La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA PRIMERO. en el que ofrecemos lo mejor de nuestra cosecha #7
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DÍA PRIMERO. en el que ofrecemos lo mejor de nuestra cosecha #7

La muchacha señaló a la comida del almacén y el soldado sonrió, como si se hubiera encontrado con viejos amigos cuya compañía extrañaba.

Mientras caminaban entre los estantes —el soldado era demasiado alto y tenía que agacharse bajo las vigas que encontraban a intervalos regulares— la chica le ofrecía esto y aquello, y sus brazos se llenaron de los ingredientes necesarios para un desayuno abundante.

Pero en ningún momento perdió de vista a Keema, quien hacía el papel de siervo obediente allá por el fondo del almacén, todavía débil por lo de la noche anterior e inseguro de poder pelear con un hombre tan grande e imponente.

—Con todo esto tendría que bastar —dijo el soldado, lo que alivió en gran manera a la muchacha, porque ya casi no quedaban huevos que darle.

En cuanto hubimos salido del almacén, me dijo que llevara la comida a la cocina y mandase que prepararan algo especial para sus hombres.

Mientras me alejaba, sin apenas poder sostener con los brazos toda la comida que había escogido, vi que se marchaba con el manco desconocido hacia el carro que se hallaba al borde del camino.

Mientras la muchacha se preguntaba si habría condenado la hacienda entera al fuego con sus mentiras, Keema recorrió sus dependencias, con el soldado pegado a sus espaldas.

Los granjeros iban con retraso, porque habían tenido que limpiar e inspeccionar los cultivos, y se apresuraban a cargar sus ofrendas de arroz en los carros.

Entretanto, bajo un toldo de tela purpúrea que había junto a uno de los edificios principales, cinco soldados estaban echados en esteras, entre jarras de vino vacías, y se reían de las gentes atareadas que iban de un lado para otro, y las llamaban para que volvieran a llenarles las jarras, o les hicieran compañía.

Teníamos que hacer lo que dijeran aquellos cabrones borrachos, pero tampoco podíamos llegar tarde a la fiesta.

Una mujer fingió recibir de buen grado las insinuaciones que le farfullaba uno de los soldados.

Yo sostenía una olla de grano de arroz más pesada que mi propio hijo, pero aparentemente el soldado no notaba mi esfuerzo, ni le importaba.

En una de las casas estaba echado un hombre al que los soldados habían golpeado la noche anterior hasta dejarlo medio muerto, aunque ninguno de ellos, borrachos como estaban, fuera capaz de recordar qué había ocurrido.

Me habían pedido que les contara un chiste...

Delante de todo el mundo, mientras bailaban borrachos con nuestro vino, me habían pedido que les contara un chiste.

Yo se lo había contado y no les había hecho gracia.

Eran jóvenes y vivían al límite.

No eran muy distintos de los soldados estacionados en tu localidad portuaria, los mismos ante los que tu lola se quedaba silenciosa y quieta, como los ciervos cuando una manada de lobos acecha en la lejanía, los mismos que tu padre llegó a admirar a fuerza de escuchar la radio.

Eran soldados que se encontraban lejos de su hogar y sentían que los cubría la sombra de la muerte, la muerte de los demás, su propia muerte.

Eran jóvenes, jóvenes orgullosos y fuertes.

Algunos eran crueles, muchos otros sentían miedo...

como era de esperar, se emborrachaban hasta caer por el suelo, como era de esperar, rompían ventanas y destrozaban botellas, y parecía que estuvieran siempre dispuestos a moler a golpes a alguien.

Tenían un buche sin fondo, se bebían todo el vino de la hacienda.

Agarraban a cualquiera que pasara cerca, fuese granjero o no. Su hambre era extraña y aterradora.

Una noche, de camino a casa, un pisahormigas sentado sobre el murete a la entrada de la taberna te vio pasar. Acunaba una pinta de cerveza entre los muslos. Le faltaba el ojo izquierdo... pensaste que un disparo se lo habría sacado del cráneo. No parecía que nada lo avergonzara.

—Si se mira de cerca no está tan feo —te dijo, sonriente.

Y así era.

«Venga, Serro», dijo el soldado, y empujó a Keema para que avanzara.

En el último tramo solitario del sendero antes de llegar al camino principal, cuando ya habían dejado atrás la hacienda, lejos de los granjeros y de los otros soldados, el comportamiento del hombre cambió.

Pareció que se relajara, alejó la mano de la empuñadura de la espada.

Incluso miraba con ternura a Keema, al tiempo que se refrescaba con un abanico de papel que se había sacado de la manga.

—Mi tío era como tú —dijo, como si hubiera esperado mucho tiempo para decirlo—.

Él también era un hombre de mala fortuna.

Tuvo que huir de una deuda que había contraído en una de las mesas de juego de Luubu y, cuando lo pillaron, pagó el precio con su brazo izquierdo.

Quedó condenado a la mala suerte por el resto de su vida.

—Meneó la cabeza de un lado para otro. El carro estaba ya a la vista—.

Allá a donde fuera, encontraba rechazo. Si hasta mi madre, su propia hermana, no lo dejaba entrar en casa, por si «mancillaba nuestros umbrales».

El pobre desgraciado murió solo. Se ahorcó en sus propias vigas.

—Keema, que no tenía muy claro a dónde iría a parar todo aquello, tan solo escuchaba.

El hombre no necesitaba ningún aliciente para proseguir—.

Todo esto para decirte que no me han pasado por alto esos cortes en el brazo.

Esos moretones del cuello. La manera como esa chica te daba órdenes.

Como si fueras un extraño. Todo esto me hace pensar que quizá esos granjeros te estén maltratando.

El hombre le miraba con cara seria. Keema no se había esperado aquello.

—No, señor —respondió—. Me han recibido con gentileza y con los brazos abiertos.

—¿De verdad? —El hombre ponía una cara como si se divirtiera, como la que podría poner un padre si un hijo le mintiera muy mal.

Cerró el abanico y se detuvo—. Siempre me he sentido mal por la manera como traté a mi tío.

Yo era tan solo un niño, pero hasta los niños pueden ser gentiles, y yo no lo fui.

Hasta me burlé de él con mis amigos. —El hombre estaba expulsando sus demonios por la boca—.

Así que en memoria de mi tío te haré un favor: si esos palurdos de los arrozales te ponen las manos encima, hazme una señal y quizá mis hombres y yo nos quedaremos una noche más.

Quizá alguien aprenderá unas pocas lecciones sobre una hoguera crepitante.

Aquello fue extraño... Aunque Keema sabía que los granjeros eran inocentes de semejantes faltas, una parte de él se alegró de oír la oferta.

Una pequeña parte de él.

—Esos granjeros no me han hecho nada —insistió.

El hombre le sostuvo la mirada, como si tratara de evaluar su sinceridad, y luego se encogió de hombros y se dio por vencido.

—Solo preguntaba —repuso, y siguió adelante.

Llegaron al camino principal. Keema vio que el carro seguía allí y que nadie lo había robado, y se preguntó qué habría sido de los demás...

si el cochero habría llegado a la conclusión de que aquel carro no merecía la pena y se habría marchado con la emperatriz sin esperarle.

Pero olvidó todas sus dudas ante el olor, un hedor que emanaba del carro que se hacía más intenso a medida que se acercaban al camino. Keema gruñó.

—Sí, ya lo sé —dijo el hombre, en tono fatigado—. Ahora imagínate lo que es viajar con esa porquería. —Se detuvo a la entrada de la hacienda—. Ve para allá. Yo me quedaré aquí. Bastará con que metas las provisiones en la parte de atrás.

Mientras cruzaba el camino, Keema se preguntó por lo que haría tras separarse de los demás.

Para él, viajar solo por el Camino de Abajo era un último recurso.

Pensó que podía ir en busca del cochero y de la emperatriz, pero a saber si se habrían alejado mucho del camino.

Podía pedir a los granjeros que lo llevaran al pueblo siguiente —la muchacha le había parecido muy bien predispuesta—, y una vez allí buscar a alguien que lo llevara al Cuenco, si es que alguien quería ir tan al este, pero no tenía dinero para pagarse el viaje a través del país.

El peso de la lanza sobre el hombro lo abrumaba.

No sería tarea fácil llevarla a su destino.

De pronto recordó la pelea de aquella misma mañana.

Quería volver a luchar con el cochero. En su opinión, no había habido un vencedor.

Su orgullo de guerrero estaba en juego. Él mismo se imaginó que por eso había sentido tanto alivio al apartar la lona de la carreta y ver al joven con la máscara de demonio mirándolo desde dentro.

El muchacho no estaba solo. Detrás de él había una tortuga que observó a Keema con un ojo que no parpadeaba y abrió la boca como si fuera a gritarle, silenciada tan solo por la mano alzada del cochero.

—¿Todo bien? —preguntó el soldado desde el borde del camino.

—Sí —respondió Keema. Desató el hato de la lanza y lo sostuvo por encima del borde de madera para que el cochero lo agarrase, y luego, mirándole, pero en voz lo bastante alta como para que el soldado lo oyera, dijo—: Estas provisiones deberían bastar para el largo viaje.

—Bien —repuso el soldado—. Pero procura que no queden al alcance de la tortuga. Esa maldita no para de comer.

En cuanto el hato estuvo dentro del carro, el cochero miró a Keema por las oscuras rendijas de su máscara, y en sus ojos se pintó por primera vez el aprecio.

Y fue entonces cuando, podría decirse, se comunicaron, o algo así, en silencio.

En su mirada fija y silenciosa, se ató un primer nudo de confianza.

Un contrato, firmado con un gesto de asentimiento del cochero, momentos antes de que Keema volviera a echar la lona y regresara con el soldado.

El cochero respiró de nuevo.