La lanza atraviesa el agua (La lanza atraviesa el agua 1) DÍA PRIMERO. en el que ofrecemos lo mejor de nuestra cosecha #5
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DÍA PRIMERO. en el que ofrecemos lo mejor de nuestra cosecha #5

—Había que hacerlo, señora —explicó, mientras avanzaba por la empinada pendiente que atravesaba los cerros—. No tenemos ninguna necesidad de arrastrarlo a nuestra lucha. Y los granjeros de esta región son gente buena. Lo van a capturar y, con un poco de suerte, se harán cargo de él.

Nuestros problemas eran los de todo el mundo. La vida del hombre de Daware era un precio justo por el éxito de nuestra misión.

El cochero suspiró.

—Si eso es lo que esperas que piense, entonces es que me has estado impartiendo lecciones erróneas durante estos últimos seis meses.

No volvieron a hablar del asunto. Una vez en lo alto del cerro, observó la hacienda, oculto tras un montón de peñas.

Fue entonces cuando todo sentimiento de orgullo y justicia que hubiera podido embargarlo se desvaneció, pues no tardó en descubrir que el carro del que habían hablado los simios no estaba abandonado como le habían dicho, sino que de hecho estaba vigilado por varios soldados del Trono resacosos.

Cinco miembros armados de la guardia real holgazaneaban bajo los toldos de la hacienda, a la espera de que los agobiados granjeros les llevaran comida y bebida.

Uno de los soldados danzaba de un lado para otro con la espada desenvainada, sin pantalones.

Le dije una vez más que era imbécil... ¿Cómo iba a hacerlo él solo?

El cochero no le hizo caso y su expresión se endureció al descubrir la enseña del Trono de la Luna bordada en el toldo de lona del carro, así como al soldado que de vez en cuando salía de la hacienda para comprobar que todo estuviera bien.

El joven no pudo evitar una mueca mientras la depositaba a Ella y a Su cojín en el suelo.

—Esto no es nada a lo que no podamos hacer frente, señora mía —dijo, súbitamente enronquecido.

«Pues entonces encárgate de esto», le dije.

El joven exhaló breves bocanadas de aire una tras otra, como si hubiera estado a punto de meterse en agua fría, y entonces echó a correr hacia el carro... al tiempo que maldecía casi para sí a aquellos simios mentirosos y a sí mismo.

En uno de los arrozales, una muchacha suspiró.

Con ese suspiro de derrota, puso boca abajo la taza, que había encontrado flotando en el agua que le llegaba a los tobillos, y dejó escapar la turbia suciedad del arrozal.

Se adentró en el cultivo chapoteando y encontró otros restos que flotaban entre los tallos: una sandalia, un pequeño peine de madera.

Un jirón andrajoso de ropa interior de hombre adulto.

Recogió todos aquellos objetos dispersos mientras en las otras terrazas sus compañeros agricultores, mucho más afortunados, iniciaban la labor del día, y realizaban una última pasada por los campos antes de que llegase la hora de cargar las carretas con las ollas de arroz y dirigirse al pueblo para la fiesta.

Hizo un chasquido con la lengua y habló con amor a sus brotes de arroz, muchos de ellos pisoteados, y metió los variados desperdicios en un saco de tela con toda la rapidez que le fue posible, porque no quería quedarse atrás cuando la caravana se marchara de la hacienda.

Uno de los otros granjeros, un muchacho no mucho mayor que ella, tuvo la gentileza de ayudarla a limpiar.

Creo que le tenía cariño. A veces dormíamos sobre la misma estera.

Tenía tanto miedo de tocarme que dormía con los brazos a los costados, así, como si se hubiera encontrado dentro de un tubo estrecho, y eso me parecía gracioso y me gustaba.

Se pusieron a sacar del agua los pasteles de arroz sin terminar y las tazas, pero entonces el chico le dio con el codo y susurró:

—Ya vienen.

Y se retiró a su propio arrozal.

—¡Campesina! —gritó el soldado resacoso.

La muchacha sintió que se le agarrotaba la espalda.

Era el mismo que la había acosado a ella y a los otros granjeros la noche anterior.

Se volvió, con la sonrisa más amable que fue capaz de esbozar, hacia el Espada del Trono que se le acercaba.

A la implacable luz del día, el hombre tenía una figura patética.

Sus ojos, hinchados de beber, merodearon por el cuerpo de la joven, hasta que por fin le enseñó el pie desnudo y cubierto de barro.

—Parece que he perdido a un amigo —dijo—. No lo habrás visto por ahí, ¿verdad?

La muchacha abrió el saco y le enseñó la sandalia que había encontrado. El Espada masculló un agradecimiento mientras se sentaba en el borde del arrozal y se la ponía.

—He encontrado otras cosas tuyas en el agua —explicó—. Este peine. Esta bolsa de jerín.

El hombre se rio.

—Qué mejor manera de empezar la Santa Semana, ¿eh?

—Tus hombres han aplastado muchos de mis brotes.

El enfado de la joven se deshinchó ante la mirada que le dirigió el hombre, la jovialidad con que este le había hablado se apagó lo bastante para helarla.

—Vamos, vamos —dijo el soldado—. Toda una noche de descanso reparador bajo nuestra protección... no todo el mundo tiene tanta suerte. No vendrán bandidos a degollaros durante la noche, ni lobos a llevarse a vuestros bebés.

Al darse cuenta de que la muchacha esquivaba su mirada, se metió la mano en el bolsillo, sacó un número de copanes suficiente para comprar algunos dulces en el mercado y se los puso en la palma de la mano.

La joven se forzó a sí misma a inclinarse en señal de agradecimiento. El soldado asintió, complacido.

—Ahora que volvemos a ser amigos... mis hombres y yo estamos hambrientos. También vamos a necesitar sustento para el camino. ¡Ah! Estaría muy bien si me enseñaras el camino hasta el almacén.

Podría haberle dado un empujón y hacerlo caer desde el borde del arrozal. La caída no lo habría matado, pero se habría roto algo, y eso me habría gustado.

—Por aquí —dijo la muchacha.

Se dirigieron juntos al almacén. La chica procuraba quedarse siempre a una buena distancia del soldado, porque había oído las historias que contaban las otras mujeres.

Entonces se fijó en algo que se movía a toda velocidad por el camino.

Al forzar los ojos, distinguió al joven enmascarado que pasaba corriendo por detrás de rocas y zanjas.

Se dirigía al carro del soldado, estacionado junto al Camino de Abajo.

Sonrió con malicia ante la aparición de aquel ladrón.

—¿Qué pasa? —dijo el soldado.

—Hace muy buen día —respondió la joven, mientras guiaba al hombre escalones arriba por las terrazas.

Hice todo lo posible para que sus ojos me miraran a mí y no se volvieran hacia el camino.

No sabía qué podía tramar el extraño enmascarado, pero sabía que no podía ser nada bueno para nuestros visitantes —.

Tú y tus hombres debéis de habéroslo pasado bien esta noche.

—Teníamos mucha energía por descargar —respondió el hombre, gruñendo a espaldas de la muchacha mientras subía por el cerro—. Pienso que nos hemos apañado bien.

—Seguro que sí —respondió ella, mientras abajo el forastero enmascarado saltaba dentro del carro.

Tendría que haber mirado antes.

Al acercarse al carro, el cochero se dio cuenta de que los simios le habían dicho la verdad en una cosa: sí, olía a muerte.

Pero las señales de alarma que pudieran activarse en su cabeza pasaron a segundo plano cuando le pareció oír los pasos de un soldado.

Así que entró con un salto imprudente, y una vez dentro de aquel espacio oscuro percibió un olor semejante al de un cadáver que se ha cagado encima antes de fallecer.

Se le arrugó toda la cara bajo la máscara, el olor era tangible, le recubría la garganta por dentro cual membrana cada vez que respiraba.

Con un nauseabundo esfuerzo, abrió la lona, sacó medio cuerpo fuera del carro y levantó la máscara lo justo para aspirar aire puro, y para que la luz se abriera paso por la abertura y revelara el origen del hedor.

—Esta no te reconoce —dijo la tortuga desde la penumbra.

Era más pequeña que sus hermanas de la corte, no llegaba a enorme, su anchura engullía casi la totalidad del interior del carro.

Pero a aquella criatura le pasaba algo. Tenía el caparazón agrietado y rezumaba pus, y sus patas, muñones deformes, le sobresalían de los costados, inservibles.

Tan solo podía usarlas para golpear contra el suelo, al tiempo que inclinaba la cabeza, pensativa, y husmeaba de nuevo en el aire y captaba su aroma.

—Tienes la sangre en ti —dijo entre risillas—.

Sangre de príncipe. —Volvió a husmear. Y mientras la criatura se dedicaba a hurgar en su aura, el cochero soltó la hachuela que llevaba prendida con un gancho en el cinturón.

Imaginó que, con dos hachazos, quizá tres, acabaría con su vida—.

Pero tus propósitos... —añadió la tortuga, perdida en su propio mundo—.

Estás enemistado con el Trono. Un hijo de príncipe con propósitos hostiles...

—Su ojo descontrolado se fijó en la hachuela que se alzaba en el aire.

La criatura bajó la cabeza en señal de sumisión—.

Deja a esta con vida. ¡Un trato! ¡Podemos cerrar un trato!

—Perdóname —imploró el cochero.

Tragó saliva. La mano con que agarraba la empuñadura tembló.