DÍA PRIMERO. en el que ofrecemos lo mejor de nuestra cosecha #4
La Quemadura en el cielo ardía sin llama sobre sus cabezas cual luna negra.
Al tiempo que caminaba, el cochero advirtió un cambio en el ánimo de la emperatriz: su ardiente aura de impaciencia se transformaba en lívido anhelo, que apuntaba hacia lo alto y, al mirar desde debajo del cojín con el que cargaba, el cochero vio bien claro que Su atención se centraba en el cósmico desgarrón que se había abierto en el cielo que en otro tiempo Ella había llamado hogar.
Pero sabía, por amarga experiencia, lo que sucedería si abordaba un tema del que Ella no quisiera hablar, así que la dejó con sus preocupaciones y se centró en el otro asunto que tenía entre manos.
Al aparecer a su vista el último puente, y más allá de este el camino que se inclinaba como en saludo a la gran extensión de las tierras aterrazadas de Yinn, el cochero se volvió sobre sus talones.
—Luchas bien —dijo, y su voz resonó por los barrancos.
El cumplido pilló en desventaja a la persona que los seguía: el joven, que parecía no estar seguro de si tenía que darle las gracias o empuñar su lanza.
—Tú también —respondió, casi de mala gana.
—Pero no deberías seguirnos.
—No sigo a nadie —replicó el joven—. Mi camino me lleva a Oriente; coincide con el tuyo.
El cochero no le creyó.
—Nos sigues como un cachorro perdido. Luchas bien y la lanza que llevas es formidable, pero, aunque nos sirvas, no te ganarás la protección de Su fuerza. Estarías más seguro en los brazos de un bandido.
—Me llamo Keema y pertenezco a la tribu Daware, y no busco seguridad en vuestra compañía.
Hice un juramento a la comandante de la Puerta del Tigre de que seguiría este camino y un guerrero de Daware siempre cumple su juramento.
Tengo que entregar esta lanza —añadió, al tiempo que mostraba el arma de su antigua comandante— a una militar llamada Shan que vive en la costa oriental, en las afueras de la Ciudad Divina.
El cochero se detuvo de nuevo. Su máscara de demonio se acercó a la lanza.
—¿Tú sabías que tu comandante había traicionado al Trono?
—No —reconoció Keema tras un instante de silencio.
—Se había conjurado con fuerzas poderosas y planeaba asesinar a la familia real. Blasfemó contra el orden natural. En lo que respecta a las leyes divinas, tu juramento ya no te obliga.
—Eso no cambia nada —repuso Keema.
—Lo cambia todo. —El cochero prosiguió por el camino que descendía—. Ella está maldita, y muerta, y tú eres libre. Tan solo un necio se creería obligado para con semejante persona.
—Pues entonces es que soy un necio. —Keema echó a correr para alcanzarle—. Pero, en todo caso, un necio que cumple sus juramentos.
—Si tu pueblo, los Daware, te igualaba en obstinación, no es de extrañar que haya desaparecido.
—No me insultes.
El desafío resonó entre los dedos. La mirada de los ojos de Keema, la furia que hervía en él, bastó para que el cochero agachase la cabeza.
—Lo siento —añadió—. Retiro lo que he dicho.
Keema, nada habituado a las disculpas, no sabía qué responderle, así que tan solo asintió.
—Si vuelves a hablar así sobre mi pueblo, terminaré lo que empezamos en el carruaje.
En esta ocasión, el cochero no se molestó en volverse.
—Perderías —respondió. Keema iba a retarlo en aquel mismo instante y lugar, pero el cochero levantó la mano—. Ella no permitirá que volvamos a pelear. Te aplastará la cabeza, como si fuera una baya, antes que dejar que vuelva a perder tiempo.
Keema, con el orgullo herido, seguía el paso apresurado del cochero, aún más decidido que antes a ir tras él.
—¿Por qué tanta prisa? —preguntó—. El puente ha quedado destruido. La brigada no podrá darte alcance. La persecución ha terminado antes de empezar.
—Esto no es una persecución —respondió el cochero, irritado—.
Si lo llamaras persecución, sería como afirmar que, de entrada, teníamos alguna posibilidad.
No —añadió—. Nos van a encontrar. Él nos va a encontrar.
Es tan solo cuestión de tiempo. —Guardó unos momentos de silencio—.
Ni siquiera los árboles le cierran el paso.
¿Qué criatura en su sano juicio se plantaría frente a un padre afligido?
Que los dioses protegieran a los plantadores de té y jinetes de las compañías libres que se cruzaran aquella mañana con la brigada, porque nada iba a detenerla en su furiosa cabalgata.
Solo con que el príncipe moviera la muñeca, los ríos errabundos del valle que se interponían en su camino abrirían sus aguas.
Nosotros, los ríos, no teníamos otra opción que abrir nuestras aguas.
Los árboles se doblaban para dejarlos pasar.
Nosotros, los árboles, abríamos camino a la realeza.
Pero las casas de los trabajadores que cultivaban las plantaciones de té, que ya tenían bastante desgracia con estar construidas en aquellos lugares remotos, entre los árboles o sobre aquellos pequeños cerros, no podían apartarse.
Miré por la ventana justo cuando llegaron...
mi mente no comprendió lo que mis ojos veían.
Qué más da. De todas maneras, se me vino todo encima.
Al gruñir el príncipe heredero, las casas se desplomaban frente a él, y él y sus hijos cabalgaban por entre los maderos y el heno, y las tazas y las mesas, y los niños que iban dejando a su paso chillaban.
Yo lo oí... el chasquido de los huesos de mi padre, mientras los cascos de aquellas condenadas bestias lo pisoteaban.
Aquellas personas eran menos que insectos para el Primer Terror, que había recibido la crianza conveniente, sometido a una dieta de aduladores cortesanos.
Era uno de esos hombres que aliviaban su ánimo deprimido erradicando aquellas pequeñas royas de madera que crecían sobre la tierra.
Los árboles se hacían pedazos cuando él pasaba.
Las aguas de los ríos se levantaban de su lecho cual gatos asustados, los furiosos caballos galopaban bajo los arcos de agua, y ellos, de la mano del Terror, se abrían camino por la tierra abrasada por el sol, y los hijos seguían al padre en su misión de sangre.
MAÑANA
Llegaron a las tierras aterrazadas de Yinn, hambrientos y cansados.
Ninguno de los dos muchachos tenía muchas ganas de estar en compañía del otro, pero los unía ya una necesidad común, porque tan solo un necio habría ido solo por el Camino de Abajo.
La única compañía que hallaron fue la del cadáver de un viajero oculto entre la maleza, con la garganta rajada y los bolsillos desvalijados.
Para sorpresa de Keema, el cochero se detuvo e inclinó la cabeza para manifestar su respeto ante la muerte de aquel extraño.
Abandonó sus prisas por aquel breve instante de oración.
Durante ocho días me había podrido bajo el sol, después de que el hombre que me había prometido un viaje sin peligros me robara mi dinero y mi vida.
Durante ocho días, nadie me ofreció ningún respeto ni plegaria, hasta que el demonio enmascarado se cruzó en mi camino.
—Que tengas un buen viaje —susurró.
Hasta que hubieron dejado atrás las Agujas no vieron nuevas señales de vida...
y entonces, como una cortina que se aparta poco a poco de una ventana llena de luz, las terrazas verdeantes del señor Yinn se anunciaron desde el siguiente recodo en el camino de la ladera.
La hacienda de la que habían hablado los simios no estaba muy lejos.
Los edificios de terracota y las terrazas escalonadas donde crecían los arrozales abrazaban el costado de un imponente cerro bañado por la luz del sol.
Fue allí donde el cochero vio una oportunidad de librarse del manco que lo acompañaba.
Le dijo a Keema que no llegarían muy lejos si no tenían provisiones.
—Ya he visitado esa hacienda. Es la finca Alvo, administrada por el sobrino del señor Yinn, Sui Yinn Alvo, que siempre ha sido un necio y un imprudente en materia de seguridad.
El almacén de la hacienda apenas si tiene vigilancia, el cerrojo se abre sin dificultad...
allá, en lo alto de las terrazas, donde el último de los edificios alcanza esa hilera de árboles cercana a la cima.
¿La ves? —Keema bizqueó al mirar contra el sol, en dirección al cerro, y asintió—.
Si vas por este camino lateral, te llevará hasta el porche del almacén.
Entonces el cochero le explicó cómo podía hacer saltar el cerrojo. A Keema se le contrajo la frente de manera casi imperceptible.
—¿No debería ser el hombre con dos brazos quien fuera en busca de provisiones? —preguntó.
—Estaré atareado en buscar el carro del que hablaban los simios —repuso el cochero—. Una vez que lo haya... requisado, y tú hayas conseguido las provisiones para el camino. Nos encontraremos allá mismo, tras el último de los arrozales.
Pero Keema no estaba convencido.
—Si ya conoces la distribución de la hacienda, ¿no deberías meterte tú, mientras yo busco el carro?
—No —respondió el cochero.
—¿Por qué no?
Porque el cochero pensaba marcharse sin él. Pero como no quería decirlo en voz alta, le dio a Keema otra respuesta igualmente honrada.
—La verdad es que aún no confío en ti. Seré yo quien vaya en busca del carro porque no quiero que el carro se marche sin mí.
—Yo podría decir lo mismo.
—Sí, podrías —repuso el cochero—. Pero la divinidad todopoderosa que llevo sobre la cabeza me da ventaja a mí, porque Ella tampoco confía en ti.
—Keema apartó los ojos de la anciana. El cochero sonrió bajo su máscara—.
Ve en busca de provisiones para el camino y quizá así te guardemos un asiento en el carro.
—No me hables como si fuera un niño —replicó Keema, mientras se marchaba para llevar a cabo su tarea.
Le dije que era un necio. Las palabras de la emperatriz perforaron cual roca afilada la mente del cochero, que se había separado de buena gana del hombre de Daware.
Le recordé que no teníamos ninguna esperanza de llegar nosotros solos al este.
El cochero le gruñó, al tiempo que trepaba por el cerro, frente a la hacienda, en busca de mejores vistas.