DÍA PRIMERO. en el que ofrecemos lo mejor de nuestra cosecha #3
—La emperatriz reconoce a la Tribu del Cerro Verde —gritó a los árboles—.
Hace mucho que no trata con los de tu casta, pero recuerda con gran afecto al anciano Cinco Cicatriz, que le cantaba alabanzas cuando aún reinaba en la noche.
Era hermoso y bravo, y pocos son los días en los que Ella no piensa en las canciones que silbaba...
también ahora, mientras se dirige al este para poner fin al control del Trono de la Luna sobre su tierra, en una misión en la que recibiría ayuda con enorme gratitud.
El simio que fumaba los miró desde su rama.
—¿Han terminado los dos muchachos su guerra en nuestro territorio? —preguntó. Los simios más jóvenes que estaban detrás de él se rieron con disimulo.
El cochero guardó un instante de silencio.
—Ofrezco mis disculpas más sinceras por este espectáculo.
El simio hizo un gesto de indiferencia con la mano.
—Poco importa. Los guerreros jóvenes luchan y al día siguiente el sol vuelve a nacer.
Nosotros, los del Cerro Verde, ofrecemos nuestros respetos a la hermosa Luna.
—Con mirada evaluadora, añadió—: Si el viento dice la verdad, también le damos las gracias por librarnos de ese emperador, así como nuestro pésame por la pérdida.
No sentíamos ningún afecto por él, pero reconocemos que semejante acción no es fácil.
—Ella acepta vuestro agradecimiento —añadió el cochero al cabo de un momento.
—Y recordamos con pena al anciano Cinco Cicatriz —prosiguió el simio—. La emperatriz llevaba mucho tiempo ausente, por lo que tal vez no sepa que los mismos hombres a los que Ella llama familia le dieron caza para hacerse con sus dientes.
El cochero no dijo nada al respecto.
El simio señaló a la columna de humo que se divisaba en la lejanía.
—Venís después de una gran destrucción.
El cochero asintió.
—No habrá oídos que se aflijan al oír que el puesto de control de la Puerta del Tigre ha caído, víctima de la fuga de palacio de la emperatriz.
El hombre al que conoces como Primer Terror la perseguía y en su furia quemaba todo lo que se interponía en su camino.
La comandante del puesto de control nos ayudó a pasar.
Fue ella quien nos advirtió sobre un equipo de guerreros que acechaba entre estos árboles.
Existía un plan para acabar con el Primer Terror, que ahora no se podrá llevar a cabo.
¿Os habéis encontrado con esos asesinos? Tendríamos que hablar con ellos.
El simio asintió.
—Sí. Los humanos de mirada cruel e intenciones desconocidas no son algo que nos guste ver. Los hechizamos con nuestra danza para que se durmieran. —Dio una última calada al porro y luego se lo comió—. Hemos disfrutado con su mercancía.
Detrás de él, los otros simios vestían diversos atavíos humanos. Cascos y hombreras. Uno llevaba un pañuelo en torno a la cabeza. Otro blandía una espada curva como una caña de pescar.
—Ya veo.
—Yo en tu lugar abandonaría la búsqueda. Tardarán muchos días en despertar.
—Qué desgracia. —El cochero conversó en susurros con la emperatriz.
Volvió la mirada hacia los simios—. Ella querría saber si tu casta nos prestaría una ayuda más directa.
Nos dirigimos a la costa oriental. Nos han contado que ciertas gentes se están reuniendo allí y que, dentro de poco, quizá en cuestión de días, se alzarán contra el Trono.
Queremos unirnos a ellos. Pero el viaje es largo, y necesitamos protección y transporte.
El simio se rio por lo bajo.
—No —respondió.
Se levantó un viento sutil y no natural que agitó las hojas secas que se aferraban a las ramas. Los hocicos verdes que había al fondo empezaron a chillar.
—Es una respuesta sorprendente —replicó el cochero. A Keema le pareció que estaba nervioso, como si tuviera miedo de lo que podía ocurrir si los simios rechazaban Su petición—. Os ruego que os lo penséis bien.
—Para nada —respondió el simio, sin prestar atención al temblor de las hojas ni a los remolinos de viento—.
Si Su intención es acabar con nosotros por esta blasfemia, quizá lo haga.
Pero este simio huele los límites de Su carne humana.
Está... vieja. No le queda mucho. —Lo expuso como el hecho irrefutable que era—.
No llegará a Su destino si va destruyendo a todas las criaturas que se cruza a Su paso.
Las trémulas hojas empezaban a asentarse. El viento polvoriento amainó.
El cochero exhaló, aliviado.
—En ese caso, Ella os pregunta esto —añadió—: ¿Cómo es que la Tribu de la Colina Verde la abandona en Su momento de necesidad?
—Que la abandonamos... Atrevida acusación, viniendo de Ella.
—El simio hizo un gesto de desdén—. Pero este simio no quiere discutir quién abandonó a quién, ni cuándo, al cabo de cientos de años.
La única verdad que importa en este momento es que no la ayudaremos porque nuestra casta es pequeña.
—Una gran tristeza se adueñó de sus ojos hundidos—.
No podemos ofreceros protección en este viaje en el que todos vais a perecer, porque si lo hiciéramos sería el final de nuestra tribu.
—Ella dice que habría quien considerara que el trato merece la pena —respondió el cochero— como pago por la caída de un Trono. ¿Qué mejor señal de esperanza que la muerte del emperador?
—Un solo hombre. Un solo hombre ha muerto.
—El simio, agitado, se acomodó sobre su rama, y parpadeó pausadamente mientras uno de su casta le arrojaba una fruta—.
No es el primer hombre malo que construye puestos de control, ni será el último.
Tu choque con ese de ahí, esta misma mañana, demuestra tan solo lo poco que significa su muerte.
Empezarán nuevas pugnas. Dentro de poco otro emperador ocupará su lugar, con otro nombre.
No me tientes con la muerte. De nada me sirven tales cosas.
El cochero guardó silencio durante largo rato.
—Ella entiende lo que dices —repuso—. No te pide nada más.
El simio se cubrió la cara con su gran mano y luego la apartó de golpe, como si se quitara una máscara.
—Ahora que nos separamos en paz, os ofrecemos esto a ti y a Ella: por el camino, donde el barranco vuelve a encontrarse con el suelo, y terminan las Agujas y se divisan vuestros arrozales, hay un carro.
Está abandonado a un lado del camino. Si nadie se lo ha llevado todavía, lo encontraréis allí, no muy lejos de las primeras instalaciones de los granjeros.
—¿Abandonado?
El simio negó con la cabeza.
—No podemos estar seguros. No osamos acercarnos, porque el carro hedía a muerte.
—Es una oferta generosa —respondió el cochero, dispuesto a ponerse en marcha—. Os lo agradecemos.
El simio inclinó la cabeza.
—Así pues, este que soy yo os ofrece sus ojos como testigo de vuestra marcha.
Esta humilde casta reza al mar Durmiente y a las Tierras Inversas por vuestra buena fortuna y, a modo de reconocimiento que le brindamos a Ella, os ofrecemos estas semillas para que las comáis en vuestra larga marcha al este.
De las ramas llovieron pequeñas nueces y semillas.
Algunas rebotaron en la máscara del cochero.
Pero este, de todos modos, dio las gracias a los simios y agarró la comida que pudo, y mientras lo hacía, sostenía a la emperatriz en equilibrio sobre su cabeza, y abandonó en el camino todo lo que no pudo cargar.
Keema vio como se alejaban.
—No sería buena idea ir tras ellos —explicó el simio—.
Su camino conduce tan solo al derramamiento de sangre.
—Entonces la criatura del bosque contempló a Keema con el entrecejo arrugado, como si le confundiera su presencia—.
Los otros dos apestan a sangre regia. —Keema, que nunca había hablado con un animal aparte de las tortugas, no supo qué decir, así que hizo una reverencia, que siempre había sido su último recurso cuando no tenía claro qué era lo que dictaba la etiqueta.
Esto divirtió mucho al simio—. ¿Cómo te llamas, pequeño?
—Keema, nervioso, recitó su nombre ante la criatura, su nombre entero, y por primera vez se sintió tonto mientras lo hacía.
Pero el simio, igual que Araya, trató su nombre con seriedad y consideración, y mientras su rostro pensativo reposaba sobre sus manos encallecidas, le observó atentamente con ojos ancianos, y entonces le hizo la pregunta para la que Keema había buscado respuesta durante tanto tiempo.
¿Y qué pintas tú en esto, Keema de la tribu Daware?
El cochero estaba ya cerca del segundo puente de las Agujas, donde el camino del barranco iniciaba su gradual declive hasta el valle cubierto de terrazas de cultivo, cuando oyó pasos a sus espaldas. Resopló, algo sorprendido, al ver que el centinela manco los seguía desde lejos.
—¿Qué quieres que haga? —murmuró el cochero a su emperatriz.
Yo le dije a esa acémila con pretensiones que vigilara a aquel extraño; nada más. No podíamos permitirnos que sus tonterías nos retrasaran todavía más.
—Lo que tú me digas —respondió, obediente.
Y así, durante un rato, los tres anduvieron en silencio por el camino.
El sol salía por el este y coronaba las Agujas en torno a las que serpenteaba el camino, y el calor llegó a tal punto que hasta las piedras sudaban.
Con audible alivio, se adentraron en la profunda sombra que arrojaban las torres de roca vecinas, y cuando encontraron un peñasco en medio del camino, que se había desprendido con las explosiones anteriores, pasaron por el estrecho pasaje que lo separaba del margen.
Se le encogió el estómago al cochero mientras imaginaba a todos aquellos Pavos Reales precipitándose al abismo...
Aún los apreciaba a todos ellos desde una parte de sí mismo que no iba a morir jamás.
Yo le dije que éramos nosotros o ellos. Pero el cochero no iba a disfrutar nunca más de la muerte de otros, y no le respondió nada.