DÍA PRIMERO. en el que ofrecemos lo mejor de nuestra cosecha #8
Abrió el hato. Tocó el arroz. Olió la cecina.
Abrió las cantimploras... estaban vacías.
Aunque faltara el agua, el hombre de Daware había dicho la verdad: aquellos víveres les habrían bastado para un viaje el doble de largo que el que habían emprendido.
Echó una mirada por la abertura de la lona.
Los dos hombres estaban a medio camino de regreso a la hacienda.
Se preguntó cómo se habría metido Keema en semejante situación y cómo pensaría salir de ella.
—¿Quién era esa persona? —preguntó la tortuga.
—Está con nosotros —respondió el cochero.
En cuanto se hubo cerciorado de que no había soldados en el camino, corrió de vuelta al montón de rocas que coronaba el cerro, donde lo aguardaba la emperatriz.
Él contaba con que no me alegraría mucho de llevar una tortuga en el carro, pero no hice ningún comentario al respecto.
Tenía viejas deudas para con las castas de las tortugas.
El muchacho podía hacer lo que quisiera con aquella criatura, aunque sin duda fuera una carga.
El cochero levantó con prudencia Su cojín y la llevó consigo al carro, donde no le hizo ninguna gracia que la colocaran junto al hedor de la tortuga, aunque el Defecto, por su parte, no se alegrara más que Ella por la compañía.
—Nuestra muy honorable Luna —dijo la tortuga con desdén.
El cochero no tuvo tiempo para analizar el encuentro entre ambos, porque tenía que poner en marcha el carro.
Se acercó con sigilo a la parte de delante, por el lado opuesto a la entrada de la hacienda, y saludó a las bestias de tiro.
Aquellos orooks de carácter apacible dirigieron una mirada bondadosa al muchacho enmascarado que se les acercaba.
Este descubrió con alegría que no eran animales de estricta lealtad, y que lo que más querían era que les rascaran entre los ojos, donde empezaba su hirsuto plumaje.
Entre resoplidos y bufidos, los orooks pisotearon la tierra con sus gruesas pezuñas y obedecieron al cochero, que riendas en mano los persuadió para salir al camino.
La transición que hicieron las ruedas entre la tierra blanda y el camino de guijarros compactados no fue silenciosa.
Todo el vehículo crujió y traqueteó al desplazar su peso sobre el nuevo terreno.
El cochero, con la cabeza gacha, trepó a la parte delantera del carro, volvió los ojos en dirección a la hacienda, buscó indicios de movimiento, pero al parecer nadie se había dado cuenta de que el vehículo se marchaba.
El soldado que estaba con Keema tenía los pensamientos en otro lugar.
El aleteo del abanico de papel y el canturreo del coro de cigarras en la hierba reseca eclipsaban todo otro sonido que pudiera haber oído en el camino, y aún no se le había pasado el interés por Keema.
—Pienso que tenemos algo en común —dijo.
Keema, a pesar de estar buscando con desesperación una manera de volver con el cochero, sintió que aquella observación despertaba su curiosidad.
—Pienso que los dos nos estamos preguntando cómo demonios hemos venido a parar aquí.
—El soldado soltó una risita después de decirlo.
El aleteo de su abanico perdió fuerza—. Te admiro.
Tratas de reconstruir tu vida aquí, aunque este no sea el camino más fácil.
—Sonrió. De forma sutil—. Lo mismo me ocurre a mí, porque he aceptado una misión, una misión muy especial, de esas que te ofrecen una vez en la vida, como mucho, y una vez que haya terminado ya no tendré que llevar este maldito uniforme.
El dinero me alcanzará para comprarme mi propia hacienda.
Se acabó el ir besando los pies de los hombres del señor Yinn.
Se acabó el tener que llevar tortugas para su...
puto... —No terminó la frase, porque dos soldados corrían hacia ellos.
Uno de los dos movía los brazos en alto y gritaba—. Por la banda celestial, ¿qué...?
Los soldados señalaban al camino. El hombre se dio la vuelta.
Su carro se alejaba, conducido por un ladrón enmascarado.
Los gritos llegaron al corazón de la hacienda.
Desde la ventana de la cocina, la joven granjera vio como los soldados restantes se ponían en pie.
Alguien arreó una patada a una jarra de vino y esparció líquido rojizo sobre tierra, mientras los soldados corrían en respuesta a los gritos de su líder.
La muchacha, y los demás que estaban en la cocina, se miraron y luego salieron a ver qué pasaba.
En los arrozales circundantes, los granjeros soltaron las herramientas y miraron a los soldados resacosos que corrían por el camino tras la carreta desbocada y gritaban al cochero que se detuviera.
Me senté al borde del camino y vi cómo corrían aquellos imbéciles, como si hubiera sido el espectáculo de un circo ambulante.
Hasta los más trabajadores paramos para ver qué sucedía, aunque creo poder decir que ninguno de nosotros se esperaba lo que ocurrió después.
Para el ojo inexperto, fue como si un puño gigantesco e invisible hubiera golpeado el centro del camino para abrir un hoyo.
Los hombres se llevaron tal sorpresa al caerse dentro que tan solo uno de ellos se sintió capaz de gritar de sorpresa.
El resto no hizo más que precipitarse dentro, uno encima de otro, en un silencio sin aliento, cual revoltijo de hombres en el fondo de una fosa sin apenas profundidad.
Una de las espadas desenvainadas desgarró la pierna de un compañero, que dio a conocer sus sentimientos con un alarido espeluznante.
Al oír los gritos, bajamos a ver qué les había ocurrido.
La joven campesina rondaba entre la multitud, con la mirada fija no en el hoyo, sino en el camino.
Vio como el forastero manco atrapaba al carro que escapaba.
Como arrojaba dentro su lanza y luego se encaramaba él mismo.
Y entonces se dio la vuelta. Hice como que no veía nada, aliviada de que «Serro» hubiera escapado.
Fui con los demás, que estaban en el borde del extraño pozo.
El soldado que había acompañado al almacén se hallaba en lo más alto de aquella masa de cuerpos convulsos y gimoteaba pidiendo auxilio.
Aquel fue el instante en el que todos nos miramos, con un único pensamiento: había llegado la hora de decidir qué haríamos con aquellos muchachos.
Los granjeros se agacharon al borde del hoyo con todas sus herramientas.
Lo había hecho Ella.
Keema se enteró de todo esto tras alcanzar el carro y explicarle al cochero, entre jadeos, lo que había ocurrido con los soldados que los perseguían. El cochero suspiró y gritó a la anciana que iba dentro:
—¡Cuidado, señora mía, no te conviene gastar demasiada energía! ¡De bien poco serviría a los demás si te llevara a tu destino ya exhausta y difunta!
Como la mujer no respondió, el cochero negó con la cabeza y volvió toda su atención al largo trecho del Camino de Abajo por el que avanzaban al trote los orooks.
Keema se acomodó a su lado en el asiento.
Iban a una velocidad que debía de ser más o menos la mitad que el galope de un caballo, pero era mayor que la del paso y bastaba para que sintieran una brisa sobre su cálida piel.
—Hay una tortuga en el carro —explicó Keema.
El cochero tardó unos instantes en responder. Y luego dijo:
—No será ningún problema.
El camino se curvaba en torno a uno de los numerosos cerros de poca altura que había en aquel valle de arroces y cosechas, cuando el cochero dijo:
—Cuando te mandé a la hacienda, no sabía que encontrarías soldados del Trono.
Keema no sabía si creerlo, pero de todos modos no insistió.
—Estamos vivos y tenemos un medio de transporte.
El cochero asintió.
Keema tocó el armazón de madera del carro, le dio unas palmadas.
—Voy a ver qué provisiones llevamos ahí dentro.
—Por cierto, soy Jun.
Keema se detuvo frente a la solapa de lona y se volvió.
—Ese es mi nombre —explicó el cochero—. Me llamo Jun.
El hedor cobraba fuerza dentro del carro.
Keema encogió el cuerpo contra el costado del carro para pasar junto al enorme y agrietado caparazón de la tortuga, y por dentro iba pensando Jun, Jun, Jun , al tiempo que deshacía varios de los nudos que sujetaban la lona para que el aire pudiese entrar.
Una brisa cruzada se coló por la nueva abertura.
Mientras el hedor del Defecto escapaba del carro, Keema se dio cuenta de que la criatura, a sus espaldas, le olisqueaba para adivinar sus intenciones.
—Si quieres saber más sobre mí, te sugiero que preguntes —dijo, mientras el muchacho desataba el último nudo. El Defecto dejó de husmear—. Esta se disculpa —añadió, después de una risita—. Tan solo quiere saber quién es su compañero de viaje.
—Compañero de viaje, ¿eh? —respondió Keema con una sonrisa burlona—. Soy Keema de la tribu Daware —explicó—. Por ahora, eso es todo lo que necesitas saber.
—Hueles a miedo. Y a tristeza.
Keema la fulminó con la mirada, y la criatura agachó la cabeza y se rio.
Keema se imaginó que lo hacía a modo de disculpa.
La extraña criatura observó al muchacho mientras este miraba por el carro y hacía inventario.
Aparte de la comida que había robado en la hacienda, apenas si había nada que se pudiera aprovechar.
Un baúl estrecho lleno de mudas de ropa de soldado.
Unos saquitos de polvos desodorantes que colgaban del techo como adornos festivos.
Unas palabras marcadas a cuchillo en uno de los postes de soporte: Nalan se folló a Jovva aquí .
Keema oyó que la tortuga se reía de nuevo a sus espaldas. Le preguntó que qué ocurría.
—Esta se divierte contigo, hombre de Daware —respondió la criatura—. No parece que te importe en absoluto estar en presencia de una divinidad.