas se hubiera salvado de las represalias por haber participado en la quema de la lona, Keema no se llevó ningún gran disgusto por ello... después de todo, se había vengado ya.

Keema sujetó la lanza bajo el brazo y sacó el objeto robado de un pequeño bolsillo que llevaba cosido en el forro interior de su jubón.

Examinó la tablilla pornográfica.

La tablilla era delgada, como una galleta, ligera y de aspecto frágil, y estaba hecha de una cerámica tan roja que le recordaba a Keema el color de un dedo que acaba de sufrir un pinchazo.

El dibujo que la profanaba estaba hecho con tinta negra y pincel fino, con líneas cuidadosas, estudiadas y resueltas.

Había una limpieza en la representación del abrazo que fascinaba a Keema y a la vez contrastaba con su propia experiencia de la cercanía física, que consistía o bien en los golpes sangrientos del combate o bien en descripciones de segunda mano de hombres borrachos que no eran lo que se dice ingeniosos en sus relatos de hazañas de burdel.

El dibujo carecía de profundidad, como era propio del estilo de la época.

Apenas si se había empezado a experimentar con la perspectiva en las artes formales, como se apreciaba en los tapices y encargos más recientes del emperador.

Los miembros de los participantes en aquella danza existían todos ellos en un mismo plano, sin dejar ningún detalle a la imaginación, como si ambos cuerpos se apretujaran contra la superficie de la imagen y pugnaran por atravesarla.

Lo inusual, pero no del todo extraño, era que ambos amantes fueran hombres.

Una mirada furtiva a un lado le informó de que estaba solo, de que no corría ningún peligro por mirar con mayor atención.

¿Había elegido a propósito aquella tablilla, o se la había llevado porque era la más fácil de hurtar?

El propio Keema no habría sido capaz de decirlo, pero no tanto por vergüenza como por incertidumbre e inexperiencia.

A diferencia de tu época, en la que se fomenta el orgullo masculino para impulsar el esfuerzo bélico y se idealizan ciertos tipos de familia por encima de otros para que no falten niños que en el futuro se alisten en el ejército —tu abuelo, durante el escaso tiempo en el que lo trataste, se preocupaba por asegurarse de que tú y tus hermanos tuvierais los apetitos que juzgaba apropiados—, la unión de cuerpos similares entre sí como eran aquellos no era objeto de menosprecio en la era del Octavo Emperador.

Se sabía muy bien que este gozaba de un gusto amplio y acogedor en materia de amantes que compartían su lecho, y comunicaba tales sentimientos a través de su red de tortugas en los días en los que albergaba la esperanza de atraer al umbral de su puerta a los amantes más atractivos del país.

Las líneas de tinta negra representaban los cuerpos de dos hombres de pecho ancho, desnudos.

Nos contrataron para posar para el artista, conocido por estas tablillas.

En ese mismo día nos conocimos. El hombre más corpulento estaba recostado sobre una almohada, con las manos tras la cabeza, en un estado de absoluta relajación, mientras que el más delgado estaba echado sobre él y acariciaba con una mano el voluminoso miembro de su compañero, mientras que con la otra le guiaba la barbilla hacia el cielo.

Ambos habíamos oído historias de trabajos como ese que terminaban mal, pero aquel fue fácil.

Al artista no le gustó que nos riéramos sin cesar mientras estábamos ahí agarrándonos las pollas, pero tampoco nos dijo que paráramos.

Solo nos pidió que nos quedáramos quietos unos minutos más.

Nos pagó bien. El goce con que realizaban aquel acto se reflejaba en las expresiones de los hombres dibujados sobre la arcilla.

El inicio de una sonrisa, incluso de una risa, en medio de un único momento de intensidad, mientras nos decían que nos miráramos a los ojos y sostuviéramos esa mirada.

Y a pesar de su propia agitación —una torpeza en sus andares mientras se adaptaba a una erección creciente—, Keema se maravillaba de la seguridad con que se miraban aquellos hombres.

Como si no temieran lo que el otro pudiera pensar.

Como si ambos estuvieran allí y en ningún otro lugar. Era un trabajo, al fin y al cabo.

Pero tenía su punto placentero.

Al final del día, Keema perdería la tablilla.

Daría por sentado que la había perdido en el pueblo al que no tardarían en llegar, en medio del bullicio de la plaza.

Que la tablilla había escapado de donde la llevaba sujeta al tropezar con un montón de tierra apilada y que los pies desprevenidos de los transeúntes la habían aplastado.

Se sentiría decepcionado al darse cuenta de que ya no la tenía.

Pero la imagen del abrazo no se borraría.

Se transformaría en algo a lo que podría regresar con el pensamiento cada vez que quisiera, profundizar en sus detalles, dar vida a aquella imagen inmóvil, y así se la haría suya, porque ese es el destino de toda fantasía.

Tú lo sabes bien.