La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA PRIMERO. en el que ofrecemos lo mejor de nuestra cosecha #6
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DÍA PRIMERO. en el que ofrecemos lo mejor de nuestra cosecha #6

Pero la hachuela, ya en alto, no descendió, porque nosotros también estábamos allí , y el joven que en otro tiempo había sido el orgullo de los Pavos Reales Rojos, que en otro tiempo había grabado el nombre de su padre en la espalda de un hombre que lloraba por el delito de una expresión irrespetuosa, se miró su propia y trémula mano, y sus dedos se abrieron uno a uno hasta que la empuñadura se le escapó y el arma cayó ruidosamente al suelo.

E hicimos que se mirara a la mano, la mano que en otro tiempo había bañado en nuestra sangre, y le hicimos recordar...

con los ojos empañados, mientras las voces que hablaban dentro de su cabeza, desde otra vida que había vivido poco antes con desenfado, surgían de los oscuros resquicios de su mente, como habían hecho durante los últimos seis meses, con ayuda de la emperatriz.

Le hicimos oler la carne quemada. Le hicimos sentir la viscosidad de nuestra sangre.

—Perdóname —gritó—, por favor, perdóname...

¿PERO DE QUÉ NOS IBA A SERVIR EL PERDÓN? ¿DE QUÉ ME IBA A SERVIR A MÍ, SI ME CORTÓ LA PUTA GARGANTA?

Los alaridos de los muertos llenan el teatro con su cacofonía.

Presionas con ambas manos contra los oídos, pero apenas si te sirve para no oír los gritos.

La tortuga encogió la cabeza al ver a aquel hombre destrozado que se derrumbaba y nosotros, el pueblo, los mismos a los que aquel malnacido había abatido, abrasado, acribillado, nos arremolinábamos en torno a su pequeño cráneo tan lindo y arañábamos las paredes y gemíamos y decíamos ¿te acuerdas de nosotros, demonio?

, ¿recuerdas que derramaste nuestra sangre a tus pies que más bien eran zarpas y ahora estás aquí HACIÉNDOLO DE NUEVO?

, y él gimoteó y se llevó las manos a la cabeza, a su corazón palpitante, y les suplicó que terminara el dolor, les suplicó que lo dejaran en paz.

—Lo... lo siento...

La hachuela había quedado a sus pies, ya olvidada, y el joven se había transformado en un niño que, echado en el suelo, se estremecía de dolor.

La tortuga alargó la cabeza. Observó con su ojo torcido el llanto que derramaba el joven.

Sopesó la oportunidad que se le presentaba.

En el otro extremo de la hacienda se produjo un asalto a un almacén.

El candado, descerrajado, yacía sobre la cálida hierba.

Las puertas de doble batiente, abiertas, dejaban al descubierto estantes con tinajas de arcilla repletas de grano de arroz, ristras de carne seca, bolsas de especias y una variedad de comidas preservadas en frascos que dejaban un sabor agrio en el dedo de Keema.

Este pasó frente a herramientas y materiales que habrían servido para reconstruir equipamiento y edificios averiados.

Agarró un puñado de arroz y tiras de cecina.

Con un trozo de carne colgando de los labios, anduvo a toda prisa por el estrecho pasillo del almacén, llevando en la mano un saco vacío que había arrancado a un gancho, y lo fue llenando mientras avanzaba.

Encontró un montón de cantimploras, pero ninguna tenía agua.

Las cogió de todos modos. Todo esto iba a parar al saco, y cuando llegó la hora de salir, se arrodilló y, con sus dientes y su mano, anudó el saco a la punta de su lanza, como si hubiera sido un hatillo.

Con la emoción de haber terminado la mitad de su tarea, salió corriendo del almacén, y casi chocó con dos personas al salir.

—Oh —exclamó la granjera.

El soldado, sobresaltado, llevó una mano a la empuñadura del sable.

Keema retrocedió. Se miraron un instante y cada uno de los que estaban allí trató de comprender la situación antes que los demás. La primera en finalizar sus cálculos fue la joven... dio un paso adelante y se interpuso entre los dos hombres.

—Estabas aquí, Serro —dijo, mientras sonreía a Keema. Se volvió hacia el soldado—. Serro ha pensado que sería buena idea, de acuerdo con el espíritu de Su Santo Peregrinaje, abastecer tus despensas y las de tus hombres para vuestro viaje a la Puerta del Conejo.

El soldado no apartaba la mano de la empuñadura.

—¿Ah, sí?

—¡Sí! Un montón de cosas para picotear y comidas diversas para vuestro disfrute. Serro, ¿has encontrado de todo?

La muchacha le rogaba con la mirada.

—Sí —repuso Keema—. Lo tengo todo aquí. También he añadido un poco de cecina extra.

—Bien. ¿Por qué no vas y la bajas a su carro?

Keema asintió, y se dispuso a hacer precisamente lo que la joven le había dicho.

—Espera —intervino el soldado, y se acercó a Keema y le cerró el paso—.

No recuerdo haberte visto anoche. Y si hubiese un hombre de mala fortuna en nuestra compañía, lo recordaría.

—El soldado abrió bruscamente la boca del saco y miró dentro.

Soltó un gruñido de satisfacción—. La carne de vaca se ve buena.

—Hay más dentro del almacén —dijo la muchacha—. Ven, señor, te la voy a mostrar.

Pero su insistencia no hizo más que avivar la suspicacia que se reflejaba en los ojos del soldado.

Se daba cuenta de que había algo que no acababa de cuadrar en la obsequiosidad de la muchacha, en su sonrisa de pánico, y en la pose envarada del joven.

En los arañazos y desgarrones de sus ropas.

En su labio cortado. En el profundo moretón de su cuello. Puso mala cara.

—¿Por qué no te quedas con nosotros, Serro? —preguntó—. Te acompañaré al carro en cuanto hayamos terminado. De todos modos, tengo que ver cómo está la criatura.

—Si no hay inconveniente —dijo al instante la chica—, Serro tiene otras tareas pendientes para preparar el carro. ¿Te parece bien si va antes que tú?

—No, no me parece bien —replicó el soldado, sonriente. Le dio una palmada en el hombro a la joven y la empujó para que se adelantara en dirección al almacén—. Venga, que tenías que darme el desayuno.

El cochero gimoteó.

Estaba dentro del carro, acurrucado en un rincón, con las manos en torno a la cabeza, mientras las voces iban y venían.

Acorralamos sus pensamientos e hicimos que se estremeciera.

Le hicimos sufrir, igual que él nos había hecho sufrir a nosotros.

Tan solo escuchaba a medias a la tortuga que le hablaba...

el resto de él se esforzaba por no vomitar.

—Esta huele tu culpa —decía la tortuga con su voz vacilante—.

La peste a sal sale de ti con mayor fuerza que el hedor de esta.

Un gran número de muertes mancha tus manos.

Su sangre empapa tu tierra hasta muy hondo, hijo de príncipe.

Pero ahora estás aquí y tratas de limpiarte las manos con el agua que encuentras.

Esta te ofrecería algo parecido al agua.

Detén tu mano. Haz las paces con esta. Y esta guardará silencio ante sus hermanas.

—Esto es un farol —replicó el cochero entrecortadamente. Su nariz apuntaba a la lona de la entrada, al aire de fuera—. Ya les has hablado sobre mí.

—Ten confianza —insistió la tortuga—. O confías en esta y la dejas vivir, o hieres su cuerpo y sellas tu destino.

—La tortuga bajó la boca a las tablas del suelo y miró con el ojo desviado—.

Esta gritará su último grito. Los soldados acudirán.

Tal vez pudieras con todos ellos, pero —dijo, al tiempo que contemplaba su propio y lamentable estado, y soltaba una risilla instintiva y demente— tal vez no.

La hachuela había quedado en el suelo, no lejos de la mano del cochero, pero este no tenía ganas de mirarla y mucho menos de levantarla.

Una náusea abrumadora, aún más fuerte que la que le inspiraba el olor de la tortuga, lo embargaba cada vez que miraba aquella hoja reluciente.

¿Cuántas cabezas de los nuestros había partido con aquella hachuela bajo la orden orgullosa de su padre?

El cochero sentía como una burbuja que le subía por la garganta.

Se apartó de la hachuela y tomó aire hasta lo más hondo. Habría querido morir.

—¿Y por qué no has llamado todavía a los soldados? —preguntó.

—Esta no es amiga de los soldados —respondió la tortuga—.

Llevan a esta a la Puerta del Conejo, donde la izarán a una torre de vigilancia para que pase el resto de sus días allí.

Un gran honor del que esta no quiere participar.

—Levantó uno de sus muñones deformes—. Desde su desdichado nacimiento en los cálidos lechos de palacio, esta ha llevado el nombre de Defecto.

Nació mal. Su conexión con la red madre es imperfecta, deshilachada, como de hebra vieja.

Pero, aunque a esta se le pasen muchos mensajes, esta sabe que ha ocurrido algo en palacio.

Esta lee el temblor en el viento que sopla hacia el este. Esta sabe que el emperador ha muerto.

Miró al cochero como si lo desafiara a negar esto último.

—¿Qué es lo que quieres? —preguntó el muchacho.

—Esta quiere vivir —replicó la tortuga—.

Querría ir al este. Querría echarse a la orilla y sentir el agua fresca del mar Grande e Interminable sobre estas...

cosas... —dijo, y levantó los muñones con inmensa amargura—.

Esta no quiere pudrirse con las aves en una torre de vigilancia solitaria.

Esta quiere ser libre. Quiere ir contigo al este.

—Asintió con la cabeza a su propio sueño—.

A cambio, te ayudará. Hay muchas tortugas desde aquí hasta tu destino.

Esta sabe leer el aire. Será defectuosa, pero aun así lee las señales.

Esta puede ayudarte a elegir tus caminos.

—Y todo lo que quieres a cambio es la libertad.

—No, eso no es todo —respondió la tortuga.

«Esto es todo lo que hay.»