DÍA PRIMERO. en el que ofrecemos lo mejor de nuestra cosecha #10
—Siempre digo a mis sobrinos que tomen ejemplo de tu serenidad.
Eres nuestra roca en un río revuelto. Si mi caravana o yo mismo podemos servirte en algo...
nos dirigimos al Cuenco para asistir a la celebración de tu hermano.
¡Diré a mis hombres que estén atentos a todo indicio sospechoso que pueda haber en el camino!
«Genial —pensó el Terror—. Este país está salvado.»
—¡Qué gentil ofrecimiento! —respondió. Su caballo dio una patada en el suelo—. Ahora, si me disculpas....
—¿Seguro que no te apetece sentarte un rato a la sombra de mi carruaje? —gritó el señor Yinn mientras se marchaba—. ¡Tenemos té!
—¡Ya habrá otra ocasión! —respondió el Terror, que sacudió las riendas y se alejó al galope, al tiempo que murmuraba—: ¡Puto imbécil!
—Miró al camino, abarrotado de carros cubiertos con lona finamente tejida y guardias—.
¡Salid del paso! —dijo. Y al oír su gélido susurro, todos los hombres y mujeres que se encontraban más adelante abandonaron el centro del camino cual ola encrespada.
«Hay bien pocas cosas que él no pueda hacer», explicaba Jun.
—De todos sus hermanos, es el que mejor controla sus poderes.
Le bastan un pensamiento y un gesto para desviar las aguas y redirigir el viento.
Es capaz de llevar Su Susurro a través de valles.
Es capaz de hacer que el agua salte de un cuenco.
Y si se concentra lo suficiente, es capaz incluso de derribar la puerta de un puesto de control.
—Jun guardó un momento de silencio. Los orooks avanzaban a paso lento por el sinuoso camino—.
Puede que hayamos ganado algo de tiempo destruyendo ese puente, y si el que nos persigue fuera cualquier otro, quizá lo habríamos dejado atrás para siempre.
Pero la distancia casi no significa nada para él.
El terreno no lo detendrá. A menos que halle elevaciones bruscas y roca escarpada...
pasará a través de lo que encuentre, sin más.
—¿Pasará a través? —preguntó Keema.
—Como un toro a través de unas cortinas de encaje.
—La máscara de demonio de Jun se volvió hacia él con mirada escalofriante—.
Te agradezco las provisiones. Nos has hecho un favor a la emperatriz y a mí, a pesar de que hiciéramos bien poco para merecerlo.
Pero tienes que comprender el peligro que corres si te quedas con nosotros...
lo improbable que es que sobrevivamos. —Contempló el camino—.
Pronto llegaremos a la Aldea de las Cinco Hermanas.
No es mal lugar para desaparecer. No te insistiré para que te marches por otro camino, porque has demostrado que nos puedes ser útil, pero, si valoras tu propia vida, te separarás de nosotros cuando lleguemos allí.
Seguirás hacia el este por tu cuenta. Eso es lo que te recomiendo.
Keema sabía muy bien que Jun decía la verdad.
Sabía muy bien que, si hubiera sido prudente, se habría alejado lo antes posible de aquel extraño grupo.
Que tan solo había jurado entregar la lanza de Araya y que no les debía nada a sus compañeros de viaje.
Pero, aun así, se resistía a separarse de ellos.
El motivo era bien sencillo.
«Encontrarás lo que buscas en la Puerta del Tigre.»
No iba a olvidar jamás la manera en que el lector de aguas le había agarrado la muñeca, la manera en que aquel hombre de cabellos encanecidos había apurado el agua fría que sostenía con la palma de la mano.
Lo había agarrado con mano trémula y firme a un tiempo, como si su muñeca hubiera sido el único cabo que lo mantenía a flote bajo la tempestad de su propia locura profética.
Y jamás iba a olvidar la claridad que había visto entonces en los ojos del lector, mientras le comunicaba su visión, que había paladeado en los reguerillos de agua: que la búsqueda de Keema, eterna e interminable, culminaría en el puesto de control de la Puerta del Tigre.
—Buscas un propósito en la vida —le había dicho el lector—. Lo encontrarás allí.
«En la compañía más inesperada.»
Keema miró por las ranuras de los ojos de la máscara de demonio riente de Jun, convencido de que era esto lo que había querido decirle el lector, pues ¿qué compañía más inesperada habría podido hallar que la de aquel cochero, una tortuga lisiada y la Madre de Emperadores?
Pero, por el momento, no quería compartir nada de todo aquello.
Tenía miedo de que Jun, al enterarse de que daba tanto crédito a la palabra de un lector de aguas, lo tomara por un idiota dispuesto a creerse cualquier cosa, así que fingió que aún lo estaba pensando y le respondió que tomaría una decisión cuando llegaran a la aldea, y le pareció que Jun se quedaba lo bastante satisfecho como para no insistir.
—¿Tienes algún plan? —preguntó Keema—. Si el Terror es imparable como tú mismo dices, ¿cómo vas a dejarlo atrás?
—Si nos quedamos en esta tierra —respondió Jun—, no hay esperanza.
Nos dará caza y nos matará. La única escapatoria que veo es llegar al río, al otro lado de la Puerta del Conejo, y despistarlos en la inmensidad de los Mil, donde ni siquiera él será capaz de predecir los inconstantes giros de los meandros.
—¿No me habías dicho que controlaba el agua?
—Solo en parte. Y sus Pavos Reales son hombres de tierra firme, de los pies a la cabeza. Necesitan los caballos tanto como las espadas. En cuanto se metan en un bote perderán buena parte de su fuerza. Hasta tendríamos una oportunidad frente a ellos, si nos atraparan.
Keema miró a los orooks, que podían arrastrar mucho peso, pero a costa de perder velocidad.
—Si siguen a este ritmo, no llegaremos a la Puerta del Conejo antes del anochecer.
—Por poco —concedió Jun.
—Además, vas a necesitar un bote.
—Ya encontraremos uno.
Los dos jóvenes quedaron en silencio. Ambos reflexionaban sobre aquella expedición condenada al fracaso.
Poco a poco el camino se iba congestionando.
Algo en lo que se podía confiar cuando se viajaba por el Camino de Abajo era que, cada vez que pasara un carro, pasarían otros muchos.
Como todo el mundo evitaba aventurarse en solitario por aquel camino, aun cuando contara con la compañía de guardias armados, sucedía a menudo que las gentes esperaban a ver pasar a otro viajero antes de ponerse en marcha.
Así se formaban verdaderas caravanas, en las que regía un acuerdo tácito por el que se defenderían unos a otros hasta que llegaran a su destino.
Civiles en sus propias carretas, en caravanas, familias a pie, procedentes todos ellos de las tierras de cultivo y comunas circundantes, surgían en gran número de las diversas vías secundarias que desembocaban en el Camino de Abajo.
Llevábamos nuestros mejores granos, sacos de arroz y ollas para ofrecérselos a los hombres del emperador, que aguardaban en la Aldea de las Cinco Hermanas para recoger la cosecha.
Había tanta gente en el camino que algunos no tuvieron más remedio que caminar o cabalgar cerca del carro real que transportaba a la tortuga defectuosa, aunque demostraran su descontento con expresiones agrias y narices arrugadas.
«¡Bagatelas! ¡Bagatelas!»
Y entre todos los viajeros que salieron ese día, había que tener cuidado con el hombre elegante que sonreía en el Camino de Abajo. Había que tener cuidado con sus promesas.
—¡Bagatelas! ¡Bagatelas! Disculpad, señores del Trono de la Luna, ¿os interesaría comprar una bagatela?
Sí... entre las numerosas carretas, carros pesados y calesas que transitaban por el Trecho Tigre-Conejo, tan solo unos pocos vehículos resultaban llamativos, solo unos pocos que tenían diseños trabajados, que no iban pintados únicamente con el color de las casas de sus señores —con la franja blanquecina del estandarte del señor Yinn—, sino que eran verdaderas explosiones de color y rebuscados diseños que atraían la mirada hacia sus estantes y mercancías.
Sin duda, era una estrategia peligrosa para quien viajara en aquellos tiempos.
Entra el vendedor de bagatelas desde la derecha y sorprende a Keema desprevenido, porque es como si hubiera surgido de una nube pasajera.
—¡Bagatelas! —gritó. Su carro estaba pintado de color naranja crepúsculo, el conductor era un hombre desaliñado y soñoliento que estaba a lo suyo mientras el vendedor desempeñaba su trabajo y trataba de captar la atención de las gentes.
Dio unos golpecitos en el costado del carro, que se abrió por un lado como el biombo de una trabajadora del amor.
En este negocio, todo es puro espectáculo.
Las gentes confiaban en ti si empezabas por deslumbrarlas a base de color.
Detrás de aquella pared falsa había estantes con objetos de lo más extraños.
El vendedor de bagatelas se servía de su elegante bastón para ir apuntando a artículos varios, caminando junto al carro en movimiento, al tiempo que su cochero aguijaba a los caballos. Señaló una alfombra ornamentada.
—¡Tejida por una de las consortes de Luubu!
Un farol brillante con marco de roca color jaxita.
—Con garantía de que no se apagará durante la Noche del Emperador.
Una pequeña caja negra con un solo agujero en la parte superior.
—Un alma perdida, atrapada dentro de este cuadrado gaani. Acerquen el oído al agujero y escuchen. Les susurrará el tiempo que va a hacer durante los próximos días. Acierta la mitad de las veces.
Señalaba objetos del mundo de antes. Monedas que hacía mucho tiempo habían dejado de acuñarse, grabadas con los rostros de emperadores fallecidos.
Pergaminos con historias secretas y leyes obsoletas.
Un edicto, firmado por el Tercer Emperador, que prohibía la práctica de la lectura de aguas.
Y señaló una caja repleta de anodinos tubos beige.
—Fuegos artificiales, para las celebraciones de la semana que viene. ¡Colores que sus jóvenes ojos no habrán visto jamás!
—¡Eso! —exclamó Jun, al tiempo que señalaba la máscara de zorro sonriente—. ¿Cuánto cuesta?
—¿Esta delicia, tallada por artesanos de las haciendas del norte?