DÍA PRIMERO. en el que ofrecemos lo mejor de nuestra cosecha #2
Estas palabras de presunta sabiduría provenían de sus nuevos amigos de la taberna, a donde iba a llorar a tu lola tras su repentino fallecimiento, y luego, simplemente, iba.
Improvisaba reuniones con aquellos otros hombres en tu casa y pasaban toda la noche bebiendo y fanfarroneando, y veías lo desesperado que estaba tu padre por volverse como uno de ellos.
Aquel hombre que tenía tan pocas personas en su vida a quienes pudiera llamar compatriotas.
¡De qué maneras tan extrañas se comportaban las personas cuando andaban perdidas!
Y así los dos guerreros perdidos pelearon rodando por el suelo.
Sus gruñidos y puñetazos resonaron por todo el valle de agujas de roca, mientras en lo alto de los árboles que dominaban el camino, suspendido en la maraña de ramaje, un viejo simio los observaba con decepción mientras sacaba un porro de una bolsa de tela.
Otro simio se acercó y se lo encendió, y mientras aspiraba el humo, el resto de su casta, una familia que constaba de trece hocicos verdes, se unió a él para observar la danza de los humanos.
Los humanos luchaban y nosotros observábamos su choque con gran interés.
Algunos de los simios más jóvenes gritaban palabras de ánimo a los guerreros —Keema cometió el error de levantar la vista y el puño del cochero le giró la cabeza—, pero la lucha continuó en su mayor parte como si los simios no estuvieran allí.
Ambos jóvenes se daban codazos en el estómago, se pateaban las espinillas, se arañaban, lo que fuera con tal de lastimarse, por muy sucio que fuese el golpe al que recurrieran.
No perdieron concentración ni siquiera cuando los simios escupieron huesos de fruta al aire, como para enaltecer el despiadado espectáculo.
El viejo simio que se fumaba el porro no celebró a los guerreros.
Estaba sentado, sin energías, sobre una rama gruesa que a duras penas podía con su peso, y contemplaba la pendencia con algo parecido a la piedad, al tiempo que resoplaba y echaba humo por su grueso hocico cubierto de cicatrices.
En aquel Interminable Verano entregué mis ojos a dolores excesivos.
A mi hijo y a mi hija, muertos por cazadores, con los dientes arrancados.
Los veo siempre. Los vi entonces, en los dos guerreros que luchaban en el camino.
Aquello no era bueno. Me dolía en el pecho.
Dejar atrás aquello era el gran deseo que moraba en este cuerpo; no quería presenciar más dolor, pero aun así entregué mis ojos a aquel combate.
Fumé y entregué mis ojos con esperanza, con la esperanza de que aquel encuentro no terminara con que se extinguiera su aliento.
Los dos humanos rodaban el uno sobre el otro; cada uno trataba de sujetar al otro contra el suelo para que dejara de moverse, para someterlo, y, mientras, la tierra se les metía en los ojos y en la boca, hasta que se vieron obligados a separarse para limpiarse la cara.
Uno de ellos parpadeó para sacarse los granos de tierra, mientras que el otro, protegido por la máscara, aprovechó el momento y se abalanzó sobre su aturdido oponente con un rodillazo en el estómago.
Pero el humano manco, cegado como estaba, presintió la inminencia del golpe y se aprestó, para gran emoción de los simios más jóvenes, que chillaron, contentos de ofrecer a nuestra vista aquellos humanos de gran destreza , mientras aguantaba el rodillazo, luego rodeó con el brazo al cochero enmascarado y lo arrojó al suelo.
Se le abalanzó. Los pujidos resonaban por los caminos cercanos al barranco.
El anciano simio exhaló largamente y el vaho se disipó en el aire cargado de humedad. Todo aquello no llevaba a ningún lado.
Pero mientras contemplas esa pendencia en el teatro, traducida en actuación por ese cuerpo iluminado por la luna y su pareja de baile, tienes la sensación de que esos dos cuerpos no querrían parar, aunque pudieran.
Contemplas los movimientos bruscos y vacilantes de las dos criaturas, que caminan en círculo una en torno a la otra, y se golpean —ese cuerpo iluminado por la luna que da patadas y giros, y luego presiona a su compañero contra el suelo— y comprendes que la danza podría detenerse en cualquier instante, que los dos participantes saben que la pelea no resultará en nada, y aun así continúa.
Aun cuando el Primer Terror se dirige al norte, a la siguiente puerta, dándoles caza.
El tiempo corre en un temporizador de cocina en otra era.
Keema golpeó al joven enmascarado contra el suelo y gritó.
El cochero, extenuado, le arreó una patada en el muslo.
Luchaban por nada, y por eso mismo te reconoces en ellos.
Recuerdas aquella vez en que tú y tu amigo Jadi peleasteis.
Él te golpeó en el hombro con fuerza suficiente para arrojarte a los brazos de un extraño.
Te quedaste avergonzado. Él lo lamentó. Y tú sabías que no había querido hacerte nada, que había sido un accidente.
Que Jadi era felizmente torpe. Sabías que te apreciaba.
Pero de todos modos había algo en ti que ansiaba arrancarle el corazón.
Tu lola había muerto. Tu lola, a quien algunos días odiabas, porque su humor era caprichoso y siempre tenías que tratar de adivinar si aquel día estaría cariñosa o no, si te daría cachetes en las manos o no. Tu lola había muerto antes que su propio padre. Y tú ardías en llamas.
Y uno se sentía tan bien al dejar que quemara.
El cochero enmascarado logró liberar el brazo, agarró a Keema por la garganta y trató de encontrar el punto donde la presión le haría perder el sentido.
Keema, con la cara roja y la respiración entrecortada, presionaba con la mano contra la máscara de madera del cochero.
Sus dedos hurgaron los viejos grabados y las demoníacas curvas hasta dar con los orificios de los ojos, y metió los dedos índice y corazón, dispuesto a dejarlo ciego.
El simio envejecido apartó la mirada, mientras los dos guerreros quedaban atrapados en aquel interminable nudo de dolor.
Keema estaba tan absorto en el instante que hasta empezaba a sonreír, y el cochero olvidó todo lo que lo había llevado a aquella pelea, todo lo que había dejado atrás durante los últimos seis meses mientras se concentraba en un único objetivo, y presionaba con los dedos contra la carne de Keema, clavaba las uñas en la piel de su garganta, dispuesto a sacarle sangre, dispuesto a hacerlo pedazos, cuando la lucha entre ambos se interrumpió.
Ya había tenido bastante con aquellos niños.
El carruaje estalló.
Al son del tambor, una columna de maderas, de telas, de tierra, se elevó sobre el barranco.
La explosión fue rápida y estruendosa. Los restos salpicaron el follaje que mucho más abajo recubría la cuenca e hizo que las aguas salieran volando de las trémulas ramas.
Los simios de hocico verde se metieron entre los árboles y sus ojos brillaron en la oscuridad de la maleza, en cautelosa vigilancia, porque la vimos y no queríamos tener nada que ver con Sus intrigas.
Los dos guerreros se separaron, y tosieron y carraspearon en la densa nube de tierra que había creado la explosión.
Trozos de lona caían del cielo. Keema se puso en pie, al tiempo que su mente asimilaba lo que contemplaban sus ojos.
Los dos caballos habían desaparecido. El carro había desaparecido.
Un trozo de eje de madera cayó del cielo y golpeó la tierra a menos de dos pasos de él.
Se limpió el polvo que le cubría la cara y observó con el rabillo del ojo que el cochero enmascarado seguía de rodillas, inclinado en postración ante el carruaje destruido.
—¡Perdóname! —gritaba el cochero—. ¡He perdido el buen sentido!
Por un instante, Keema sonrió con sorna mientras miraba a su encogido antagonista, pero esa sensación de superioridad no le duró.
En cuanto una brisa cálida se hubo llevado la última mota de polvo y suciedad, y se despejó el aire sofocante que envolvía el lugar donde se había localizado el carruaje, un escalofrío de muerte se le metió en el estómago, al ver que la anciana estaba sentada con las piernas cruzadas entre los escombros.
Tenía los ojos cerrados, pero de algún modo los clavaba en él.
Keema se arrodilló igual que el cochero y agachó la cabeza, mientras que en lo alto, entre las ramas, el viejo simio asentía con aprobación, satisfecho de que el joven guerrero llegara por lo menos a aquel grado de sabiduría.
Mi padre me había hablado de Su fuerza. Me había dicho que un día pasaría por esta tierra, y desdichada la criatura que no se inclinara ante Su presencia.
Pero, aunque mi casta nos rogaba que nos marcháramos si nos veíamos en medio de Su ira, yo les pedí que esperaran.
Quería dedicar estos ojos a ese momento.
Sentía que algo de gran importancia ocurría ante mí.
Cuanto más tiempo permanecía postrado Keema, más rápido le latía el corazón. El ardor del sol naciente le quemaba la nuca y el brazo. Miró de reojo al cochero, que todavía aplastaba la máscara contra el suelo.
—Sí —decía el cochero, sin que se viera a quién se dirigían sus palabras—. Sí, lo entiendo. Estoy de acuerdo, señora mía —decía—. Se hará Tu voluntad —decía.
Keema vio que el enloquecido cochero se ponía en pie y caminaba hacia los restos del carruaje.
Sacó de entre una maraña de ramas un cojín de los que se llevan sobre los asientos y lo dejó caer en el suelo, y, tras colocar Su cuerpo sobre el cojín, la levantó en alto como si no hubiera pesado nada y cargó con ella, igual que los sirvientes cargaban con los niños de la familia real durante los desfiles, en aquellos tiempos en los que aún había desfiles, hasta llegar al borde del camino,
donde departió con los simios.