DÍA PRIMERO. en el que ofrecemos lo mejor de nuestra cosecha #9
El joven había tenido buen cuidado de no mirar a la anciana, que estaba sentada junto a la tortuga, con las piernas cruzadas e inmóvil como un cadáver, porque le inspiraba terror. No podía olvidar la sonrisa cruel que había esbozado después de que destruyera el puente.
—Sí que me importa —respondió al Defecto.
Una vez que hubo terminado de mirar, apoyó pesadamente el cuerpo contra el borde posterior del carro.
La noche y la mañana lo alcanzaron de repente.
Echó la cabeza hacia atrás para ver el cielo azul pizarra entre las cortinas de lona que se sacudían al viento.
En los márgenes de su memoria se oían débiles gritos.
Una columna de humo se elevaba en el cielo.
Dile unas palabras gentiles. Cerró los ojos.
Unos momentos de descanso no le harían daño.
Pero se produjo una última interrupción.
El traqueteo de una tabla suelta en el fondo del carro. Keema arrugó la frente. Abrió los ojos. Miró a la tabla que danzaba.
—Esta no sabe nada —dijo el Defecto, casi a la defensiva—. Esta solo vio como metían a la criatura. No sabe nada más.
Keema se enderezó sin levantarse del suelo.
Le resultó bastante fácil levantar la tabla con las yemas de los dedos.
Esta se desenganchó de un clavo torcido con satisfactoria facilidad.
Dejó la tabla y miró por el oscuro hueco, y fue entonces cuando le asaltó la imagen del soldado contándole que había emprendido una misión muy especial.
Keema había supuesto que el hombre le hablaba de contrabando: drogas, materiales ilícitos tales como pergaminos históricos y documentos de palacio.
Pero no halló contrabando en aquel pequeño compartimento oculto.
Tan solo la confirmación de las extrañas afirmaciones del Defecto.
Un ave.
El ave no era más grande que su mano, su plumaje vibraba de una manera que casi no parecía natural, su fulgor purpúreo brillaba en la penumbra del pequeño agujero, se retorcía, sus patas como ramillas trataban de librarse de algún tipo de sujeción.
Un nudo de cuerda le mantenía el pico cerrado y una serie de ataduras en las alas y las patas garantizaban que no se moviera.
Keema la sacó del escondrijo con gran cuidado.
Los ojos del ave, negros como brasas ya apagadas, lo contemplaban con furia, como si lo desafiara a aplastarla con su mano.
—Dale el ave a Esta —dijo el Defecto, con una luz enfermiza en los ojos—. Esta tiene hambre.
Keema no hizo caso al Defecto, y la criatura refunfuñó mientras el ave se retorcía en la palma de la mano del hombre de Daware, fuera de su alcance.
—Deben de haberla robado de algún lugar —teorizó Keema—. ¿Del palacio, tal vez?
Dejó el ave en el suelo. Las ataduras estaban hechas con una tela negra, de un tejido que el joven no reconoció, y sobre ellas se distinguía una caligrafía pequeña y delicada, en una escritura que Keema no sabía leer.
Pensó en pedirle a la tortuga que la leyera, pero no confiaba en que la criatura reprimiera su apetito.
Tampoco consultó a Jun sobre qué hacer con el ave.
No, no dudó ni un instante. Le parecía obvio que había que liberar lo que estaba aprisionado.
Tomó el cuchillo que llevaba sujeto al muslo y soltó al ave.
Sus ataduras eran de una composición tan delicada que al primer golpe se deshicieron en cenizas.
—Qué extraño —dijo. Y entonces el ave, al darse cuenta de que era libre, voló contra su rostro. Lo atacó cual torbellino de aleteos y arañazos, y luego salió disparada como una flecha por la abertura en la lona.
—¿Hay algún problema? —gritó Jun desde el asiento delantero.
—No lo sé —respondió Keema, aturdido, mientras se sacaba de entre los cabellos una pluma purpúrea manchada de sangre.
El ave era libre.
Voló a los cielos con un único canto enloquecido en su pico rabioso. La criatura emitió un silbido espeluznante mientras eclipsaba el sol.
Libre. Libre.
Su canto era como una aguja en el oído.
Libre.
MEDIODÍA
El ave voló muy por encima de la tierra.
Más arriba de lo que un ave habría volado, o podido volar.
Libre . Sus plumas no sufrían bajo el tórrido sol, sus pequeños ojos negros contemplaban el paisaje, que mucho más abajo se tambaleaba.
El ave contempló al oeste el lugar de donde la habían robado: el negro horizonte de montañas que eran el regio nido.
Al este divisó sus posibles destinos: los Mil Ríos, la pared ascendente del Cuenco Celestial y lo que había más allá.
Pero por razones que la propia ave trataba de descifrar, no huyó del territorio inmediato.
Por el contrario, miró hacia abajo, al diminuto carro sobre el que se había elevado ya a mucha distancia.
Pensó en el joven que lo había liberado, en la calidez que se había reflejado en sus ojos mientras lo tomaba en su mano para sacarlo de aquella oscura prisión.
Insólito. Gentil. Había que recompensarle por su servicio.
Había que satisfacer la curiosidad. El ave, guiándose por estos dos principios, no se alejó de las terrazas y los cerros del medio oeste, sino que se quedó y decidió realizar un breve reconocimiento.
La flecha purpúrea se elevó hacia el oeste.
Pasó sobre las ruinas de la Puerta del Tigre.
Trazó círculos en torno al largo trecho de Agujas que se erguía a lo largo del país como las vértebras de un espinazo.
Y entonces, no muy lejos de la Puerta del Mono, al norte, vio algo curioso, alguien a quien no esperaba volver a ver.
El Primer Terror y su brigada, que avanzaban en tromba por el país.
El Terror, montado sobre su caballo resoplante, se volvió para contemplar ceñudo el cielo que dejaba atrás.
Se daba cuenta de que algo no iba del todo bien...
La sombra fugaz del ave se alejaba tan rápido como se había acercado, y apenas si dejaba indicios que pudieran despertar sospechas, salvo el olor a muerte que llegó a la sensible nariz del Terror.
—¿Ocurre algo, padre? —preguntó su hijo mayor.
—No es nada —repuso el Terror, con una inseguridad que no era común en él.
No tardaron en llegar al Camino de Arriba, que los llevaría hasta el puesto de control de la Puerta del Mono, y desde allí a los cultivos aterrazados a los que había huido su presa.
Una vez ahí aminoraron la marcha, porque más adelante se encontraba la caravana del señor Yinn, una caravana de carros pintados con gran ornato y de hombres fuertemente armados, y no prestar el debido respeto a un señor podía acarrear graves consecuencias, sobre todo si el que cometía la falta era un príncipe que aspiraba a coronarse emperador.
Y así, el Primer Terror se tragó su rabia y su pena, y se dirigió a la caravana para un breve saludo.
Como un cuerpo que reacciona a la amenaza de un puñetazo, la caravana entera se estremeció cuando se acercaron.
Los caballos relincharon y los Hombres de la Familia que cabalgaban junto a los carros se alarmaron, pero no osaron alzar sus armas contra el príncipe, y apartaron la mirada mientras los Pavos Reales pasaban al trote por su lado.
Ninguno de nosotros quería problemas con aquellos cabrones, todos parecían dispuestos a cortar la cabeza al primero que les contrariara.
La brigada se dirigió al más lujoso de los carruajes.
Las campanillas de bronce que se alineaban en el alero del carruaje del señor emitieron un melódico trémolo al abrirse la puerta.
Dentro de las suntuosas entrañas del carruaje, el señor Yinn sonreía como gato viejo.
La gota le impedía levantarse para salir al encuentro del Terror, así que fue el niño que lo abanicaba con un flabelo de bordes anchos quien hizo la reverencia.
—Príncipe mío —dijo el señor—. La sobreabundancia de la fortuna llueve sobre nosotros como oro que se escurre entre dedos que se abren, al concedernos este casual encuentro en el largo y solitario Camino de Arriba.
—A la manera habitual en aquellos tiempos, el color que distinguía su casa, la blancura del grano de arroz que cosechaban sus arrendatarios, estaba pintado a modo de franja sobre sus ojos y atravesaba como una cicatriz su piel manchada—.
Me alegro de ver que vamos en la misma dirección.
¡Por favor, sube a mi carruaje! Sube, y cuéntame cómo te va en este día de verano de Su Sonriente Sol.
—Mucho me temo que hoy no podrá ser, mi señor Yinn. —El Terror apaciguaba a su ansiosa montura—. Disponemos de poco tiempo. Un fugitivo del Trono se ha dado a la fuga y vamos en su persecución.
El hombre, propenso a las emociones exageradas, se llevó sus pequeñas manos a las mejillas, horrorizado y conmovido a la vez.
—Oh, te has detenido en plena persecución para hablar conmigo... Este honor me deja sin aliento, príncipe mío.
—Me alegro de que así sea. Pero, en efecto, no puedo entretenerme. Así que, si me disculpas...
—¡Ah, pero no os marchéis todavía! Deberías contármelo todo sobre tu presa. ¿Tiene algo que ver con ese alboroto de palacio?
El Terror escrutó la expresión ausente del señor Yinn.
—Sí —respondió con prevención—. Tiene que ver. Pero siento curiosidad por lo que habrás oído. No sabía que hubieras estado en la ciudad.
—No, en la ciudad, no. Había ido a tomar el té en la finca de mi primo, al norte, con una tortuga al alcance del oído, por supuesto, para poder oír el discurso de Su Sonriente Sol...
y entonces sentimos el temblor en la tierra y el...
hum... —Igual que la mayoría de las personas, el señor Yinn no encontraba palabras para describir el escalofrío—.
Y lo que ocurrió después. ¿Se trata de algo grave?
—Pronto se darán noticias sobre el asunto, señor mío. Pero no temas, el Trono se mantiene incólume.
—Mientras cuides de nosotros, es imposible sentir miedo —respondió, lleno de reverencia, el señor Yinn—. Vivimos siempre en la mayor tranquilidad.
—Gracias, mi señor Yinn.